22
Camille
Kerlann. Agosto
La cala no aparecía en ninguna de las guías que los turistas llevaban dobladas en los bolsillos ni en los mapas que colgaban junto al puerto.
Para llegar había que abandonar la carretera principal, seguir un camino estrecho entre setos y dejar el coche junto a una explanada de tierra donde apenas cabían cuatro vehículos.
Desde allí, un sendero descendía hacia la costa entre brezos y hierba alta hasta abrirse de pronto sobre una franja de arena protegida por dos paredes de roca.
Elias había mencionado el lugar unos días antes, casi de pasada, cuando Julie volvió a preguntar por los cangrejos.
—Dijiste que había pozas grandes.
—Las hay.
—Y estrellas de mar —siguió, incansable.
—A veces también, sí, pero no tan a menudo como los cangrejos.
—Y caracoles de mar.
—Por supuesto.
—Entonces tenemos que ir.
Camille no había contestado de inmediato.
No porque no quisiera, sino porque la idea de pasar varias horas fuera de Kerlann, lejos del restaurante y de las calles que ya conocía, seguía exigiéndole un pequeño esfuerzo.
Elias no insistió. Solo dijo que él pensaba ir el sábado si el tiempo acompañaba y que podían sumarse si les apetecía. Eso fue todo.
El sábado amaneció claro y Julie tomó la decisión por las dos.
Ahora corría varios metros por delante, obligada cada poco a detenerse porque el sendero se estrechaba junto a las rocas. Llevaba una mochila pequeña, una red de juguete que Maëlle le había prestado y un sombrero que se tenía que sujetar cada vez que el viento arreciaba.
—No corras —le pidió Camille.
Julie redujo la velocidad durante exactamente cinco segundos. Elias caminaba delante, con una bolsa de tela al hombro.
El sendero descendió un poco más y el mar apareció entre las rocas. Julie se detuvo.
—Es pequeña —gritó contra el viento.
—Es una cala —respondió Elias.
—La playa de Kerlann es más grande.
—Por eso aquí hay menos gente.
La niña observó la arena. Solo había una pareja mayor sentada junto a una sombrilla y dos adolescentes más lejos, cerca del agua.
La arena era más clara que en la playa del pueblo y estaba salpicada de pequeñas piedras blancas.
A ambos lados, las paredes de roca protegían la cala del viento.
El mar parecía más tranquilo, aunque el agua avanzaba con suficiente fuerza para dibujar franjas oscuras sobre la arena.
Elias dejó la bolsa cerca de una roca grande.
—La marea empezará a subir dentro de dos horas.
Camille miró hacia el agua.
—¿Cuánto sube?
Él señaló una línea de algas secas mucho más arriba.
—Hasta ahí, aproximadamente.
Camille midió la distancia.
—Entonces no podemos quedarnos demasiado.
—No —confirmó Elias.
—¿Y el camino sigue abierto? —preguntó preocupada.
—Sí.
—¿Seguro?
Elias la miró. No había burla en su expresión.
—Seguro.
Camille asintió. Meses atrás habría preguntado otra vez, y aún lo hacía a veces; pero ahora podía aceptar una respuesta sin revisar de inmediato si existía un peligro escondido detrás.
Julie ya se había quitado las sandalias.
—Voy a las rocas.
—Espera.
Camille abrió la mochila y sacó la crema solar. Julie protestó.
—No hace tanto sol.
—Eso no cambia nada.
—Elias no se pone.
Camille lo miró.
—Elias tiene cuarenta años y puede tomar malas decisiones por sí mismo.
—Gracias —dijo él.
—De nada.
Julie se dejó untar con resignación y después salió corriendo hacia las primeras pozas.
Camille hizo ademán de seguirla, pero se detuvo.
Podía verla desde allí. No había carretera.
No había desconocidos cerca. Las rocas no eran altas y Julie ya sabía que no debía acercarse a las zonas mojadas sin avisar. Elias estaba observando también.
Camille se sentó sobre la toalla. Elias dejó la bolsa y se sentó a cierta distancia.
—Eso es nuevo.
Camille lo miró.
—¿Qué?
—Creo que es la primera vez que te veo sentada —dijo con una sonrisa irónica.
—Me siento a menudo —protestó ella.
—¡Hay uno! —gritó Julie desde las rocas.
Camille volvió la cabeza. La niña señalaba una poza.
—¿Un qué?
—¡No sé!
Elias se levantó.
—Voy a comprobarlo.
Camille estuvo a punto de levantarse también. No lo hizo.
—No la dejes acercarse a la parte de atrás.
—No lo haré.
Observó cómo caminaba hacia Julie. No la tomó de la mano ni la apartó de las rocas; se agachó a su lado y miró lo que señalaba. Julie hablaba con movimientos amplios y él respondía con la misma seriedad con la que habría escuchado a un adulto.
