Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 30 #3
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—Conoce cómo funciona el sistema, sabe qué decir. Tiene compañeros. Gente que lo ha visto ser un padre estupendo y un hombre normal.

Camille lo miró, pero Elias no dijo nada.

Julie apareció corriendo otra vez.

—Tengo hambre.

La conversación quedó interrumpida, y Camille agradeció que ocurriera.

Comieron pan, queso, fruta y unas empanadas que Marie había preparado. Julie habló casi todo el tiempo y Elias consiguió convencerla de que un cangrejo no necesitaba ser trasladado a una poza mejor solo porque a ella le pareciera más bonita.

Camille escuchaba. Por momentos olvidaba que Paul estaba en Kerlann.

Después, un ruido lejano, un hombre bajando por el sendero o el motor de un coche en la carretera la devolvían la realidad.

Pero no regresaba al mismo lugar de la víspera.

Ahora, Elias lo sabía. Marie y Alain conocían una parte.

Élodie estaba al tanto de otra. El secreto empezaba a dejar de pertenecerle únicamente a ella, y eso daba miedo, pero también reducía su peso.

Después de comer, Julie se tumbó sobre la toalla y se quedó dormida casi inmediatamente. Elias le colocó su chaqueta bajo la cabeza sin despertarla.

Camille observó el gesto, sonrió y se quedaron mirando a Julie.

—Ayer te dije que no quería estar sola.

—Lo recuerdo.

—Eso me costó más que contarte algunas de las otras cosas.

Elias pareció comprenderlo.

—Pedir ayuda no se te da bien.

—Es verdad —reconoció con una risa breve.

—Se puede practicar —siguió él.

—No quiero depender de nadie.

—No es lo mismo.

—¿No? —lo miró ella.

Elias negó.

—Depender de alguien porque no puedes hacer nada sin esa persona es una cosa. Saber que puedes pedir ayuda cuando la necesitas es otra.

De nuevo aquella honestidad. Camille volvió la vista hacia el mar.

—Tengo miedo de confundir las cosas contigo.

Elias no se movió. La frase había salido sin pensar y empezó a arrepentirse de inmediato. Camille sintió calor en el rostro.

—No me refiero a…

—Sé a qué te refieres.

—No, no lo sabes.

—Entonces, explícamelo.

Camille tomó aire.

—Cuando estoy contigo me siento más tranquila. Y eso puede hacer que crea que siento algo que en realidad solo es alivio. —No consiguió mirarlo—. Después de Paul, no confío demasiado en mi criterio.

Elias guardó silencio tanto tiempo que Camille tuvo que volver la cabeza. No parecía ofendido.

—Tiene sentido —dijo por fin.

Aquella respuesta la desconcertó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé.

—Yo tampoco quiero que confundas nada.

Camille sintió algo parecido a una decepción y se reprochó inmediatamente sentirla.

—Si algún día quieres estar conmigo —continuó él—, quiero que sea porque quieres estar conmigo. No porque tengas miedo y yo esté cerca.

La claridad de la frase le cerró la garganta.

—¿Y si no lo sé?

—Entonces, no haremos nada.

Camille recordó la cocina. El casi beso. El paso atrás. No tenemos prisa .

—Eres demasiado paciente.

—Eso no es lo que dice mi madre —sonrió Elias.

—Hablo en serio.

—Yo también.

Después miró a Julie.

—No tengo ninguna prisa con esto.

Camille siguió su mirada. El mar avanzaba poco a poco sobre la arena; dentro de un rato tendrían que recoger.

Paul seguía allí fuera. La verdad no había cambiado, pero sí había cambiado algo entre ellos.

No era una declaración ni una promesa, y ni siquiera sabía todavía qué sentía por Elias.

Era algo más sencillo: por primera vez desde Lyon, Camille había dejado de pensar en su seguridad como una tarea que debía resolver completamente sola.

—No sé qué hacer con Paul —dijo por fin—. Y no quiero que decidas por mí.

—No lo haré.

—Pero necesito ayuda.

—Lo sé, y puedes contar conmigo. Con nosotros, de hecho.

Ella pensó un segundo y sonrió.

—Lo sé. Gracias.

Elias recogió una pequeña piedra y la lanzó cerca del agua.

Camille apoyó las manos sobre la arena.

—Elias.

—¿Sí?

Tardó unos segundos.

—Gracias por quedarte anoche.

—Cuando lo necesites —asintió él.

Camille negó suavemente.

—No. Eso es lo que intento decirte. No quiero que prometas estar siempre a mi lado.

Elias la observó.

—De acuerdo.

Ella respiró.

—Pero si vuelvo a pedirte que te quedes…

—Me quedaré si puedo.

La respuesta era mucho mejor. Real, sin términos absolutos.

Camille sonrió.

—Eso sí.

El viento levantó arena sobre la toalla. Julie se movió dormida y buscó a tientas la chaqueta que tenía bajo la cabeza. Camille se inclinó para cubrirla mejor.

Cuando volvió a sentarse, su hombro quedó cerca del de Elias. No lo tocaba, aunque le bastaría con moverse unos centímetros para eliminar la distancia. No lo hizo. Tampoco se apartó. Permanecieron así, mirando cómo subía la marea.

No eran una pareja, pero algo había cambiado desde la noche anterior: Camille ya no guardaba la verdad detrás de una puerta cerrada y Elias no la había utilizado para ocupar más espacio del que ella le ofrecía.

No sabía todavía qué nombre tenía aquello.

Quizá no necesitaba uno. Por el momento era una alianza, y después de tantos años defendiendo sola cada centímetro de su vida, Camille empezaba a entender que compartir el peso no significaba entregárselo a otra persona.