36 #2
—¿Qué?
—Huir.
La palabra salió tranquila, muy distinta de la mañana anterior.
—Hoy lo he entendido. —Camille levantó la vista—. Si Paul se marcha mañana, seguiré mirando detrás de mí. Si nos vamos a otro pueblo, pensaré que aparecerá allí. Si cambiamos otra vez de nombre, tendré miedo de pronunciar el equivocado.
Elias la escuchaba en silencio.
—No quiero que Julie crezca así.
—Lo entiendo.
—Ni yo.
Eso último costó más. Camille se llevó una mano al pelo.
—He pasado años pensando únicamente en sacarla de allí.
Era lo único importante. Cuando lo conseguí, creí que bastaba con encontrar un sitio donde Paul no pudiera alcanzarnos.
—Miró hacia las ventanas cerradas—. Pero sigo viviendo en función de él.
Cada decisión empieza con la misma pregunta: ¿qué haría Paul si supiera… ?
Elias permaneció en silencio.
—El trabajo, la escuela de Julie, las personas con las que hablo, incluso tú.
Él levantó ligeramente la cabeza.
—¿Yo?
—He pensado muchas veces que no debía acercarme demasiado porque podía tener que marcharme —respiró Camille—. No porque no quisiera conocerte. Porque no quería tener algo que perder.
Elias no dijo nada. Eso le permitió continuar.
—Y eso también es una forma de dejar que Paul decida.
La conclusión parecía nueva incluso mientras la pronunciaba.
—No quiero hacerlo más.
—Entonces tendremos que cambiar algo.
—De acuerdo.
Camille miró la mesa.
—Hay cosas que todavía no sabes.
—No necesitas contarlas todas esta noche. —Elias apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Creo que sí.
La respuesta lo hizo esperar.
Camille pensó en la carpeta azul. Estaba en la bolsa de Marie; había insistido en llevarla. Se levantó, buscó entre las cosas y regresó con ella. La colocó sobre la mesa. Por primera vez no sintió que fuera únicamente un objeto de huida.
La abrió.
—Hace años atendí a una paciente en el hospital. No era exactamente lo mismo, pero había escapado de su pareja. Seguimos en contacto un tiempo. Cuando empecé a pensar seriamente en marcharme, la busqué.
—¿Ella te puso en contacto con alguien?
—Sí.
—¿Sabes quién?
—Solo un nombre. Seguramente falso —negó Camille.
—¿Pagaste?
—En efectivo, sí. Tuve que vender varias joyas para conseguir el dinero.
Camille guardó otra vez los documentos.
—Hay más.
—Dime.
—Te dije que no tenía pruebas, pero sí que tengo algunas.
Elias se quedó quieto.
—¿Qué pruebas?
Camille tragó saliva.
—Fotografías.
—¿De lesiones?
—Sí.
—¿Con fechas?
—Sí, y el parte médico, aunque mentí sobre el origen de las lesiones.
—¿Dónde están?
—En una cuenta de correo que él no conoce. Y en una memoria USB.
Elias tardó un segundo en reaccionar.
—Eso es importante.
—No sé si sirve legalmente.
—Yo tampoco lo sé, pero ahí lo tenemos.
Camille abrió otro sobre. Dentro había varias hojas impresas.
—También guardé algunos mensajes.
Elias no los cogió.
—¿De qué tipo?
—Disculpas. Amenazas que no lo parecen amenazas si las lees sin contexto. Cosas como que no le obligara a ir a buscarme, que ya sabía de lo que era capaz cuando lo provocaba.
La mandíbula de Elias se endureció.
—Eso sí puede importar.
—O puede parecer una pelea de pareja.
—Pero las fechas de las lesiones pueden coincidir con los mensajes.
Camille lo miró. No había pensado en esa relación.
—Es posible.
—Eso no demuestra automáticamente quién te hizo daño, pero construye una cronología.
El tono se había vuelto práctico. Camille agradeció que fuera así.
—También tengo una grabación.
Elias se quedó completamente quieto.
—¿Qué grabación?
—Una discusión.
—¿Qué tipo de…?
Camille miró hacia la escalera. Julie seguía durmiendo.
—Me impide salir de casa. —La frase fue suficiente—. Se oye cómo bloquea la puerta. Yo le digo varias veces que quiero irme. Él dice que no voy a ninguna parte hasta que terminemos de hablar.
Elias bajó la mirada hacia la carpeta.
—¿Te agrede en la grabación?
—No. Solo se oye un golpe. No se ve nada porque el teléfono estaba en el bolsillo.
—¿Es un audio?
—Sí.
—¿Fecha original?
—Creo que se conserva.
—No la edites, y haz una copia más.
Camille sonrió ligeramente.
—Ahora sí suenas militar.
El silencio regresó. Camille acarició el borde de la carpeta.
—Hay otra cosa que nunca he dicho en voz alta.
Elias esperó. Ella sintió que aquella era la frase más difícil de todas y, al mismo tiempo, la única que realmente explicaba por qué ya no podía seguir huyendo.
—Yo no salí de Lyon únicamente porque tuviera miedo de que Paul me matara.
La expresión de Elias no cambió.
—Aunque lo tenía.
Camille respiró.
—Me fui porque un día comprendí que ya no sabía quién era cuando él no estaba delante.
La frase quedó en el salón. No sonaba literaria. No quería que lo hiciera. Era simplemente verdad.
—Todas mis decisiones pasaban por él. Qué ropa llevaba. Con quién hablaba. A qué hora volvía. Incluso cuando estaba sola, seguía pensando en qué opinaría Paul de lo que estaba haciendo.