Camille apoyó las manos detrás del cuerpo y miró el mar. Era extraño estar allí sin hacer nada. No necesitaba recoger una mesa, anticipar una pregunta o revisar una puerta. Podía mirar. Solo eso.
Poco a poco, la calma fue llegando. Al principio, el cuerpo siguió pendiente de los sonidos: una voz más alta, el golpe de una ola, alguien bajando por el sendero.
Después, esos estímulos empezaron a perder importancia.
Julie seguía visible. Elias también. Camille cerró los ojos durante unos segundos para notar el sol en la cara.
Cuando volvió a abrirlos, Elias y Julie estaban regresando.
—Era una anémona —anunció él.
—Creía que eran flores —reconoció la niña.
—Lo parecen —aceptó Elias.
Julie dejó la red junto a la toalla y volvió a salir corriendo. Elias se sentó otra vez. Durante unos minutos hablaron poco. La pareja mayor empezó a recoger sus cosas, los adolescentes se metieron en el agua y una gaviota sobrevoló la cala sin acercarse demasiado.
—¿Venías aquí de pequeño? —preguntó Camille.
—Sí.
—¿Con tus padres?
—A veces.
—¿Y otras?
—Con los amigos.
—¿Ya entonces atascabas el coche en la arena?
Elias la miró.
—Claire habla demasiado.
—Solo contó una historia. Bastante buena, por cierto.
—En mi defensa diré que había habido temporal y el mar había traído más arena de lo habitual. Y conseguí sacar el coche.
—Marie dice que tuviste que llamar a la grúa…
Elias sonrió.
—Teníamos diecinueve años —respondió, como si no hiciera falta más explicaciones.
Camille sintió cómo la conversación se instalaba en un terreno fácil: hablar de su adolescencia, del pueblo, de errores antiguos. No había riesgo. Quizá por eso se atrevió a hacer la pregunta siguiente.
—¿Siempre quisiste volar?
Elias tardó un instante.
—Desde muy joven, sí.
—¿Por qué?
Elias se quedó pensativo unos segundos
—No lo sé, la verdad. Supongo que porque quería irme de aquí —añadió por fin.
Camille siguió su mirada.
—Y ahora vuelves todos los años.
—Sí.
—Parece un poco contradictorio.
—Mucho, lo reconozco.
—¿Te arrepientes? —siguió ella tras comprobar dónde estaba Julie.
—De irme, no. —La respuesta llegó rápida.
—¿De volver?
—Tampoco.
Camille asintió. Aquello le resultaba comprensible de una manera que no esperaba: se podía querer marcharse y, al mismo tiempo, necesitar regresar.
—¡He encontrado una estrella! —gritó Julie otra vez desde las rocas.
—¡No la saques del agua! —respondió Elias, levantando la voz.
—¡No lo hago!
Camille miró a la niña y después a Elias.
—Estás pendiente de ella incluso cuando parece que no.
Él se encogió de hombros.
—Es pequeña.
—No es obligación tuya.
—No he dicho que lo fuera y no lo hago porque lo sea.
La respuesta quedó entre ambos. Camille podría haberla interpretado como un gesto de cuidado hacia Julie —y lo era—, pero también había otra cosa: Elias parecía atento a las personas sin convertir esa atención en vigilancia. Cada vez comprendía mejor la diferencia.
—¿Tu compañero también era piloto? —preguntó.
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Elias no se movió, y Camille supo de inmediato que había entrado en un lugar al que quizá no tenía permiso.
—Lo siento, no tienes que contestar.
Él siguió mirando el mar.
—Sí.
Solo eso. Camille esperó.
—Volábamos juntos —añadió al cabo de unos segundos.
—¿Fue en una misión?
Elias asintió, y Camille no preguntó cuál. Recordó la noche del espigón. A veces vuelven cosas. Ahora entendía un poco más.
—Murió —dijo él.
La palabra fue sencilla. Sin dramatismo. Camille sintió que la conversación podía detenerse allí.
—Lo siento.
Elias apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—Todo el mundo dice eso.
—No sé qué otra cosa decir.
Él la miró.
—Nada está bien.
Camille asintió y no habló. Durante un rato solo se oyó el mar, y la elección del silencio ya no resultaba incómoda. Después, Elias continuó.
—No era una misión especialmente complicada.
Camille volvió la cabeza hacia él.
Su voz había cambiado apenas. Seguía tranquila, pero había algo más tenso debajo.
—Habíamos hecho maniobras parecidas otras veces. Todo iba bien hasta que dejó de ir bien.
Camille no necesitaba detalles técnicos.
—¿Estabas cerca?
—Sí.
