Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 34 #2
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La habitación era pequeña. Cajas, botellas, un frigorífico auxiliar y una única ventana alta demasiado estrecha para pasar.

Camille buscó el pestillo, pero no había pestillo, solo una cerradura. La llave. ¿Dónde estaba? Buscó sin éxito.

Julie lloraba.

—Mamá.

—Espera, mi vida.

Camille empujó una caja contra la puerta y después otra. El cuerpo actuaba solo.

—Mamá, para.

Julie estaba asustada. Camille se volvió. La niña tenía la cara roja por las lágrimas y arena pegada a las piernas.

—Cariño —se agachó—. Lo siento.

Julie empezó a llorar más fuerte.

—Quiero a papá.

La frase casi la rompió. Camille la abrazó.

—Lo sé.

Y era verdad. No iba a negárselo.

—No me iba a hacer nada.

Camille cerró los ojos. No podía explicarle. No allí.

—No lo sabes.

—Es papá.

—Lo sé, cariño, pero ahora mismo no podemos estar con él.

La voz le salió rota.

—¿Por qué? —Julie se apartó.

Camille no tenía una respuesta que pudiera dar a una niña de cinco años sin destruir más cosas de las necesarias.

—Porque los mayores a veces hacen cosas que los niños no pueden solucionar.

Julie la miró.

—Tú tienes miedo —dijo la pequeña en voz baja.

Camille supo que no tenía sentido mentir.

—Sí, cariño. Tengo miedo.

La niña la abrazó otra vez. Camille apretó los ojos. No podía derrumbarse. No ahora.

Sacó el teléfono. Las manos le temblaban tanto que casi lo dejó caer. Buscó el número de Elias y llamó. Un tono. Dos. Tres.

Hasta que por fin contestó.

—Camille.

Solo escuchar su voz hizo que el aire volviera un poco.

—Está aquí.

Silencio.

—¿Dónde estás?

La voz cambió. No fuerte. Más concentrada.

—En el restaurante. Abajo. En el almacén.

—¿Julie está contigo?

—Sí.

—¿Está herida? ¿Alguna lo estáis?

—No, estamos bien.

Camille intentó respirar.

—Me ha encontrado en la playa.

—¿Te ha tocado?

—No.

—¿A Julie?

—Tampoco.

—Bien.

No estaba bien, pero la palabra servía.

—¿Ha entrado en el restaurante?

—No lo sé —reconoció ella, angustiada.

—Camille, escúchame.

Ella apoyó la espalda contra las cajas y escuchó.

—No salgas del almacén. Marie y Alain están ahí, y yo llegaré en unos minutos.

—No vengas a buscarlo —le pidió al instante.

—No voy a buscarlo, tranquila.

—Prométemelo.

—Voy al restaurante y solo me aseguraré de que las dos estéis bien.

—Elias.

—No voy a por él —repitió.

Camille respiró.

—Vale.

—¿Puedes poner a Julie al teléfono?

—¿Para qué? —miró ella a la niña.

—Quiero oírla.

Camille lo entendió. Solo quería comprobar que estuviera bien emocionalmente, que pudiera hablar. Le entregó el teléfono.

—Es Elias.

Julie lo cogió.

—Hola —saludó.

Camille no oyó la respuesta.

—Papá ha venido.

Una pausa.

—Sí.

Otra.

—Mamá corre muy rápido.

Camille cerró los ojos. Julie escuchó.

—Vale.

Le devolvió el teléfono.

—Dice que nos quedemos aquí.

—Ya lo sé.

Camille se lo llevó al oído.

—¿Qué le has dicho?

—Que estoy llegando.

—Elias…

—No voy a hacer nada sin hablar contigo.

El ruido de viento atravesaba la llamada. Probablemente estaba corriendo.

—¿Dónde está Paul ahora? —preguntó.

—No sé.

—¿Os siguió?

—Creo que sí.

—¿Lo viste llegar al restaurante?

—No.

—Bien.

Otra vez aquella palabra. Camille se aferró a ella.

—Tengo miedo.

La confesión salió sin resistencia.

—Lo sé.

—Mucho miedo. No puedo pensar…

—No hace falta que pienses, concéntrate en quedarte ahí y tranquilizar a Julie.

Camille apoyó la cabeza contra la pared.

—Solo quiero que vengas.

Hubo un segundo de silencio.

—Ya voy.

La llamada terminó y Camille dejó el teléfono sobre una caja. El corazón seguía corriendo más rápido que ella.

Arriba sonó algo. Una puerta. Voces. Camille se quedó inmóvil. Julie también.

