Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 29
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Elias

Kerlann. Esa misma noche

Supo que Camille no dormiría mucho antes de que ella cerrara la puerta del dormitorio.

No porque hubiese dicho nada. Llevaba más de una hora hablando poco y moviéndose por la habitación con una atención que parecía incompatible con el descanso.

Había preparado a Julie para acostarse, la había ayudado a lavarse los dientes y había leído un cuento entero sin saltarse una sola página, aunque varias veces perdió el hilo y la niña tuvo que indicarle por dónde seguir.

Después, cuando Julie se durmió, Camille permaneció sentada junto a ella más tiempo del necesario, con una mano apoyada sobre la sábana, observándola de una manera que Elias reconoció sin haberla visto nunca antes.

No parecía una madre contemplando a su hija dormida. Parecía alguien asegurándose de que seguía allí, a salvo.

Elias había decidido no moverse del pequeño sofá.

La habitación de Annette no estaba preparada para recibir visitas y mucho menos para que un hombre de su tamaño pasara allí la noche.

Cuando estiraba las piernas alcanzaba casi la mesa baja, y si apoyaba la cabeza contra el respaldo, el cuello quedaba en un ángulo que al día siguiente lamentaría.

Nada de eso importaba. Había dormido en lugares peores.

Y aquella noche tampoco estaba seguro de que fuera a dormir.

Tenía la chaqueta doblada junto a él y el teléfono sobre la mesa.

Había enviado un mensaje breve a su madre para decirle que se quedaba con Camille y Julie y que no debía preocuparse.

Marie respondió casi inmediatamente con un bien seguido de otro mensaje donde avisaba de que Alain había comprobado dos veces que todas las puertas del restaurante estuvieran cerradas.

Elias entendió el significado. Sus padres también estaban inquietos, pero no preguntaban. Todavía.

Camille apareció en el marco del dormitorio.

—Se ha dormido.

Elias dejó la revista que llevaba varios minutos fingiendo leer.

—Bien.

Ella miró el sofá.

—No vas a poder dormir ahí.

—He dormido dentro de aviones.

—No mientras volabas, espero.

—No suelo reconocerlo en público.

Camille intentó sonreír, pero no llegó a hacerlo del todo.

—Hay una manta en el armario.

—Luego la cogeré.

—Y una almohada.

—Perfecto.

Ella permaneció de pie. Elias esperó.

Durante el día había aprendido algo que aquella noche debía recordar constantemente: la tentación de ayudar podía convertirse con mucha facilidad en una forma de presión.

Una pregunta mal formulada podía sentirse como una orden.

Una solución ofrecida demasiado rápido podía reducir a Camille otra vez al lugar del que llevaba meses intentando salir.

Él quería hacer demasiadas cosas. Quería saber dónde estaba Paul. Quería llamar a alguien. Quería averiguar si había presentado una denuncia, qué documentación utilizaba Camille, qué podía hacer legalmente el padre de Julie y hasta qué punto su condición de policía complicaba la situación.

Quería ir al puerto, recorrer las calles y encontrarlo.

Ese impulso era el peor. Porque era sencillo. Concreto. Inútil.

Paul había tardado semanas en localizar a Camille. No debía de haber llegado a Kerlann aquella mañana por casualidad. Había observado. Había esperado. Tal vez llevaba días allí.

Salir a buscarlo sin saber nada más sería regalarle exactamente lo que necesitaba: una reacción.

Elias conocía demasiado bien el valor de no precipitar una decisión cuando faltaba información. También sabía cuánto costaba aceptar esa espera.

Camille se acercó a la mesa, recogió los platos vacíos y fue hacia la pequeña cocina. Abrió el grifo y empezó a lavarlos.

Elias la observó desde el sofá. El agua corría demasiado fuerte. Camille enjabonaba cada plato con movimientos repetitivos. No estaba limpiando. Estaba haciendo algo con las manos.

Él conocía esa necesidad. Se levantó y fue hacia ella.

Camille oyó el movimiento y volvió la cabeza.

—No hace falta que me ayudes.

—Voy a beber agua.

—Ah.

Elias cogió un vaso de la balda y lo llenó. Permaneció un momento junto a la encimera, lo bastante lejos para no invadirla.

—¿Quieres?

Camille negó y siguió lavando.

—Paul no puede entrar —dijo Elias.

Ella se detuvo solo un instante.

—Lo sé.

—No intentaba convencerte.

Camille dejó el plato en el escurridor.

Lavó otro. El silencio duró unos segundos.

—Eso es lo peor —dijo ella.

Cerró el grifo, pero mantuvo las manos apoyadas contra el fregadero.

—Sé que la puerta es segura. Sé que no puede aparecer de repente dentro de la habitación. Y aun así, llevo toda la noche esperando escuchar la llave.

Elias no respondió.

Ella bajó la mirada hacia sus manos mojadas.

Se secó con un paño.

—Es absurdo —dijo después.

—No lo es —le rebatió Elias.

Camille soltó una respiración breve.

—No tienes que decir que todo lo que hago es razonable.

—No lo hago.

Elias dejó el vaso.

—Creo que algunas cosas que haces no tienen sentido. Como limpiar tres veces una mesa que ya está limpia o negarte a sentarte cuando llevas diez horas trabajando. Pero tener miedo de alguien que te ha hecho daño no me parece absurdo —añadió.

