Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 23
45%

23

Camille

Kerlann. Agosto

Sabía que Elias se había equivocado cuando le dijo que aquella noche dormiría bien.

Lo había dicho al despedirse, cuando las dejó frente a casa de Annette después de regresar de la cala.

Julie se había quedado dormida en el coche y Elias tuvo que sacar primero las mochilas para que Camille pudiera cogerla en brazos.

La niña ni siquiera abrió los ojos: apoyó la cabeza sobre el hombro de su madre y continuó durmiendo mientras ellos se despedían en voz baja.

—Esta noche no llega ni a la cena —dijo Elias.

—Eso espero.

—Tú también dormirás.

Camille lo miró.

—¿Ahora haces predicciones?

—Después de un día entero al aire libre, sí.

—No sabes mucho sobre mi capacidad para no dormir.

Elias había cerrado la puerta del coche.

—Algo sé.

La frase podía haber resultado demasiado íntima. No fue así, quizá porque ninguno necesitaba explicar a qué se refería.

Ahora, varias horas después, Camille seguía despierta.

Julie había conseguido llegar a la cena, aunque apenas probó la tortilla que Annette preparó para las dos; se durmió poco después de las nueve, todavía con el pelo húmedo de la ducha, y no había cambiado de postura desde entonces.

Camille sí. Había probado la cama, el sillón junto a la ventana y otra vez la cama.

Había leído cuatro páginas de una novela sin enterarse de nada y bebido un vaso de agua que no necesitaba. Finalmente dejó de insistir.

La ventana estaba abierta. Desde la habitación llegaba el rumor del mar, amortiguado por las casas.

Hacía semanas que aquel sonido había dejado de parecerle amenazante, aunque no sabía en qué momento había ocurrido; al principio la despertaba, y ahora había noches en que necesitaba oírlo para recordar dónde estaba y tranquilizarse.

Se sentó en el suelo junto a la cama de Julie. La niña dormía boca abajo, con un brazo alrededor de Monsieur Lapin y una pierna fuera de la sábana. Camille se la cubrió.

No había vuelto a hablar de Paul. No directamente.

A veces hacía preguntas que podían conducir hasta él y se detenía antes; otras recordaba algo de Lyon sin que su padre apareciera en el recuerdo.

Camille nunca sabía si debía preguntar. La echaba de menos, y esa era una de las verdades que más le había costado aceptar: Julie echaba de menos a su padre.

Podía estar contenta en Kerlann, querer a Marie, seguir a Alain por la cocina, discutir con Maëlle y considerar a Elias una autoridad discutible sobre animales marinos, y aun así echar de menos a Paul.

Las dos cosas podían ser ciertas, y Camille se negaba a convertir eso en una traición.

Paul había sido un padre cariñoso muchas veces: había leído cuentos, preparado desayunos, enseñado a Julie a montar en bicicleta.

Camille había llegado a odiar precisamente esa capacidad suya para moverse entre dos hombres distintos sin admitir nunca que ambos eran él.

Julie todavía no podía entenderlo. Quizá no debería tener que hacerlo durante mucho tiempo.

Camille se levantó y fue hasta el armario.

La maleta seguía allí, la misma con la que había salido de Lyon.

Annette le había ofrecido guardarla en el trastero varias veces, y Camille siempre encontraba alguna excusa: ocupaba espacio, resultaba incómoda, apenas contenía ya nada importante porque la ropa estaba en el armario y los documentos, en un lugar más seguro.

Aun así, no quería perderla de vista. Quizá porque una maleta preparada seguía significando que podía marcharse en cualquier momento.

La sacó sin hacer ruido y la colocó sobre el suelo.

Abrió el bolsillo interior. La carta estaba debajo de una carpeta y dos sobres vacíos.

Camille la había leído tantas veces que los pliegues empezaban a romperse; el papel había perdido el blanco original y una esquina estaba doblada.

Reconocería la letra de su madre aunque solo quedara una palabra.

Se sentó en la cama. No necesitaba leerla entera: había partes que conocía de memoria y otras que todavía evitaba.

Su madre la escribió cuando Camille tenía veintisiete años, poco después de una de sus primeras discusiones serias con Paul.

Entonces todavía no las llamaba así; decía que estaban pasando una mala época, que él tenía mucho estrés en la comisaría, que los turnos eran difíciles, que ambos estaban cansados.

