24
Camille
Kerlann. Agosto
El calor llevaba todo el día instalado en Kerlann de una manera impropia de la costa.
A media mañana ya habían abierto las dos puertas del restaurante y todas las ventanas que podían mantenerse abiertas sin que las servilletas salieran volando hacia el puerto.
No sirvió de mucho: el aire apenas circulaba, y en la cocina la temperatura resultaba todavía peor, con los fogones encendidos, el lavavajillas funcionando sin descanso y Alain negándose a admitir que estaba sudando mientras se secaba la frente con un paño cada pocos minutos.
El primer servicio empezó antes de lo previsto y terminó mucho después.
A las cuatro de la tarde, Elias había perdido la cuenta de las veces que había recorrido la distancia entre la terraza y la cocina.
Habían atendido a una familia de once personas que llegó sin reserva, dos mesas habían pedido cambiar de sitio por el sol y un hombre pasó diez minutos discutiendo con Marie porque consideraba excesivo pagar por una botella de agua.
Marie escuchó toda la explicación. Después le cobró la botella.
Camille presenció la escena desde la barra.
—Algún día quiero tener esa seguridad.
Elias dejó una bandeja llena de vasos.
—Tardarás años.
—¿Es genética?
—No. Entrenamiento.
—Tu padre también la tiene.
—Mi padre no escucha las explicaciones.
—¡Os oigo! —llegó la voz de Alain desde la cocina.
Camille miró a Elias.
—Y un oído extraordinario.
—Eso sí es genético.
La tarde les concedió apenas dos horas de tregua antes del servicio de noche.
Camille las aprovechó para ir a ver a Julie, que iba a dormir en casa de Maëlle.
Desde la fiesta del puerto, las dos niñas habían iniciado una campaña constante para dormir juntas.
Camille se había resistido al principio; no porque desconfiara de Élodie, sino porque todavía le costaba aceptar que Julie pudiera pasar una noche lejos de ella.
Finalmente había dicho que sí. Solo una noche.
Julie reaccionó como si le hubieran concedido una semana de vacaciones.
Cuando Camille regresó al restaurante, poco antes de las siete, llevaba el pelo todavía húmedo de haberse duchado y una camiseta distinta. Elias estaba colocando cubiertos.
—Has vuelto.
Ella se detuvo.
—Trabajo aquí.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo la sorpresa.
—Pensaba que aprovecharías para huir.
Camille miró la terraza, donde ya empezaban a sentarse los primeros clientes.
—Lo he considerado, no te creas.
—Aún estás a tiempo.
Marie apareció con el libro de reservas.
—Nadie se va a mover de aquí hasta que yo lo diga —sentenció.
—Lo suponía —dijo Camille mientras se ponía el delantal.
A las ocho, el restaurante estaba lleno otra vez, y el último cliente no se marchó hasta pasada la medianoche.
No fue el último en terminar de cenar; fue simplemente el último en aceptar que la noche podía continuar en otro lugar.
Llevaba casi cuarenta minutos sentado frente a una copa vacía mientras su mujer consultaba el teléfono y los camareros recogían las mesas a su alrededor con una falta de sutileza cada vez mayor.
Cuando por fin se fueron, después de recibir varias pullas de Alain y la mirada furibunda de Marie, Camille apoyó las dos manos sobre una mesa.
—Pensaba que iba a tener que dormir aquí.
Marie miró el reloj.
—Es hora de irse, todo el mundo a casa. O a donde quiera —dijo.
Camille levantó la cabeza.
—Todavía queda todo esto por recoger.
—Mañana —respondió Marie.
—Hay que limpiar la cocina.
—Lo hará Elias.
Él dejó de recoger las copas de una mesa.
—Gracias por consultarme.
—Eres mi hijo.
—No veo la relación.
—Yo sí.
Camille empezó a reunir los manteles.
—Me quedo también —decidió.
—No hace falta, de verdad —dijo Elias.
Ella lo miró.
—No me gusta dejar cosas a medias.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no discutas.
Marie sonrió.
—Perfecto. Buenas noches.
—¿Así de fácil? —preguntó Elias.
—Tienes cuarenta años. Confío en que sepas cerrar una puerta.
—Hace unas semanas utilizaste mi edad para justificar que debía ponerme crema solar.
—Y sigo teniendo razón.
Alain ya estaba en la puerta.
—Cerrad la cámara.
—De acuerdo —respondió su hijo.
—Y comprobad el gas.
—Claro.
—Dos veces.
—Papá…
Alain miró a Camille.
—Compruébalo tú, por favor.
—Ahora mismo.
—Gracias.
Elias abrió los brazos.
—¿Qué ocurre aquí?
Alain salió sin responder y Camille se rio. Marie besó a su hijo en la mejilla antes de seguirlo.
—No tardéis.
La puerta se cerró.
El silencio posterior resultó extraño. No era un silencio verdadero: el lavavajillas seguía funcionando, la nevera de las bebidas emitía un zumbido constante y desde el puerto llegaban voces de personas que todavía no pensaban acostarse.
Pero el restaurante vacío tenía una cualidad distinta después de tantas horas lleno de gente.
Elias miró a su alrededor, suspiró y llevó las copas a la cocina.
Camille lo siguió. Trabajaron sin prisa por primera vez en todo el día.
Ya no había comandas esperando ni clientes llamando.
Él colocaba los utensilios mientras ella limpiaba las superficies, y después cambiaron de tarea sin hablarlo: Elias sacó las bolsas de basura y, cuando regresó, Camille había puesto en marcha el último ciclo del lavavajillas.
