Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 26
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Camille

Kerlann. Agosto

Camille vio el coche por primera vez frente a la panadería.

No había nada extraño en él. Un utilitario oscuro, algo sucio, aparcado junto a otros tres vehículos a los que tampoco habría prestado atención unas semanas atrás.

El conductor no estaba dentro; no había nadie apoyado contra la puerta ni mirando hacia ella.

Ningún detalle concreto justificaba que Camille redujera el paso al llegar a la esquina.

Aun así, lo hizo.

Julie caminaba a su lado hablando de una manualidad que quería terminar antes de que acabaran las vacaciones. Llevaba una bolsa de tela con dos libros de la biblioteca escolar y una concha que insistía en conservar aunque la había recogido días antes y ya estaba perdiendo el color.

—Mamá.

Camille volvió la cabeza.

—¿Qué?

—No me escuchas.

—Sí te escucho.

—He dicho que Maëlle dice que podemos hacer una casa para Bernard.

—¿Bernard? —repitió Camille, tratando de recuperar el hilo.

Julie la miró con decepción.

—El cangrejo.

—Claro.

—No es para él de verdad.

—Eso me tranquiliza.

Julie siguió hablando.

Camille miró de nuevo el coche. No reconocía la matrícula. Tampoco tenía por qué hacerlo.

Durante el verano circulaban vehículos desconocidos por Kerlann todos los días: familias que llegaban para pasar una semana, excursionistas, proveedores, personas que se equivocaban de carretera y daban tres vueltas al puerto antes de encontrar la salida.

A finales de julio había dejado de fijarse en la mayoría.

Ese era quizá el problema. Que aquel sí le había llamado la atención.

—¿Entramos? —preguntó Julie.

Camille tardó un instante en comprender que estaban ya delante de la panadería.

—Sí.

Empujó la puerta. Dentro olía a mantequilla caliente y masa recién horneada. Había cuatro personas esperando y una mujer le preguntaba al panadero si todavía quedaban kouign-amann . Camille se colocó al final de la fila y miró hacia el escaparate.

Desde allí podía ver parte de la calle. El coche seguía estacionado. Nada más.

Se obligó a apartar la mirada.

—¿Podemos comprar uno? —preguntó Julie, señalando los dulces.

—Uno pequeño.

—Dos.

—Uno.

—Pero son muy pequeños.

—Julie.

—Uno —cedió la niña.

Camille sonrió.

Cuando llegó su turno, pidió pan, una pequeña pieza para Julie y dos croissants para llevar al restaurante. Pagó, guardó el cambio y dio las gracias. Todo normal.

Al salir, el coche ya no estaba. La ausencia debería haberla tranquilizado, pero no lo hizo.

Camille permaneció unos segundos en la acera.

—¿Qué pasa? —preguntó Julie.

—Nada.

La respuesta salió demasiado rápida. Julie la miró.

—Has puesto cara rara.

—No he puesto ninguna cara.

—Sí.

—Vamos. Llegaremos tarde.

Tomó la mano de la niña y caminó hacia el restaurante. Durante el trayecto miró dos veces hacia atrás. No vi nada.

El hombre apareció poco antes de las once. Camille estaba colocando vasos en la terraza cuando lo vio cruzar la plaza.

No reconoció su rostro. Aquello, en sí mismo, no significaba nada: Kerlann estaba lleno de desconocidos.

Era alto, llevaba una gorra oscura y una camisa clara. Caminaba sin prisa. Se detuvo frente a una tienda, miró el escaparate y después continuó hacia el restaurante.

Camille dejó de colocar los vasos. El hombre no la miró. Pasó de largo. Siguió hacia el puerto.

Camille permaneció quieta. Su cuerpo había reaccionado antes que su cabeza.

La garganta seca. Los dedos tensos. La necesidad de localizar una salida.

Sintió vergüenza inmediatamente. No era Paul. No se parecía a Paul. Ni siquiera había hecho nada.

Camille soltó el vaso. No lo dejó caer, solo lo apoyó con más fuerza de la necesaria. Respiró.

No estás en Lyon .

La frase apareció como tantas otras veces.

No estás en Lyon. Paul no está aquí. No sabe dónde estás .

El hombre se perdió entre la gente del puerto y Camille terminó la mesa.

Dos minutos después, al regresar al interior, lo vio de nuevo. Estaba frente a la panadería.

