Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 21
42%

21

Paul

Bretaña. Finales de julio

Llevaba tres días moviéndose por la costa cuando empezó a odiar los pueblos.

No tenía nada contra ellos en sí mismos: había crecido en una ciudad pequeña antes de marcharse a Lyon y conocía bien la clase de lugares donde un desconocido podía ser recordado por haber preguntado demasiado, por conducir un coche que nadie reconocía o por sentarse dos mañanas seguidas en la misma cafetería.

Precisamente por eso se había complicado la búsqueda.

En una ciudad grande podía entrar y salir sin que nadie se fijara en él; en los pueblos costeros, en cambio, los camareros observaban, los comerciantes recordaban las caras y los vecinos parecían saber quién había llegado, quién se marchaba y qué familia ocupaba cada apartamento de alquiler durante el verano.

Aquello jugaba a favor de Camille si había elegido bien. También podía jugar a favor de él.

La habitación del hotel olía a humedad, detergente barato y aire cerrado.

Paul había dormido allí dos noches. Era un pequeño hotel junto a una carretera secundaria, con ocho habitaciones, una máquina de café en recepción y un aparcamiento donde cada coche podía verse desde la ventana. Había elegido el lugar por eso.

Sobre la mesa tenía desplegados varios mapas, recibos, horarios de autobús y una lista de localidades tachadas en distintos colores.

Algunas habían quedado descartadas casi de inmediato; en otras había encontrado coincidencias demasiado débiles para merecer una segunda visita: una mujer morena con una niña, una empleada nueva en una panadería, una habitación alquilada a principios de junio.

Nada bastaba. Camille tenía la ventaja de no existir ya con el nombre que él buscaba, y eso era lo que más lo irritaba.

No el hecho de que hubiera podido conseguir documentación falsa —eso era un problema técnico, y los problemas técnicos se resolvían—, sino la idea de que hubiera elegido otro nombre, otra historia y quizá otra forma de hablar de él.

Había personas allí fuera que podían haber conocido a Camille sin saber que era su mujer.

Que podían haber escuchado una versión de su matrimonio en la que Paul no estuviera presente como marido, padre o policía, sino como una figura de la que era necesario alejarse.

La injusticia de aquello le resultaba casi insoportable.

Se sentó en el borde de la cama y consultó otra vez la fotografía ampliada de la cámara de Rennes.

Camille y Julie aparecían caminando hacia una parada de autobús.

La imagen no permitía leer el destino completo, pero varios detalles habían ido estrechando el radio: horarios, conexiones, la dirección del vehículo, una segunda cámara situada frente a la estación que mostraba a ambas entrando en una línea interurbana.

Paul había dedicado dos días a reconstruir las paradas posibles.

No existía un trayecto directo hasta los pueblos más pequeños, pero sí una cadena lógica: Rennes, después hacia el oeste, una conexión cercana a la costa y, desde allí, autobuses locales, taxis o alguien que las hubiera recogido.

Las rutas posibles seguían siendo demasiadas.

Aun así, el mapa empezaba a tener zonas blancas.

Se duchó, se afeitó y eligió una camisa azul clara.

Había descubierto que la apariencia importaba más cuanto menor era el lugar.

Un hombre cansado, mal afeitado y haciendo preguntas sobre una mujer desaparecida despertaba sospechas; un policía fuera de servicio, correctamente vestido, preocupado por su hija y tratando de mantener la calma obtenía más respuestas. No era manipulación. Era experiencia.

Bajó a desayunar poco después de las siete.

La sala tenía cinco mesas y una ventana amplia hacia el aparcamiento.

Una pareja joven ocupaba la más cercana: él daba trozos de croissant a una niña de unos dos años sentada en una trona mientras la madre intentaba beber café con una mano y limpiar el zumo derramado con la otra.

Paul eligió la mesa del fondo e intentó no mirarlos. No lo consiguió.

El hombre hizo reír a la niña fingiendo que el croissant desaparecía detrás de la servilleta.