Siempre había una explicación. Su madre no lo conocía todo, aunque quizá conocía lo suficiente.

Camille desplegó la hoja, pasó por encima de las primeras líneas y buscó el párrafo que llevaba semanas evitando.

Hay personas que no te quitan nada de golpe, Camille.

Lo hacen tan despacio que puedes pasar años sin darte cuenta.

Primero dejas de decir una cosa para no discutir.

Después cambias una costumbre. Dejas de ver a alguien.

Empiezas a preguntarte si recuerdas bien lo que ocurrió.

Un día te miras y descubres que llevas mucho tiempo intentando ocupar menos espacio para que otro pueda ocuparlo todo.

Camille dejó de leer y miró hacia Julie. Seguía dormida.

Volvió a la carta.

Si alguna vez te ocurre, no esperes a que alguien venga a decirte quién eras. Intenta recordarlo tú. Y si no puedes, busca un lugar donde vuelvas a respirar sin pedir permiso. Empieza por ahí.

Camille bajó el papel. Durante años había estado enfadada con aquellas palabras. No con su madre, sino con la facilidad con que parecían describir algo que a ella le había costado tanto comprender. Busca un lugar donde vuelvas a respirar. Como si existiera. Como si bastara con marcharse.

Su madre no había vivido lo que ocurrió después.

Murió sin saber hasta dónde llegó Paul, sin conocer las noches en que Camille aprendió a identificar su estado de ánimo por la manera de introducir la llave en la cerradura.

No vio a Julie crecer dentro de aquella casa ni supo cuánto más difícil se volvió marcharse cuando hacerlo significaba decidir también por su hija.

Durante mucho tiempo, Camille había leído la carta como un reproche.

Te lo advertí. Aunque su madre jamás escribió eso.

Ahora empezaba a leer otra cosa. Cuando había llegado a Kerlann, pensaba que respirar significaba no tener a Paul cerca: no escuchar su coche, no esperar sus llaves, no calcular cuánto había bebido.

Eso ya era mucho. Pero quizá su madre hablaba también de otra cosa. De ocupar espacio.

Camille miró alrededor. La habitación era pequeña; apenas cabían las dos camas, un armario, la mesilla y una mesa estrecha junto a la ventana.

Había dibujos de Julie sujetos a la pared con cinta adhesiva y una concha sobre el alféizar.

Una chaqueta de Camille colgaba del respaldo de una silla, y junto a la puerta estaban las sandalias de ambas, mezcladas sin orden.

Hacía dos meses habría recogido todo antes de acostarse.

No porque fuera especialmente ordenada, sino porque durante años cualquier objeto fuera de sitio podía convertirse en una reprimenda.

Ahora había una toalla sobre una silla, y la dejó allí.

Sonrió ligeramente. Quizá aquello también era ocupar espacio.

Doblar la carta resultó más difícil de lo habitual; el papel se resistía a seguir los pliegues antiguos. Camille lo dejó sobre sus piernas y pensó en Elias. No quería hacerlo. O, mejor dicho, no quería que pensar en él se convirtiera en algo que necesitara justificar.

Durante las primeras semanas había sido sencillo.

Elias era el hijo de Marie y Alain, un hombre que aparecía en verano, trabajaba mucho, hablaba poco y sabía cuándo apartarse.

Después había empezado a formar parte de los días.

Ahora Camille conocía su forma de caminar cuando estaba cansado, sabía que bebía el café sin azúcar y que, cuando estaba preocupado, limpiaba cosas que ya estaban limpias.

Sabía que discutía con Marie por cuestiones insignificantes y que Alain conseguía decirle más con dos palabras que otras personas en una conversación entera.

Sabía que dormía mal. Sabía que había perdido a un compañero.

Y aquella tarde había visto algo que no esperaba: dolor.

No la clase de dolor que exige atención, sino uno mucho más difícil de detectar porque había aprendido a convivir con él.

La investigación dijo que hice lo correcto.

Camille entendía demasiado bien la inutilidad de algunas absoluciones. Quizá por eso había confiado en él.

La palabra apareció sola. Confianza. Camille la examinó con cuidado. ¿Era eso? Había cerrado los ojos en la playa porque Elias vigilaba a Julie. Se lo había pedido, y él había dicho que sí. Sin recordárselo después. Sin convertirlo en una deuda.

Camille apoyó la carta sobre la cama. Podía confiar en alguien y seguir teniendo miedo.

