Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 35 #2
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35 #2

—Mathieu Le Goff. Coincidimos destinados hace unos años. Ahora trabaja en protección y seguridad de defensa en la base.

—¿Confías en él?

—Sí.

—¿Él en ti?

—Depende del día —Elias sonrió apenas.

Camille no sonrió.

—No le cuentes lo de los documentos.

—No sin tu permiso.

—Ni dónde estamos.

—Sabe que estoy en Kerlann.

—Quiero decir nosotras.

—De acuerdo.

Elias marcó. Mathieu respondió al cuarto tono.

—Bonnet. Si estás llamando durante tus vacaciones, espero que sea para invitarme a comer.

La familiaridad de la voz produjo un contraste extraño con la tensión del almacén.

—Necesito hacerte una consulta.

Hubo un pequeño silencio.

—Eso suena menos interesante.

—No es oficial.

—Peor.

—Mathieu.

El tono bastó.

—Habla.

Elias miró a Camille.

—Necesito saber qué pasos seguir para comprobar si un policía puede estar utilizando información profesional para localizar a una persona que no quiere ser localizada.

La respuesta tardó unos segundos.

—¿Policía nacional?

—Sí.

—¿Activo?

—Sí.

—¿Qué rango?

Elias miró a Camille.

—Inspector —dijo después.

—¿Dónde?

—En Lyon.

—¿Nombre?

Elias esperó. Camille cerró los ojos. Después asintió.

—Paul Faure.

Al otro lado de la línea se oyó movimiento.

—¿Qué quieres que haga exactamente?

—De momento, nada que implique consultar un sistema al que no debas acceder. Quiero saber si hay alguna vía legal para comprobar antecedentes disciplinarios, denuncias o posibles accesos indebidos y a quién deberíamos acudir si existe riesgo para una mujer y una menor.

Mathieu guardó silencio.

—Eso ya no suena a una consulta teórica.

—No lo es.

—¿Están contigo?

Elias miró a Camille.

—Están seguras.

No respondió a la pregunta. Mathieu lo entendió.

—No busques tú al tipo.

—No pensaba hacerlo.

—Te conozco.

—Por eso te estoy llamando antes.

—Bien. Dame un rato. Puedo averiguar cuál es el canal correcto sin consultar nada sobre ese tal Faure.

Si hay que investigar a un funcionario policial, que lo haga quien tenga competencia para ello.

Y si hay una amenaza inmediata, llamáis a la policía.

No conviertas esto en una operación particular porque sabes perfectamente cómo termina esa clase de estupideces.

—Entendido.

—Y Bonnet.

—¿Sí?

—Si hay una menor, no improvises.

La llamada terminó.

—No ha parecido encantado —dijo Camille.

—Mathieu nunca parece encantado.

—¿Va a investigar a Paul?

—No. Va a decirnos quién puede hacerlo legalmente.

—¿Y si descubre algo?

—Entonces, decidiremos con la información que tengamos.

Camille asintió despacio. Elias guardó el teléfono.

—Ahora tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—No podéis volver a tu apartamento.

—¿Por qué? —lo miró ella.

—Porque Paul sabe dónde está. Te ha seguido hasta el restaurante y lleva días observando el pueblo. Sería absurdo asumir que no conoce la tienda de Annette.

Camille se puso rígida.

—Entonces, ¿ qué propones hacer?

—Annette tiene la casa antigua detrás de la tienda —le explicó Elias. La que da al callejón. Es una vivienda estrecha de piedra conectada con el patio trasero. Annette la utiliza sobre todo como almacén desde que se mudó al piso de arriba.

—Creía que no vivía nadie allí.

—Así es.

—Paul podría encontrarla.

—Podría. No estoy diciendo que sea un escondite perfecto. Pero esta noche es mejor que un motel. Allí tendrías que registraros, mover el coche y entrar con Julie por una recepción. Y está a dos minutos del restaurante, con entrada por detrás.

Camille lo pensó un instante.

—¿Annette aceptará?

—Marie ya estará hablando con ella.

—¿Tu madre sabe siempre lo que vas a hacer antes que tú?

—Es inquietante, pero sí.

Por primera vez desde que llegó de la playa, Camille sonrió ligeramente. Elias aprovechó aquel segundo para continuar.

—Esta noche nos quedaremos allí. Mañana, con lo que diga Mathieu, decidiremos el siguiente paso.

—Nos quedamos.

—Tú y Julie.

—¿Y tú? —lo miró Camille.

—También.

La respuesta fue inmediata.

Camille lo miró a los ojos un largo rato.

—No puedes ponerte entre Paul y yo, no es tu pelea y pondrás en riesgo tu vida y tu pelea. Quizá sea mejor que me vaya…

—Estoy seguro de que Paul está controlando las salidas del pueblo por si decides volver a marcharte. Y una vez lejos de aquí, te interceptará y nadie podrá ayudarte. Yo tampoco —remarcó.

Camille bajó los ojos y asintió despacio.

Se acercó lo suficiente para que no tuvieran que levantar la voz.

—Si Paul aparece —siguió Elias—, llamaremos a la policía. Si hay que denunciar, denunciarás tú. Si hay que decidir qué hacer con Julie, lo decidirás tú con quien corresponda. Yo no voy a sustituirte en nada de eso y nunca voy a ponerme en medio, pero esta noche no quiero que estés sola.

—Eso también tengo que decidirlo yo. —Ella volvió a mirarlo.

—Sí.

Elias esperó. No recogió ninguna otra cosa, no avanzó hacia la puerta. Simplemente la miró.

—De acuerdo —dijo por fin.

Elias asintió. Nada más.

—Pero no vas a salir a buscarlo —lo señaló ella.

—No.

—Ni aunque Mathieu encuentre algo.

—Ni entonces.

—Ni si Paul llama.

—Prometido.

Ella lo estudió durante un momento y respiró.

—Bien.

Elias cogió las llaves y subieron al restaurante.

Marie ya tenía preparada una bolsa con ropa de Julie que Annette había recogido discretamente del apartamento y algo de comida. Alain estaba junto a la puerta, vigilando la plaza sin hacer de ello un espectáculo.

Julie levantó la cabeza al verlos.

—¿Nos vamos a casa?

Camille se quedó quieta. La pregunta ya no tenía una respuesta sencilla. Se acercó a su hija y se agachó frente a ella.

—Esta noche vamos a dormir en otro sitio.

—¿Por papá?

Camille sintió la mirada de todos, aunque nadie intervino.

—Sí.

Julie bajó los ojos.

—¿Está enfadado?

Camille le apartó el pelo de la frente.

—No lo sé.

Y esta vez la verdad le pareció suficiente.

Elias abrió la puerta trasera del restaurante. Marie le entregó la bolsa. Camille tomó a Julie de la mano y lo siguió hasta el callejón.

Habían dado apenas unos pasos cuando se detuvo.

—Elias.

Él volvió la cabeza.

—Gracias.

Camille abrió la boca para decir algo más, pero no salió ninguna palabra. Julie apretó su mano y Camille sonrió un segundo.

Elias comprendió la respuesta. No dijo que la protegería, no prometió que Paul no las encontraría, no convirtió aquella noche en una demostración de nada. Simplemente cogió mejor las llaves, tomó la bolsa que Marie había preparado y caminó junto a ellas hacia la casa de Annette.