Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 29 #2
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—Aprendí a avisar antes —siguió Camille—. A no cambiar un plan sin decirlo. A no hablar de algunas personas. A no llegar con una opinión que pudiera convertirse en una discusión. Aprendí qué tono usar cuando él había bebido. —Su voz vaciló por primera vez—. Y Paul bebía mucho.

Elias recordó cómo ella lo había descrito la primera noche: policía. Ahora, la pieza encontraba otra.

—¿Cuándo empezó a ser violento?

Camille tardó tanto que Elias pensó que había ido demasiado lejos.

—No lo sé.

La respuesta lo sorprendió.

—Eso es lo más difícil de explicar. No tengo una fecha.

Camille volvió la vista hacia el dormitorio de Julie.

—Una vez me agarró de los brazos porque quería salir de casa durante una discusión. Dijo que no iba a permitir que me marchara hasta que termináramos de hablar.

Sus dedos se cerraron sobre el borde de la silla.

—No me golpeó. Me dejó dos marcas que desaparecieron a los pocos días. Al día siguiente me pidió perdón y dijo que se había asustado porque yo estaba histérica y podía haber salido a la calle en ese estado.

Elias se quedó completamente quieto.

—¿Lo estabas?

Camille lo miró. La pregunta podía sonar equivocada. Él añadió:

—¿Histérica?

—No.

La respuesta llegó firme.

—Estaba enfadada.

—Después hubo más cosas —continuó—. Empujones. Sujetarme. Golpear una pared cerca de mí. Quitarse el cinturón y dejarlo sobre la mesa cuando discutíamos porque sabía que yo lo miraría y me asustaría.

Elias sintió el estómago endurecerse.

—¿Te golpeó con él?

—No.

—Pero quería que pensaras que podía hacerlo.

Camille asintió.

—Eso era suficiente.

La rabia llegó de manera fría. Mucho más peligrosa que una reacción inmediata.

Elias la conocía bien: era la misma que aparecía cuando alguien ponía deliberadamente a otra persona en riesgo y después buscaba una explicación técnica para justificarlo.

Le pidió al cuerpo que permaneciera inmóvil. Camille no necesitaba verlo enfadado.

—La primera bofetada vino después —siguió ella. Era como si estuviera hablando sola—. Un año después, quizá. No lo sé. Es extraño no poder ordenar los recuerdos.

—No tienes que hacerlo.

—Quiero hacerlo, lo necesito.

Elias esperó.

—Habíamos salido a cenar con unos compañeros suyos. Uno hizo una broma sobre mí, algo estúpido. Yo contesté y todo el mundo se rio. Paul también.

Camille miró hacia la ventana cerrada.

—En el coche no habló. Cuando llegamos a casa, Julie estaba con una niñera. Entramos en la cocina y me preguntó por qué había intentado humillarlo delante de sus compañeros.

—¿Eso habías hecho?

—No.

La respuesta fue automática. Camille sonrió apenas y continuó.

—Le dije que estaba exagerando. Y me dio una bofetada.

La frase quedó suspendida.

—Una.

Camille levantó un dedo, como si la precisión importara.

—No me tiró al suelo. No me rompió nada. Solo una bofetada.

Elias reconoció de inmediato la minimización.

—Una basta —dijo en voz baja.

Camille lo miró.

—Lo sé. —Por primera vez, no intentó reducirlo—. Después, lloró.

Elias no esperaba aquello.

—¿Lloró?

—Más que yo. —Camille apoyó la espalda contra la silla—. Dijo que no sabía qué le había pasado. Que nunca había hecho algo así. Que el trabajo lo estaba destrozando, que bebía demasiado, que necesitaba ayuda.

—¿La buscó?

—Durante unas semanas.

—¿Y funcionó?

—Durante unas semanas —repitió.

Elias miró sus manos.

Quería preguntar cuánto tiempo había durado aquello. Cuántas veces. Si había heridas, cicatrices. Si Julie había visto algo. Pero las preguntas podían esperar.

—¿Fue entonces cuando quisiste irte?

—No. —Camille sonrió con tristeza—. Me quedé.

—Eso no es…

Se detuvo. No quería convertir la frase en una absolución que ella no había pedido.

—¿Por qué?

—Porque lo quería.

La respuesta fue inmediata. Y Elias comprendió que era importante. Camille no quería que Paul se convirtiera en una caricatura retrospectiva de su vida.

—Lo quería muchísimo —añadió—. Y él no era así todo el tiempo. Esa es la parte que cuesta explicar sin parecer idiota.

Suspiró mientras Elias la miraba fijamente.

—Había días buenos. Semanas. Meses incluso. Era divertido, cariñoso con Julie, cocinaba, hacía planes. Podíamos pasar un fin de semana entero sin que ocurriera nada y yo pensaba que había exagerado lo anterior.

Elias comprendió que eso era quizá lo que había mantenido a Camille allí. No únicamente el miedo. La esperanza.

—¿Julie vio… cosas?

La pregunta le dolió antes de que terminara.

Camille cerró las manos.

—Demasiadas.

Ahí estaba el verdadero punto de ruptura. Elias lo entendió por el modo en que cambió su voz.

—No la golpeó, a ella no le pegó nunca. A Julie la adora. Pero ella empezó a esconderse cuando discutíamos. Se iba al armario de su habitación o se metía debajo de la cama. Una noche, Paul golpeó la puerta tan fuerte que rompió el marco. Julie se hizo pis encima.

Elias no dijo nada. No encontraba nada útil que decir.