—¿Pudiste ayudarlo?
Elias tardó en responder esta vez.
—No.
La respuesta parecía demasiado corta para todo lo que contenía.
Camille reconoció algo en ella: no exactamente la culpa, sino la pregunta que vive detrás de ella.
¿Y si hubiera hecho otra cosa? La conocía demasiado bien.
Si hubiera denunciado antes. Si se hubiera marchado cuando Julie era pequeña.
Si no hubiera permitido que Paul volviera después de la primera vez que bloqueó la puerta.
Si hubiera visto antes lo que estaba ocurriendo.
Las preguntas que convertían el pasado en un lugar infinito.
—Pero crees que podrías haberlo hecho —dijo.
Elias la miró, y Camille sintió el impulso de retirar la frase.
—Perdona.
—No. —Él volvió la vista al mar—. Sí.
Camille guardó silencio.
—La investigación dijo que hice lo correcto —continuó Elias—. Que seguí el procedimiento, que no había información suficiente para actuar antes. Lo he leído tantas veces que podría recitarlo de memoria.
—Y no te sirve.
—A veces —negó él—. Cuando estoy trabajando. Cuando tengo que volar otra vez.
—Y cuando no, ¿qué haces?
Él sonrió sin humor.
—Caminar de noche.
Camille lo entendió, porque sabía lo que era tener una explicación racional y un cuerpo que no la aceptaba.
—Yo también tengo cosas que sé y no me sirven —dijo.
Elias no preguntó cuáles, y eso le permitió seguir.
—Sé que estoy lejos, que la puerta cierra y que nadie puede entrar sin llave.
Elias asintió y Camille miró sus manos.
—Pero lo sigo oyendo —dijo ella.
—¿Qué? —quiso saber él, ante su silencio.
La pregunta era sencilla, no invasiva.
—Pasos. Puertas. Coches. —Elias no cambió de expresión—. Aunque sepa que no es nada.
—Lo entiendo —dijo él en un susurro.
No intentó equipararlos. No dijo que sabía exactamente cómo se sentía. Solo aceptó el punto común, y eso hizo que Camille pudiera quedarse sin sentirse mal.
Julie regresó corriendo, con agua hasta las rodillas.
—¡Hay una estrella enorme!
Camille miró el pantalón mojado.
—¿Por qué estás empapada?
—No estoy empapada.
—Julie.
—Solo hasta aquí. —Señaló las rodillas.
Elias miró a Camille, y ella lo vio intentando no sonreír.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
—Tu hija tiene una definición flexible de empapada.
Julie se sentó en la toalla.
—¿Podemos comer?
La conversación anterior desapareció sin ceremonia, y Camille agradeció que fuera así.
Sacaron pan, queso, fruta y una pequeña tarta que Marie había insistido en preparar.
Julie comió con hambre y habló de las criaturas encontradas; Elias respondió preguntas sobre estrellas de mar, mareas y si los peces dormían.
Camille escuchaba. A veces lo miraba. Algo había cambiado, aunque no de una forma evidente.
Elias seguía siendo el mismo hombre que trabajaba en el restaurante, discutía con Marie sobre el café y respondía con seriedad a las preguntas absurdas de Julie.
Pero ahora veía otra capa. Una grieta. No una debilidad, sino una parte que no estaba reparada.
Hasta entonces había empezado a asociarlo con la seguridad precisamente porque parecía estable, calmado, capaz de estar presente sin alterar el espacio.
Ahora comprendía que aquella calma no significaba ausencia de heridas.
Elias sabía lo que era vivir con algo que regresaba por la noche, y eso lo acercaba a ella de una manera distinta.
No porque Camille necesitara que estuviera roto, sino porque dejaba de parecerle un hombre que podía mirarla desde un lugar superior.
Después de comer, Julie volvió a las pozas. Camille se tumbó sobre la toalla y Elias se sentó a su lado.
—Puedes cerrar los ojos y relajarte —dijo.
Camille lo miró.
—¿Por qué?
—Porque llevo diez minutos viendo cómo intentas mantener los ojos abiertos a duras penas.
Ella sonrió.
—No es verdad.
—Ya, claro. Tranquila —añadió—, yo vigilaré a Julie.
Camille dudó, pero no mucho. Luego cerró los ojos. El mar seguía allí. El viento. Las voces lejanas. Julie riéndose. Elias respirando a unos metros. No durmió, pero permaneció así, relajada, varios minutos, y eso era suficiente.
Cuando volvió a abrir los ojos, Elias seguía mirando hacia Julie. No había cambiado de posición. Camille sintió algo que no quiso nombrar. No era amor. Ni siquiera confianza completa. Era una forma pequeña de descanso compartido. Y quizá, para ellos, eso significaba más que cualquier otra cosa.