No estaba comprando ni hablaba con nadie. Solo miraba hacia la plaza.

Camille se quedó detrás de la barra. La distancia era suficiente para no saber con seguridad hacia dónde dirigía la vista.

Podía mirar el restaurante. También podía mirar la calle. O esperar a alguien.

No era una prueba. Nada era una prueba.

—Camille.

La voz de Marie la sobresaltó.

—¿Sí?

Marie estaba junto a la cafetera.

—La mesa cuatro.

Camille miró hacia el comedor. Una pareja esperaba la cuenta.

—Voy.

—Llevas un rato mirando fuera.

—Pensaba que había visto a alguien.

Marie no preguntó quién.

—¿Lo conocías?

—No.

Cogió la cuenta. Pero al salir del restaurante, buscó al hombre. Ya no estaba. La sensación permaneció.

El servicio empezó antes de mediodía. El restaurante se llenó rápido y el ruido la ayudó a evadirse.

Durante casi media hora Camille consiguió no pensar en el coche ni en el hombre.

Había platos, bebidas, preguntas, pan, cubiertos.

Elias estaba en la cocina ayudando a Alain con el pescado y Marie atendía reservas junto a la barra. Todo funcionaba como siempre.

Hasta que alguien abrió la puerta. Camille se volvió de inmediato.

Era una familia. Dos adultos. Tres niños. Nada.

El padre pidió una mesa para cinco. Camille tardó un segundo más de lo normal en responder.

—Sí. En la terraza.

Marie la observó, pero no dijo nada.

Diez minutos después volvió a ocurrir. La puerta se abrió y Camille miró en el acto.

Una mujer sola. Después, un matrimonio mayor. Y más tarde, un grupo de turistas. Cada vez la misma descarga. Cada vez, el alivio.

—La seis necesita agua —dijo Elias al pasar.

—Ya voy.

Camille cogió una jarra.

—Camille.

Se detuvo. Elias estaba mirándola.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Entonces?

—La jarra está vacía.

Camille bajó la vista. Lo estaba.

—Voy a llenarla.

Elias no sonrió. Eso la irritó. Prefería una broma, la normalidad.

—Estoy bien —dijo.

Él no había preguntado.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—No sé qué estoy pensando.

—Pues deja de mirarme así.

Elias sostuvo su mirada un segundo.

—¿Así cómo?

Camille apartó la vista.

—Da igual.

Tomó la jarra y salió. Sabía que había contestado mal. También sabía que no podía evitarlo.

El miedo empezaba a ocupar su espacio. Eso era lo peor. No la posibilidad de que Paul estuviera allí, sino que no lo estuviera y aun así Camille volviera a convertirse en la mujer que miraba cada puerta, cada coche y cada rostro hasta destruir todo lo que había construido.

A la una y media vio de nuevo el utilitario oscuro. Estaba aparcado frente al puerto, esta vez más lejos.

Camille lo reconoció por una marca blanca en el parachoques trasero. Se quedó inmóvil con una bandeja en la mano.

Había demasiados coches parecidos. Podía ser otro. No podía ver la matrícula completa desde allí.

El corazón empezó a latirle demasiado deprisa.

—Camille.

Marie estaba a su lado.

—¿Qué?

—Ven.

—Tengo la mesa ocho.

—La llevará Elias.

—No hace falta…

—No te he preguntado.

El tono era tranquilo. Camille la siguió detrás de la barra y Marie le entregó una libreta.

—Quiero que revises las reservas de esta noche.

—¿Ahora?

—Sí.

Camille miró hacia la terraza.

—Puedo seguir atendiendo.

—Lo sé, pero quiero que revises las reservas.

No había forma de discutir con eso sin reconocer que entendía lo que Marie estaba haciendo. Camille aceptó la libreta.

—Estoy bien —le dijo sin mirarla.

Marie colocó un bolígrafo junto a ella.

—Perfecto.

No dijo «no lo parece». No dijo «¿qué te ocurre?». Simplemente la dejó detrás de la barra.

Camille empezó a revisar nombres.

Mesa cuatro. Seis personas. Ocho y media.

Mesa siete. Dos personas. Nueve.

Las letras se volvían difíciles de leer. Levantó la vista. El coche seguía allí. Una persona estaba sentada dentro. No podía distinguir el rostro.

Camille cerró la libreta.

—Marie.

