28 #2
Julie apoyó la cara contra su hombro.
—¿Se lo vamos a contar a Marie?
Camille no respondió enseguida.
—Ahora no.
—¿A Elias?
La pregunta le produjo otra fisura.
—No lo sé.
Julie se apartó.
—Él sabe cosas. Podría ayudarnos.
Ayudarnos. El plural dolió.
—No necesitamos que nadie nos salve.
Julie frunció el ceño.
—No he dicho salvar.
Camille se quedó mirándola. Cinco años. Y a veces decía cosas que atravesaban todas las defensas adultas sin siquiera verlas.
—Tienes razón. —Se incorporó—. Voy a llamar al restaurante.
Marie respondió al segundo tono.
—Bonnet.
—Hola, Marie, soy Camille. No voy a poder ir hoy.
—De acuerdo.
Camille había preparado una excusa. No hizo falta.
Marie no preguntó qué le pasaba, y eso le dificultó seguir mintiendo.
—Me duele la cabeza —dijo a pesar de que no hacía falta.
—Entonces descansa.
—Lo siento. Sé que hoy…
—Camille.
Ella calló.
—Tranquila, ¿de acuerdo?
Camille apretó el teléfono.
—Sí.
—¿Julie está contigo?
La pregunta fue tan concreta que supo que Marie había entendido que algo no encajaba.
—Sí.
—Bien. Si necesitas algo, solo tienes que llamar.
—De acuerdo, gracias.
La conversación terminó y Camille se quedó mirando el teléfono.
Julie había sacado la medusa de cartón y estaba pegándole el ojo sobre la mesa. La normalidad del gesto resultaba casi insoportable.
Camille pasó la siguiente hora cerrando cosas que ya estaban cerradas. Revisó la ventana del dormitorio. Después la de la pequeña cocina. Corrió las cortinas. Quitó una silla de debajo del pomo porque la presencia del mueble la hizo sentirse absurda. Volvió a colocarla diez minutos más tarde.
Guardó los documentos dentro de la carpeta azul. Sacó la maleta. La abrió sobre la cama y metió dos camisetas.
Se detuvo. Miró la maleta.
No. Ya había hecho aquello antes. No iba a pasar el resto de su vida corriendo cada vez que Paul consiguiera acercarse.
Pero Julie estaba allí.
El pensamiento deshizo inmediatamente cualquier decisión heroica. Podía quedarse por sí misma, pero no podía jugar con la seguridad de su hija.
Sacó las camisetas. Volvió a meterlas. Se sentó en el borde de la cama.
No sabía qué hacer, esa era la verdad.
Había vivido durante meses convencida de que lo importante era impedir que Paul encontrara Kerlann. Nunca había pensado con suficiente claridad qué ocurriría si lo hacía.
Podía llamar a la policía.
La idea le produjo náuseas. Paul era policía.
No todos los agentes eran como Paul. Lo sabía. Era una asociación irracional. También sabía que tendría que dar explicaciones, denunciar, dar nombres, explicar por qué había huido. Por qué había mentido. Por qué se había llevado a Julie.
Paul sabría hablar, defenderse. Era bueno en eso, un auténtico embaucador.
Camille se tapó la cara con las manos.
Entonces llamaron a la puerta.
El sonido fue suave. Tres golpes.
Camille se quedó inmóvil. Julie levantó la cabeza.
—¿Quién es? —susurró Julie.
Camille le hizo un gesto para que guardara silencio. No respiraba.
Otros dos golpes.
—Camille.
La voz de Elias atravesó la puerta.
El alivio llegó tan deprisa que Camille tuvo que apoyarse en la mesa, pero no abrió.
—Camille —repitió él—. Soy yo.
Ella sabía que era él. Aun así, se acercó de puntillas y miró por la pequeña mirilla. Elias estaba solo. Llevaba una bolsa de papel en una mano y un recipiente en la otra.
Camille apoyó la frente contra la puerta. No podía abrir. No porque tuviera miedo de Elias. Porque si abría, algo cambiaría. Él vería la maleta. Las persianas bajadas. La silla cerca de la puerta. Vería lo que Camille llevaba meses escondiendo detrás de explicaciones vagas y silencios.
—Marie me manda con comida —dijo desde el rellano—. Puedo dejarla aquí.
Camille cerró los ojos.
Elias no llamó otra vez. No pidió que abriera. No dijo que sabía que estaba dentro. Escuchó un pequeño ruido, probablemente la bolsa apoyándose en el suelo. Después, sus pasos que se alejaban.
Camille abrió la puerta.
—Elias —lo llamó.
Él se detuvo a mitad del rellano. Se volvió y su mirada pasó primero por Camille y después, sin querer, hacia el interior.
Vio suficiente. Las cortinas. La maleta. La silla.
No preguntó.
—Hola.
Aquella palabra casi acabó con ella. No qué ocurre . No qué has hecho . Hola.
—Pensaba que estabas enferma —dijo.
Camille se apoyó en el marco.
—He mentido.
Elias asintió.
—Ya.
—Marie sabe que he mentido.
—Probablemente.
—Tú también.
—Ahora sí.
Camille miró la bolsa en el suelo.
—¿Qué es?
—Sopa. Y otras cosas que mi madre considera imprescindibles para sobrevivir a cualquier enfermedad, real o inventada.
Ella soltó una exhalación que quiso parecer una risa. No lo consiguió.
Elias no se movió. Tampoco intentó entrar.
Camille sintió detrás a Julie. Se había acercado sin hacer ruido.
—Hola, Elias.
Él la miró.
—Hola.
—No estamos enfermas.
Camille cerró los ojos. Elias mantuvo la voz normal.
—Eso es una buena noticia.
Julie señaló la bolsa.
—¿Hay postre?
