32
Paul
Kerlann. Finales de agosto
Los vio juntos poco después de las ocho de la tarde.
No ocurrió nada que pudiera considerarse una prueba de nada.
Ningún beso, ninguna caricia, ningún gesto que un tercero pudiera señalar y decir que aquello era indiscutiblemente una relación.
Estaban delante del restaurante Bonnet, junto a una de las mesas exteriores que acababan de recoger.
Julie hablaba con Marie unos metros más allá y Alain entraba y salía de la cocina con varias cajas.
Camille y Elias permanecían cerca de la puerta, apartados del resto únicamente porque el trabajo los había llevado allí.
Paul estaba dentro del coche, aparcado al otro lado de la plaza.
Había aprendido a elegir lugares desde los que podía mirar sin ser visto ni llamar la atención.
Kerlann era peor para eso que cualquier barrio de Lyon.
En un pueblo pequeño, un coche visto tres veces en el mismo sitio acababa formando parte de la conversación de alguien.
Había cambiado de ubicación durante los últimos días, utilizado calles secundarias y evitado permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio.
Aquella tarde había llegado poco antes del final del servicio y había aparcado entre un todoterreno con matrícula belga y una furgoneta de reparto.
La temporada todavía atraía suficiente tráfico como para que nadie prestara atención a un vehículo más.
Desde allí vio a Camille reír.
Fue eso. No la proximidad de Elias, ni el hecho de que él estuviera inclinado hacia ella para escuchar algo. Fue la risa.
Paul conocía aquella forma de reír. No era la sonrisa educada que Camille utilizaba con desconocidos ni la que había aprendido a ofrecer durante los últimos años de su matrimonio cuando estaba cansada y no quería discutir.
Inclinaba un poco la cabeza, abría la boca y durante unos segundos parecía olvidarse de controlar la expresión.
Había sido suya. La idea apareció con una claridad instantánea. No la risa, pensó inmediatamente; Camille no era un objeto, no era eso. Pero esa risa sí le había pertenecido alguna vez.
Paul apoyó una mano en el volante.
Elias dijo algo más, Camille respondió y volvió a sonreír.
El tipo no la tocó, ni siquiera se acercó más.
Sin embargo, Paul vio algo mucho peor que un contacto físico: una comodidad que no reconocía.
Camille no estaba pendiente de él. No calculaba.
No medía la distancia. Simplemente estaba allí.
Con Paul había dejado de comportarse así mucho antes de marcharse.
El pensamiento llegó seguido por una explicación que su cabeza aceptó de inmediato. Porque alguien había empezado a cambiarla. Siempre había sido eso.
No podía señalar una persona concreta en Lyon, pero a esas alturas estaba seguro de que el proceso no había comenzado de manera espontánea.
Alguna compañera del hospital. Alguna amiga.
Quizá las páginas que Camille había empezado a leer en internet sobre relaciones abusivas, violencia psicológica y control.
Había encontrado fragmentos del historial después de su marcha, búsquedas hechas desde navegadores privados que no eran tan privados como ella creía.
Había empezado a poner nombres a cosas que antes no lo necesitaban. Discusiones. Celos. Límites. Dinámicas. Palabras que convertían problemas de pareja en acusaciones.
Después había llegado Kerlann. Después, Elias.
Paul sintió que la mandíbula se le endurecía.
Julie salió del restaurante con algo en la mano y corrió hacia el hombre. Él se agachó para escucharla. Camille los observó a ambos. La escena ya la había visto antes; no exactamente aquella, pero muy parecida. El hombre ocupando un lugar junto a su hija. Camille, permitiéndolo.
Aquella sustitución tranquila, casi doméstica, le resultaba más intolerable que si hubiera visto a Elias llevarse a Camille a un hotel. Porque no era solo sexual. Era peor. Era una vida.
Paul bajó la mirada antes de que alguno pudiera verlo y esperó. Cuando volvió a levantarla, Marie y Alain habían entrado. Julie caminaba de la mano de Camille y Elias iba a su lado. Los tres se alejaron hacia una calle secundaria.
Paul no los siguió. Tenía que mantener la cabeza fría. Eso se había repetido desde que llegó a Kerlann, pero cada día costaba más.
Condujo hasta un bar a unos quince kilómetros del pueblo, junto a una carretera secundaria que comunicaba varias localidades del interior.
Paul lo había descubierto durante uno de sus primeros recorridos por la zona y recordaba el aparcamiento amplio y la clientela de paso.
No era un lugar donde alguien de Kerlann fuera necesariamente a reconocerlo.
Entró poco después de las nueve. Había siete u ocho personas dentro, casi todos hombres. Un televisor colgado sobre la barra emitía un partido sin sonido. Sonaba música baja y el aire olía a cerveza, grasa de cocina y tabaco que alguien fumaba junto a la puerta abierta.
Paul pidió un whisky y el camarero le sirvió una medida generosa. Se bebió la mitad sin saborearlo siquiera.
No había planeado emborracharse, solo necesitaba algo que le bajara la temperatura interior. La imagen de Camille riendo seguía apareciendo con una insistencia insoportable.
Pidió otro. El camarero lo miró.
—¿Un día malo? —le preguntó.
—Algo así. —Paul apenas sonrió.
