30
Camille
Kerlann. Mañana siguiente
Se despertó poco después de las seis y durante unos segundos no recordó por qué estaba vestida.
Había dormido encima de la colcha, con los pantalones y la camiseta del día anterior, mientras Julie ocupaba la otra mitad de la cama.
No sabía en qué momento se había cambiado de su cama a la de su madre.
La luz de la mañana se filtraba por los bordes de las persianas y dibujaba dos franjas estrechas sobre el suelo.
Desde la calle llegaban los primeros ruidos de la tienda de Annette: una puerta metálica, cajas desplazándose, el motor de una furgoneta que se detuvo unos minutos y volvió a ponerse en marcha.
Camille se incorporó de golpe. El miedo regresó antes que el recuerdo.
Después recordó a Paul cruzando la calle, el pan rodando hasta el bordillo, la carrera hasta casa de Élodie. Recordó también a Elias sentado en el sofá y todo lo que le había contado durante la noche, cosas que llevaba años pronunciando únicamente dentro de su cabeza.
Miró hacia la puerta del dormitorio. Estaba entreabierta y la lámpara del pasillo seguía encendida.
Salió sin hacer ruido.
Elias dormía en el sofá en una postura que parecía incompatible con cualquier forma de descanso.
Tenía una pierna doblada porque no cabía entero, un brazo sobre el pecho y la cabeza ladeada contra una almohada demasiado pequeña.
Había dejado el teléfono sobre la mesa, junto a las llaves, y su chaqueta seguía doblada sobre el respaldo de la silla.
Camille se quedó mirándolo. No se había ido.
La constatación era absurda. Elias le había dicho que se quedaría y, en el tiempo que llevaba conociéndolo, nunca le había dado motivos para pensar que incumpliera una promesa así.
Aun así, una parte de ella había esperado despertarse y descubrir que aquella conversación había sido demasiado, que conocer la realidad alteraría inevitablemente la manera en que él la miraba.
Paul había conseguido enseñarle que toda confidencia podía convertirse después en un arma.
Elias abrió los ojos. Camille dio un pequeño paso atrás.
—Perdona.
Él tardó un momento en orientarse. Se pasó una mano por la cara y se incorporó con una mueca.
—¿Qué hora es?
—Las seis y diez.
—Eso explica por qué estoy muerto.
Camille observó cómo intentaba estirar el cuello.
—Te dije que no cabías.
—Me faltan unos veinte centímetros de sofá.
—Podrías haber utilizado la cama, yo habría dormido en el sofá.
—Lo pensaré la próxima vez.
Camille miró hacia atrás.
—Julie se ha pasado a mi cama, es la primera vez que lo hace desde que llegamos.
—Se despertó sobre las cuatro y vino al salón.
—¿La viste?
—Escuché la puerta. Salió con el conejo, me preguntó por qué estaba durmiendo aquí y después se volvió al dormitorio.
Camille sintió una punzada.
—¿Dijo algo?
—No, nada.
Elias se levantó despacio.
—¿Has podido dormir? —le preguntó Elias.
—Algo, sí.
—Eso es más de lo que esperaba.
—Tú tampoco pareces haber pasado una buena noche.
—He tenido mejores camas —reconoció mientras se masajeaba el cuello.
Camille se acercó a la ventana y levantó apenas una esquina de la persiana. La calle estaba casi vacía, sin ningún coche oscuro, sin nadie esperando. Podía escuchar a Annette hablando con el repartidor debajo.
—No está —dijo.
Elias no preguntó quién.
—Eso no significa que se haya ido.
—Lo sé.
Camille soltó la persiana. La precisión empezaba a gustarle y a irritarla al mismo tiempo.
Elias no decía lo que creía que ella quería escuchar.
No le aseguraba que Paul hubiera desaparecido, ni que no pudiera hacerles nada, ni que todo fuera a salir bien.
Se limitaba a quedarse dentro de los hechos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó a continuación.
Elias no respondió enseguida.
—Primero, desayunar.
—No puedo desayunar.
Se acercó a la mesa, cogió el teléfono y escribió un mensaje rápido.
—Les he dicho a mis padres dónde estamos. No les he contado nada que tú no hayas contado ya.
Camille sintió una reacción inmediata.
—¿Qué les has dicho?
—Que Paul está en Kerlann y que no quieres que nadie vaya a buscarlo.
—¿Marie lo sabe?
—Sí.
—¿Y Alain?
—Mi madre y mi padre suelen comunicarse.
—Elias.
—Sí. Lo sabe.
Camille se llevó una mano al pelo.
—No quería que todo el pueblo…
—Mis padres no son todo el pueblo.
—De momento.
Él comprendió la preocupación.
—No van a contárselo a nadie, tranquila.
Camille estuvo a punto de responder que no podía saberlo, pero se detuvo.
Marie y Alain habían respetado desde el primer día cada silencio que ella había dejado entre ellos.
Quizá confiar significaba también aceptar que no podía controlar qué hacía cada persona con todo, pero sí elegir a quién creía capaz de guardar algo importante.
—Está bien.
—También he pensado una cosa. Quedarnos todo el día aquí encerrados no me parece buena idea.
El cuerpo volvió a tensarse.
—No voy a salir a pasear por el pueblo como si no pasara nada.
—No he dicho eso.
