Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 27
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Elias

Kerlann. Agosto

Encontró a Julie debajo de la mesa seis poco después de las cinco de la tarde.

No era un lugar especialmente extraño para encontrarla.

Durante las últimas semanas la niña había desarrollado la costumbre de instalarse en rincones distintos del restaurante cuando esperaba a que Camille terminara de trabajar.

Algunas veces ocupaba la mesa más cercana a la cocina.

Otras se sentaba en el último escalón de la escalera que llevaba al almacén hasta que Alain protestaba porque alguien acabaría tropezando con ella.

Si había pocos clientes, Marie le permitía utilizar una mesa del fondo para dibujar.

Aquella tarde había decidido que debajo de una era mejor.

Elias la descubrió al agacharse para recoger una servilleta.

—¿Qué haces?

Julie levantó la cabeza. Tenía varios lápices esparcidos sobre el suelo y una hoja apoyada en una carpeta.

—Dibujo.

—Eso lo veo.

—Entonces ¿por qué preguntas?

—Buena observación —sonrió Elias, y se sentó en cuclillas—. ¿Puedo?

Julie se encogió de hombros.

Elias terminó sentándose en el suelo, con la espalda apoyada contra una silla. Desde allí, el restaurante parecía distinto: se veían piernas, zapatos y la parte inferior de las mesas. Marie cruzó el comedor sin reparar en ellos.

Elias miró el dibujo. Reconoció el puerto. Julie siempre dibujaba el mar demasiado azul y las casas demasiado pequeñas. Había una embarcación que probablemente era la de Yann, varias gaviotas con unas patas enormes y un sol que ocupaba una esquina completa de la hoja.

—Ese soy yo —dijo.

Julie miró la figura que señalaba.

—No.

—Tiene el pelo oscuro.

—Es una piedra.

—Una piedra con piernas —la examinó él.

—Son algas.

—Entiendo.

—Tú estás aquí —señaló otra figura junto al restaurante.

Elias la reconoció por algo que parecía una camiseta gris.

—Estoy muy bien —la alabó.

—No está terminado.

—Ah.

—Te faltan los brazos.

—Eso explica muchas cosas.

Julie continuó coloreando. Camille estaba dibujada junto a una mesa, Marie aparecía detrás de la barra y Alain era una cabeza sobre una especie de rectángulo que debía de representar la ventana de la cocina.

Había algo más. Una figura en el extremo de la hoja.

Elias la señaló.

—¿Y ese?

Julie siguió dibujando.

—Un hombre.

—¿Quién?

—No lo sé.

La respuesta le llamó la atención. Los dibujos de Julie solían tener nombres.

Incluso los animales. Bernard había inaugurado una costumbre que después se extendió a una gaviota llamada Colette y a una araña que vivió durante tres días junto a una ventana hasta que Alain decidió que la convivencia había llegado demasiado lejos.

—¿No lo conoces?

Julie negó.

La figura estaba pintada con lápiz gris y negro. No tenía rostro. Solo un cuerpo alto situado cerca de lo que parecía el paseo del puerto.

—Entonces ¿por qué lo has dibujado?

—Porque estaba ahí todo el rato.

Elias dejó de mirar el papel.

—¿Dónde?

—Ahí —señaló ella el dibujo.

—Ya veo que está ahí. ¿Dónde lo viste?

—En la plaza.

La niña escogió un lápiz verde.

—¿Cuándo? —le preguntó, intentando mantener un tono neutro.

—No lo sé.

—¿Hoy?

—No.

—¿Ayer? —insistió él.

—Creo que sí, ayer.

Elias mantuvo el tono ligero.

—¿Qué hacía?

—Miraba, y estaba muy quieto.

—¿Qué miraba?

—Cosas —se encogió de hombros—. La plaza.

Elias esperó.

—¿Y a ti?

La niña levantó la cabeza.

—Un poco.

La respuesta produjo un cambio inmediato que Elias se obligó a no mostrar.

—¿Estabas sola?

—No, estaba con Maëlle.

—¿Había algún mayor?

—La mamá de Maëlle.

Bien.

—¿El hombre habló contigo?

—No.

—¿Se acercó?

—No.

—¿Hizo algo?

Julie negó, sin apartar la vista del papel.

Elias miró otra vez el dibujo. Podía ser cualquiera: un turista, alguien esperando a otra persona, un vecino que Julie no conocía. Kerlann estaba lleno de desconocidos en agosto, y no había nada especialmente inquietante en que un hombre estuviera mirando una plaza.