La frase cambió el aire entre ellos. Hasta entonces ninguno había pronunciado directamente aquello.

Daño.

Camille apretó el paño entre las manos.

—No sabes lo que hizo.

—No, no me lo has contado.

—Podría haberme marchado simplemente porque nuestro matrimonio iba mal.

—Podrías.

—Podría estar exagerando.

—También.

Ella frunció el ceño. Quizá esperaba que la contradijera.

Elias sostuvo su mirada.

—Pero no creo que lo estés.

Camille dejó el paño.

—¿Por qué?

Había una exigencia real en la pregunta. No necesitaba consuelo. Necesitaba una respuesta.

Elias pensó antes de darla.

—Porque llevas dos meses reaccionando a cosas que no tienen sentido si solo te has separado de un hombre con el que discutías.

Porque te apartaste la primera vez que te toqué sin avisar.

Porque sabes dónde están todas las salidas del restaurante.

Porque cuando Julie dibujó a un desconocido, tú entendiste al instante que podía ser alguien concreto.

Y porque esta mañana viste a Paul al otro lado de una calle y lo primero que hiciste fue sacar a tu hija de un lugar donde estaba perfectamente segura con una amiga.

Camille apartó los ojos.

—Eso también puede significar que estoy enferma. Paul decía que lo estaba —susurró.

Elias sintió una tensión brusca en la mandíbula.

—¿Qué decía?

—Que era inestable. Que interpretaba mal las cosas. Que siempre esperaba lo peor. —Se apoyó contra la encimera—. A veces pienso que quizá consiguió que tuviera razón.

—No entiendo.

—Que después de tantos años acabé convirtiéndome en la mujer que él decía que era.

Elias guardó silencio. Camille se llevó una mano a la frente.

—Antes no era así.

—¿Así cómo?

—Así.

Señaló la habitación con los brazos extendidos. Las persianas cerradas. La silla que había colocado cerca de la puerta y luego retirado. La maleta abierta sobre la cama.

—Antes no me despertaba por un coche. No pensaba dónde estaba la salida cuando entraba en un sitio. No me asustaba que alguien caminara detrás de mí.

Elias miró hacia el dormitorio. Julie seguía dormida.

—Eso no demuestra que él tuviera razón.

Camille no respondió.

—Demuestra que algo cambió —siguió él.

—Es verdad.

—¿Por Paul?

Ella cerró los ojos. Elias no repitió la pregunta.

Camille se alejó de la cocina y se sentó por fin en la silla junto a la mesa. Tenía las manos entrelazadas sobre las piernas y las observaba como si pertenecieran a otra persona.

—La primera vez que pensé seriamente en marcharme, Julie tenía tres años.

Elias regresó al sofá. No se sentó demasiado cerca.

—No tienes que contarme nada si no quieres —dijo.

Camille levantó los ojos.

—Ya lo sé, y creo que precisamente por eso puedo.

Elias sintió algo que no esperaba. No alivio. Responsabilidad.

Camille tardó en continuar.

—No empezó pegándome.

La voz era tranquila. Demasiado tranquila para lo que estaba diciendo.

—Sé que todo el mundo piensa que estas cosas tienen un principio claro, que un día alguien levanta la mano y entonces entiendes lo que está ocurriendo. Con Paul no fue así.

Elias no apartó la mirada.

—Al principio se enfadaba. Mucho. Pero siempre había un motivo. Yo llegaba tarde. Había olvidado llamarlo. Había hablado con alguien que no le gustaba. A veces podía pasar una semana entera pensando que todo estaba bien y después bastaba una cosa pequeña para que explotara.

Camille frotó lentamente una marca en la mesa con el pulgar.

—Me preguntaba por qué había tardado veinte minutos más en volver del hospital. Yo le explicaba que había tráfico. Entonces quería saber por dónde había venido. Si había parado. Con quién había hablado antes de salir. No gritaba siempre. Algunas veces hubiera preferido que gritara.

Elias lo entendió sin problema. El control tranquilo podía ser más difícil de discutir que un estallido de cólera.

—¿Trabajabas de enfermera?

Camille asintió.

—Sí.

Era un dato que él no conocía.

—Dejé de hacerlo.

—¿Por él?

—Oficialmente, porque era difícil organizar los turnos con Julie. —Camille sonrió sin humor—. Eso fue lo que dijimos.

—¿Y en realidad?

—A Paul no le gustaba que trabajara de noche.

—¿Porque se preocupaba?

Ella negó.

—Porque no sabía con quién estaba.

Elias apoyó los antebrazos sobre las rodillas. No dijo nada.

—Después empezó con el teléfono. No al principio. Primero decía que las parejas no tenían secretos. Me pidió el código. Yo se lo di porque no tenía nada que esconder.

Camille levantó la mirada.

—Esa frase todavía me da rabia. Si no tienes nada que esconder . Como si negarte a que alguien revise tu vida demostrara automáticamente que haces algo malo.

Elias pensó en todas las veces que había visto a Camille mantener el teléfono junto al cuerpo.

—Luego fueron las cuentas. Las contraseñas. Los horarios.

—¿Y tú?

—Al principio, yo protestaba.

La respuesta salió con una ironía amarga.

—¿Y después?

—Aprendí.

Elias sintió un impulso de preguntar qué significaba eso exactamente. No hizo falta.