Ella estaba preparando cafés.

—¿Sí?

—Hay un coche fuera.

Marie no se volvió hacia la calle.

—¿Cuál?

Camille señaló discretamente.

—El oscuro de la izquierda.

Marie observó unos segundos.

—¿Lo conoces?

—No.

—¿Lo has visto antes?

Camille dudó.

—Creo que sí.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

Marie volvió la vista hacia ella.

—¿Y?

—Nada. Solo estaba ahí.

Marie esperó y Camille respiró profundamente.

—Estoy exagerando, lo siento.

Marie tardó un instante en responder.

—No lo sé. No tienes información suficiente para saberlo —dijo—. Ni yo tampoco.

Camille sintió algo parecido a alivio. No porque Marie confirmara el miedo, sino porque no intentaba negarlo.

—Quédate dentro un rato más —le pidió.

No había lástima en sus palabras ni en su tono de voz. Solo una decisión práctica. Camille no discutió.

Elias apareció junto a la barra unos minutos después.

—La terraza está atendida.

Camille seguía con las reservas.

—Bien.

—La mesa ocho quiere postre.

—Marie se encarga.

—Lo sé.

Camille levantó la vista.

—Entonces ¿qué haces aquí?

—He venido a por agua.

—La tienes detrás.

Elias cogió una botella, pero no se marchó inmediatamente. Camille notó su presencia.

—¿Qué? —le increpó, enfadada.

—Nada —respondió él.

—No me gusta que todo el mundo me mire como si fuera a romperme.

Elias dejó la botella.

—No te estoy mirando así.

—Sí.

—No.

Camille soltó una risa sin humor, pero Elias siguió en silencio. Ella bajó la vista. Sabía que estaba descargando con él algo que no le pertenecía, y eso la enfadó todavía más.

—Estoy bien —repitió.

Esta vez sonó peor. Elias lo notó. Ella también.

—De acuerdo —aceptó él.

Camille levantó la cabeza. Esperaba una pregunta que no llegó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

No lo sabía. Quizá nada. Quizá que la creyera. Quizá que no.

Elias cogió la botella.

—Estaré en la terraza.

—No necesito que…

—No he dicho nada sobre ti.

Camille cerró la boca y él se marchó.

La respuesta debería haberle molestado, pero no lo hizo.

Elias no estaba prometiendo protegerla. No estaba tomando el control. Solo le estaba diciendo dónde estaría.

Eso bastó para que Camille pudiera volver a mirar la libreta.

El coche desapareció a media tarde. Camille lo comprobó varias veces.

La plaza estaba ocupada por otros vehículos. Ninguno oscuro.

La ausencia redujo la tensión, pero no la eliminó. Podía haberse marchado. También podía estar en otra calle.

Ese pensamiento le indicó hasta dónde había llegado. Se obligó a parar.

No podía hacerlo. No podía convertir Kerlann en un mapa de amenazas.

Paul quizá no estaba allí. Probablemente no. Habían pasado meses. No había ocurrido nada. Podía seguir sin ocurrir.

Al terminar el turno, Marie insistió en que se marchara antes.

Camille sonrió débilmente.

—Gracias.

—De nada.

Camille se quitó el delantal.

Elias estaba en la terraza recogiendo los vasos. No volvió a preguntarle nada. Eso le resultó casi más difícil que si lo hubiera hecho.

Cogió el bolso.

—Me voy —anunció.

Elias levantó la vista.

—Vale.

—¿Eso es todo?

Él sonrió apenas.

—Buenas tardes, Camille.

Ella suspiró.

—Buenas tardes.

El aire de la calle era más fresco. Miró hacia la derecha. Después hacia la izquierda. Nada. Empezó a caminar.

Cuando llegó a la panadería, se detuvo. El utilitario no estaba. El hombre tampoco.

Camille apoyó una mano sobre el bolso. No tenía ninguna prueba de que hubiera ocurrido algo. Solo una sensación.

Un coche. Un desconocido. Un cuerpo que había aprendido a detectar el peligro incluso cuando todavía no podía nombrarlo.

Podía estar equivocándose. Esa posibilidad seguía siendo real.

Pero mientras continuaba hacia casa, Camille comprendió algo que le produjo más miedo que el coche.

No había pensado en Paul durante semanas con aquella intensidad. Y ahora, sin haberlo visto, volvía a sentirlo cerca.