Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 28
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Camille

Kerlann. Agosto

Camille reconoció a Paul por la manera de caminar. No por la cara. Ni siquiera por la ropa.

Lo vio al otro lado de la calle, entre una pareja que acababa de salir de la farmacia y un hombre que empujaba una bicicleta cargada con bolsas, y durante una fracción de segundo su mente se negó a ordenar la imagen.

El pelo parecía más corto. Llevaba una camisa azul clara que no recordaba y gafas de sol, algo que Paul utilizaba poco en Lyon.

Podía haber sido cualquier hombre de su edad atravesando Kerlann una mañana de agosto.

Pero caminaba igual. El hombro derecho ligeramente más bajo que el izquierdo. Una mano en el bolsillo. La cabeza apenas inclinada cuando observaba algo sin querer que pareciera que lo estaba mirando.

Camille dejó caer la bolsa. El golpe contra el suelo fue pequeño. El pan salió por la abertura de papel, rodó sobre la acera y quedó detenido junto al bordillo.

Ella no se agachó a recogerlo.

Paul acababa de cruzar la calle. Estaba allí.

La certeza llegó sin transición, como si hasta entonces hubiese existido un cristal entre Camille y el mundo y alguien acabara de romperlo.

Dejó de oír el tráfico. Las conversaciones de la terraza cercana se convirtieron en un rumor sin palabras y durante unos segundos tuvo la impresión de que la calle se inclinaba bajo sus pies.

Veía detalles absurdos con una precisión extraordinaria: una mancha húmeda alrededor de una alcantarilla, el cordón desatado de una mujer que caminaba hacia ella, una etiqueta naranja en el escaparate de la farmacia.

Paul se detuvo frente a una tienda de recuerdos.

Camille retrocedió. Su cuerpo ya sabía qué hacer. No pensar. Salir de allí.

Había aprendido muchas cosas en Kerlann, pero aquella mañana ninguna parecía accesible. La calma de Marie, las palabras de Elias, la llave nueva, la puerta que cerraba bien, la playa, la risa de Julie. Todo desapareció detrás de una instrucción mucho más antigua.

Que no te vea.

Dio otro paso hacia atrás y chocó con una pared. Paul seguía al otro lado de la calle. No sabía si la había visto.

Ese pensamiento consiguió romper la parálisis.

Camille giró y entró en el pasaje estrecho entre la farmacia y una tienda de ropa. Caminó deprisa al principio, después corrió. El bolso golpeaba contra su cadera y llevaba todavía el monedero en una mano porque no recordaba haberlo guardado después de comprar el pan.

No volvió la cabeza.

El pasaje terminaba en una calle secundaria que subía hacia la parte alta del pueblo. Camille la conocía. Podía llegar hasta casa de Élodie sin pasar por la plaza ni acercarse al puerto.

Julie.

El nombre apareció con una violencia que le cortó la respiración.

Julie estaba con Maëlle. Habían pasado la mañana juntas porque Camille empezaba más tarde en el restaurante, y Élodie se había ofrecido a recogerlas después del taller infantil organizado por el ayuntamiento y llevarlas a casa hasta que Camille saliera de trabajar.

Paul sabía buscar. Paul ya estaba en Kerlann.

Sacó el teléfono mientras caminaba. Le costó dos intentos encontrar el contacto.

Élodie respondió enseguida.

—¿Camille?

—¿Está Julie contigo? —preguntó sin saludar.

Hubo una breve pausa.

—Sí. Acabamos de llegar. ¿Qué ocurre?

—¿Está ahí?

—Sí.

—Ponme con ella.

—Camille…

—Por favor.

La voz le salió demasiado alta. Élodie dejó de hacer preguntas. Oyó movimiento y después la voz de Julie.

—Mamá.

Camille cerró los ojos un instante.

—Hola, cariño.

—Hemos hecho una medusa.

—Qué bien.

No consiguió que la voz sonara normal. Julie lo notó.

—¿Qué pasa?