—¿Julie está con Maëlle? —preguntó él.
—Sí.
—Primera noche fuera…
Camille lo miró.
—¿Cómo sabes que es la primera?
—Julie lleva una semana anunciándolo a los cuatro vientos.
—Cierto —rio ella.
—¿Estás bien?
La pregunta era sencilla. Camille suspiró y siguió limpiando.
—He comprobado el teléfono unas quince veces.
—Eso no responde a la pregunta —protestó Elias.
Ella dejó el paño y lo miró.
—No lo sé —reconoció por fin.
Elias esperó.
—Confío en Élodie —añadió Camille—. Sé dónde está Julie, sé que está contenta y que probablemente ni siquiera se acuerde de mí.
—Eso parece bueno.
—Lo es.
—Pero…
Camille sonrió.
—Supongo que me tengo que acostumbrar.
—¿A qué?
Camille lo pensó.
—A no tenerla al lado todo el tiempo.
Elias apoyó una bandeja sobre la encimera.
—Tiene cinco años —le recordó.
—Precisamente.
—No parece que vaya a independizarse mañana.
—No estés tan seguro. Esta mañana ha dicho que, cuando sea mayor, vivirá con Maëlle y tendrán siete perros.
—Un plan sólido.
—También quieren un caballo.
—Eso complica lo del apartamento.
Camille sonrió.
—Y un restaurante.
—Eso ya es exceso de ambición.
—El restaurante servirá solo postres.
—Retiro lo dicho. Es una idea excelente.
Camille se rio, y Elias sintió esa pequeña satisfacción que empezaba a resultarle demasiado familiar.
Le gustaba hacerla reír. Había tardado en admitirlo.
Al principio, las risas de Camille parecían accidentes: aparecían y desaparecían enseguida, como si ella misma se sorprendiera.
Ahora ocurrían más. No constantemente, y tampoco con todo el mundo.
Pero cuando se relajaba, algo en su forma de estar cambiaba, y Elias se descubría provocándolo de nuevo.
No era una buena razón para hacer bromas. Tampoco era mala.
Camille abrió el lavavajillas y una bocanada de vapor salió al exterior.
—Espera —dijo Elias.
Demasiado tarde. Ella retiró la mano deprisa.
—Mierda —exclamó.
Elias se acercó.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Déjame ver.
—He tocado la bandeja.
—Camille.
—Estoy bien.
Él se detuvo. No insistió con la mano extendida.
—¿Te has quemado?
Camille se miró los dedos.
—Un poco.
—Ponte agua —le indicó.
—Ya lo sé.
Abrió el grifo y dejó correr agua fresca sobre dos dedos de la mano derecha. Elias permaneció cerca, sin tocarla, con la cadera apoyada en la encimera.
—¿Te duele? —le preguntó.
—No mucho.
—Déjalo un rato debajo del grifo.
—Sí, doctor.
Camille mantuvo los dedos bajo el agua mientras Elias observaba la piel. No parecía grave, apenas un pequeño enrojecimiento.
—Hay crema en el botiquín.
—No la necesito, no es para tanto.
—Eso lo decidirá mi madre mañana, cuando descubra que has resultado herida bajo mi supervisión.
—No estaba bajo tu supervisión.
—Intenta explicárselo.
Camille cerró el grifo.
—Está bien.
—¿Qué?
—La crema.
—Eso ha sido sorprendentemente fácil viniendo de ti, doña cabezota.
—No quiero aguantar mañana a Marie —se justificó ella.
Elias abrió el pequeño botiquín del armario, encontró la crema y se la tendió. Camille intentó abrir el tubo con la mano izquierda.
—Dámelo.
Ella dudó y luego se lo pasó. Elias abrió el tapón y volvió a ofrecérselo; Camille extendió la mano para cogerlo, pero el movimiento hizo que se rozara el dedo quemado.
—¡Ay! —se quejó.
Elias se detuvo.
—¿Quieres que lo haga yo?
La pregunta quedó entre ambos. Camille miró la crema y después, a él.
—De acuerdo.
Elias puso una cantidad mínima en la yema del dedo.
—Dime si te duele.
Sujetó la mano de Camille por debajo, apenas apoyada sobre la suya. El contacto no significó nada al principio. Una mano. Una quemadura. Crema fría sobre la piel. Elias extendió con cuidado una capa fina sobre el dedo enrojecido mientras Camille permanecía quieta.
—¿Así?
—Sí.
Su voz sonó distinta. Elias levantó la mirada. Camille estaba observando sus manos; no parecía asustada, pero tampoco completamente tranquila. Él dejó de mover los dedos.
—¿Quieres que pare?
Ella negó.
—No, estoy bien.
Elias terminó y le soltó la mano de inmediato. Camille la mantuvo unos segundos sobre la encimera.
—Gracias.
—De nada.
El momento debería haber terminado allí, pero no terminó. Quizá fue el cansancio. O el restaurante vacío. O la hora.
Camille se apartó un mechón que se había soltado del recogido. Tenía una pequeña mancha blanca cerca de la sien y Elias la señaló.
—Tienes algo —dijo, señalando su cabeza.
—¿Dónde?
—Aquí.
Camille intentó limpiarse y falló.
—Más arriba.
Volvió a intentarlo.
—¿Ya?
—No.
—Pues ahí se queda.
Elias sonrió.
—Es harina.