Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 31 #2
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El beso empezó con una prudencia que apenas sobrevivió unos segundos.

Camille apoyó una mano sobre su pecho y Elias sintió la presión de sus dedos a través de la camiseta.

La besó despacio al principio, atento a cualquier cambio, a la mínima tensión que pudiera significar que quería detenerse.

No llegó. Al contrario, Camille se acercó más.

Había algo contenido durante demasiado tiempo en la forma en que volvió a besarlo. No era únicamente deseo; Elias sintió cansancio, miedo, alivio y una necesidad de contacto que parecía haber permanecido enterrada bajo meses de vigilancia.

Le rodeó la cintura con un brazo. Camille se tensó y Elias se detuvo inmediatamente, separó la boca de la suya, pero no retrocedió del todo.

—¿Bien?

Ella asintió con los ojos cerrados.

—Sí.

Elias esperó. Camille abrió los ojos.

—No pares cada vez que respiro.

—No ha sido por respirar.

—Ya lo sé.

La mano que tenía sobre su pecho se relajó.

—Estoy bien.

Él no necesitaba recordarle que aquella frase no siempre significaba lo que decía. Debió de notarlo en su cara.

—Esta vez sí, prometido —añadió ella.

—De acuerdo —sonrió Elias.

Volvió a besarla. Esta vez, Camille fue quien le rodeó el cuello con los brazos, y el beso perdió parte de la cautela.

Elias sintió cómo ella se acercaba hasta quedar contra su cuerpo y tuvo que contener el impulso de responder con una intensidad que no estaba seguro de que fuera buena idea.

Camille no parecía tener la misma preocupación.

Lo besó de nuevo y Elias apoyó una mano en su espalda.

Durante unos segundos, el resto dejó de importar. Paul, Lyon, la puerta cerrada, la maleta. Todo quedó fuera.

Camille se separó de pronto. No mucho, pero lo suficiente. Elias retiró las manos. Ella respiraba deprisa.

—Lo siento —susurró.

—No.

—He…

—Camille.

Ella se pasó una mano por el pelo.

—Estoy bien.

Elias no pudo evitar una sonrisa mínima. Camille lo vio.

—No digas nada.

—No iba a hacerlo.

—Sí ibas.

—Probablemente.

Ella dio un paso atrás. La distancia pareció devolverle el control.

—Quería besarte.

—Lo sé.

—Y sigo queriendo.

—Bien.

—Pero…

—También está bien.

—¿Puedes dejar de responder tan correctamente? —Camille cerró los ojos.

—No sé qué respuesta sería la correcta.

Elias se apoyó contra la mesa.

—No tienes que justificar por qué has parado.

—Lo sé —dijo ella esta vez.

Camille lo miró durante unos segundos.

—Con Paul tenía que hacerlo.

Elias sintió que la frase caía entre ellos.

—¿Justificarlo?

—Todo —bajó ella la voz—. Si no quería que me tocara, tenía que tener una razón. Estar cansada no servía. No tener ganas tampoco. Siempre tenía que haber algo que él pudiera considerar suficientemente importante.

Elias permaneció inmóvil. No necesitaba saber más.

—Conmigo no es así.

—Ya —Camille tragó saliva.

—No necesitas ninguna razón.

—De acuerdo —asintió ella.

Esta vez, la palabra sonó diferente. Como si empezara a creérsela.

Elias recogió el vaso que habían olvidado sobre la mesa.

—Creo que deberíamos dormir —dijo después.

—¿En serio? —Camille soltó una risa sorprendida.

—Sí.

—Acabo de besarte.

—Me he dado cuenta.

—Y tu conclusión es que debemos dormir.

—Mi conclusión es que llevamos dos noches durmiendo fatal y mañana tenemos que pensar qué hacer con un policía violento que ha cruzado media Francia para encontrarte.

—Cuando lo dices así, matas bastante el momento.

—Es un talento que tengo —sonrió.