—Nada. Voy a ir a buscarte.

—Pero íbamos a comer aquí.

—Otro día.

—Élodie ha hecho pasta.

—Julie, voy a buscarte ahora.

Silencio. La niña conocía aquel tono. No el de Kerlann. El anterior.

Camille se odió por ello.

—Vale —respondió Julie en voz baja.

—Pásame otra vez a Élodie.

Esperó.

—Camille —dijo la mujer—, ¿qué está pasando?

Ella miró hacia atrás. La calle estaba vacía.

—No dejes que Julie salga.

—No iba a hacerlo.

—Ni con nadie.

La frase produjo otro silencio.

—¿Con quién iba a salir?

—Con nadie. Solo… no la dejes bajar, aunque alguien pregunte por ella.

—¿Alguien?

Camille apretó el teléfono. Quería decir el nombre. No pudo. Pronunciarlo en Kerlann convertiría aquello en algo real de una forma que todavía no estaba preparada para soportar.

—Voy para allá.

—¿Quieres que llame a alguien?

—No.

Demasiado rápido.

—¿A Marie?

—No, no.

—¿A Elias? —siguió la mujer.

Camille se detuvo. Durante una fracción de segundo, la posibilidad de escuchar la voz de Elias y de contar con su protección le produjo un alivio tan intenso que le dio miedo.

—No —siguió caminando—. No llames a nadie. Voy a buscarla.

Colgó.

Élodie estaba esperándola detrás de la puerta. No la abrió hasta reconocerla por la ventana. Eso hizo que Camille estuviera a punto de llorar. No lo hizo. Entró y cerró inmediatamente detrás de sí.

—¿Dónde está?

—Arriba, con Maëlle.

Camille miró hacia la escalera.

—Voy a llevármela.

Élodie se interpuso lo justo para obligarla a detenerse, pero no la tocó.

—Primero dime si alguien os está siguiendo.

Camille la miró. Su primera reacción fue negarlo. Aquel reflejo seguía intacto.

No pasa nada. Estoy bien. No es importante.

—No lo sé —reconoció por fin.

Élodie esperó.

—He visto a alguien.

—¿Quién?

Camille bajó la voz.

—Al padre de Julie.

La expresión de Élodie cambió. No fue sorpresa exactamente. Durante la merienda en la playa, Camille había dicho lo suficiente para que algunas preguntas quedaran abiertas.

—¿El que está en Lyon?

Camille asintió.

—¿Sabe que estás aquí?

—Ahora sí.

—¿Estás segura de que era él?

La pregunta habría resultado insoportable en boca de otra persona. En Élodie era necesaria.

Camille respondió sin dudar.

—Sí.

Era la primera vez que lo decía. Sí. Paul estaba en Kerlann. Ya no era el coche, ni el hombre que miraba. Ni una posibilidad fabricada por un cuerpo que no sabía olvidar. Era él.

Élodie miró hacia la ventana.

—¿Te ha visto?

—No lo sé.

—¿Te ha seguido?

—No lo sé —repitió.

—¿Es peligroso?

Camille sintió que las palabras se quedaban detenidas en la garganta. Podía mentir. Podía decir que solo era una separación complicada. Que Paul era insistente. Que había venido a buscar a su hija.

Después recordó el dibujo de Julie. Un hombre que mira.

—Sí.

Apenas fue un susurro. Élodie no pidió detalles.

—Entonces no puedes ir andando a casa.

—Está cerca.

—No importa.

—Necesito llevarme a Julie.

—Claro. Pero en mi coche.

Camille negó.

—No quiero meterte…

Élodie levantó una mano.

—No termines esa frase.

—No sabes…

—Sé que acabas de decirme que un hombre peligroso os ha encontrado. Lo demás puede esperar.

Algo en Camille cedió. No mucho, pero sí lo suficiente. Subió a buscar a Julie.

La niña estaba sentada en el suelo con Maëlle, rodeada de cartulinas, pegamento y tiras de papel de colores. Al verla entrar, levantó la cabeza.

