Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 29 #3
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—¿Quieres?

No tenía sentido mentir.

—Mucho.

Por primera vez en horas, Camille sonrió de verdad. Muy poco.

—Eso debería preocuparme.

—Probablemente.

—¿Le pegarías?

Elias pensó.

—No si puedo evitarlo.

—Respuesta militar.

—Respuesta adulta.

—No estoy segura.

El humor desapareció tan rápido como había aparecido, pero había conseguido aliviar algo.

Camille se levantó y fue hasta el dormitorio. Elias la vio detenerse junto a Julie, recolocar la sábana y apartar un mechón del rostro de la niña. Después regresó.

—No quiero que ella vuelva a verlo así.

—¿A Paul?

—A ninguno de los dos.

Elias lo entendió.

—Discutiendo. Gritando. Con miedo —añadió—. Camille volvió a sentarse—. No quiero que el final de esto se parezca al principio.

Elias sintió el peso de la frase y se limitó a esperar en silencio unos minutos.

—¿Por qué Kerlann? —preguntó después.

Ella miró hacia la ventana.

—No lo conocía.

—Eso no es una razón.

—Sí que lo es —le aseguró ella.

Elias esperó.

—Necesitaba un sitio donde nadie supiera quién era. Había visto una fotografía de la costa bretona hacía años. Me gustó la idea de un pueblo pequeño. —Camille sonrió débilmente—. Después llegué y lo primero que pensé fue que había elegido fatal, porque aquí todo el mundo conoce a todo el mundo.

—Eso es cierto.

—Ahora no sé si fue un error o la mejor decisión que he tomado en mucho tiempo.

Elias miró hacia el dormitorio.

—Julie parece tener una opinión al respecto.

—Julie ya se considera bretona.

Se quedaron en silencio. Camille parecía agotada y no solo físicamente. Había contado quizá más de lo que había pensado contar en mucho tiempo.

Elias sentía la necesidad de devolverle algo, como si la vulnerabilidad tuviera que equilibrarse para no dejarla sola en un lugar expuesto. No sabía si era correcto. Aun así habló.

—La noche del espigón te dije que a veces volvían cosas a mi cabeza.

Camille levantó la vista.

—Lo recuerdo.

Elias inspiró profundamente antes de hablar.

—Mi compañero se llamaba Antoine.

Era la primera vez que pronunciaba el nombre delante de ella. Camille no cambió de postura.

—Volábamos juntos cuando murió.

No añadió detalles. No los necesitaba.

—Durante mucho tiempo pensé que si hubiera decidido algo dos segundos antes, quizá estaría vivo.

Camille lo escuchó con la misma quietud que él había intentado ofrecerle.

—¿Lo sigues pensando?

Elias consideró la respuesta.

—Algunas noches.

—Aunque sepas que no.

—Sí.

Camille asintió.

—Lo entiendo. Supongo que todos tenemos algo que la cabeza entiende y el resto del cuerpo no.

Elias sonrió ligeramente.

—Suena mejor de lo que habría dicho yo.

—Soy enfermera.

—Eso explica el diagnóstico —bromeó él.

—No estoy diagnosticando.

—Pues has sonado muy profesional.

—Llevo meses sirviendo pescado. Estoy perdiendo facultades.

Elias la miró. Por primera vez desde que había llegado, la expresión de Camille parecía menos rígida.

El miedo seguía ahí, no había desaparecido. Pero quizá ahora fuera un poco más liviano.

El reloj marcaba casi las dos.

—Intenta dormir —dijo Elias.

Camille miró el sofá.

—¿Y tú?

—Dormiré en el sofá, tiene buena pinta.

Ella sonrió. Se levantó.

—Hay una almohada en el armario.

Camille caminó hacia el dormitorio y se detuvo antes de entrar.

—Elias.

—¿Sí?

—Gracias por no preguntarme por qué no me fui antes.

Él la miró. La respuesta le pareció evidente.

—No era la pregunta más importante.

Camille permaneció quieta unos segundos. Después entró en la habitación.

Elias sacó la manta y la almohada del armario y se acomodó como pudo en el sofá. Apagó la lámpara pequeña, pero dejó encendida la del pasillo para que Camille pudiera verlo si salía.

Durante la siguiente hora la oyó moverse varias veces. Una vez fue al baño. Otra, comprobó la puerta. En la tercera ocasión se quedó en el pasillo.

—¿Sigues despierto?

Elias abrió los ojos.

—Sí.

—¿Puedo…?

No terminó.

Él se incorporó.

—Claro.

Camille se sentó en la silla junto al sofá. No hablaron. Ella apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.

Elias permaneció allí. Cinco minutos. Diez. Quizá más.

Al final, la respiración de Camille se volvió lenta. No se había dormido del todo, pero descansaba.

Elias observó la puerta. Una parte de él seguía queriendo salir. Encontrar a Paul. Resolver el problema de una vez y para siempre.

Otra parte, la que había aprendido a base de errores demasiado caros que actuar no siempre significaba hacer algo visible, entendió por fin cuál era su tarea aquella noche.

Quedarse. Escuchar. No utilizar la verdad que Camille acababa de entregarle para tomar el control de su vida.

Había confiado en él con miedo. No era todavía una confianza completa y quizá nunca lo fuera. Pero era real.

Elias volvió a recostarse. Afuera, Kerlann permanecía en silencio. Paul estaba en algún lugar. El problema seguiría allí por la mañana.

Sabía que, por unas horas, Camille no necesitaba una estrategia, sino saber que cuando abriera los ojos, alguien seguiría sentado al otro lado de la habitación sin pedirle nada a cambio.

Elias podía hacer eso.

Así que se quedó.