37 #2
Él comprendió entonces que Camille no estaba preguntando únicamente si podía controlar una reacción. Le preocupaba algo más profundo: que Paul contaminara también aquello.
—Estoy enfadado —reconoció Elias—. Mucho.
Camille esperó.
—Pero no necesito demostrarte nada enfrentándome a él.
—¿Y si aparece?
—Haremos lo que hemos decidido hacer antes.
—¿Qué significa?
—Que si se acerca y existe un riesgo, llamaremos a la policía. Si intenta entrar en una vivienda, no saldré a discutir con él. Si te habla, decides tú si respondes. Y si se acerca a Julie…
Se detuvo. Ahí estaba el límite más difícil.
—Si se acerca a Julie de una forma que la pone en peligro, haré lo necesario para apartarla. Nada más.
Camille sostuvo su mirada.
—¿Puedes hacer eso?
—Sí.
—¿Seguro?
Elias pensó en Antoine. En los segundos. En la radio. En lo que significaba actuar dentro de un procedimiento incluso cuando todo dentro exigía otra cosa.
—Sí.
Esta vez lo sabía.
Camille cerró la libreta y se la devolvió.
—Bien.
Annette apareció poco después con Julie de la mano. La niña llevaba el pelo revuelto y todavía abrazaba al conejo.
—Quiere chocolate.
—Para desayunar —añadió Annette con desaprobación.
—Es leche con chocolate. —Julie miró a Camille.
—Yo lo haré —decidió Camille con una sonrisa.
—Y yo voy a preparar café. —Annette se dirigió a la cocina.
—Ya he hecho yo —dijo Elias.
La mujer olió el aire.
—Voy a preparar café —repitió.
Camille soltó una risa. Elias decidió no defenderse.
Durante el desayuno nadie habló de Paul.
No porque pretendieran ocultarle algo a Julie, sino porque ella había empezado a comer y a contar un sueño sobre una casa con ventanas en el techo.
Camille la escuchaba mientras untaba mantequilla en una tostada.
De vez en cuando miraba hacia la puerta, pero cada vez tardaba un poco más en hacerlo.
Elias observó sin intervenir. Aquello era exactamente lo que estaba intentando proteger.
No a Camille como una persona incapaz de defenderse, sino aquellos minutos: una niña discutiendo por el chocolate, Annette quejándose del café, Camille sonriendo pese a haber dormido poco.
El derecho a que una mañana pudiera contener cosas que no fueran miedo.
Cuando Julie terminó, Annette propuso llevarla a la tienda.
—Puedes ayudarme con las etiquetas.
Julie la miró con entusiasmo, pero Camille se tensó y Annette lo vio.
—No va a entrar nadie en la trastienda sin que yo lo sepa.
—No es eso.
—Sí es eso.
Camille miró a Julie.
—¿Te quedarás dentro?
—Mamá…
—Solo hoy —la interrumpió.
La niña frunció el ceño.
—Por favor —insistió.
Por fin, Julie aceptó. Annette no comentó nada. Antes de salir, cogió el teléfono.
—Si alguien aparece, primero le tiraré una caja de melocotones y después te llamaré.
—Annette.
—Los maduros no. Esos se venden.
Camille se rio. La puerta se cerró detrás de ellas.
Elias esperó.
—¿Preparada?
—No.
—Mathieu me ha preguntado si sigues queriendo denunciar esta mañana.
Camille miró hacia el patio por el que acababa de marcharse Julie. El miedo se hizo visible. Elias no intentó meterle prisa.
—Sí.
Una palabra. Pero esta vez no era la aceptación desesperada de la noche.
—Quiero hacerlo.
—Voy a llamar a la policía.
—Espera.
Camille fue hasta la bolsa y sacó la carpeta azul. La colocó sobre la mesa. Después volvió con otra memoria pequeña que llevaba escondida en un compartimento interior.
—Esto es la copia.
—¿La del audio?
—Y las fotografías.
Elias no tocó nada.
—¿Quieres llevarlo?
—También los informes médicos —asintió Camille.
—Bien.
—Y mi documentación real.
La palabra pareció costarle.
—Bien.
—No vuelvas a decir bien.
—Lo intentaré —sonrió Elias.
Ella abrió la carpeta y comprobó los documentos. La mano le temblaba ligeramente. No intentó ocultarlo.
Elias cogió el teléfono y localizó la gendarmería correspondiente al sector. Antes de llamar, la miró.
—¿Quieres hablar tú?
Camille dudó.
—Al principio, no.
—De acuerdo.
Marcó. La conversación fue breve. Elias no relató la historia completa ni utilizó su condición militar para pedir un trato especial.
Explicó que acompañaba a una mujer que quería denunciar violencia conyugal, que el marido era policía en activo y que se encontraba actualmente en la zona después de haberla localizado pese a que ella se escondía.
El gendarme con el que habló le indicó que podían acudir a la policía y que, si surgía una situación de peligro inmediato antes de llegar, debían contactar con emergencias.
La posibilidad de presentar denuncia era exactamente el cauce previsto para estos casos.
Cuando terminó, Camille seguía de pie junto a la mesa.
—¿Qué ha dicho?
—Que vayamos.
—¿Ahora?
—Cuando estés preparada.
Camille miró el reloj.
—No voy a estarlo más dentro de una hora.
—Probablemente no.
Guardó los documentos.
—Entonces, vamos.
Elias se puso en pie. La rabia seguía allí; no había disminuido desde la noche anterior.
Si acaso, escuchar a Camille ordenar las pruebas había hecho que creciera.
Una parte de él seguía imaginando a Paul utilizando una placa, una base de datos o simplemente años de experiencia para seguir el rastro de una mujer que había cambiado de nombre porque le tenía miedo.
Pero la rabia ya no dirigía nada. Había algo más útil: un camino, policía, una declaración, documentos, personas que tendrían que escuchar.
Elias cogió las llaves del coche y Camille, la carpeta.
—Quiero que vengas conmigo.
Él la miró. No esperaba que tuviera que pedírselo. Quizá precisamente por eso importaba que lo hiciera.
—Claro.
—Pero hablaré yo.
—Por supuesto.
—Y si me preguntan algo que no sé responder, no contestes por mí.
—No lo haré.
—Ni intentarás explicar mejor lo que diga.
Elias guardó las llaves en el bolsillo.
—Camille.
Ella se detuvo.
—Voy contigo. No en tu lugar.
La tensión de su rostro cedió apenas.
—Bien.
Elias abrió la puerta hacia el patio. La mañana de Kerlann parecía completamente corriente. Olía a tierra húmeda y a lavanda, y las hortensias se movían suavemente con el viento. Desde la tienda llegaba la voz de Julie discutiendo con Annette sobre el tamaño de una etiqueta.
Camille salió primero. Llevaba su nombre real dentro de una carpeta contra el pecho. Durante meses, cada decisión había consistido en borrar huellas. Aquella mañana iba a hacer exactamente lo contrario. Iba a dejar una indeleble.