Terminó el segundo whisky más despacio. Durante un rato intentó concentrarse en el partido que estaban dando por televisión, pero no funcionó. Veía a Camille con Elias, a Julie corriendo hacia él, el modo en que aquel hombre se agachaba para escucharla.
Pensó en cuando Julie tenía apenas dos años y se negaba a dormir si Paul no le cantaba una canción concreta.
Camille se burlaba porque él no sabía cantar y Julie parecía ser la única persona del mundo dispuesta a soportarlo.
Durante semanas repitieron aquella rutina.
Paul llegaba tarde de la comisaría, entraba en la habitación y encontraba a Camille tumbada al lado de la niña, ambas esperando.
Una noche se había quedado dormido él antes que Julie. Camille les hizo una fotografía y la conservó durante años. Paul todavía tenía una copia: los tres en la cama, Julie en medio, Camille riéndose. Eran felices. Eso era real. No podía haberse inventado una década entera.
Ella era feliz conmigo hasta que empezó a escuchar a otros . La frase se formó sola, y Paul la aceptó. Al principio, Camille no hablaba de control. No hablaba de miedo. No decía que necesitaba espacio. Esas palabras llegaron después, cuando alguien le enseñó a reinterpretar cada cosa.
El tercer whisky apareció delante de él sin que recordara haberlo pedido. Quizá sí lo había hecho.
El hombre sentado dos taburetes más allá miró hacia él. Tendría algo más de cuarenta años, los brazos grandes, camiseta de trabajo y una cara demasiado roja por el alcohol.
—¿Te han dejado?
Paul no respondió. El hombre sonrió.
—Conozco esa cara y esa expresión.
—Tú no sabes nada.
—No hace falta, solo hay que verte.
—Déjalo —levantó Paul el vaso.
—Mi mujer me dejó hace seis años. Se fue con otro.
Paul volvió la cabeza. La coincidencia le molestó.
—La mía no se ha ido con otro.
—Eso dicen al principio. —El hombre se encogió de hombros.
—No sabes de qué hablas. —Paul dejó el vaso.
—Claro.
El tono de acuerdo era peor que una discusión.
—Mi mujer se ha llevado a mi hija —dijo por fin.
El hombre silbó.
—Eso sí es otra cosa.
Paul sintió algo parecido al alivio ante el reconocimiento.
—Exacto.
—¿Tienes la custodia?
—Es mi hija.
—No he preguntado eso. Digo si tienes papeles.
Paul lo miró. El hombre bebió cerveza.
—Estoy casado con su madre.
—Entonces, búscate un abogado.
La respuesta le produjo una irritación inmediata.
—No necesito un abogado para ver a mi hija.
—Yo tampoco pensaba que lo necesitaría.
El hombre sonrió otra vez. Paul notó que apretaba los dientes.
—Te he dicho que lo dejes.
—Estoy intentando ayudarte.
—Pues déjalo de una puta vez.
—Bueno. —El hombre levantó las manos.
Paul volvió al vaso. Podía terminarlo y marcharse. Eso era lo razonable. Pero unos segundos después el tipo de la barra habló otra vez.
—Si está con otro, es peor.
Paul giró la cabeza.
—No está con otro.
—Entonces, mejor para ti.
—He dicho que no está con otro.
—Te he oído.
—Tranquilos —oyeron decir al camarero.
Paul respiró. El hombre de la camiseta cogió la cerveza.
—Yo solo digo que las mujeres hacen eso. Hacen que parezcas el malo, encuentran a otro y después todo lo que pasó resulta que fue culpa tuya.
Paul sintió una afinidad instantánea con la primera parte de la frase. Luego, el hombre añadió:
—Aunque si te ha quitado a la niña, algo habrá pasado.
La afinidad desapareció.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. —El otro levantó las cejas.
—Lo has dicho —insistió Paul.
—No te conozco.
Paul se acercó un poco.
—Entonces, no opines —bufó.
El hombre rio.
—Vale, policía.
Paul se quedó quieto.
—¿Qué has dicho?
—Tienes pinta de poli.
No sabía si era una provocación o una casualidad.
—¿Y qué pinta es esa?
El hombre lo miró de arriba abajo.
—La misma que tienes tú.
—Cierra la boca.
El hombre bajó el vaso.
—Mira, amigo…
Paul no supo con exactitud quién inició el contacto. Después lo reconstruiría varias veces y en cada versión parecía diferente. El otro hombre se puso en pie. Quizá lo empujó al pasar. Quizá Paul apartó primero su brazo. Hubo una silla arrastrándose, un vaso que cayó y el camarero gritando.
Paul golpeó una vez. No con toda su fuerza, pero sí la suficiente. El puño alcanzó al hombre junto a la mandíbula y lo hizo chocar contra una mesa. Todo ocurrió en segundos.
El camarero salió de detrás de la barra.
—¡Fuera!
El otro hombre intentó avanzar. Alguien lo sujetó. Paul dio un paso atrás. La descarga de adrenalina había despejado el alcohol de golpe. Miró sus nudillos. No sangraban.
—Fuera —repitió el camarero—. Ahora mismo.
Paul sacó dinero y lo dejó sobre la barra.
—Ha empezado él.
—Me da igual.
El hombre de la camiseta seguía protestando.
—¡Este tío está loco!