36
Camille
Casa de Annette. Noche
La casa de Annette estaba mucho más cerca del centro de Kerlann de lo que Camille había imaginado y, al mismo tiempo, parecía pertenecer a otro lugar.
Se accedía por un callejón estrecho que nacía detrás de la tienda, atravesaba un pequeño patio empedrado y terminaba junto a una verja de hierro cubierta parcialmente por hortensias.
Las flores habían perdido ya la intensidad del comienzo del verano y algunas empezaban a secarse en los bordes, pero formaban una pared suficiente para ocultar buena parte de la fachada desde la calle.
Detrás, una construcción de piedra de dos plantas se apoyaba contra el desnivel del terreno, con contraventanas verdes y un tejado oscuro sobre el que se acumulaban hojas de los árboles cercanos.
Camille había pasado muchas veces a pocos metros sin saber que estaba allí. Aquello la inquietó y la tranquilizó a la vez.
Annette los esperaba en el patio. No llevaba la ropa de trabajo de la tienda, sino un jersey de punto claro y unos pantalones cómodos. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y sostenía una llave grande en una mano. Cuando vio a Julie, toda su atención se dirigió hacia la niña.
—Hola, cielo. ¿Tienes hambre?
—Hemos comido. —Julie miró a su madre.
—Eso no significa que no tengas hambre ahora.
Camille estuvo a punto de protestar, pero reconoció demasiado bien aquella lógica.
—Marie te ha entrenado —bromeó Camille.
Annette sonrió de medio lado y la puerta.
Julie entró primero. La casa olía a madera vieja, a lavanda y a algo ligeramente húmedo que recordaba a los armarios cerrados durante demasiado tiempo.
No estaba abandonada, aunque resultaba evidente que nadie vivía allí de manera habitual.
Había una mesa redonda en la cocina, cuatro sillas distintas, un aparador antiguo y una estufa de hierro que seguramente llevaba meses sin encenderse.
Sobre una repisa descansaban fotografías familiares en marcos de madera, algunas tan antiguas que los colores se habían vuelto casi grises.
—Era de mis padres —explicó Annette al ver que Camille miraba a su alrededor—. Después la utilicé para guardar cosas y alojar a alguna visita. Hay dos dormitorios arriba. Las camas están hechas.
—No tenías que…
—No empieces. —Annette levantó una mano.
Camille cerró la boca. Elias dejó la bolsa junto a la escalera.
Annette miró a Julie.
—¿Quieres ver tu habitación?
La niña asintió.
—¿Tiene ventana?
—Dos.
—¿Se ve el mar?
—Un trozo.
Aquello bastó. Julie siguió a Annette escaleras arriba.
Camille permaneció junto a la puerta. El silencio que dejaron detrás hizo que la casa pareciera todavía más aislada.
Elias cerró. No echó la llave. Esperó. Camille se dio cuenta y fue ella quien se acercó y giró la cerradura. Después colocó el pequeño pasador interior. El gesto le pareció necesario, pero no desesperado. Había una diferencia.
—¿Estás bien? —le preguntó Elias.
—No lo sé —reconoció Camille, mirando la puerta.
—Respuesta aceptable.
—Estás aprendiendo.
—Con dificultad.
Se oyó la voz de Julie arriba.
—¡Mamá!
Camille subió inmediatamente. La habitación que Annette había elegido para ella tenía una cama estrecha junto a la pared, una cómoda blanca y una ventana desde la que, en efecto, podía verse una franja del mar entre los árboles.
Había también una colcha de flores y un pequeño ramo de lavanda seca sobre la mesilla.
Julie estaba en mitad del cuarto.
—Huele raro.
—Huele bien —Annette fingió indignación.
—Huele a abuela.
—Julie —cerró Camille los ojos.
—Tiene razón. —Annette soltó una carcajada.
La niña miró la cama.
—¿Vamos a dormir aquí siempre?
La pregunta borró la risa. Camille se quedó quieta. Annette no intervino y Elias no había subido; aquella discreción parecía extenderse por toda la casa.
—Solo unos días —respondió Camille.
—¿Hasta que papá se vaya?
La palabra volvió a aparecer. Cada vez dolía de una manera distinta.
—Hasta que sepamos qué vamos a hacer.
Julie bajó la mirada.
—¿Él sabe que estoy aquí?
—No.
—¿Y si viene?
Camille sintió que la respuesta automática se preparaba —no vendrá, no puede encontrarnos, todo estará bien— y no quiso decir ninguna. Se sentó en el borde de la cama.
—Entonces, los adultos nos ocuparemos.
—¿Tú también? —la miró Julie.
Camille sintió que algo se afirmaba dentro de ella.
—Sobre todo yo.
La respuesta pareció satisfacerla.
Annette recogió la mochila.
—Antes de empezar a resolver el mundo, esta niña necesita cenar.
Julie sonrió por primera vez desde la playa.
Camille entendió en ese momento por qué Annette estaba haciendo aquello: no quería que Julie recordara la casa como el lugar donde se escondieron de su padre, sino que recordara la sopa, la habitación que olía a lavanda y quizá las hortensias del patio.
La gratitud llegó con tanta fuerza que Camille tuvo que apartar la mirada.
Annette había preparado una cena sencilla: sopa, pan tostado, queso y fruta.
Julie comió más de lo esperado. Elias se sentó en un extremo de la mesa y apenas habló mientras la niña contaba una versión cada vez más larga de la medusa de cartón y del ojo que Maëlle le había regalado.
