Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 32 #2
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Paul lo miró. Por un segundo pensó en volver, pero no lo hizo y salió.

En el aparcamiento, respiró el aire frío de la noche durante varios minutos. La rabia no había desaparecido, solo había cambiado de forma. Ahora estaba limpia. Centrada.

Paul se apoyó contra el coche y miró la carretera.

Había cometido un error. Una pelea en un bar era exactamente la clase de cosa que no podía permitirse: si llamaban a la policía, tendría que explicar quién era.

Podía terminar con un informe, una llamada a Lyon o algo peor si el hombre decidía denunciar.

Estúpido… Camille había vuelto a conseguirlo. Incluso a kilómetros de ella podía provocar una reacción.

Paul cerró los ojos. No. Otra vez no. No podía seguir pensando así. Camille no estaba allí. Él había golpeado a aquel hombre.

La admisión llegó, incómoda. Fue su decisión. Durante unos segundos la responsabilidad quedó clara. Después apareció la justificación. El tipo lo había provocado. Insinuó cosas de la que no sabía nada. Y Paul estaba bajo una presión que nadie parecía comprender.

Subió al coche, pero no arrancó. Había bebido demasiado; eso al menos podía reconocerlo. Pidió un taxi hasta el motel y dejó el vehículo allí.

La habitación parecía todavía más pequeña cuando regresó.

Encendió la luz, dejó la chaqueta sobre la silla y se miró en el espejo del baño.

Tenía el labio inferior ligeramente abierto.

No recordaba que lo hubieran golpeado; quizá había ocurrido al empujarse.

Abrió el grifo, se lavó la cara y observó su reflejo. Parecía cansado. Viejo.

Durante un instante pensó en cómo lo vería Camille si entrara allí. No como antes. Eso era lo que más odiaba.

Había habido un tiempo en que Camille lo miraba con deseo.

Lo esperaba. Le enviaba mensajes durante el turno.

Una noche, poco después de casarse, Paul llegó a casa cerca de las tres de la madrugada después de una intervención.

Ella estaba despierta en el sofá, envuelta en una manta.

Había preparado pasta y la había dejado tapada en la cocina.

—Te dije que te fueras a dormir —le susurró al oído.

—No tenía sueño.

Mintió. Paul lo supo. Se sentó junto a ella y Camille apoyó los pies sobre sus piernas.

Hablaron durante casi una hora de nada importante: trabajo, una vecina, un viaje que querían hacer.

Después, Camille se quedó dormida con la cabeza sobre su hombro.

Paul recordaba haber pensado que aquello era la vida adulta que quería.

No poder volver a esa escena le parecía todavía incomprensible.

Ella era feliz conmigo. Hasta que empezó a escuchar a otros. Hasta que empezó a contar nuestra vida fuera. Hasta que alguien le dijo qué palabras debía utilizar para describirme.

Paul se alejó del espejo. Sacó el teléfono y buscó el número de Camille.

Lo había marcado cientos de veces desde que desapareció y nunca había obtenido respuesta.

De hecho, ni siquiera daba señal. Aún así, pulsó el icono verde.

La respuesta automática apareció después de unos segundos: el número no estaba disponible.

Colgó. Volvió a marcar. El mismo mensaje.

A la tercera vez arrojó el teléfono sobre la cama.

Necesitaba el número nuevo. No podía seguir dependiendo de verla desde lejos. Tampoco podía entrar simplemente en el restaurante, ahora sabía que Elias estaba cerca de ella, y Marie y Alain probablemente también, y quizá Camille ya les hubiera contado algo.

Necesitaba hablar con ella antes de que los demás pudieran intervenir. A solas. Sin ese tipo. Sin una mujer mayor observándolo desde detrás de una barra. Sin desconocidos convencidos de conocer su matrimonio porque Camille hubiera elegido qué partes contar.

Paul se sentó frente a la mesa y abrió la libreta. Durante los últimos días había anotado nombres y relaciones.

Marie Bonnet. Alain Bonnet. Elias Bonnet. Annette —tienda / alojamiento. Élodie —madre de amiga de Julie. Claire —escuela. Otros nombres obtenidos escuchando conversaciones, consultando redes y observando.

No tenía por qué acercarse directamente a Camille. Había otras vías. El teléfono del restaurante era público, también el de la tienda. Podía llamar y pedir hablar con ella, pero resultaba demasiado evidente. Podía preguntar por sus horarios; también evidente.

Paul escribió varias opciones. El teléfono nuevo podía conseguirlo de varias maneras: una reserva, un formulario, una entrega, el grupo de padres de la escuela, alguna cuenta asociada a un negocio local.

Camille podía haber dado el número al restaurante o a la escuela aunque utilizara otro nombre.

La opción de la escuela era más complicada en verano. El restaurante, no.

Quizá una llamada fingiendo ser un proveedor. O un cliente que necesitaba confirmar una reserva y quería hablar con la camarera que lo había atendido. Demasiado rebuscado. Los buenos engaños eran simples.

Paul miró el nombre de Marie. Había observado suficiente para saber que ella protegía a Camille, y eso la convertía en un problema.

También en una puerta. Si llamaba diciendo que necesitaba hablar con Camille por un asunto relacionado con Julie, Marie preguntaría quién era, y no quería darle el nombre todavía.

Annette era otra posibilidad. Podía entrar como cliente, hablar, preguntar por alojamientos, esperar.

Paul anotó otra idea y se detuvo. Julie. La niña había visto cosas, y eso significaba que no podía acercarse a ella sin correr el riesgo de que se lo contara inmediatamente a su madre. Antes lo habría hecho. Ahora no sabía qué le había dicho Camille. Julie podía estar aprendiendo a tenerle miedo.

Aquello le produjo un dolor real. Paul cerró la libreta. No. Camille no podía hacerle eso. Podía odiarlo ella si quería. Podía reinterpretar su matrimonio, acusarlo y huir. Pero no podía convertirlo en alguien peligroso para su propia hija.

Se levantó. El alcohol empezaba a pesarle en la cabeza.

Caminó hasta la ventana y apartó la cortina.

El aparcamiento estaba casi vacío. Su coche no estaba allí; recordó que lo había dejado en el bar, y eso lo irritó otra vez.

Todo estaba complicándose porque Camille se negaba a hacer lo más sencillo. Hablar.

Paul apoyó la frente contra el cristal.

—Solo tienes que hablar conmigo —murmuró.

No sabía si se dirigía a ella o al reflejo.

Al día siguiente llamaría al restaurante, pero no directamente.

Primero comprobaría quién respondía y después, decidiría.

Y si conseguía el número, podría evitar una escena pública.

Eso era lo que quería. Nada más. Una conversación.

Camille, él y todo el tiempo necesario para ordenar lo que ella había destruido.

Miró la libreta. El nombre de Elias destacaba entre los demás.

Paul pasó una línea debajo. No pensaba enfrentarse a él.

Todavía no. Pero ese tipo se había convertido en algo más que un hombre del pueblo.

Era una interferencia. Y Paul empezaba a cansarse de las personas que se colocaban entre él y su familia.