Ella también sonrió, pero no se movió.

—Puedes dormir aquí.

—Esa era la idea —señaló Elias el sofá.

—No me refería al sofá.

La frase quedó suspendida. Elias sintió el deseo antes que cualquier otra cosa. Claro que quería. Precisamente por eso pensó antes de responder.

—No esta noche.

Camille se quedó inmóvil. Él vio la sorpresa y, un segundo después, algo parecido a la vergüenza.

—No porque no quiera —se apresuró a añadir.

—No tienes que explicarme nada…

—Quiero explicarlo.

Elias se acercó un poco, sin tocarla.

—Quiero estar contigo. Mucho. Pero llevas veinticuatro horas pensando que Paul puede aparecer en cualquier esquina. Anoche me contaste que tu marido te pegaba y hace cinco minutos has reconocido que todavía no sabes distinguir algunas cosas que sientes conmigo o por mí.

—Dicho así… —Camille bajó la mirada.

—No quiero que mañana te despiertes preguntándote si esto ocurrió porque tenías miedo.

Ella permaneció callada.

—Yo tampoco quiero preguntármelo —reconoció.

Camille levantó los ojos. Había algo vulnerable en ellos que Elias no había visto durante el beso.

—Podría quererlo de verdad.

—Lo sé.

—No pareces muy convencido.

—Estoy convencido de que ahora lo quieres.

—¿Y eso no basta?

Elias pensó antes de responder.

—Para besarte, sí.

—¿Y para lo demás? —Camille casi sonrió.

—Para lo demás, prefiero que mañana sigas queriéndolo.

La sonrisa apareció finalmente.

—Eres desesperante.

—Eso ya lo habíamos establecido, ¿algo nuevo que añadir?

Camille dio un paso hacia él. Elias no se movió. Ella apoyó las manos sobre sus hombros y lo besó otra vez. Fue un beso diferente, más breve, sin urgencia. Cuando se separó, permaneció cerca.

—Mañana podría seguir queriéndolo.

—Espero que sí. Pero hoy, dormiré en el salón.

Elias preparó el sofá mientras ella comprobaba a Julie. Cuando Camille regresó, llevaba una camiseta larga y el pelo recogido. Se quedó junto al dormitorio, mirándolo intentar acomodar otra vez su cuerpo en un espacio evidentemente insuficiente.

—Esto es ridículo.

—Estoy empezando a encariñarme con él.

—Mientes.

—Mucho.

Camille se acercó.

—Podrías dormir en la otra cama.

—Estoy bien aquí.

—No voy a interpretar que dormir en la misma habitación significa algo.

—No es por eso.

—Entonces ¿por qué?

Elias miró hacia la puerta principal. Camille siguió su mirada y comprendió.

—Quieres estar cerca de la entrada.

—Sí.

—Has dicho que no ibas a protegerme como si no pudiera hacerlo sola.

—Y no lo estoy haciendo.

—Estás durmiendo junto a la puerta.

—Porque yo quiero.

—Eso es una trampa argumental. —Ella cruzó los brazos.

—Probablemente.

Él se encogió de hombros y ella negó con la cabeza.

—Buenas noches, Elias.

—Buenas noches.

Dio dos pasos hacia el dormitorio, se detuvo y volvió. Elias se incorporó. Camille se inclinó y lo besó una vez más. No hubo vacilación. Cuando se separó, él sonreía.

—Para que quede claro —dijo ella—: ese no ha sido por miedo.

Elias sostuvo su mirada.

—Lo recordaré.

Camille regresó al dormitorio. Esta vez cerró la puerta casi por completo.

Elias se tumbó. Sabía que tardaría en dormirse.

El beso seguía presente, y también el deseo de levantarse, cruzar la habitación y llamar a aquella puerta.

No lo hizo. No porque Camille fuera frágil, sino precisamente porque no lo era: había tomado una decisión y después había cambiado de ritmo, y tenía derecho a ambas cosas. Cerró los ojos.