—¿Por qué te has acordado de él ahora? —preguntó.

Julie frunció el ceño.

—Porque estaba otra vez.

Elias sintió que algo se ajustaba dentro de él.

—Otra vez ¿dónde?

—Cerca de casa.

—¿La casa de Annette?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Lo he visto hoy —y la niña empezó a dibujar otra gaviota.

Elias observó su expresión. No parecía asustada. Tampoco estaba contando una historia especialmente importante para ella. Eso no significaba que no lo fuera.

—Julie.

—¿Qué?

—Si vuelves a verlo, quiero que se lo digas a tu madre.

—¿Por qué?

Buena pregunta.

—Porque si alguien que no conoces está muchas veces cerca, es mejor que ella lo sepa.

—Tú estás muchas veces cerca.

—Pero me conoces.

—Antes no.

Elias sonrió a pesar de sí mismo.

—Eso también es verdad.

—¿Es malo?

—¿El hombre?

Julie asintió.

—No lo sé, por eso quiero que se lo cuentes a tu madre si vuelves a verlo.

—Vale.

—Y no te acerques a hablar con él.

—No hablo con desconocidos, mamá me lo ha dicho muchas veces.

—Ese es un buen consejo, hazle caso.

Julie volvió al dibujo. Elias permaneció sentado junto a ella.

Entonces vio a Camille. Acababa de entrar desde la terraza con una bandeja vacía. Tenía el pelo recogido y varias servilletas dobladas bajo un brazo. Al encontrarlos debajo de la mesa, se detuvo.

—¿Qué hacéis?

—Arte —respondió Elias con una sonrisa.

Julie levantó el dibujo.

—Elias dice que mi piedra parece una persona.

—Tiene piernas —dijo él.

—Son algas —replicó la niña.

—No sabes apreciar el arte moderno —sonrió Camille.

—Eso parece.

Camille iba a marcharse cuando Elias la detuvo.

—¿Quién es el hombre?

No debería haberlo preguntado así. Lo supo en cuanto vio la reacción.

Camille miró el dibujo. No preguntó qué hombre. No se rio. No dijo que probablemente fuera alguien del pueblo. Se quedó completamente quieta.

Solo un segundo, pero Elias lo vio.

—¿Qué hombre? —preguntó ella después.

Demasiado tarde.

Julie señaló la figura oscura.

—El que mira.

Camille levantó los ojos hacia Elias.

—¿Qué significa eso?

La voz era tranquila. Demasiado.

Elias se puso en pie.

—Dice que lo ha visto en la plaza.

Camille tomó el dibujo y se dirigió a Julie.

—¿Te ha dicho algo?

—No.

—¿Se ha acercado?

—No.

—¿Te ha seguido?

—No lo sé.

La niña levantó la cabeza y Camille se agachó frente a ella.

—Cariño, necesito que lo pienses. ¿Ese hombre ha caminado detrás de ti alguna vez?

—No lo sé —repitió.

—¿Lo viste cerca de casa?

Julie asintió. Camille perdió el color de la cara.

—¿Cuándo?

—Hoy, esta mañana.

—¿Dónde?

—Enfrente de la tienda de Annette.

—¿Estaba dentro de un coche?

—No —respondió Julie tras pensarlo unos segundos.

Aquella pregunta fue suficiente. Elias miró a Camille.

—¿Qué coche?

Ella se incorporó.

—Ninguno.

—Camille.

—No es nada.

—Has preguntado por un coche.

—Porque vi uno ayer.

—¿Dónde?

—En la calle.

—Eso tampoco responde mi pregunta.

Camille dejó el dibujo sobre la mesa.

—Elias, estamos en un pueblo lleno de turistas. Hay coches que no conozco y gente que no conozco. Eso es todo.

—¿Y ayer?

—¿Qué pasó ayer?

—Marie te sacó de la terraza.

Camille lo miró, y Elias comprendió que acababa de confirmar que había estado prestando atención.

—Me encontraba cansada.

—No es verdad.

—¿Perdona?

—No fue por eso —insistió él.

Camille cruzó los brazos.

—¿Ahora sabes por qué Marie decide las cosas?

—Ayer estabas mirando constantemente hacia la calle.

—Había mucho trabajo.

Julie los observaba. Elias se dio cuenta y bajó inmediatamente el tono.

