33
Camille
Kerlann. Finales de agosto
Durante unas horas, Camille consiguió olvidar que Paul estaba en Kerlann.
No ocurrió porque dejara de tener miedo, ni porque hubiera decidido de pronto que el peligro había desaparecido. Simplemente, el restaurante se llenó demasiado deprisa y la vida cotidiana volvió a reclamarle una atención que no podía repartirse entre las mesas y la amenaza al mismo tiempo.
Desde primera hora de la mañana, el comedor había recuperado el ritmo intenso de las semanas centrales del verano.
Aún quedaban turistas, familias que aprovechaban los últimos días antes del regreso a las ciudades, parejas que habían elegido septiembre para evitar las aglomeraciones de julio y agosto, y vecinos que volvían poco a poco a recuperar sus horarios habituales.
El puerto seguía lleno, pero empezaba a notarse que el verano se acercaba a su final.
Algunas terrazas recogían antes por la noche, las mañanas eran más frescas y en los escaparates habían desaparecido parte de los sombreros de paja para dejar sitio a impermeables ligeros y jerséis.
En el restaurante Bonnet, sin embargo, nadie parecía dispuesto a reconocer todavía que la temporada aflojaba. Alain llevaba trabajando desde las siete, igual que Marie, ambos enzarzados en la misma discusión sobre la cantidad de pescado desde hacía veinte años, según Elias.
—Nunca nos hemos quedado sin comida —le recordó Marie.
—Gracias a mí —matizó Alain.
Elias colocó una caja de botellas debajo de la barra.
—No preguntes —le dijo a Camille cuando esta llegó.
Ella ya estaba sonriendo.
—No iba a hacerlo.
—Eso es porque llevas aquí suficiente tiempo como para saber cuándo callarte.
—Tú también deberías aprender algo de ella —señaló Marie a su hijo con la libreta de reservas en la mano.
—Trabajo aquí desde que tenía doce años.
—Y sabes menos que ella, que solo lleva un verano aquí.
Camille cogió una bandeja y se marchó hacia la terraza antes de reírse delante de Alain, aunque sabía que ya no habría sido necesario contenerse. Eso también había cambiado.
Al principio medía cada reacción, sobre todo delante de él.
Alain le había parecido demasiado serio, demasiado silencioso, un hombre cuya aprobación había que ganarse.
Ahora sabía que su manera de demostrar afecto consistía en decirle que la cafetera necesitaba menos agua, dejarle una ración de pescado aparte cuando sospechaba que no había comido y pedirle que revisara los pedidos de los proveedores como si llevara años haciéndolo.
Jamás había pronunciado una frase que pudiera considerarse cariñosa. Camille lo prefería así.
Con Marie era distinto. Marie cuidaba de forma visible, aunque nunca invasiva. Le preguntaba si había desayunado, dejaba comida para Julie y estaba aprendiendo a distinguir cuándo debía acercarse y cuándo bastaba con asignarle una tarea que la mantuviera dentro del restaurante.
Desde que supieron que Paul estaba en Kerlann, ninguno de los dos había vuelto a comportarse exactamente igual.
Y, sin embargo, ambos se esforzaban en que pareciera que sí.
Camille notaba los pequeños cambios: Alain salía más veces a la terraza con cualquier excusa, Marie miraba hacia la calle cuando alguien se detenía frente al restaurante, y si Camille llegaba sola, uno de los dos preguntaba dónde estaba Julie, aunque formulaban la pregunta como parte de una conversación normal.
No le gustaba, pero al mismo tiempo, la reconfortaba. Las dos cosas podían ser ciertas.
Elias apareció detrás de ella con una cesta de pan.
—Mesa cinco.
Camille cogió la cesta.
—Mesa cinco, voy.
Se miraron un segundo. Demasiado. Desde el beso, cualquier momento sencillo podía adquirir una segunda lectura si ambos permitían que durara.
Camille fue la primera en apartar la vista, no porque se arrepintiera —eso era quizá lo más nuevo—.
Había besado a Elias y no se arrepentía.
Tampoco necesitaba fingir que aquello había resuelto nada.
A la mañana siguiente, Paul seguía existiendo.
El miedo seguía apareciendo al doblar determinadas esquinas y Camille todavía dormía peor de lo habitual.
Había hablado con Elias, Marie y Alain sobre la posibilidad de acudir a la policía, aunque todavía no habían tomado una decisión definitiva.
Primero necesitaban saber qué podía demostrar Camille, qué documentos conservaba y hasta dónde podía llegar Paul utilizando su posición.