—Al día siguiente, él le compró una bicicleta.

La incredulidad de Camille seguía viva incluso al recordarlo.

—Una bicicleta rosa. La que llevaba meses pidiendo. Se pasó toda la tarde enseñándole a montar.

Elias guardó silencio. Se limitó a escuchar.

—Y Julie estaba feliz —continuó Camille—. Yo también. Eso es lo horrible. Lo miré correr detrás de ella y pensé que quizá todo podía volver a ser normal.

—Querías que lo fuera.

—Sí.

—No es lo mismo que creer que lo que había hecho estaba bien.

Camille bajó la mirada.

—No.

Otra pequeña corrección. Otra pieza que parecía colocarse.

La habitación quedó en silencio. Fuera pasó un coche. Camille levantó la cabeza de inmediato. Elias también oyó el motor, pero no se movió. El vehículo continuó.

Solo entonces Camille volvió a respirar con normalidad.

—La noche que huimos llegó borracho —dijo.

Elias sintió que acababan de llegar al centro.

—Lo había preparado todo durante semanas. Dinero, documentos, rutas. Esperaba que estuviera fuera durante horas. —Camille miró hacia la maleta abierta—. Pero volvió antes.

Su voz se volvió más baja.

—Nos encontró cuando salíamos.

Elias no la interrumpió.

—Vio la maleta. Vio a Julie. Y lo entendió enseguida.

Camille se frotó el brazo como si recordara un contacto antiguo.

—Intentó quitármela.

El cuerpo de Elias reaccionó antes que él. Los músculos se tensaron.

—¿A Julie?

—Sí.

Camille cerró los ojos.

—Me agarró. Yo tiré hacia atrás. Él estaba borracho y se cayó contra un mueble. No sé si se hizo daño. No esperé.

—Bien.

La palabra salió demasiado rápida. Camille abrió los ojos. Elias corrigió.

—Quiero decir que no necesitabas quedarte a comprobarlo.

Ella lo miró.

—Eso llevo meses intentando creer.

—¿Por qué?

—Porque lo dejé allí.

—Después de intentar quitarte a tu hija.

—Es su hija también.

Elias sostuvo su mirada.

—Y eso no le daba derecho a retenerte por la fuerza ni a impedirte salir.

Camille guardó silencio.

—Lo sé. Ahora lo sé.

Ella sonrió de manera triste.

La respuesta hizo que Elias comprendiera cuánto trabajo había hecho Camille antes de que él llegara. Ella no estaba esperando a que alguien le explicara que Paul había sido violento. Lo sabía. Pero saberlo no significaba dejar de discutirlo consigo misma.

—¿Te fuiste esa noche?

—Sí.

—¿Viniste directamente a Kerlann?

Camille negó.

—Tardamos dos días en llegar.

No añadió detalles. Elias no los pidió.

—¿Y él te busca desde entonces?

—Supongo que sí. Paul no es de los que deja las cosas tranquilas.

Otra frase sencilla. Mucho más inquietante que una descripción larga.

—Además, es policía —añadió, recordando algo que ya le había dicho antes—. Sabe cómo buscar. Tiene contactos. Acceso a información.

—¿Puede localizar tu teléfono?

—No es el mismo.

—¿Cuentas bancarias?

—Nuevas.

—¿Documentación?

Camille se tensó. Elias levantó una mano.

—No tienes que decirme nada más.

—Tengo documentación que no debería tener.

La confesión salió de golpe.

—No voy a juzgarte por eso —respondió Elias—. Ni por eso, ni por nada.

—Tengo miedo por Julie —siguió ella. Podría decir que la secuestré y la policía vendría a quitármela. Ahora sabe dónde estamos.

Elias respiró despacio. Aquí no podía prometerle algo falso.

—Podría intentarlo, pero esta noche no podemos hacer nada.

El rostro de Camille perdió algo de color y se llevó una mano al cuello.

—Entonces ¿qué hacemos?

—Esta noche, nada.

Camille lo miró como si la respuesta fuera imposible.

—Paul está en Kerlann.

—Sí —respondió sin más.

—Puede estar afuera —insistió ella.

—Es cierto, podría.

—Y tú dices que no hagamos nada.

—Digo que tú llevas horas asustada, Julie está dormida y no tenemos información suficiente. La puerta está cerrada. Yo me quedaré aquí. Mañana decidiremos qué hacer con la cabeza un poco más clara.

—¿Y si viene esta noche?

Elias fue deliberadamente preciso.

—Pero para entrar tendría que atravesar una puerta cerrada y sabríamos que está intentando hacerlo. Eso es distinto de estar sola esperando que aparezca.

Camille lo observó.

—¿Y tú qué harías?

La pregunta tenía otra capa. Elias la entendió. No quería escuchar una fantasía sobre enfrentarse a Paul.

—Primero, llamaría a la policía.

Ella soltó una risa incrédula.

—Ya te he dicho que él es policía.

—No todos los policías son Paul —matizó él—. Y si intenta entrar, eso deja de ser una discusión matrimonial. Es una persona intentando acceder por la fuerza a una vivienda donde no vive.

Camille guardó silencio.

—Después —continuó Elias— intentaría mantenerte a ti y a Julie lejos de él.

—¿Cómo?

—No lo sé todavía.

Otra verdad.

—Pero no voy a salir a buscarlo.

Camille aflojó las manos. Quizá aquello era lo que necesitaba escuchar.

—¿Aunque quieras?

Elias sostuvo su mirada.

—Sí.