Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 37
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Elias

Kerlann. Casa de Annette. Mañana

Llevaba despierto desde antes de las cinco, aunque había dejado de fingir que intentaba dormir solo cuando empezó a clarear detrás de las contraventanas.

La casa permanecía en silencio. Annette dormía arriba, Camille y Julie ocupaban la habitación del fondo y, salvo por el ruido ocasional de la madera al contraerse y el viento que movía las ramas contra la fachada, nada parecía haber cambiado desde la noche anterior.

A esa hora todavía podía oírse el mar con bastante claridad.

No lo veía desde el salón, pero reconocía el ritmo de las olas y sabía, por la dirección del viento, que la mañana amanecería más fresca que los días anteriores.

Había pasado buena parte de la noche intentando ordenar lo que Camille le había contado.

No podía hacerlo, o no de la manera que habría querido.

En su trabajo estaba acostumbrado a recibir información incompleta, separar hechos de interpretaciones y establecer prioridades antes de actuar.

Había procedimientos para casi todo: se identificaba una amenaza, se evaluaba su probabilidad, se estudiaban las consecuencias y se decidía qué riesgo era aceptable.

Incluso cuando algo salía mal, la investigación posterior permitía reconstruir una cadena de decisiones.

Con Paul Faure no tenía todavía una cadena.

Tenía fragmentos. Un policía de Lyon que había ejercido violencia contra su mujer durante años.

Una niña expuesta a escenas que había aprendido a temer.

Una huida preparada en secreto. Documentación falsa.

Fotografías de lesiones. Mensajes. Una grabación.

Un hombre que había utilizado su experiencia profesional, quizá también recursos a los que no debía acceder, para localizar a su familia en el otro extremo del país.

Y desde el día anterior tenían algo más: un encuentro directo en una playa después de que Camille hubiera intentado mantenerse oculta.

Elias se sentó a la mesa y abrió una libreta. No porque necesitara convertir aquello en una operación, aunque sabía que desde fuera podía parecerlo. Precisamente intentaba impedirlo.

Escribió cuatro palabras.

Camille

Julie

Paul

Pruebas

Debajo anotó únicamente hechos que conocía.

Paul estaba en Kerlann, sabía dónde trabajaba Camille y había localizado a Julie; las había seguido a ambas desde la playa hasta el entorno del restaurante.

Camille afirmaba haber sufrido violencia física, psicológica y control durante años, y existían fotografías, mensajes, informes médicos y al menos una grabación.

Paul era inspector de la Police nationale en Lyon.

Camille y Julie estaban utilizando documentación falsa con el apellido Moreau.

Elias dejó el bolígrafo. Aquello era suficiente para que cualquier impulso de salir a resolver el problema por su cuenta resultara todavía más estúpido.

El teléfono vibró sobre la mesa. Era Mathieu. Elias respondió inmediatamente.

—Dime.

—Buenos días para ti también.

La voz sonaba despierta, lo que significaba que probablemente llevaba trabajando un buen rato.

—¿Has encontrado algo?

—He encontrado el camino correcto, no a tu policía.

—Eso es lo que te pedí.

—Te conozco, Bonnet. Prefiero dejarlo claro.

Elias miró hacia la escalera.

—Habla.

Mathieu tardó apenas unos segundos en cambiar de tono.

—Si la mujer quiere denunciar violencia conyugal, puede hacerlo en una comisaría. No necesita volver a Lyon para presentar la denuncia. Y si existe un riesgo inmediato, llamáis al teléfono de emergencias. Nada de héroes, nada de esperar a ver qué hace el marido.

—Eso lo sé.

—Entonces, compórtate como si lo supieras.

Elias aceptó la reprimenda.

—¿Y siendo él policía?

—Eso añade una cuestión distinta. Si hay sospechas de que ha utilizado su condición de agente o herramientas profesionales para localizarla, se puede señalar a la IGPN.

Pero no confundas las cosas: la plataforma de la IGPN no sustituye una denuncia y no sois vosotros quienes vais a investigar accesos a bases de datos.

Eso tendrá que hacerlo quien tenga competencia.

—¿Puede presentar la denuncia primero aquí y después explicar lo de Paul?

—Puede explicarlo todo desde el principio, que sería lo sensato. Que diga que el presunto autor es policía y que teme precisamente el uso de esa posición. No ocultéis información importante porque os parezca que complica el relato.

Elias pensó en la carpeta azul.

—Hay otra complicación.

—Claro que la hay. —Mathieu respiró con fuerza.

—Ha utilizado documentación falsa para desaparecer.

Esta vez el silencio fue bastante más largo.

—¿De qué estamos hablando?

—Permiso de conducir, documentación con otro apellido, papeles utilizados para alquilar y escolarizar a la niña. No tengo todavía el detalle completo.

—Eso no es menor.

—Lo sé.

—No intentéis arreglarlo vosotros.

—Tampoco pensaba hacerlo.

—Y no destruyáis nada.

—No.

—No retoquéis pruebas, ni cambies archivos, ni copies cosas sobre los originales si no sabes qué estás haciendo. Si tiene mensajes, fotografías, audios o informes médicos, conservadlos tal como están y que los entregue cuando corresponda.

Elias miró su libreta.

—Tiene una grabación en la que el marido le impide salir de casa.