Camille bajó la cabeza.
—Había dejado el hospital. Casi no veía a mis amigas. Me costaba decidir hasta qué comprar en el supermercado sin preguntarme si él se enfadaría porque había gastado demasiado.
Elias escuchaba.
—Cuando empecé a preparar la huida, pensé que quería salvar a Julie. Y era verdad. Pero también había una parte de mí que quería comprobar si todavía quedaba algo de la mujer que había sido antes.
Se secó una lágrima antes de que cayera. No había empezado a llorar realmente. Solo estaba cansada.
—No quería convertirme en alguien cuya única habilidad fuera anticipar el humor de un hombre.
Elias apoyó una mano sobre la mesa. No la acercó a ella.
—No eres así —dijo en voz baja.
—A veces sí. —Camille lo miró.
—A veces haces eso, no es lo mismo.
La corrección la sorprendió.
—Te he visto trabajar —siguió él—. Tomar decisiones. Discutir con Alain sobre proveedores y decirle a un turista que no tenía derecho a hablarte de determinada manera. He visto cómo cuidas a Julie y cómo aprendes a dejarla alejarse sin convertir tu miedo en una jaula para ella.
Camille bajó la mirada.
—También me has visto salir corriendo de una playa.
—Porque Paul estaba allí.
—Sí.
—Eso no invalida lo demás.
Camille permaneció en silencio. La carta de su madre apareció en su cabeza.
No permitas que nadie te reduzca. Busca un lugar donde puedas respirar.
Quizá había interpretado durante demasiado tiempo aquella frase como una orden para encontrar un sitio.
Ahora empezaba a entender que el lugar no era suficiente: había que recuperar también a la persona que respiraba dentro.
—Mañana quiero hablar con alguien —dijo.
Elias no se movió.
—¿La policía?
Camille sintió el miedo, pero esta vez no retrocedió.
—Sí.
Pronunciarlo le produjo una mezcla de terror y alivio.
—Pero no en Lyon.
—De acuerdo.
—Me gustaría que Mathieu nos dijera con quién puedo hablar.
—Lo hará, seguro.
—Quiero saber exactamente qué puede ocurrir con Julie.
—Lo averiguaremos.
—Y con lo de los documentos.
—También.
Camille lo miró.
—Puede que haya hecho cosas ilegales y podrían acusarme.
Elias no intentó quitarle importancia.
—Puede.
—Paul puede usarlo.
—Seguramente intentará hacerlo —coincidió él.
Camille cerró los ojos.
—No eres muy bueno tranquilizando.
—No quiero tranquilizarte con falsas promesas.
—Ya.
—Lo que sí puedo decirte es que ahora tienes información que no tenías cuando huiste, personas que saben lo que ocurre y pruebas que quizá tengan valor. No estás en la misma situación.
Camille volvió a abrir los ojos.
—Y estás tú.
Elias sostuvo su mirada.
—Sí. Aquí estoy. Y estaré donde quieras.
La respuesta fue simple.
Camille miró la mano que mantenía sobre la mesa. Se acercó un poco. No la tomó inmediatamente; durante unos segundos observó sus dedos, como si todavía estuviera aprendiendo que podía elegir el contacto. Después, apoyó su mano encima.
Elias no cerró la suya. Esperó. Fue Camille quien entrelazó los dedos.
Permanecieron así un rato.
—Tengo miedo —dijo por fin.
—Lo sé, y es normal.
—Pero no quiero que eso me haga volver atrás.
—Entonces, mañana intenta dar un paso hacia delante.
—¿Y si después quiero salir corriendo?
—Seguramente querrás.
—Eso tampoco ayuda —sonrió Camille.
—No podemos controlar lo que quieres hacer cuando tienes miedo.
—¿Y lo que haga?
Elias apretó muy ligeramente los dedos.
—Eso sí puedes decidirlo tú.
Camille pensó en la playa, la carrera, el almacén.
Pensó también en algo que había ocurrido antes: el turista enfadado, el proveedor, la primera vez que permitió a Julie alejarse, las llaves del restaurante.
Quizá luchar no se parecería a lo que había imaginado.
No tendría que ser enfrentarse a Paul en una habitación ni dejar de sentir miedo.
Podía ser algo mucho menos espectacular: presentarse ante alguien, decir su nombre real, entregar una carpeta, contar la verdad, aceptar las consecuencias.
Aquella posibilidad seguía aterrorizándola. Pero por primera vez, el miedo no parecía una señal que indicara que debía retroceder. Solo una parte del camino.
Arriba, Julie volvió a moverse. Camille retiró la mano.
—Voy a verla.
Elias asintió. Ella recogió la carpeta. Cuando llegó al primer escalón, se detuvo.
—Elias.
—¿Sí?
Camille miró los documentos. Durante meses los había llevado ocultos, separados de todo lo demás, preparados para volver a desaparecer.
—Mañana no quiero volver a guardarlos.
Elias asintió y sonrió.
Camille subió. Entró en la habitación y dejó la carpeta sobre la cómoda, a plena vista. Después se tumbó junto a Julie. No cerró las persianas por completo: entre ambas hojas quedó una franja estrecha por la que entraba la luz de la luna y podía verse una parte del jardín de hortensias.
Camille permaneció mirando aquella abertura. Paul seguía en Kerlann. Nada había terminado. Pero por primera vez desde que salió de Lyon, la siguiente decisión no consistía en averiguar hacia dónde podían huir. Consistía en decidir dónde iba a plantar los pies.