—Julie, ¿por qué no terminas el dibujo en la cocina? Mi padre necesita urgentemente una gaviota para decorar la nevera.

—No quiere dibujos en la nevera.

—Porque no sabe nada de arte.

Julie recogió los lápices.

—Esta no se la voy a dar.

La niña salió de debajo de la mesa y se marchó hacia la cocina con la carpeta bajo el brazo. Elias esperó hasta que desapareció.

Camille ya estaba recogiendo vasos.

—¿Quién es?

Ella no levantó la cabeza.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabes.

—No.

—Has entendido lo del hombre antes de que Julie explicara nada.

—Porque ayer vi a alguien que me pareció extraño.

—¿Al mismo?

—No lo sé.

—¿Y el coche?

Camille apretó los labios.

—Tampoco.

Elias esperó. Ella continuó colocando vasos.

Uno. Otro. Otro. Demasiado despacio.

—Puede ser cualquier persona —dijo finalmente.

—Por supuesto.

Camille levantó la vista, quizá sorprendida de que él aceptara.

—Puede ser un turista —continuó Elias—. Puede ser alguien esperando a otra persona. Puede ser un hombre al que Julie ha visto dos veces por casualidad.

—Exacto.

—Y también puede no serlo.

La expresión de Camille cambió.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertir una tontería en algo importante.

—No la estoy convirtiendo en nada.

—Sí.

—Estoy intentando entenderla.

Camille dejó el último vaso con demasiada fuerza.

—Pues yo no quiero entenderla.

Elias guardó silencio. La frase pareció sorprenderla incluso a ella.

Camille apartó la mirada.

—No quería decir eso.

—Creo que sí.

—No.

—Entonces dime qué querías decir.

Ella respiró.

—Que llevo semanas intentando no hacer esto.

—¿El qué?

—Buscar amenazas en todas partes —respondió en voz baja—. Mirar los coches. Controlar las entradas. Fijarme en los hombres que pasan dos veces por la misma calle… No puedo volver a vivir así.

Elias sintió que varias piezas empezaban a encontrar una posición. No era suficiente para formar una imagen, pero sí para dejar de considerar aquello como algo insignificante.

—¿Crees que alguien te está buscando?

Camille lo miró.

Ahí estaba. La pregunta que había evitado hacer desde que la conocía.

Durante un momento creyó que ella respondería. No lo hizo.

—Tengo que trabajar.

Cogió la bandeja y Elias se apartó. No intentó detenerla.

—Está bien.

Camille dio dos pasos.

—Pero no voy a fingir que no he oído a Julie.

Ella se volvió.

—No te he pedido que hagas nada.

—Lo sé.

—Entonces, no hagas nada.

Elias sostuvo su mirada.

—Eso no puedo prometértelo.

La reacción fue inmediata.

—No tienes derecho.

—No he dicho que vaya a tomar decisiones por ti.

—Suena exactamente así.

—No.

Elias bajó la voz.

—He dicho que no voy a ignorar algo que puede afectar a una niña de cinco años.

Camille se tensó.

—Julie está conmigo.

—Lo sé.

—Y yo la protejo.

—También lo sé.

—Entonces, basta.

Elias vio algo en sus ojos que no era enfado. Parecía miedo. No hacia él, sino a lo que aquella conversación podía desencadenar.

Eso cambió el modo en que respondió.

—Camille, no creo que no puedas proteger a Julie. Y tampoco creo que estés imaginando cosas solo porque tengas miedo.

El rostro de Camille se endureció.

—No sabes por qué tengo miedo.

—Es verdad, no lo sé.

Elias hizo una pausa.

—Pero sé lo que he visto.

—¿Qué has visto?

—A ti ayer. A Julie hoy. Y una reacción que me dice que las dos cosas te preocupan más de lo que quieres admitir.

Camille abrió la boca y acto seguido la cerró.

—Eso no significa que el peligro sea real.

—No, pero significa que merece atención.

Camille bajó la vista. Durante unos segundos, Elias creyó que iba a contarle algo. Quizá un nombre. Un lugar. Cualquier fragmento.

Pero ella volvió a tomar la bandeja.

—Tengo que trabajar —insistió.

Esta vez, Elias la dejó marcharse.

Elias sabía por experiencia que la ausencia de pruebas no era lo mismo que la ausencia de riesgo.