—Seguramente. Marie ha preparado la bolsa.
—Entonces, seguro que sí.
La niña la recogió y la llevó hacia la mesa. Camille y Elias quedaron frente a frente.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó él.
La pregunta la sorprendió. Podía decir que sí y Elias se marcharía. Lo sabía. No insistiría.
Eso precisamente hacía que pudiera responder otra cosa.
—He visto a alguien.
La expresión de Elias no cambió, pero toda su atención quedó fija en ella.
—¿Al hombre?
Camille tardó un segundo.
—Sí.
—¿El del dibujo de Julie?
—Sí.
Silencio.
—Lo conoces.
No era una pregunta.
Camille miró hacia la calle detrás de él.
—Entra.
Elias obedeció. Ella cerró de inmediato. Llave. Pestillo. Comprobó el pomo.
Cuando se volvió, Elias había permanecido exactamente donde estaba, cerca de la puerta, sin adentrarse en la habitación. Camille lo agradeció.
—Se llama Paul.
Pronunciarlo allí fue extraño. El nombre no pertenecía a Kerlann.
—Es el padre de Julie —añadió.
Elias asintió lentamente. No mostró sorpresa. Quizá ya lo había supuesto.
—¿Y es quien te busca?
Camille bajó la mirada.
—Sí.
Una palabra. La primera parte real de la verdad.
Elias no dijo nada.
—Lo he visto esta mañana —continuó—. En la calle principal.
—¿Te vio?
—No lo sé.
—¿Te habló?
—No.
—¿Se acercó?
—No.
Las preguntas eran concretas. Útiles. No pedían todavía una historia. Eso permitió que Camille siguiera respirando.
—¿Julie lo ha visto hoy?
—No. Estaba con Maëlle.
Elias miró hacia la niña. Julie estaba sentada a la mesa sacando recipientes de la bolsa como si estuviera inventariando provisiones.
Camille se llevó una mano al pelo.
—No sé qué hacer.
Esa confesión resultó mucho más difícil que decir el nombre de Paul.
Elias no respondió con rapidez.
—¿Quieres llamar a la policía?
Camille negó.
—No.
—¿Por qué?
Ella lo miró.
—Es policía.
Ahí sí cambió su expresión. Muy poco, pero Camille lo vio.
—¿Paul?
—Sí.
Elias guardó silencio.
—Eso explica algunas cosas.
—No explica nada.
—No. Pero cambia cómo tenemos que pensar esto.
Tenemos. Camille oyó el plural.
—No te corresponde.
—Lo sé.
La respuesta llegó sin resistencia.
—Entonces…
—Entonces, dime qué necesitas ahora.
Camille abrió la boca. No lo sabía. Que Paul desapareciera. Que Lyon quedara otra vez a cientos de kilómetros. Que pudiera borrar esa mañana y recoger el pan de la acera antes de que cayera.
Nada de eso era posible.
Miró la puerta. Después a Julie. Luego a Elias.
—No quiero estar sola.
La frase quedó desnuda entre ambos. Camille sintió vergüenza inmediatamente.
Elias no se acercó.
—De acuerdo. Me quedaré aquí.
Nada más.
—No sé cuánto tiempo —siguió ella.
—No importa.
—Podrían ser horas.
—He pasado horas peores.
Camille lo miró.
—No quiero que hagas nada.
—No haré nada que no me pidas.
—Ni salir a buscarlo.
Elias sostuvo su mirada.
—No saldré a buscarlo.
—Ni hablar con nadie.
Una pausa mínima.
—Esta noche, no.
Camille percibió la precisión.
—¿Y mañana?
—Mañana ya veremos.
Quiso discutir, pero no tenía fuerzas.
Elias se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de una silla. No se comportó como si acabara de asumir el control de la situación. No comprobó las ventanas ni la puerta.
Se sentó. Simplemente eso.
Julie abrió uno de los recipientes.
—¡Hay tarta! —exclamó.
—Lo sabía —sonrió Elias.
—¿Quieres?
—Es para vosotras.
—Marie ha mandado mucho.
Camille observó la escena desde la puerta.
El miedo seguía allí. Paul también. En alguna calle de Kerlann, quizá a pocos metros, quizá observando. Nada estaba resuelto.
Pero Elias permanecía sentado a su mesa sin hacer preguntas y Julie empezaba a repartir tarta en tres platos.
Camille fue hasta ellos y se sentó.
Julie empezó a contarle la historia de la medusa a la que le faltaba un ojo. Camille escuchaba sin intervenir.
Poco a poco, el cuerpo dejó de esperar un golpe en la puerta cada segundo. No porque creyera que estaban a salvo. Todavía no. Sino porque, por primera vez desde que había visto a Paul cruzar aquella calle, no estaba sosteniendo sola el miedo.
Más tarde, cuando Julie se quedó dormida, Camille volvió a comprobar la cerradura.
Elias seguía sentado en el pequeño sofá, leyendo sin leer realmente una revista que Annette había dejado allí semanas atrás.
Camille regresó al dormitorio y se detuvo en el marco.
—Elias.
Él levantó la vista.
—¿Sí?
—No te vayas.
No hubo vacilación.
—No me iré.
Camille apagó la luz de la habitación de Julie y dejó la puerta entreabierta.
Aquella noche, la maleta permaneció abierta sobre la cama. Pero por primera vez desde Lyon, Camille no empezó a llenarla.
Se acostó vestida, escuchando el rumor lejano del mar y, al otro lado de la pared, el leve movimiento de Elias en el sofá.
Paul había llegado a Kerlann. El refugio ya no era invisible.
Pero mientras Camille permanecía despierta en la oscuridad, comprendió que tampoco estaba tan sola como la primera vez que había tenido que huir.