34
Camille
Kerlann. Finales de agosto
Aceptó ir a la playa porque llevaba dos días intentando demostrarle a Paul, aunque él no estuviera delante, que su presencia no iba a encerrar otra vez su vida.
Aquella mañana no trabajaba hasta después de comer.
Julie había desayunado deprisa, había preguntado tres veces si podían ir a buscar a Bernard y, finalmente, Camille había decidido que quedarse en casa mirando por la ventana sería exactamente lo que llevaba semanas prometiéndose no hacer.
No se lo dijo así a nadie, ni siquiera a sí misma.
Preparó una mochila pequeña, añadió agua, una toalla y protector solar, y antes de salir revisó la calle desde la ventana. No vio el coche oscuro. Tampoco hombres detenidos frente a la tienda ni nadie que pareciera prestar atención a la entrada.
Annette estaba colocando cajas de fruta cuando bajaron.
—¿Playa?
—Cangrejos. —Julie levantó su cubo.
—Esa es una actividad mucho más seria.
Camille sonrió.
—Volveremos antes de comer.
Annette miró hacia la calle de forma casi imperceptible. Desde que sabía una parte de la historia, había empezado a hacerlo sin comentar nada.
—Si necesitáis algo, estoy aquí.
—Lo sé.
Y lo sabía. Tal vez por eso salió.
Caminaron por calles secundarias y evitaron la plaza. Camille se dijo que no era miedo, sino prudencia. No estaba huyendo, solo elegía otro camino. La diferencia importaba, aunque reconocía que a veces era difícil distinguirla.
Julie hablaba de la vuelta al colegio, todavía lejana para ella pero ya lo bastante cercana como para empezar a preocuparla. Quería sentarse junto a Maëlle. También quería llevar la campana de la fiesta y seguía sin comprender por qué su madre se negaba.
—Porque no eres la única niña de la clase.
—La podrán usar todos.
—Peor me lo pones.
—A Claire le gustará.
—Estoy segura de que Claire sueña con veinticinco niños tocando una campana.
Julie sonrió. La conversación permitió que Camille relajara un poco los hombros.
La playa apareció al final de los escalones.
La marea estaba baja y había pocas personas, algo habitual a primera hora: una pareja caminando junto al agua, dos mujeres mayores sentadas en sillas plegables y una familia más lejos, cerca de las rocas.
El cielo estaba cubierto, aunque la luz era clara y no amenazaba lluvia.
Camille miró alrededor. Una vez. Después otra. Nada.
—Hasta las primeras rocas —dijo.
Julie ya estaba bajando.
—Lo sé.
—Y no metas las manos debajo de ninguna piedra.
—De acuerdo.
—Julie…
La niña se volvió.
—Mamá, lo sé.
Camille sintió vergüenza.
—Vale.
Julie corrió. Ella dejó la mochila junto a una roca seca y se sentó sobre la toalla. Durante unos segundos permaneció rígida, mirando a la niña, después obligó al cuerpo a aflojarse poco a poco. Podía verla. Eso bastaba. Lo había aprendido. O estaba intentando aprenderlo.
Julie se agachó junto a una poza y empezó a hablar sola. Camille sonrió al verla. Había días en que parecía capaz de inventarse un mundo entero con una piedra, un palo y cualquier criatura que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino.
Sacó el teléfono. Ningún mensaje. Elias había escrito temprano.
¿Habéis dormido bien?
Camille respondió que sí. No añadió que se había despertado tres veces, pero no era una mentira completa.
Guardó el teléfono. El sonido de las olas ocupó el espacio. Camille cerró los ojos durante unos segundos. No mucho. Demasiado.
—Camille.
La voz llegó desde atrás. No sonó fuerte ni violenta. Eso fue lo peor.
Camille abrió los ojos. Durante una fracción de segundo pensó que quizá lo había imaginado. La forma en que Paul pronunciaba su nombre pertenecía a otro lugar, otra casa, otro pasillo. No podía estar allí, mezclada con gaviotas y mar.
Se volvió.
Paul estaba a unos diez metros. Llevaba unos pantalones oscuros y una chaqueta ligera. No parecía enfadado. Tampoco borracho. Tenía las manos a la vista y una expresión cansada, casi tranquila. Eso la aterrorizó más.
Camille se puso en pie. No recordaría después haberlo hecho.
Paul dio un paso.
—No te acerques —le pidió.
Él se detuvo. La sonrisa fue mínima.
—Solo quiero hablar.
El mundo se estrechó. Arena. El borde de la toalla. Las sandalias de Julie junto a la mochila. El mar detrás. La distancia hasta las escaleras.
Camille buscó a su hija. Julie seguía junto a las rocas. Todavía no lo había visto.
—Vete.
Paul negó lentamente.
—Camille.
Otra vez su nombre. La voz de Lyon. La voz antes de una discusión, la que utilizaba cuando quería demostrar que él era el único que conservaba la calma.
—No tienes derecho a hacer esto —dijo él después.
Camille sintió que la respiración empezaba a fallarle.
—Te he dicho que te vayas.
—He recorrido media Francia buscando a mi hija.
—No te acerques —repitió.
Paul miró hacia las rocas. Camille se movió inmediatamente hasta bloquearle la línea de visión.
—No la mires.
La expresión de Paul cambió. Muy poco, pero evidente.
—Es mi hija.
Camille sintió el miedo transformarse en algo más duro.
—Y precisamente por eso deberías haberte quedado lejos.
Él apretó la mandíbula.
—¿Qué le has contado?
—Nada que te importe.
—Claro que me importa.
—No.
Paul respiró hondo, como si ella fuera quien estuviera haciendo imposible una conversación razonable.