No iba a cometer el error contrario. No convertiría un dibujo infantil en una amenaza que quizá no existía. No perseguiría desconocidos por Kerlann. No interrogaría a Camille. Pero tampoco aceptaría que nada estaba ocurriendo solo porque todavía no podía demostrar lo contrario.

A última hora de la tarde, Elias encontró a Marie junto a la cafetera.

—¿Ayer te fijaste en un coche? —le preguntó con discreción.

Su madre dejó una taza.

—¿Qué coche?

—El que miraba Camille.

Marie no respondió inmediatamente.

—¿Te lo ha contado?

—Más o menos. Dice que no es nada.

Marie cogió otra taza.

—Entonces tendrás que decidir si la crees.

—¿Tú la crees?

Su madre levantó la vista.

—Creo que Camille lleva dos meses intentando aprender que no todo lo que la asusta va a hacerle daño.

—Eso no responde a mi pregunta.

Elias esperó. Marie suspiró y siguió hablando en voz baja.

—Había un coche oscuro y Camille se sobresaltó al verlo. Dijo haberlo visto antes, pero no ocurrió nada más.

—¿Matrícula?

—No la miré.

—¿Quién estaba dentro?

—No lo sé.

—¿Un hombre?

—Elias.

—¿Qué?

—Cuidado.

Él frunció el ceño.

—¿Con qué?

—Con decidir que porque estás preocupado tienes derecho a entrar en sitios donde ella no te ha dejado entrar.

La frase dio en el blanco. Elias guardó silencio y Marie siguió trabajando.

—Puedes estar atento —añadió ella—. Pero eso no significa que tengas que hacerte cargo de todo.

—Julie ha dibujado a un hombre que dice haber visto varias veces.

Marie se detuvo. Ahora sí.

—¿Dónde?

—En la plaza. Y cerca de casa de Annette.

La expresión de su madre cambió apenas.

—¿Se ha acercado a ella?

—No.

—¿Le ha hablado?

—Tampoco.

—Bien.

Marie miró hacia la cocina. Julie estaba allí con Alain, pegando algo en la puerta de la nevera pese a las protestas de este.

—¿Camille lo sabe?

—Sí.

—Entonces, de momento eso basta.

Elias miró a su madre.

—No te lo crees.

—Creo que una niña ha visto a un hombre.

—Varias veces.

—Sí.

—Y Camille llevaba ayer todo el día esperando que apareciera alguien.

Marie dejó el paño.

—No sabemos si esperaba a alguien o temía verlo.

La precisión importaba. Elias asintió.

—De acuerdo.

—No la acorrales.

—No voy a hacerlo. Pero tampoco pienso ignorarlo.

Su madre lo miró.

—Eso ya lo sé.

Camille se marchó poco antes de las siete con Julie. Elias estaba recogiendo las mesas de la terraza.

No se ofreció a acompañarlas. Había pensado hacerlo. Precisamente por eso no lo hizo: Camille habría entendido el gesto como una confirmación de que él creía que estaba en peligro, y todavía no sabía si era cierto.

—Hasta mañana —se despidió Julie.

—Hasta mañana —le devolvió él.

—Voy a terminar tu dibujo.

—¿Ya tengo brazos?

—Uno.

—Vamos progresando.

Julie corrió unos pasos para alcanzar a su madre. Camille se volvió. Sus ojos se encontraron y Elias levantó una mano. Ella hizo lo mismo. Después siguieron caminando.

Elias esperó hasta que doblaron la esquina y volvió al interior. Recogió dos vasos, secó una mesa que ya estaba seca y miró hacia la calle.

Nada. Un matrimonio caminaba hacia el puerto, dos adolescentes pasaron en bicicleta, Yann hablaba con alguien junto a su barco y una mujer empujaba un cochecito. Ningún hombre observando. Ningún coche oscuro. Nada fuera de lugar.

Elias permaneció junto a la ventana.

Durante semanas había aprendido a respetar los silencios de Camille. A no convertir su curiosidad en preguntas. A dejar espacio suficiente para que fuera ella quien decidiera acercarse.

Eso no iba a cambiar. Pero había una diferencia entre respetar un silencio y cerrar los ojos.

Camille tenía miedo de algo. Quizá de alguien. Y Julie había empezado a dibujar a un desconocido que la miraba.

Elias recorrió otra vez la calle con la vista. No encontró nada.

Y esta vez, la ausencia no consiguió tranquilizarlo.