Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 30 #2
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30 #2

La cala estaba casi vacía. Había una pareja joven cerca del extremo contrario y un hombre pescando desde las rocas, demasiado lejos para escuchar ninguna conversación. El cielo estaba cubierto, aunque entre las nubes se abrían zonas de luz que convertían el agua en manchas plateadas.

Julie salió del coche antes de que Camille terminara de recoger la mochila.

—No te alejes —le gritó.

La niña se detuvo y Camille respiró.

—Hasta las primeras rocas.

—Vale —aceptó la pequeña.

Julie echó a correr. Camille vio cómo se alejaba, pero no la llamó de nuevo.

Elias estaba sacando las cosas del maletero.

Caminaron hasta la arena. Julie ya investigaba una poza. Camille extendió una toalla y se sentó. No tardó diez minutos como la vez anterior: se sentó inmediatamente.

Elias dejó la mochila a cierta distancia y miró el mar.

Durante unos minutos no hablaron. La noche anterior parecía irreal bajo aquella luz.

Se había despertado varias veces pensando en lo que había contado. No tanto por vergüenza, aunque había algo de eso, sino por la sensación de haber abierto una puerta que ya no podría volver a cerrar. Elias sabía. No todo, pero suficiente. Y seguía comportándose igual. Quizá eso era lo más extraño.

—Anoche hablé demasiado —dijo antes de pensarlo dos veces.

Él no apartó los ojos del agua.

Camille recogió una pequeña piedra y la hizo rodar entre los dedos.

—Hoy me arrepiento un poco —añadió.

—¿De habérmelo contado? —Por fin, la miró.

—Es extraño que alguien lo sepa —se justificó.

—Eso es distinto, no es exactamente arrepentimiento.

—No es tan distinto —insistió Camille.

—Para mí sí.

Camille esperó.

—Puedes arrepentirte de haber hablado y seguir teniendo razón en lo que dijiste.

La frase era sencilla. No intentaba convencerla de que compartir el dolor siempre era bueno.

—Nunca se lo había contado todo a nadie.

—Tampoco me lo has contado todo a mí.

Camille levantó la mirada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cada vez que llegas a un punto donde parece que falta algo, cambias de tema.

Ella soltó la piedra.

—Eres muy observador.

—Es parte de mi trabajo —replicó con una sonrisa pícara.

Julie apareció corriendo.

—Hay un pez muerto.

Camille cerró los ojos.

—¿Lo has tocado?

—No.

—¿Seguro?

—Con un palo.

—Eso cuenta casi como tocarlo.

—No con la mano —le aseguró la niña.

Elias intervino.

—¿Dónde está?

—Allí —señaló Julie hacia las rocas.

—Ahora voy a verlo.

—¿Por qué?

—Porque si está muerto, tendremos que decidir si hay que investigar un asesinato.

Julie parecía emocionada.

La niña regresó hacia las rocas. Elias esperó unos segundos antes de levantarse.

—Tengo que inspeccionar un pez.

—Tus vacaciones están siendo fascinantes.

—No sabes cuánto.

Camille lo vio alejarse. Julie lo esperaba de pie sobre una roca y empezó a explicarle algo en cuanto estuvo cerca. Elias se inclinó para mirar el pez y después llevó a la niña hacia otra poza. Nada de aquel gesto era extraordinario.

Camille pensó en Paul. La comparación surgía menos que al principio y eso era bueno; no quería medir a Elias continuamente contra un hombre que le había hecho daño, porque ser diferente de Paul no podía convertirse en la principal virtud de nadie.

Pero había momentos en que resultaba inevitable.

Paul también había sido paciente con Julie, también había pasado tardes enteras jugando con ella, también había sabido ser amable.

La violencia no borraba esos momentos, y eso había sido precisamente lo que le dificultó marcharse.

Elias regresó.

—Creo que ha sido muerte natural —dijo mientras se sentaba.

—Julie se habrá llevado una decepción.

—Ya ha encontrado un cangrejo.

—Entonces sobrevivirá.

Camille cogió otra piedra.

—En realidad, no me arrepiento de habértelo contado. Me siento… liberada —dijo por fin. Guardó silencio un minuto y luego siguió—: Lo que te dije de la primera bofetada no fue lo peor.

Elias no hizo ninguna pregunta, y ella lo agradeció. Simplemente, se giró sobre la toalla hasta quedar sentado frente a ella.

—Después hubo temporadas en que no me tocaba —siguió Camille—. Y yo pensaba que habíamos vuelto a estar bien. A veces duraban meses. —El viento movió un mechón de pelo sobre su rostro—. Eso era lo que me confundía. Si hubiera sido malo todos los días, habría sido más fácil.

Elias apoyó las manos sobre la arena mientras Camille callaba mirando al mar.

—Decidí marcharme muchas veces —siguió después, con más firmeza de la que ella misma esperaba—.

A veces duraba una hora. Otras, una semana.

Buscaba pisos, calculaba el dinero que tenía y el que necesitaba, pensaba qué haría con Julie.

Luego Paul tenía varios días buenos y yo volvía a pensar que podía arreglarse.

—¿Te pedía perdón? —le preguntó Elias.

—Al principio sí. —Camille soltó una risa amarga—. Después dejó de hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque consiguió convertir lo que hacía en una consecuencia de mis propios actos.

Elias frunció ligeramente el ceño.

—No lo entiendo.