—No he venido a pelear.
Camille conocía aquella frase. Siempre significaba que la pelea empezaría en cuanto ella dejara de decir lo que él quería escuchar.
—Entonces, vete.
—Solo quiero verla.
—No.
—No puedes impedirme hablar con mi hija.
—Sí puedo ahora mismo.
—Camille.
El tono cambió. Solo un poco, pero ella oyó ese pequeño endurecimiento al final de su nombre. El aviso.
Un recuerdo físico le cruzó el cuerpo antes que la cabeza: la cocina de Lyon, Paul bloqueando la puerta, su mano cerrándose alrededor de su muñeca.
Camille retrocedió.
—No.
Paul volvió a mirar hacia las rocas. Esta vez, Julie levantó la cabeza.
Camille vio el momento exacto. Primero la niña miró a su madre. Después, al hombre que había detrás. Se quedó quieta. Durante un segundo no hubo reacción. Luego, algo apareció en su rostro. Confusión. Reconocimiento.
Julie dio un paso.
—¿Papá?
Camille sintió que algo se abría dentro de su pecho. No era dolor, era algo más profundo.
La palabra atravesó la playa y devolvió a Paul una expresión que ella no había visto desde antes de marcharse. Una ternura real y terrible al mismo tiempo.
—Hola, cariño.
Camille se movió antes de que él pudiera dar otro paso.
—Julie, ven.
La niña no reaccionó inmediatamente. Miraba a Paul.
—Papá…
—Ven conmigo —repitió Camille.
El tono hizo que Julie obedeciera. Corrió hacia ella. Camille la agarró por los hombros y la puso detrás de su cuerpo.
Paul avanzó.
—No hagas esto.
—No te acerques.
—Solo quiero abrazarla.
Julie miró desde detrás de su madre. Camille sintió sus dedos cerrarse alrededor de la camiseta.
—Mamá…
—Está bien.
Pero no estaba bien.
—Julie —dijo Paul—. Ven con papá.
Camille sintió que la niña se movía ligeramente. No sabía si hacia él o solo intentando verlo mejor.
El pánico la invadió por completo. No podía permitir que Paul la tocara, no sin saber qué haría después.
—Nos vamos.
Cogió la mochila con una mano y a Julie con la otra. Paul dio otro paso y Camille levantó la voz.
—¡No!
Varias personas miraron hacia ellos. Eso lo detuvo. Paul observó a su alrededor. El gesto fue pequeño, pero Camille lo reconoció: seguía calculando. Siempre calculaba. No quería una escena pública.
Eso le dio a ella unos segundos. Camille tiró de Julie hacia las escaleras.
—Mamá.
—Vamos.
—Pero papá…
—Ahora.
La niña empezó a llorar.
—Quiero hablar con él.
Camille no respondió. No podía. Paul venía detrás.
—Camille, deja de hacer el ridículo.
La frase llegó como un golpe. Exactamente la misma voz. Exactamente el mismo hombre.
Ella subió los primeros escalones. Julie tropezó y Camille la sujetó.
—Despacio, cariño. Vamos.
—Mamá, me haces daño.
Aflojó inmediatamente la mano.
—Perdona.
Paul estaba más cerca.
—No puedes seguir huyendo.
Camille no miró atrás. Escaleras. Una. Otra. El cuerpo de Julie junto al suyo, la mochila golpeando contra la cadera, el corazón demasiado rápido. Arriba. Solo tenía que llegar arriba.
—Camille.
No. Siguió subiendo.
Cuando alcanzaron la calle soltó la mochila, pero no se agachó.
—Corre.
Julie la miró llorando.
—¿Dónde?
—Al restaurante.
—Pero…
—¡Julie, corre!
La niña empezó a correr y Camille fue detrás. No sabía si Paul seguía tras ellas. No podía mirar.
La calle parecía más larga de lo habitual. Una mujer salió de una tienda y tuvo que apartarse; Camille oyó que preguntaba algo y no respondió. Julie corría delante. Bien. Podía verla. Eso bastaba.
El restaurante. Llegar al restaurante. Marie. Alain. Elias.
El nombre apareció ante sus ojos. Elias.
Doblaron la esquina. El toldo. La fachada. La puerta. Camille llegó primero y la abrió de golpe.
Marie estaba detrás de la barra. Levantó la cabeza. No necesitó preguntar.
—Dentro —dijo sin más.
Camille agarró a Julie.
—¿Está Elias?
—No.
La respuesta la golpeó.
—¿Dónde está?
—Ha ido al puerto.
Alain apareció en la puerta de la cocina. Camille miró detrás, hacia la calle. No veía a Paul, pero sabía que estaba a punto de llegar.
—Cierra —pidió—. Cierra, por favor.
Alain se movió inmediatamente. No preguntó. Fue hasta la puerta, echó el cerrojo y bajó parcialmente una de las persianas. Los clientes miraron y alguno se inquietó.
Marie se acercó a ella.
—Camille…
—Está aquí —dijo casi sin respiración.
—¿Paul?
Asintió. No podía hablar. Julie seguía llorando.
—Papá estaba en la playa.
Marie miró a la niña y después a Camille.
—Vamos atrás.
Alain ya estaba junto a la entrada.
—No va a entrar.
El tono no tenía dramatismo. Era Alain. Una afirmación práctica. Camille quiso creerla.
—Al almacén —dijo Marie—, allí estaréis a salvo.
Camille dudó.
—Ve —insistió Marie.
Esta vez obedeció. Cogió a Julie y atravesó la cocina. El almacén quedaba al fondo, detrás de una puerta estrecha. Bajó los tres escalones, entró y cerró la puerta a su espalda.