Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 21 #2
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Al mediodía comió en un área de servicio.

Una familia ocupaba la mesa de al lado. Otra vez.

Parecía que el mundo entero hubiera decidido mostrarle lo que le habían quitado.

Un padre discutía con su hijo adolescente porque quería conducir; la madre intervenía, el chico protestaba y el hombre acababa entregándole las llaves con una advertencia.

Nadie parecía feliz. Eran ruidosos, impacientes y normales.

Paul los observó con atención mal disimulada.

No quería una familia perfecta —nunca la había querido—, solo la suya.

Camille no había entendido eso. O quizá lo había entendido, y precisamente por eso se había marchado.

La idea fue tan desagradable que la rechazó de inmediato.

No. Ella había huido porque alguien la había convencido de que era necesario, o porque había entrado en uno de esos periodos en los que interpretaba mal cada palabra.

Cuando la encontrara y pudiera hablar con ella sin interferencias, las cosas recuperarían su proporción.

Pensó en el momento del encuentro. Cada vez lo imaginaba con más detalle.

No la tocaría al principio; eso era importante.

Si se acercaba demasiado deprisa, Camille se pondría a la defensiva y probablemente intentaría marcharse.

Él tendría que hablar despacio, hacerle entender que no estaba allí para montar una escena.

Después le pediría ver a Julie. No aceptaría un no; ese punto no era negociable.

Camille podía tomar decisiones sobre sí misma, no sobre su hija. Y después, hablarían a solas.

Aquella parte del pensamiento cambió algo en su respiración.

Paul dobló la servilleta sobre la mesa. Necesitaba que Camille dejara de mirarlo como lo había hecho aquella noche.

Esa mirada. Todavía la recordaba. No era miedo solamente.

Era rechazo. Como si él se hubiera convertido en algo que ella no reconocía.

Paul apretó los dedos contra el papel. Cuando estuvieran solos tendría tiempo de explicarle lo que había provocado: la huida, las mentiras, el dinero escondido, los días conduciendo por carreteras perdidas en el mapa, los favores pedidos, el riesgo en el trabajo.

Tendría que escucharle. De una manera u otra.

Paul soltó la servilleta. No pensaría en esa parte todavía. Primero tenía que encontrarla.

La pista decisiva apareció poco después de las cuatro, y no llegó de una cámara ni de un registro policial, sino de algo mucho más banal: una mujer en una pequeña oficina de autobuses.

Paul había pasado casi una hora reconstruyendo la línea que la dependienta de la tienda creía recordar.

Había tres conexiones posibles, dos hacia el interior y una que terminaba cerca de varios pueblos costeros.

La empleada de la oficina tenía aproximadamente la edad de Camille, y escuchó su historia sin cambiar de expresión.

—No puedo enseñarle los registros de pasajeros.

—No necesito nombres.

—Entonces ¿qué busca?

Paul colocó la fotografía sobre la mesa.

—Solo quiero saber si recuerda haberlas visto.

La mujer miró.

—No.

—Fue a finales de mayo o primeros de junio. Una madre y una niña con una maleta pequeña.

—Eso describe a muchas personas.

—La niña llevaba un conejo de peluche gris.

La mujer volvió a mirar, y algo cambió en su expresión.

—Puede ser…

Paul no habló.

—Recuerdo una niña con un peluche así porque se lo dejó en un banco y tuvimos que correr para devolvérselo antes de que saliera el autobús.

El corazón le golpeó con fuerza.

—¿Qué autobús?

La mujer frunció el ceño.

—No estoy segura.

—Piénselo, por favor. Es importante.

—Había dos salidas seguidas.

—¿Hacia dónde?

Consultó el horario que tenía sobre el mostrador.

—Uno iba a Plougasnou. El otro hacía varias paradas por la costa.

Paul se inclinó hacia el papel. Había cinco nombres. Reconoció tres; los otros dos no los había marcado aún. Uno era Kerlann. El nombre no significaba nada para él, solo otra palabra bretona entre muchas.

—¿En cuál subieron?

—No lo recuerdo, de verdad.

—¿Puede comprobarlo?

—No vendemos billetes nominativos en estas las líneas.

—¿Cámaras?

—No.

Paul fotografió el horario.

—El autobús de la costa ¿dónde termina?

La mujer señaló el último nombre. Kerlann.

—Ahí.

Paul miró el papel.

—¿Qué clase de lugar es?

—Un pueblo costero —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Bastante turístico en verano. Pequeño.

Pequeño. Turístico. Costa. Paul sintió que todas las palabras se alineaban.

—¿Tiene escuela?

La mujer lo miró con extrañeza.

—Supongo.

—¿Restaurantes?

—Claro.

—¿Alojamiento por semanas?

—Es Bretaña en verano.

Paul guardó la fotografía.

—Gracias.

—¿Ha denunciado la desaparición?

La pregunta volvió a aparecer. Paul sonrió con cansancio.

—Intento resolverlo sin hacerle más daño a mi hija.

Volvió al motel antes del anochecer y no cenó.

Extendió el mapa sobre la cama y buscó Kerlann; tardó unos segundos en encontrarlo.

El nombre aparecía pequeño, cerca de la costa, conectado por una carretera secundaria y una línea de autobús que enlazaba con la ruta que acababa de reconstruir.

Cogió el bolígrafo rojo, pero no trazó el círculo todavía.

Primero buscó información en el teléfono.

Población. Escuela. Alojamientos. Restaurantes.

Encontró fotografías del puerto, casas de piedra, una playa, una pequeña tienda y cuatro restaurantes.

El lugar encajaba a la perfección con lo que estaba buscando.

Una mujer podía llegar allí a finales de mayo, encontrar trabajo antes de la temporada alta y pasar desapercibida entre los visitantes.

Había una escuela pequeña para Julie, transporte suficiente para llegar sin coche, alojamientos temporales. Y mar. El mar.

Paul miró la fotografía familiar que seguía dentro de la carpeta: Camille sonriendo frente al Atlántico. Cogió el bolígrafo y rodeó Kerlann. Una vez. Después otra. El círculo rojo quedó más grueso que los demás.

Permaneció sentado frente al mapa. No sabía si estaban allí, pero por primera vez desde que salió de Lyon tenía un lugar que no parecía solo posible.

Cerró el mapa, guardó la fotografía y miró la hora.

Podía llegar esa misma noche, pero no lo haría.

Entrar cansado, sin conocer las calles ni saber dónde buscar sería un error, y Paul ya había cometido suficientes errores.

Llegaría por la mañana. Observaría primero y no preguntaría hasta entender el lugar.

Y si Camille estaba allí, no permitiría que lo viera antes de que él estuviera preparado.

Apagó la luz de la habitación. Durante mucho rato permaneció despierto en la oscuridad. Kerlann. Repitió el nombre en silencio hasta grabárselo en la memoria.

Al día siguiente iría a buscar a su familia.