Mathieu guardó silencio un instante.

—¿Se oye claramente?

—Según ella, sí.

—Entonces, deja de preguntarme a mí si es importante y buscad a quien pueda valorarlo de verdad.

Elias sonrió sin humor.

—Estás especialmente agradable esta mañana.

—Porque me has llamado para contarme que un compañero de profesión, aunque no de cuerpo, puede estar acosando a una mujer y una niña, y tú tienes esa tendencia tan tuya a creer que si organizas suficientemente bien un problema acabará obedeciendo.

La frase encontró un lugar incómodo. Elias cerró la libreta.

—No estoy intentando controlarlo.

—Bien. Porque no puedes.

Mathieu continuó después de una pausa.

—He hablado, sin dar nombres ni datos, con alguien que trabaja habitualmente con procedimientos de protección a víctimas.

La recomendación es sencilla: denuncia cuanto antes los hechos recientes y aporta después el historial.

Si la situación requiere protección urgente, serán las autoridades y la justicia quienes valoren las medidas que correspondan.

En Francia existen mecanismos específicos de protección para víctimas de violencia conyugal, pero no intentes decidir tú cuál se aplica en este caso.

—Entendido.

—Y una cosa más.

—Por supuesto.

—¿La mujer quiere hacer esto?

Elias miró hacia la escalera.

—Anoche dijo que sí.

—No te he preguntado qué dijo anoche. Te pregunto si sigue queriéndolo esta mañana.

La precisión le recordó a Camille.

—Se lo preguntaré.

—Bien.

—Gracias.

—Todavía no. Llámame cuando hayáis hablado con la policía y dime únicamente si necesitáis orientación para el asunto administrativo relacionado con el agente. No quiero detalles que no me corresponden.

—Entendido.

—Y Bonnet.

Elias ya sabía qué venía a continuación.

—No voy a ir a buscarlo.

—Perfecto. A lo mejor estás madurando.

Mathieu colgó y Elias dejó el teléfono sobre la mesa.

—Me cae bien.

La voz de Camille llegó desde la escalera.

Se volvió. Estaba de pie en el último peldaño, descalza, con un jersey encima de la camiseta con la que había dormido.

Llevaba el pelo suelto y parecía haber descansado poco, aunque algo en su expresión era distinto de la noche anterior.

No parecía menos asustada. Parecía más decidida.

—No estabas escuchando —dijo Elias.

—Las casas antiguas tienen paredes finas.

—Annette aseguraba lo contrario.

—Annette también dice que su sofá es cómodo.

—Eso sí es mentira —dijo Elias masajeándose el cuello.

Camille bajó.

—¿Era Mathieu?

—Sí.

—¿Qué ha dicho?

—¿Quieres un café primero?

—No.

Él le explicó la conversación con Mathieu sin resumir ni obviar las partes incómodas.

Le habló de la gendarmería, de la posibilidad de informar desde allí de los hechos ocurridos en Lyon y en Kerlann y de que las sospechas sobre un uso indebido de recursos policiales seguirían otra vía.

También le dijo que la documentación falsa constituía un problema que no podían ocultar ni intentar solucionar improvisadamente.

Camille escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, se sentó.

—Entonces, voy a tener que contarlo todo.

—Probablemente sí.

—A un gendarme que no conozco.

—Sí.

—Y entregarle todos los documentos falsos.

—Explicarle que existen, al menos.

—Esto puede terminar muy mal.

Elias no respondió enseguida.

—Puede complicar las cosas —reconoció por fin.

Camille soltó una risa cansada.

—Gracias por el matiz.

—No sé qué consecuencias tendrá y no voy a inventármelas para tranquilizarte.

Ella apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Y Julie?

—Esa es una de las primeras cosas que deberías preguntar.

El miedo apareció con claridad.

—Paul puede decir que la secuestré.

—Puede decir muchas cosas.

—Es su padre.

—Sí.

—Seguimos casados.

Camille cerró los ojos. Elias sintió la necesidad de acercarse, pero no lo hizo.

—Ayer querías dejar de huir.

—Sigo queriendo. —Ella volvió a mirarlo.

—Hoy no necesitas dejar de tener miedo. Solo hacer lo que decidiste teniendo miedo.

Camille permaneció en silencio. Después miró la libreta que Elias había dejado sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

Él dudó.

—Nada importante.

—Elias.

Le tendió el cuaderno. Camille lo abrió y leyó los cuatro encabezados. Su propio nombre. El de su hija. Paul. Pruebas. Pasó la página.

—Has hecho una lista.

—Sí.

—Claro que has hecho una lista.

—Me ayuda a pensar.

Camille siguió leyendo.

—Has puesto «no actuar por cuenta propia».

—Eso también me ayuda a pensar.

Una sonrisa pequeña apareció en su rostro.

—¿Necesitas escribirlo para acordarte?

—Esta mañana, sí.

La sonrisa desapareció.

—Quieres hacerle daño.

Elias no contestó inmediatamente. Podía mentir. No quería.

—Sí.

Camille bajó la mirada hacia el papel.

—Eso me asusta.

La confesión le dolió. Elias permaneció quieto.

—No porque crea que vayas a hacerme daño a mí.

—Lo sé.

—Me asusta que esto te cambie.