Elias no había intentado besarla otra vez.
Tampoco había actuado como si nada hubiera ocurrido.
Habían encontrado una especie de equilibrio extraño: un roce de manos duraba un poco más, una mirada encontraba otra con demasiada facilidad, pero él no empujaba.
Eso permitía que Camille tampoco tuviera que huir.
Llevó la cesta a la mesa cinco. Cuando volvió, Elias tenía preparados dos cafés.
—Para la nueve.
—Voy —respondió de nuevo, sin más. Porque era lo que se esperaba que dijera, nada más.
Durante años, para Camille, lo predecible había sido bueno únicamente cuando significaba conocer de antemano el humor de Paul: saber cómo caminar, cuándo hablar, cuánto tardaría en reaccionar.
En Kerlann empezaba a aprender otra versión.
Predecible podía ser Marie y su forma de tratar a la cafetera, Alain revisando tres veces un pedido, Elias dándole espacio cuando ella lo necesitaba.
No todo lo que se repetía era una amenaza.
Julie llegó después de comer. Annette la acompañó desde la tienda porque había pasado la mañana con ella dibujando etiquetas para unas cajas de mermelada. La niña entró en el restaurante con las manos manchadas de rotulador y una hoja doblada debajo del brazo.
—No las pongas sobre ninguna mesa —le advirtió Camille en cuanto le vio los dedos.
—Están secos —protestó la niña.
—Julie…
—Casi secos.
Marie apareció detrás de la barra.
—Ven —dijo sin más.
Julie siguió a Marie hacia la cocina. Alain salió unos segundos después.
—¿Quién ha dejado unos lápices cerca de las cebollas?
—No eran lápices —respondió Julie desde dentro—. Eran rotuladores.
Alain se quedó quieto.
—Eso lo empeora.
Camille sonrió. La escena tenía una normalidad tan completa que durante unos instantes se le olvidó que había pasado las últimas noches preguntándose si debería abandonar Kerlann.
Julie pertenecía a ese lugar. Entraba sin pedir permiso, sabía dónde estaban los vasos pequeños, tenía una silla, un cajón y un plato que Marie consideraba suyo aunque nunca lo hubiera declarado.
Camille observó el comedor: las mesas de madera, la pizarra del menú, la ventana desde la que podía verse el puerto, el sitio junto a la barra donde Elias dejaba siempre las llaves.
Todo aquello había dejado de ser decorado.
Eso era lo que Paul amenazaba. No solo su seguridad, sino la vida que había aparecido alrededor.
—Camille.
Elias estaba frente a ella.
—¿Qué?
—Llevas un rato mirando la pared. Estaba pensando —añadió en voz baja.
—¿En él?
No necesitaba nombre. Camille asintió. Elias miró hacia la terraza.
—No está aquí.
—Ya lo sé.
—¿Quieres ir dentro?
—No, no.
La respuesta salió firme. Elias esperó.
—No quiero que todo cambie porque él haya aparecido —añadió.
—No tiene por qué cambiar todo.
—Ya ha cambiado.
—Bueno, eso es verdad —reconoció poco después.
Camille agradeció que no negara lo evidente.
—Pero esto no —señaló el restaurante, el ruido, la gente, a Julie hablando dentro de la cocina.
Elias siguió el gesto.
—Quiero trabajar.
—Trabajo es justo lo que no te va a faltar —respondió él señalando la terraza repleta de clientes.
Ella se echó a reír. Fue una risa sencilla, sin culpa, sin pensar si era apropiada. Durante unos segundos, estar bien no le pareció una irresponsabilidad.
La tarde transcurrió sin incidentes. Eso, en sí mismo, terminó convirtiéndose en un acontecimiento.
Nadie entró preguntando por ella. No apareció ningún coche conocido.
No hubo llamadas extrañas. Solo clientes: una pareja que discutió sobre el postre, un niño que derramó el agua, Yann apareciendo cuando ya no lo esperaban, Solène devolviéndole a Marie un libro que no era suyo, Alain quejándose del pan, Elias discutiendo con un proveedor porque habían enviado seis cajas en lugar de cinco.
Camille se permitió entrar en ese ritmo.
No vigiló la puerta cada vez. No contó cuántos hombres solos ocupaban las mesas.
No comprobó el teléfono durante casi una hora.
Cuando se dio cuenta, sintió primero culpa.
Después decidió que no; no podía vivir cada minuto como si Paul fuera a aparecer, porque si lo hacía, él ya habría ganado parte de lo que buscaba.
Elias estaba recogiendo una mesa cuando ella se acercó.
