Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 24 #2
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Elias levantó una mano, pero se detuvo antes de tocarla.

Camille vio el gesto: él esperaba. No era la primera vez que hacía esa pequeña pausa antes de entrar en su espacio.

Camille no se apartó. Elias rozó con los dedos el cabello junto a su sien y le limpió la mancha.

Fue un contacto mínimo, pero ninguno se movió después.

Camille sintió primero el calor. No el de la cocina, sino el de la mano que ya no la tocaba pero seguía demasiado cerca.

Elias la miraba. No había cambiado de expresión de forma evidente, y quizá eso fue lo que hizo más difícil apartarse: no había una sonrisa segura ni una intención que ella pudiera rechazar con facilidad.

Solo estaba allí. Muy cerca. Camille se dio cuenta de que podía contar las pequeñas líneas alrededor de sus ojos.

También de que nunca lo había mirado tanto tiempo seguido.

Elias bajó la mano. No dio un paso. Ella tampoco.

El ruido del lavavajillas cesó, y el silencio que quedó fue distinto.

Camille sintió su propia respiración y la proximidad del cuerpo de Elias.

No había llegado a tocarla; entre ambos seguía existiendo espacio suficiente para apartarse.

Y, sin embargo, por primera vez, Camille no estaba segura de querer hacerlo.

Elias inclinó apenas la cabeza.

No fue un beso. Ni siquiera un intento completo. Fue la posibilidad, y Camille la reconoció. El cuerpo reaccionó antes que el pensamiento.

Retrocedió. Solo un paso. Pero bastó.

Elias se detuvo de inmediato. No hubo decepción visible. Ni sorpresa. No preguntó qué ocurría; simplemente aumentó la distancia.

—Perdona —dijo Camille.

—No hay nada que perdonar.

Ella lo miró.

—Yo…

—No tienes que disculparte —insistió Elias.

El tono era normal, y eso la desconcertó aún más.

—Pensaba que…

No terminó. Elias cerró la crema y la guardó en el botiquín.

—No ha pasado nada.

Camille sintió una punzada desagradable.

—Sí ha pasado.

Él se volvió.

—¿Qué?

Buena pregunta. Camille no sabía responder.

Había querido que ocurriera; durante unos segundos, lo había querido.

Y después había tenido miedo. No de Elias —eso era lo más perturbador—, sino de sí misma.

De lo fácil que había sido permanecer allí.

De la parte de ella que había imaginado eliminar la distancia.

—No lo sé —admitió.

Elias asintió.

—Entonces no hace falta resolverlo ahora.

Camille lo observó.

—¿No estás enfadado?

La pregunta salió demasiado deprisa. Elias frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué iba a estarlo?

Ella bajó la mirada y no respondió. El silencio duró lo suficiente para que Elias entendiera que la pregunta no tenía que ver solo con él.

—Camille.

Ella levantó los ojos.

—Si no quieres que te bese, no te beso.

La sencillez de la frase le hizo daño en un lugar que no esperaba.

—No sé si no quiero.

Elias sostuvo su mirada.

—También vale.

Camille tragó saliva.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí sí.

—¿Y qué hacemos?

—Ahora mismo, terminar de limpiar.

Ella soltó una risa breve, casi incrédula.

—¿En serio?

—Queda el suelo.

Camille miró a su alrededor.

—Eres desesperante.

—Me lo dicen a menudo —sonrió.

—No, no te lo dicen.

—Mi madre, constantemente.

La normalidad regresó con una facilidad que Camille no esperaba. No completa —el momento seguía allí—, pero Elias no intentó convertirlo en una conversación que ella no estaba preparada para tener.

Cogió la fregona, pero él se la quitó al momento.

—Tú no haces nada más con esa mano.

—Puedo limpiar.

—Puedes comprobar el gas, es tu misión, recuerda que te lo ha encomendado Alain en persona.

Camille lo miró.

—No llames misión a comprobar el gas.

Quería que fuera una broma, pero se dio cuenta demasiado tarde de que para él no lo era.

Algo pasó por la expresión de Elias. Muy rápido.

—Perdona.

—Está bien.

—No lo he pensado.

—Por eso está bien.

Él siguió limpiando. Camille comprobó el gas. Dos veces. Después cerraron la cámara y apagaron las luces de la cocina. Elias esperó mientras ella recogía el bolso y salieron juntos.

Kerlann estaba casi vacío. Después del calor del día, la noche parecía fresca. El puerto seguía iluminado, aunque apenas quedaba gente en las terrazas. Caminaron en la misma dirección durante unos minutos. Camille llevaba la mano quemada pegada al cuerpo.

—¿Te duele?

—No demasiado.

—Mañana estará mejor.

—Seguro que sí, la crema ya está haciendo efecto.

Siguieron andando. Camille esperaba algo, no sabía qué. Una referencia al momento de la cocina. Una pregunta. Quizá incluso una explicación. Elias no hizo ninguna.

Al llegar al cruce donde debían separarse, Camille se detuvo.

—Elias.

—¿Sí?

—Sobre antes…

Él esperó. Camille miró hacia la calle.

—No quería que pensaras que…

Otra frase que no sabía terminar. Elias no la ayudó. No porque fuera cruel, sino porque le estaba dejando elegir. Camille volvió a mirarlo.

—No me has asustado.

Algo en su expresión cambió. Muy poco.

—Bien.

—No debería ser tan complicado.

—¿Por qué no?

Camille no tenía respuesta. Elias metió las manos en los bolsillos.

—No tenemos prisa.

La frase se instaló entre ambos. No tenemos. Camille la oyó. Él también, probablemente. Pero no corrigió el plural.

—Buenas noches —dijo ella.

—Buenas noches.

Camille empezó a caminar. Elias no la siguió. Tampoco se quedó observándola de una manera que ella pudiera notar; esperó solo hasta que llegó a la calle iluminada y después tomó el camino hacia su casa.