Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 31
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Elias

Kerlann. Agosto

Supo que Camille estaba agotada cuando dejó de mirar los coches.

Durante el regreso desde la cala había permanecido atenta al principio, siguiendo con la vista cada vehículo que se cruzaba con ellos y volviéndose discretamente cuando alguno permanecía detrás durante más de unos minutos.

No parecía hacerlo de manera consciente; era un hábito que el miedo había recuperado con una rapidez desalentadora y que Elias había decidido no señalar. Después, poco a poco, dejó de hacerlo.

Julie se había quedado dormida en el asiento trasero antes de llegar a Kerlann, con la cabeza inclinada sobre un hombro y Monsieur Lapin atrapado entre el cuerpo y la puerta.

Camille se volvió varias veces para comprobar que estuviera cómoda, hasta que finalmente apoyó la cabeza contra el reposacabezas y cerró los ojos.

No dormía. Elias lo sabía por la tensión que aún mantenía en las manos.

Condujo sin hablar. Habían pasado el día lejos del pueblo y, durante unas horas, casi había sido posible olvidar por qué habían ido hasta allí.

Habían comido en la arena, discutido sobre cangrejos, recogido conchas y esperado a que la marea los obligara a abandonar la cala.

Camille incluso había reído varias veces.

Pero Paul seguía en Kerlann, y nada de lo ocurrido durante el día modificaba ese hecho.

Cuando llegaron a casa de sus padres para recoger el coche de Elias, Alain salió al jardín antes de que apagaran el motor. Marie apareció poco después.

Elias bajó.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Aquí sí —asintió su padre.

Aquellas dos palabras contenían exactamente lo que necesitaba saber.

—¿Nada?

—Nada.

Marie se acercó al coche y miró a través de la ventanilla. Julie seguía dormida.

—¿Cómo está?

—Cansada.

Marie miró entonces a Camille.

—Me refería a las dos.

—Estamos bien. —Camille abrió la puerta.

Elias estuvo a punto de sonreír. Había empezado a reconocer todas las formas en que Camille decía que estaba bien, y aquella era, al menos, una de las menos falsas. Marie tampoco discutió.

—Os he preparado algo para cenar.

—No hacía falta —negó Camille inmediatamente.

—Ya está hecha.

—Marie…

—Si no la quieres, se la das a Elias. Siempre tiene hambre.

—Estoy aquí —protestó él.

Alain ya había sacado una bolsa de la casa. Camille pareció comprender que resistirse era inútil.

—Gracias —aceptó con una sonrisa.

Marie le tocó brevemente el brazo y, en cuanto lo hizo, retiró la mano.

—Mañana hablamos.

Camille asintió. Elias vio el intercambio.

Mañana. Durante aquel día habían conseguido mantener el problema a una distancia provisional, pero al día siguiente tendrían que empezar a tomar decisiones.

Elias no sabía cuáles. Lo que sí sabía era que Paul no podía seguir moviéndose por Kerlann mientras ellos esperaban a que decidiera qué quería hacer.

Pero esa noche había prometido otra cosa: no actuar sin Camille. Tendría que recordárselo.

Julie no se despertó ni siquiera cuando Elias la sacó del coche.

Camille abrió la puerta de casa y encendió la luz del pasillo. Él entró con la niña en brazos y esperó a que ella le indicara dónde dejarla.

—En mi cama.

—¿No en la suya?

—Hoy no.

No preguntó. La llevó hasta el dormitorio y la dejó con cuidado sobre la colcha. Julie se movió un poco cuando Camille le quitó las sandalias, pero no abrió los ojos. Entre ambos consiguieron meterla bajo las sábanas sin despertarla.

Elias iba a salir cuando Camille lo llamó en voz baja.

—Espera.

Se volvió. Ella estaba inclinada sobre la cama.

—Ayúdame.

Julie se había quedado parcialmente encima de la colcha y Camille intentaba sacarla sin moverla demasiado. Elias levantó con cuidado a la niña mientras ella tiraba de la tela.

Durante unos segundos quedaron demasiado cerca.

Camille tenía el pelo suelto después de todo el día en la playa y olía a sal, protector solar y algo que Elias llevaba semanas asociando únicamente con ella.

Cuando terminó de acomodar la colcha, levantó la cabeza y sus rostros quedaron a poca distancia.

Elias retrocedió. No fue un gesto brusco, pero sí rápido. Camille lo vio.

—Ya está —dijo él.

—Gracias —asintió ella.

Elias salió del dormitorio.

Cenaron en la pequeña cocina. Ninguno tenía demasiada hambre, aunque la comida de Marie acabó desapareciendo casi por completo.

Había preparado pescado frío, ensalada de patata, pan y una porción exagerada de tarta que, según Camille, demostraba que su madre estaba convencida de que el azúcar solucionaba cualquier crisis.

—No todas las crisis —matizó Elias—. Algunas requieren mantequilla. Es una filosofía familiar.

El cansancio había cambiado el ambiente entre ellos.

La noche anterior todo parecía frágil, como si cualquier palabra pudiera abrir un lugar que ninguno supiera cerrar.

Aquella noche el miedo seguía presente, pero ya no ocupaba toda la habitación.

Habían hablado y Camille le había contado cosas que probablemente nunca había pensado contarle.

Y ahora podían hablar de tarta. Elias entendió que aquello también importaba.

Camille terminó de comer y llevó su plato al fregadero.

—Déjalo —le pidió.