Annette la escuchó como si no existiera ninguna otra cosa urgente en el mundo.
Camille no consiguió comer mucho. Nadie lo señaló, y eso también ayudó.
—Yo dormiré arriba —dijo Annette cuando Julie empezó a bostezar—. En la habitación pequeña.
—Pensaba que volverías a tu casa —levantó Camille la cabeza.
—Esta es mi casa.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Lo sé —recogió Annette los platos—. Me quedo.
—No hace falta.
—Camille.
La mujer dejó los platos.
—Tengo sesenta y cuatro años. No necesito que me digas dónde puedo dormir.
Camille casi sonrió.
—No quiero molestarte.
—Entonces, deja de preocuparte por si me molestas.
La respuesta fue tan directa que no admitía discusión.
—¿Y la tienda?
—Abro a las siete y está al otro lado del patio.
—Claro.
Annette se volvió hacia Elias.
—Tú puedes dormir aquí abajo. El sofá se abre.
—Eso parece una mejora considerable —dijo, y miró el mueble.
—No cantes victoria —lo observó Camille.
—Después de tu sofá, cualquier cosa es una mejora.
Annette los miró alternativamente a ambos. No preguntó. Ni una sonrisa significativa, ni una observación. Simplemente, empezó a retirar la mesa. Camille agradeció también eso.
Julie tardó poco en dormirse. Camille se acostó a su lado hasta que la respiración de la niña se hizo profunda y regular. Monsieur Lapin estaba atrapado debajo de uno de sus brazos y la concha blanca que había llevado desde la otra habitación descansaba sobre la mesilla junto al ramo de lavanda.
Camille permaneció despierta. El techo de aquella habitación era bajo y las vigas de madera formaban sombras largas cuando entraba luz desde el exterior. Cada vez que una rama rozaba la ventana, su cuerpo reaccionaba.
Paul no sabía que estaban allí. Eso le había dicho Elias. Más exactamente: no tenemos ninguna razón para pensar que lo sabe. Aquella precisión le daba menos consuelo y más confianza.
Camille cerró los ojos. Intentó pensar en la cala, en el mar, en Julie buscando cangrejos, en el beso con Elias. La imagen apenas llegó antes de que otra la sustituyera. Paul en la playa. Su voz. Camille . Su nombre pronunciado de aquella manera.
Abrió los ojos. No quería dormir. Sabía lo que ocurriría. Aun así, el cuerpo terminó venciendo.
La ventana estaba abierta. Eso fue lo primero que vio.
Camille estaba en Lyon y también en Kerlann, en dos lugares superpuestos de una forma que solo los sueños podían hacer posible.
La habitación era la de Annette, pero al otro lado de la ventana estaba la calle de Lyon donde había vivido con Paul.
La cortina se movía. Camille intentaba levantarse y no podía. Julie dormía a su lado.
Entonces apareció una mano en el marco. Paul entró por la ventana. No rompió nada. No hizo ruido. Entró con la misma tranquilidad con la que habría abierto la puerta de casa después del trabajo.
Camille quiso gritar, pero no tenía voz.
Paul sonrió.
—¿De verdad pensabas que no iba a encontrarte?
Ella intentó coger a Julie. La niña ya no estaba. La cama estaba vacía. Camille miró a su alrededor. Paul sostenía a Julie en brazos.
—Es mi hija.
Camille se lanzó hacia ellos.
Despertó.
Tardó varios segundos en entender dónde estaba. La oscuridad. Las vigas. Lavanda. La casa de Annette.
Julie lloraba. No estaba despierta del todo. Lloraba dormida.
—Papá…
Camille se incorporó.
—Julie.
La niña se movía inquieta.
—No…
—Cariño.
La tocó con cuidado y Julie abrió los ojos. Durante un momento no pareció reconocerla. Después se abrazó a ella.
—Mamá.
—Estoy aquí.
La niña escondió la cara contra su pecho.
—Papá estaba enfadado.
Camille cerró los ojos.
—Ha sido un sueño.
—Estaba aquí.
—No está, tranquila.
—Lo he visto.
—Ha sido un sueño.
Julie lloró unos minutos más. Camille la sostuvo. No intentó convencerla de que no tuviera miedo, solo permaneció allí hasta que volvió a relajarse.
Cuando la niña se durmió otra vez, Camille siguió sentada. La pesadilla de Julie había sido distinta de la suya. O quizá no. Las dos estaban empezando a soñar con lo mismo, y eso la aterrorizó más que Paul caminando por Kerlann. No podía seguir viviendo así. Ni obligar a Julie a hacerlo.
Camille se levantó y salió de la habitación con cuidado. La luz del salón estaba encendida. Elias estaba sentado en el sofá abierto, con la espalda apoyada contra la pared y un libro en las manos. No parecía haber leído mucho. Levantó la vista al verla.
—¿Julie? —preguntó.
—Se ha despertado sobresaltada, pero se ha vuelto a dormir.
Elias dejó el libro.
—¿Una pesadilla?
—Con Paul —asintió Camille.
No hizo ninguna pregunta mientras ella bajaba los últimos escalones.
—Yo también he tenido una pesadilla.
—¿Quieres sentarte?
Camille se acercó a la mesa. Había una taza vacía delante de él.
—¿Tampoco puedes dormir?
—Parece que no.
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
Camille se sentó. Durante unos segundos miró sus manos.
—No puedo seguir haciendo esto.
Elias tardó en reaccionar.