Otro ruido. Un hombre hablando. No distinguía las palabras.

Camille puso un dedo sobre los labios de su hija. Silencio. La respiración de Julie. Su propia respiración. El frigorífico.

Arriba, Alain dijo algo. Otra voz. Masculina.

Camille dejó de sentir las piernas. Paul. Tenía que ser Paul.

Se acercó a la puerta, pero no la abrió. Solo escuchó. La voz llegó otra vez. No podía entenderla.

Julie susurró:

—¿Es papá?

Camille no respondió. Entonces, alguien bajó un escalón. Camille empujó la caja contra la puerta. Otro paso.

—Camille.

Era la voz de Elias. Las rodillas casi le fallaron.

Ella apartó la caja y abrió. Elias estaba al otro lado. Respiraba deprisa. Había venido corriendo.

—¿Estás bien?

Camille lo miró. No podía responder. Él no entró de inmediato. Esperó.

—¿Puedo?

Camille asintió. Elias entró y cerró la puerta detrás de él.

Julie corrió hacia él. Elias se agachó y la recibió sin levantarla del suelo.

—Hola.

—Papá ha venido.

—Lo sé.

—Mamá tiene miedo.

Elias levantó la vista hacia Camille. Ella seguía junto a la puerta.

—También lo sé.

Julie lo abrazó. Camille sintió que la fuerza que había mantenido hasta entonces empezaba a desaparecer. No quería llorar. No quería hacerlo delante de Julie. Pero las manos no dejaban de temblarle.

Elias soltó a la niña y se puso en pie.

—Paul está fuera.

Camille sintió que el aire volvía a desaparecer.

—¿Dónde?

—En la plaza.

—¿Lo has visto?

—Sí.

—¿Te ha visto?

—Sí.

—¿Ha dicho algo?

Elias tardó un segundo en responder.

—Que quiere hablar contigo.

—No —negó Camille—. No quiero verlo.

—Entonces, no lo verás ahora.

Ella lo miró. La frase no prometía que nunca tendría que enfrentarse a él. Solo ahora. Era suficiente.

Camille miró a Julie.

—¿Qué hacemos?

—Primero, sacaremos a Julie de aquí sin pasar por la plaza. Después, vamos a llamar a la policía.

Camille sintió que el pánico se apoderaba de ella.

—¡No!

—Tenemos que hacerlo.

—Elias, por favor…

—Ha seguido a una mujer y a una niña desde una playa hasta su lugar de trabajo después de que le hayas pedido que no se acercara, y ahora está esperando fuera.

—Es policía —le recordó con la voz rota.

—Eso no le da derecho a hacer ninguna de esas cosas.

Camille se llevó ambas manos al rostro. No podía volver a discutir sobre eso. No ahora.

Elias bajó la voz.

—No tienes que contarles toda tu vida en cinco minutos.

Ella lo miró.

—Solo lo que ha pasado hoy.

La playa. Paul. Julie. La carrera. El restaurante. Hechos. Podía hacerlo. Quizá.

—No quiero que Julie esté aquí cuando…

—Tampoco yo. —Elias miró a la niña—. ¿Quieres ir con Marie un rato?

Julie negó y se agarró a Camille.

—Con mamá.

—Se queda conmigo. —Camille le rodeó los hombros con un brazo.

—De acuerdo.

Elias no discutió.

Arriba volvió a sonar una voz. Camille miró la puerta.

—¿Paul puede entrar?

—No.

—¿Seguro?

—Alain está en la puerta y no piensa abrirle.

Por alguna razón, esa imagen consiguió atravesar el miedo. Alain delante de la puerta diciendo no.

Camille respiró.

—Elias.

—¿Sí?

—No salgas.

Él la miró.

—No voy a salir.

—Aunque te provoque.

—No voy a salir.

—Aunque diga cosas —insistió ella.

—Camille.

La voz fue firme.

—Me quedo aquí.

Ella asintió. Eso era lo que necesitaba. No un héroe, ni un hombre dispuesto a enfrentarse a otro, sino alguien capaz de quedarse.

Julie apoyó la cabeza contra el brazo de su madre. Camille miró la pequeña habitación. El almacén estaba lleno de cajas y botellas. Un lugar en el que había trabajado durante semanas sin pensar nunca que podría convertirse en refugio.

Arriba, el restaurante seguía lleno de vida. Platos. Voces. Marie. Alain. Fuera estaba Paul.

Y por primera vez desde Lyon, Camille no estaba corriendo hacia un lugar desconocido. Había corrido hacia casa.