—¿Otra vez? —se volvió ella.

—Se puede hacer mañana.

—No me gusta despertarme con platos sucios.

—Entonces, ya los lavo yo.

—Tú eres el invitado.

—Ayer dormí en ese sofá. He perdido oficialmente la categoría de invitado.

—Eso no funciona así —Camille soltó una pequeña risa.

—En mi familia sí.

Elias recogió los platos y empezó a lavarlos, aunque ella terminó ayudándolo de todos modos.

Trabajaron en silencio, él lavando y ella secando.

Habían trabajado juntos muchas veces en el restaurante, pero allí era diferente: no había voces alrededor ni una comanda esperando, no estaba Alain entrando en la cocina ni Marie pidiendo que alguien atendiera una mesa. Solo estaban ellos.

Camille secó el último plato y lo dejó sobre la encimera.

—Elias.

—¿Sí?

—Lo de esta mañana…

Él cerró el grifo.

—¿Qué parte?

—Cuando te dije que no sabía si lo que siento contigo es real o si tiene que ver con sentirme segura.

Elias dejó el paño. No esperaba que regresaran a esa conversación aquella noche.

—No tienes que resolverlo ahora.

—Ya lo sé. —Camille apoyó las manos en la encimera—. Pero llevo todo el día pensando que quizá no debería habértelo dicho.

—¿Por qué?

—Porque fue injusto.

—No me lo pareció.

—Prácticamente te dije que no sé si me gustas tú o me gusta no tener miedo cuando estás cerca.

—Resumido así, pierdo bastante —sonrió Elias.

—Estoy hablando en serio.

—Yo también.

El intento de humor desapareció.

—Prefiero que me digas eso a que decidas que tienes que saber exactamente lo que sientes porque yo quiera una respuesta.

—¿Quieres una respuesta?

Elias tardó un momento.

—Sí.

Camille pareció sorprendida.

—Pero no ahora —añadió.

Ella bajó la mirada.

—¿Y tú sabes lo que sientes?

La pregunta era sencilla; la respuesta, no. Elias podía haber dicho que sí. Habría sido fácil. También habría sido una forma de colocar sobre Camille algo que ella todavía no estaba preparada para sostener.

—Sé que me importas —respondió sencillamente.

—Eso no es exactamente una respuesta —levantó ella los ojos.

—Es la que tengo.

Después, el silencio volvió. No era incómodo. Elias apoyó una cadera contra la encimera. Camille estaba frente a él, a menos de un metro, con los brazos cruzados y debatiéndose con algo que él no podía conocer.

—Ayer pensé que tendría que volver a huir —dijo ella.

La frase cambió la conversación.

—Vi a Paul y lo primero que pensé fue en la maleta. En marcharme antes de que pudiera encontrarnos.

—Es comprensible.

—No quiero hacerlo.

Elias esperó.

—No quiero que pueda decidir dónde vivo sin siquiera hablar conmigo. No quiero llegar a otro pueblo y empezar otra vez, esperando a ver cuánto tardará en encontrarme.

Había cansancio en su voz, pero también algo distinto. Rabia. Quizá era la primera vez que Elias la oía hablar de Paul desde ese lugar.

—Entonces, no te marches.

—No es tan sencillo. —Ella levantó la vista.

—¿Por qué no?

—Puede tener consecuencias —respondió de inmediato—. Puede intentar llevarse a Julie.

Elias se acercó a la mesa para recoger un vaso.

—Lo que sí puedo decirte es que no tienes que decidir esta noche —le dijo por fin—. Mañana empezaremos a pensar qué opciones tienes.

—Tenemos.

Elias se detuvo. Camille también pareció darse cuenta de la palabra que acababa de utilizar.

—Quiero decir… —empezó.

—Sé lo que quieres decir.

—No —negó ella—. Déjame terminar.

Elias dejó el vaso. Camille respiró.

—No quiero que resuelvas esto por mí. Ni que te enfrentes a Paul. Ni que conviertas mi problema en algo tuyo.

—De acuerdo.

—Pero tampoco quiero seguir fingiendo que puedo hacerlo todo sola.

Elias la observó. Aquella mañana había hablado de alianza. Ahora, Camille acababa de definirla sin utilizar la palabra.

—No tienes que hacerlo sola.

—Es muy fácil decirlo —dijo con voz cansada.

Elias tomó el vaso. Ella alargó la mano al mismo tiempo y sus dedos se tocaron. Ninguno se apartó inmediatamente. Fue un contacto mínimo, nada que no hubiera ocurrido otras veces en el restaurante, pero aquella vez Camille permaneció quieta. Elias, también.

Ella levantó los ojos. Durante las últimas semanas él había imaginado aquel momento más veces de las que estaba dispuesto a reconocer: en la cocina, en la playa, la noche del espigón, incluso la tarde en que Camille se apartó antes de que algo pudiera ocurrir entre ellos. Ahora no quería equivocarse.

Retiró la mano y Camille lo miró.

—¿Por qué has hecho eso?

Elias sabía exactamente a qué se refería.

—Porque no sé qué quieres.

—Podrías preguntarlo.

—Podría.

—Entonces, pregunta.

La respiración de Elias cambió.

—¿Quieres que te bese?

Camille no respondió inmediatamente. Él no se movió.

—Sí.

La palabra fue baja. Clara.

Elias dio un paso. No llegó a tocarla. Camille levantó la cara, y fue ella quien cerró la última distancia.