35
Elias
Kerlann. Finales de agosto
Cuando volvió a subir al restaurante, Paul ya no estaba en la plaza.
Había esperado encontrarlo frente a la puerta, quizá discutiendo con Alain o intentando convencer a Marie de que lo dejara entrar.
Durante el trayecto desde el puerto se había repetido varias veces que no debía ir a buscarlo, que Camille se lo había pedido expresamente y que enfrentarse a Paul en mitad de Kerlann no solucionaría nada.
Aun así, la parte más primitiva de él había imaginado el encuentro y había tenido que contenerla.
La plaza parecía normal. Demasiado normal. Una pareja consultaba el menú de un restaurante cercano, dos niños perseguían a las palomas junto a la fuente y un hombre descargaba cajas de una furgoneta. Nadie parecía haber presenciado nada extraordinario.
Elias abrió la puerta, dio un paso hacia delante, se detuvo unos segundos frente al Bonnet y recorrió la calle con la mirada.
—Se ha ido.
Alain estaba detrás de él.
—¿Hacia dónde? —preguntó.
—No lo sé. Cuando ha visto que no iba a dejarlo entrar, ha esperado unos minutos y después se ha marchado.
—¿Ha dicho algo?
—Que quería hablar con su mujer.
Elias apartó la palabra mujer de su mente. No era momento de pensar en eso.
—¿Lo has visto marcharse?
—Hasta la esquina, sí.
—¿Iba a pie?
—Ajá.
Elias volvió a mirar la calle. Podía haber ido a buscar el coche, podía estar observando desde cualquier lugar cercano, o podía haber decidido que esperar allí era inútil y estar preparando otra forma de acercarse.
Sintió de nuevo el impulso de salir a buscarlo. Alain debió de verlo.
—Camille y la niña siguen abajo.
Eso bastó. Elias volvió a entrar. No había llegado hasta allí para encontrar a Paul, sino porque Camille lo había llamado.
La imagen de Camille con Julie abrazada a la cintura en el almacén lo golpeó con fuerza.
Nunca había visto a Camille así. Había conocido su vigilancia, sus sobresaltos y esa forma que tenía de mirar una habitación antes de entrar en ella.
La había visto durante dos noches y había aprendido a reconocer el miedo incluso cuando ella creía que había logrado ocultarlo.
Aquello era distinto: parecía haber agotado todos los recursos que utilizaba habitualmente para mantenerse en pie.
Recordó a Julie diciendo Pero es mi papá , y sintió el peso de la frase. No tenía derecho a responder por Camille.
Volvió a bajar al almacén. Julie parecía más calmada, y quizá también Camille, aunque sabía que podía ser una buena actriz cuando se lo proponía.
—Se ha ido —le dijo sin más.
—¿Seguro?
—Alain dice que sí.
Camille respiró profundamente.
—Cariño —le dijo a Julie—, ¿puedes subir un momento con Marie?
Julie se aferró más a ella.
—No.
—Solo un momento.
—No quiero.
Camille cerró los ojos. Elias vio que estaba a punto de insistir y decidió intervenir.
—Marie tiene tu mochila.
Julie lo miró. La habían abandonado en la playa.
—No, se le ha caído a mamá antes.
—La otra. La del restaurante.
—Ah.
—Y creo que Alain ha encontrado tu dibujo debajo de una caja.
Eso sí consiguió interesarla.
—¿Cuál?
—No lo sé.
—¿El del barco?
—Puede ser.
Julie miró a su madre.
—¿Puedo ir?
—Pero no salgas del restaurante —asintió Camille.
—Vale.
—Ni siquiera a la terraza.
—Vale.
—Y te quedas con Marie todo el tiempo, yo iré enseguida.
—Mamá…
Camille se detuvo. Estaba empezando otra vez.
—Perdona.
Besó a la niña.
—Ve.