También podía equivocarse; ese pensamiento llegó inmediatamente, y no quería ignorarlo.

Al principio había confiado en Paul. Esa era la parte que nadie entendía cuando hablaba de hombres como él: Paul no había aparecido en su vida gritando ni golpeando las paredes.

Había sido atento, divertido, protector.

Se acordaba de cosas pequeñas, llegaba con comida cuando ella trabajaba de noche y conducía cuarenta minutos solo para verla durante un descanso.

Camille lo había querido. Mucho. Negarlo habría sido otra forma de mentirse.

Por eso ahora desconfiaba incluso de su propia capacidad para reconocer a una persona segura.

¿Qué garantía tenía de que Elias fuera diferente?

Ninguna. La respuesta le produjo una calma inesperada.

Ninguna. No existían garantías. Conocer a alguien no consistía en descubrir de pronto que jamás podría hacerte daño —eso era imposible—; consistía, quizá, en observar lo que hacía cuando podía imponerse y elegía no hacerlo.

Cómo reaccionaba ante un límite. Qué hacía con un no.

Qué ocurría cuando estaba enfadado, frustrado o cansado.

Camille empezó a repasar sin querer. La primera vez que se apartó cuando él pasó demasiado cerca, Elias no preguntó.

La noche del espigón, no preguntó. La playa, tampoco preguntó.

Cuando ella le decía que no necesitaba ayuda, a veces insistía si había una razón práctica y otras simplemente se marchaba.

No parecía interesado en ser reconocido por comportarse bien. Eso importaba.

Pero había otra pregunta. ¿Confiaba en Elias porque él se había ganado parte de esa confianza, o porque Camille necesitaba desesperadamente un hombre que no le diera miedo? No sabía responder, y no quería confundir ambas cosas. Mucho menos con amor.

La palabra le resultó excesiva incluso pensada en silencio.

No estaba enamorada de Elias. Se negó a convertir unas semanas de calma en una historia que todavía no existía.

Él había llegado a su vida cuando estaba asustada, sola y aprendiendo a sostenerse; había sido amable, Julie lo adoraba, sus padres le habían dado trabajo y un lugar en el que empezar.

Todo aquello podía deformar lo que sentía.

La gratitud podía parecer cariño. La seguridad podía parecer deseo.

La necesidad podía disfrazarse de amor. Camille no quería cometer ese error.

No quería agarrarse a Elias como había empezado a agarrarse a Kerlann y llamarlo destino solo porque ambos habían aparecido cuando más vulnerable estaba.

Necesitaba saber quién era sin él. La idea le dolió un poco, y eso la inquietó más que cualquier otra cosa.

Se levantó y fue hasta la ventana. El pueblo estaba casi a oscuras; una farola iluminaba parte de la calle y, más lejos, podía verse una franja negra donde empezaba el mar.

No sabía dónde estaba Elias. Quizá dormía.

Quizá caminaba otra vez hacia el espigón.

Durante un instante imaginó bajar y buscarlo, y la posibilidad apareció con tanta naturalidad que se apartó de la ventana.

No. No porque estuviera mal, sino porque no quería que cada noche difícil terminara llevándola hacia él.

Aquella era una frontera que necesitaba conservar.

Elias podía acompañarla, pero no debía convertirse en el lugar al que acudiera para escapar de sí misma.

Camille volvió a la cama. La carta seguía allí. Leyó otra vez la última frase del párrafo.

Empieza por ahí.

No decía termina ahí. Quizá respirar era solo el principio, y después había que aprender qué hacer con el espacio recuperado.

Camille dobló la hoja una sola vez. Se levantó para guardarla en la maleta y llegó hasta el armario.

Se detuvo. Miró la cama de Julie, luego la carta.

Volvió sobre sus pasos y la dejó encima de la mesilla, debajo del libro que estaba leyendo, pero no completamente cubierta: sobresalía una esquina amarillenta y podía verse parte de la letra de su madre.

Apagó la lámpara, se tumbó y permaneció un rato mirando la ventana. La carta seguía al alcance de su mano. No era una gran decisión. Nadie sabía que estaba allí. Por la mañana podía volver a esconderla. Pero aquella noche no lo hizo.

Y por primera vez desde que salió de Lyon, la maleta quedó abierta y vacía junto al armario mientras Camille intentaba dormir sin tener preparado todo lo necesario para marcharse.