—Paul está aquí, puede estar esperando.
—Lo sé.
Camille cruzó los brazos.
—Entonces, explícame qué estás proponiendo.
—Ir a algún sitio tranquilo unas horas.
—¿A dónde?
—A la cala.
Camille lo miró, incrédula.
—¿La de las estrellas de mar?
—Esa.
—¿Quieres llevarnos a un lugar aislado precisamente ahora?
Elias reconoció inmediatamente el problema.
—Dicho así, no parece tan buena idea.
—Porque suena bastante mal.
Camille esperó.
—No quiero esconderte allí —continuó él—. Quiero que salgas de esta habitación antes de que empieces a sentir que la única forma de estar segura es no cruzar la puerta.
La frase le molestó porque acertaba demasiado.
—No sabes lo que necesito, así que no decidas por mí.
—No lo estoy haciendo —replicó él, guardándose el teléfono en el bolsillo—. Te estoy proponiendo algo.
Camille miró hacia el dormitorio. Julie seguía dormida.
—¿Y si Paul nos sigue?
—No iremos directamente. Dejaremos mi coche en casa de mis padres y cogeremos el de Alain. Ellos sabrán dónde estamos. No pasaremos por el puerto y regresaremos antes de que oscurezca. Y si en cualquier momento no te parece bien, nos volvemos.
Camille procesó cada parte. Había pensado en ella, y eso le producía alivio y, simultáneamente, una resistencia instintiva.
No quería que Elias organizara su seguridad.
No quería pasar de la vigilancia de Paul a depender de las decisiones de otro hombre, aunque las razones fueran completamente distintas.
—¿Y qué pasa si digo que no?
—Que nos quedamos.
Así de sencillo.
—¿Sin convencerme?
—Puedo decirte que creo que te vendrá bien, pero si dices que no, es no.
Camille miró otra vez la persiana. El apartamento empezaba a parecer más pequeño que la noche anterior.
—Déjame pensarlo.
—Claro.
Elias fue hacia la cocina.
—¿Dónde está el café?
—Arriba —señaló ella un armario.
—¿Puedo?
—No necesitas pedirme permiso para hacer café.
—Estoy en tu casa.
Aquella frase la detuvo. Su casa. Era una habitación alquilada encima de una tienda. No sabía cuánto tiempo permanecería allí y hasta el día anterior todavía conservaba una maleta preparada para salir. Sin embargo, Elias no había dicho la habitación ni la casa de Annette . Había dicho tu casa .
—Sí —respondió—. Puedes.
Cuando se despertó, Julie aceptó el plan antes de que Camille terminara de explicárselo.
—¿La cala secreta?
—No es secreta.
—Casi —insistió la pequeña.
—Y no vamos a pasarnos el día buscando cangrejos.
—¿Por qué?
—Porque también vamos a descansar.
Julie la miró como si descansar fuera una actividad que podían hacer perfectamente los adultos sin involucrarla.
—Yo no necesito descansar.
Camille consiguió que desayunara leche y pan con mantequilla mientras ella se tomaba un segundo café.
Elias preparó más tostadas y no hizo ningún comentario sobre que Camille apenas comiera.
La normalidad era deliberada, pero no falsa.
Julie habló de la noche en casa de Maëlle, del ojo que habían pegado finalmente a la medusa y de que necesitaba recuperar un lápiz que había olvidado allí. No mencionó a Paul. Camille tampoco.
Antes de salir, volvió a mirar por la ventana. Elias esperó junto a la puerta, sin decir nada.
—No veo a nadie.
—Bien.
—Podría estar en la esquina.
—Podría estar ahí, sí.
Camille lo miró con exasperación.
—Podrías ayudar un poco más —le lanzó de mal humor.
—¿Quieres que te mienta?
Camille suspiró.
—No.
—Entonces, admite que puede estar en la esquina.
La irritación le duró apenas unos segundos.
—Te odio un poco.
Julie apareció con Monsieur Lapin bajo el brazo.
—¿Quién está en la esquina?
Camille respondió antes de que Elias pudiera hacerlo.
—Nadie.
La niña la miró con atención. Esta vez la mentira salió mejor.
No encontraron a Paul. Elias salió primero, comprobó la calle intentando que sus movimientos no parecieran una operación militar y esperó mientras Camille y Julie bajaban.
Annette estaba en la tienda. Al verlas, preguntó únicamente si necesitaban algo para llevar y aceptó sin comentarios cuando Camille dijo que no.
Caminaron hasta el coche de Elias por calles secundarias. Él no se colocó delante ni detrás como si necesitara escoltarlas: iba a su lado, ligeramente más cerca de la calzada, mientras Julie saltaba sobre las uniones de las aceras.
En casa de los Bonnet cambiaron de vehículo. Alain salió al oír el motor. No dijo nada ni preguntó nada; simplemente, le dio las llaves a su hijo y le advirtió de que tenía poco combustible.
—Como siempre —se quejó Elias.
Marie apareció detrás y su mirada encontró la de Camille. Solo dijo:
—He preparado comida.
—Gracias —respondió Camille con una sonrisa.
—También hay café y un batido para Julie —señaló la bolsa que Elias ya estaba guardando.
—Le va a encantar.
No hubo compasión visible, y Camille se dio cuenta de cuánto la quería por ello.