Julie subió. Elias esperó hasta escucharla hablar con Marie y después volvió la puerta sin llegar a cerrarla del todo.
Camille seguía de pie.
—Paul se ha ido.
—¿Dónde? —levantó ella la cabeza.
—No lo sabemos.
—Entonces no se ha ido.
La precisión le hizo asentir.
—Tienes razón.
Camille se llevó ambas manos a la cara.
—Dios…
Elias no se acercó todavía.
—Cuéntame exactamente qué ha pasado.
—Ya te lo he dicho —lo miró ella.
—Necesito saber qué ha hecho exactamente.
—¿Por qué?
—Porque tenemos que decidir qué hacemos ahora.
Camille soltó una risa breve, agotada.
—Huir.
La palabra quedó entre ellos.
—¿Eso quieres?
Ella tardó en responder.
—No.
—Entonces, no decidamos desde el miedo.
—Ha encontrado Kerlann, y la playa a la que voy con Julie. Sabe dónde trabajo. Sabe dónde vivimos.
Elias asintió en silencio.
—¿Y me dices que no decida con miedo? —casi gritó ella.
—Te digo que el miedo nos da información. No tiene por qué tomar todas las decisiones.
Camille lo observó y por un instante pareció que iba a enfadarse. Elias casi lo deseó: la rabia era mejor que aquella expresión vacía. Pero Camille bajó la mirada.
—Se acercó hablando como si nada hubiera pasado. Me llamó por mi nombre y durante un segundo volví a estar en Lyon. No podía respirar.
Elias esperó.
—Dijo que quería hablar. Que había recorrido media Francia buscando a su hija. Le pedí que se fuera, varias veces, de hecho, pero no lo hizo. Después, Julie lo vio. —Su voz cambió—. Lo reconoció, lo llamó papá y quiso ir con él.
—Es normal.
—Ya lo sé —Camille levantó los ojos con brusquedad.
—No lo decía para…
—Sé que es normal. Es su padre. Lo quiere. Lo echa de menos. Paul podía pasar una tarde entera jugando con ella después de haberme aterrorizado durante toda la noche. Ya te lo conté.
—Sí.
—No quiero que Julie deje de quererlo porque yo tenga miedo de él. —La contradicción parecía desgarrarla—. Pero tampoco puedo dejar que se acerque.
—Entonces, tendremos que separar esas dos cosas.
—No se pueden separar —negó Camille.
—Hoy no, pero quizá más adelante sí.
—¿Cómo? —lo miró ella con cansancio.
—Con ayuda de gente que sepa más que nosotros.
La resistencia apareció inmediatamente.
—No quiero que intervenga la policía.
—Paul es policía, lo sé, pero no toda la policía es como él.
—No sabes cómo funciona.
—No. Por eso necesitamos averiguarlo.
Camille caminó hasta una caja y se sentó. Elias permaneció frente a ella.
—Hay algo que no te he contado —siguió Camille en voz baja.
—De acuerdo.
—Y cuando lo haga vas a entender por qué no puedo presentarme simplemente en una comisaría.
Elias no dijo nada. Camille respiró profundamente.
—Paul y yo seguimos legalmente casados, no he iniciado ningún trámite de separación. Simplemente, me fui de casa con mi hija sin decirle nada.
—Bueno —empezó Elias tras una pausa—. Eso complica un poco las cosas, pero no del todo. ¿Hay alguna denuncia contra él?
—No.
—¿Alguna orden de alejamiento?
—No.
—¿Constancia médica de las agresiones?
Camille cerró los ojos.
—No como agresiones.
Elias esperó.
—Alguna vez fui a urgencias. Una muñeca. Dos costillas. Un corte.
La voz se le quebró un segundo.
—Mentí sobre cómo había ocurrido.
Elias sintió la rabia regresar, pero la mantuvo fuera de la conversación.
—¿Y Julie?
—Nunca le hizo daño.