—Si me sujetaba, era porque yo intentaba marcharme mientras hablábamos. Si golpeaba algo, era porque yo no dejaba de provocarlo. Si bebía demasiado, era porque estaba preocupado por nuestro matrimonio. —Camille bajó la voz—. Nunca era lo que él hacía. Siempre era lo que yo había hecho antes.

Elias tardó unos segundos en volver a hablar.

—Eso no convierte una cosa en consecuencia de la otra.

—Por supuesto que no, pero entonces no lo sabía. Ahora sí —le aseguró. Luego se abrazó las rodillas—. Pero saberlo ahora no cambia lo que pensé entonces.

No necesitaba que Elias le explicara que había sido manipulada.

Conocía la palabra. Había leído sobre violencia psicológica, coerción, ciclos de abuso.

Podía recitar algunos mecanismos mejor que muchas personas porque los había estudiado después, en ordenadores que Paul no pudiera revisar.

Lo difícil era aplicarlos a su propia vida sin sentir que estaba leyendo sobre otra mujer.

—Me daba vergüenza —continuó—. Eso también me mantuvo allí.

—¿Vergüenza de qué?

La pregunta no contenía juicio.

—De todo.

Camille miró hacia Julie. Estaba agachada cerca de una poza, perfectamente visible.

—Yo era enfermera. Veía a mujeres con lesiones. Sabía qué preguntas debían hacerse. Había hecho cursos para detectar violencia en pacientes y después volvía a casa con un hombre que me revisaba el teléfono.

Elias no dijo nada.

—¿Sabes cuántas veces pensé que era ridículo? Que no podía estar pasándome a mí porque yo habría sabido reconocerlo.

—Pero tú no eras una paciente, era tu vida.

Aquello era todo. No una frase brillante; precisamente por eso acertó.

Camille bajó la cabeza.

—Y lo quería.

Ella respiró.

Esta vez no le dolió igual.

—No todo fue mentira. Paul y yo fuimos felices. Hubo años buenos. Fue buen padre muchas veces. Me cuidó cuando murió mi madre. Durmió en una silla del hospital durante dos noches.

Elias miró la arena.

—Eso hace más difícil entender lo demás.

—Sí.

—Pero no lo invalida.

Camille cerró los ojos un instante.

—Exacto.

No necesitaba convertir a Paul en alguien que nunca hubiera amado para justificar haber huido. Esa idea estaba empezando a asentarse.

Julie volvió con una concha en la mano.

—Esta tiene un agujero.

—Aún así, es bonita —dijo Camille.

—Es para ti —decidió la niña con una sonrisa.

—Siempre me regalas las conchas que encuentras —bromeó su madre.

—Porque tú no encuentras ninguna —le refutó la pequeña.

Elias soltó una risa.

—Es un argumento difícil de rebatir.

—¿Puedo ir hasta aquella roca? —miró Julie a su madre.

Camille siguió la dirección que señalaba. Era un poco más lejos que las anteriores. El impulso de decir que no apareció de inmediato, pero lo evaluó con la cabeza fría: arena firme, sin agua profunda, y Julie seguiría visible.

—De acuerdo, pero solo hasta ahí.

—Vale.

La niña corrió. Camille vio cómo Elias seguía también su trayectoria con los ojos.

Camille recogió arena entre los dedos y suspiró profundamente.

—Llevo meses preparando la huida —siguió después—. Una noche, Julie se escondió debajo de la cama durante una discusión. Yo no sabía que estaba allí. Cuando terminó, fui a buscarla y la encontré con las manos sobre las orejas.

El recuerdo seguía siendo insoportable.

—Me preguntó si papá estaba enfadado con ella.

Elias bajó la cabeza. Camille continuó antes de perder el valor.

—Le dije que no, claro. Y me preguntó por qué gritaba entonces.

El viento llevó la voz de Julie desde las rocas. Hablaba consigo misma o con el cangrejo.

—Esa noche empecé a guardar dinero. Vendí cosas. Saqué pequeñas cantidades de las cuentas… Lo hice todo muy despacio, porque Paul controlaba mucho el dinero.

—¿Nunca sospechó?

—No estoy segura, quizá sí, y por eso volvió antes de lo previsto aquella noche. Cuando entró en casa y vio la maleta supe que no habría una segunda oportunidad.

—Por eso corriste.

—Sí.

—Hiciste bien.

—No lo digas como si fuera tan fácil —ella levantó la mirada.

Elias no se defendió.

—De acuerdo.

Eso consiguió lo contrario de lo que esperaba. Camille quería discutir con él, explicarle que no podía resumir años de matrimonio con una decisión correcta o incorrecta. Pero Elias acababa de aceptar el límite.

—No sé si hice bien todo lo demás —continuó ella.

—Eso es otra cosa.

—Me llevé a Julie sin decirle nada.

—También tenías miedo por ella.

—Pero es su padre, tiene derechos.

—Es cierto.

Camille lo miró.

—No vas a decirme lo que quiero oír, ¿verdad?

—No sé qué quieres oír.

—Que no importa.

—Importa —hizo él una pausa—. Pero también importa por qué te fuiste.

Camille sintió que algo se acomodaba. No una solución, sino la posibilidad de que dos verdades coexistieran. Paul era el padre de Julie. Y Paul era peligroso. No tenía que negar una para sostener la otra.

—Tengo miedo de que nadie me crea —admitió.

—¿Por ser policía?

Camille asintió.