—Te has olvidado esto —le mostró su sacacorchos.
Él lo cogió.
—¿Dónde estaba?
—En el congelador.
Elias levantó una ceja. Luego sonrió y Camille negó con la cabeza.
—Déjalo en su sitio, por favor.
—¿Cuál? —preguntó ella.
—Cualquiera menos el congelador.
Cuando Camille se volvió, se encontró con la mirada divertida de Marie.
El hecho de que Marie y Alain pudieran haber percibido algo no convirtió la situación en una escena familiar ni en una insinuación incómoda. Nadie les preguntó nada. Nadie hizo comentarios. La discreción de los Bonnet volvía a proteger algo que todavía no sabía definir.
Al terminar el servicio, Julie estaba sentada en su mesa, dibujando.
—¿Qué haces ahora? —le preguntó Elias.
—El restaurante.
—¿Otra vez?
—Este es de noche.
Elias miró la hoja. Había luces amarillas, el puerto negro y varias figuras alrededor.
—¿Quién es ese?
—Tú.
—Gracias por ponerme dos brazos —bromeó.
—He aprendido a hacerlos —respondió ella, orgullosa—. Y esta es mamá.
Camille se acercó. La figura estaba junto a la puerta del restaurante.
—¿Y Marie?
—Dentro.
—¿Alain?
—Como siempre —Julie señaló una ventana.
Alain apareció en ese momento.
—No estoy siempre en la ventana —protestó.
—Casi —dijo Julie, divertida.
—También trabajo.
—Desde la ventana.
Marie se echó a reír y Alain volvió a la cocina. Julie siguió dibujando.
Camille observó la escena. El primer dibujo de Julie había sido parecido: el puerto, el restaurante, personas.
Ahora había más detalles, más luces, más figuras.
El mundo de la niña se estaba llenando. Eso era lo que estaba en juego, no solo que Paul pudiera encontrarla, sino que pudiera volver a reducirlo todo.
El pensamiento le produjo miedo, pero esta vez no permitió que borrara lo demás.
—¿Nos vamos? —preguntó.
Julie guardó los lápices.
—Sí.
Elias estaba recogiendo la terraza cuando Camille se acercó.
—Nos vamos.
—¿Quieres que os acompañe?
La pregunta era neutral, sin obligación. Camille pensó.
—No.
—Vale —asintió él.
—Pero…
Se detuvo. Elias esperó.
—Te escribiré cuando llegue a casa.
Él sonrió.
—De acuerdo. Si no lo haces, iré a buscarte. ¿Te parece bien?
Camille sintió que algo se calentaba dentro.
—Me parece muy bien.
El silencio que siguió fue pequeño, íntimo. No necesitaba más.
—Adiós, Elias —Julie agitó la mano.
—Hasta mañana.
Salieron. La noche estaba fresca. Las calles de Kerlann se habían vaciado bastante desde el final de agosto y la humedad del mar empezaba a sentirse más en el aire. Julie caminaba junto a Camille arrastrando ligeramente los pies, cansada después de todo el día.
—¿Me llevas?
—Pesas demasiado —respondió su madre.
—No es verdad.
—Sí lo es.
—Elias me lleva.
—Elias es más alto y más fuerte —Camille la miró—, pero no está aquí.
Julie suspiró.
—Mala organización.
Camille se rio.
Llegaron a la calle principal. La panadería ya estaba cerrada y apenas quedaban coches aparcados. Fue entonces cuando lo vio. O creyó verlo. Un vehículo oscuro al final de la calle, detenido junto a la acera.
Camille frenó. Julie siguió dos pasos antes de notar que ya no caminaban juntas.
—Mamá.
Camille no respondió. El coche estaba demasiado lejos; no podía distinguir la matrícula ni la marca blanca del parachoques. Podía ser cualquier otro.
Las luces se encendieron y el motor arrancó. Camille sintió el miedo regresar con una rapidez brutal. El coche salió al centro de la calzada, giró y desapareció.
Ella permaneció inmóvil.
—¿Es él? —preguntó Julie.
La voz de la niña le hizo volver. Camille tomó su mano.
—No lo sé.
Esta vez no mintió.
Miró el lugar vacío donde había estado el coche. Podía haber sido Paul. Podía no haberlo sido. Lo importante era otra cosa: durante toda la tarde había conseguido vivir. Trabajar. Reír. Pensar en Elias sin que Paul ocupara el centro de todo. Ese coche no podía borrar esas horas.
Camille apretó suavemente la mano de Julie.
—Vamos a casa.
Siguieron andando. No corrieron.