—No te he preguntado eso. ¿Hay constancia de que estuviera presente durante algún episodio?
—No.
—Bien.
—¿Bien? —levantó Camille la mirada.
—Quiero decir que necesito saber qué existe y qué no. No estoy diciendo que la situación sea buena.
Ella pareció aceptar la explicación.
—No hay nada.
—Entonces, partiremos de ahí.
—No. —Camille se puso en pie—. Todavía no lo entiendes.
Fue hasta la puerta, comprobó que Julie seguía con Marie y regresó.
—La mujer que conoces como Camille Moreau no existe.
Elias permaneció inmóvil. Durante un segundo pensó que había entendido mal.
—¿Qué quieres decir?
Camille tragó saliva.
—Moreau no es mi apellido.
Él la miró.
—¿Camille sí es tu nombre?
—Sí.
—¿Y Julie?
—También.
Aquello alivió una parte mínima de la confusión.
—¿Qué apellido utilizáis?
—Uno que no es nuestro.
—¿Y la documentación?
Camille asintió. Elias sintió que la situación cambiaba de dimensión.
—¿Falsa?
—Sí.
—¿Quién te la consiguió?
—No puedo decírtelo.
—Camille…
—No porque no confíe en ti, sino porque cuanto menos sepas de eso, mejor.
Elias estuvo a punto de insistir, pero no lo hizo.
—¿De qué documentación estamos hablando exactamente?
—Un permiso de conducir, una tarjeta sanitaria provisional que conseguí utilizando otra documentación… Papeles suficientes para alquilar la habitación y matricular a Julie en el colegio.
—¿La escuela cree que sois Moreau?
—Sí.
—¿Marie y Alain también?
—Todo el mundo —lo miró Camille.
La respuesta quedó flotando en el almacén.
—¿Y cuál es tu apellido real?
Ella dudó. Elias vio el momento exacto en que decidió entregarle la última pieza.
—Faure.
—Camille Faure.
—Paul Faure es mi marido —asintió—. Inspector de policía en Lyon.
Pronunciarlo pareció costarle más que muchas de las cosas que había contado la noche anterior. Elias respiró lentamente.
—¿Inspector?
—Sí.
Eso explicaba muchas cosas. La capacidad para seguirla, la seguridad, la paciencia con la que parecía haberse acercado.
—¿Qué acceso tiene a los recursos policiales?
—No sé exactamente qué ha utilizado y qué no. Conoce gente. Sabe cómo consultar registros, cómo pedir favores sin dejar claro para qué los quiere, cómo encontrar cámaras y movimientos bancarios. Incluso si no utiliza directamente sistemas policiales, sabe dónde buscar.
—Por eso tardó dos meses, pero llegó.
—Sí.
Camille se abrazó el cuerpo.
—Pensé que lo había hecho bien.
—Lo hiciste bien.
—Me ha encontrado.
—Eso no significa que lo hicieras mal.
Ella no respondió. Elias sacó el teléfono.
—Voy a hacer una llamada.
—¿A quién? —se tensó Camille.
—A alguien de la base.
—No quiero que esto salpique a tu trabajo.
—No es una llamada oficial.
—¿Qué significa eso?
Elias buscó un contacto.
—Que conozco a una persona que puede decirme por dónde empezar.
—¿Inteligencia militar?
—Seguridad de Defensa.
—Elias, no puedes utilizar recursos militares para investigar a mi marido. —Ella lo miró alarmada.
—No voy a hacerlo.
Guardó el teléfono un momento antes de marcar.
—Y tienes razón. No puedo pedir que consulten bases de datos sobre un policía porque sea tu marido, ni quiero meter a nadie en un problema.
Pero puedo llamar a alguien que conoce los procedimientos, sabe qué señales buscar cuando existe un posible abuso de credenciales y puede decirnos con quién hablar fuera de Lyon.
Aquello parecía tranquilizarla un poco.
—¿Quién?