—¿Estás enferma?

Camille se quedó quieta.

—¿Por qué?

—Tienes mala cara.

Maëlle la observó también.

—Mi madre tiene medicinas.

—No necesito medicinas.

Camille sonrió como pudo.

—Tenemos que irnos.

Julie miró su medusa de cartón.

—¿Puedo terminarla?

—Otro día.

—Solo le falta un ojo.

El corazón de Camille se contrajo.

Un ojo. Un minuto. Una medusa. Cosas normales.

No quería volver a arrancar a su hija de un lugar sin explicación. No quería enseñarle otra vez que cualquier momento podía interrumpirse porque un adulto decidía que era hora de correr.

Pero Paul estaba allí.

—Puedes llevártela —dijo Maëlle—. Te doy el ojo.

Arrancó una pieza redonda de papel negro y se la entregó. Julie se la guardó en el bolsillo.

Camille la cogió de la mano.

—Vamos —la instó.

La niña no discutió. Eso fue peor.

Élodie las llevó por una carretera que rodeaba la parte alta del pueblo y evitaba la plaza. Camille permaneció todo el trayecto mirando por las ventanas, identificando coches, cruces y peatones.

No vio a Paul.

—¿Quieres venir a casa conmigo esta noche? —preguntó Élodie.

—No quiero que sepa dónde vivís.

—No sabe quién soy.

—Puede averiguarlo.

Élodie la miró brevemente.

—Hablas como si supieras que lo hará.

Camille mantuvo la vista en la carretera.

—Lo hará.

No necesitaba imaginarlo. Conocía a Paul. Aquello era lo peor.

Élodie las dejó frente a Chez Annette . No había ningún coche desconocido cerca. Annette estaba atendiendo a dos clientes, de modo que Camille subió directamente sin pasar por la tienda.

Cerró la puerta. Giró la llave. Echó el pestillo. Comprobó el pomo. Una vez. Dos.

Julie dejó la mochila sobre una silla.

—Mamá.

Camille fue hacia la ventana. Corrió una cortina. Después la otra.

—Mamá.

Miró la puerta. La cerradura nueva. Ahora no puede abrirse sin llave.

—¿Mamá?

Se volvió. Julie estaba en mitad de la habitación. No parecía asustada todavía. Solo confundida.

Eso dependía de Camille.

—Ven aquí.

La niña se acercó. Camille se agachó delante de ella y sostuvo sus manos.

—Hoy nos vamos a quedar en casa.

—¿Por qué?

—Porque no me encuentro muy bien.

Julie observó su cara con demasiada atención.

—No estás enferma.

—Estoy cansada.

—¿Es por papá?

La pregunta llegó tan limpia que Camille sintió que el suelo desaparecía durante un segundo. No respondió, pero Julie lo entendió.

—¿Está aquí?

Camille tuvo que mirar hacia otro lado. Ese gesto bastó.

—¿Papá está en Kerlann?

—No lo sé.

La mentira salió fatal. Julie retiró una mano.

—Sí lo sabes.

Camille cerró los ojos un instante.

—Creo que sí.

La niña se quedó completamente quieta.

—¿Nos va a encontrar?

Camille volvió a cogerle las manos.

—Estás conmigo.

No era una respuesta. Julie lo sabía.

—¿Está enfadado?

—No lo sé.

—¿Vamos a volver con él?

—No.

La respuesta fue inmediata. Firme.

Julie la miró.

—¿Seguro?

Camille sintió que algo dentro de ella recuperaba una forma.

—Sí. Te lo prometo, no vamos a volver.

Julie bajó la cabeza. Camille quiso abrazarla, pero esperó. Al cabo de unos segundos fue la niña quien se acercó y Camille la rodeó con sus brazos.

—No pasa nada ahora mismo —murmuró.

No dijo que todo estuviera bien. Ya no quería prometer cosas imposibles.

—Estamos aquí.