La madre negó con la cabeza, pero sonreía.

No parecía una escena especial; probablemente la olvidarían en unas horas.

Eso era lo que ocurría con las familias normales: acumulaban momentos que no tenían que recordar porque daban por supuesto que habría más.

Paul había tenido eso. Camille también, pero ahora, cada recuerdo que antes había sido normal empezaba a adquirir un significado distinto.

¿Por qué? Porque ella lo había contaminado todo.

Eso era lo que había ocurrido. Camille había obligado a Paul a revisar su propia vida como si tuviera que buscar pruebas contra sí mismo; había convertido discusiones corrientes en signos de algo peor y ahora, incluso cuando ella no estaba presente, conseguía hacerle dudar de recuerdos que antes habían sido sencillos.

Paul apartó la mirada de la familia. No iba a permitirlo. Habían sido felices. No siempre —nadie lo era siempre—, pero habían sido una familia real, y Camille no podía borrar eso porque hubiera decidido tener miedo.

Terminó el café y salió.

La primera parada del día era un pueblo costero situado a unos treinta kilómetros.

Había marcado allí dos posibilidades: un alojamiento que alquilaba habitaciones por semanas y una escuela que había admitido a tres alumnos nuevos desde junio.

No tenía acceso a los datos de matrícula, pero podía preguntar. Siempre podía preguntar.

Condujo despacio por carreteras estrechas rodeadas de setos y campos.

El cielo estaba cubierto y había humedad sobre el asfalto; cada pocos kilómetros aparecía una vista del mar entre árboles o casas de piedra.

Paul entendía por qué Camille podía haber elegido aquella zona, y eso también le molestaba.

Ella hablaba a veces del mar. No mucho. Comentarios aislados: el deseo de vivir algún día cerca de la costa, una fotografía guardada durante años, la frase de la postal.

Llegó al pueblo poco antes de las ocho. Aparcó lejos de la escuela y caminó hasta una cafetería abierta frente a la plaza, donde el propietario estaba colocando sillas en la terraza.

—Buenos días.

El hombre respondió al saludo sin dejar de trabajar. Paul pidió café y esperó a que terminara; después sacó una fotografía de Camille y Julie.

—Perdone. Estoy buscando a mi mujer y a mi hija.

El propietario miró la imagen.

—¿Se han perdido?

—No exactamente.

Paul sonrió con cansancio. Había aprendido a utilizar aquella expresión: una sonrisa breve que mostraba que la situación era dolorosa pero estaba intentando llevarla con dignidad.

—Mi mujer se marchó de Lyon hace unas semanas. Está pasando por un momento complicado y se llevó a nuestra hija. Creo que pueden estar en esta zona.

El hombre volvió a mirar la fotografía.

—No las conozco.

—¿Está seguro?

—Bastante.

—Puede que Camille utilice otro apellido.

Aquello despertó un poco más de interés.

—¿Por qué?

Paul eligió las palabras.

—Está asustada.

—¿De usted?

La pregunta llegó sin transición. Paul mantuvo la expresión.

—De muchas cosas.

El propietario dejó la fotografía sobre la barra.

—Entonces quizá no quiera que la encuentre.

Paul sintió la rabia como un golpe limpio en el pecho, pero no permitió que apareciera.

—Tenemos una hija de cinco años que necesita a su padre.

El hombre se encogió de hombros y Paul guardó la fotografía.

—Gracias por su tiempo.

Salió de la cafetería sin terminar el café.

Aquella clase de personas eran peligrosas.

No porque pudieran impedirle nada, sino porque construían conclusiones con información incompleta: un hombre que no sabía absolutamente nada de su matrimonio acababa de decidir que quizá Camille tenía motivos para esconderse.

¿Por qué? Porque Paul la buscaba. La lógica era absurda.

Si no la buscara, sería un marido indiferente; si la buscaba, un acosador.

Camille había construido una situación en la que cualquier reacción suya podía utilizarse en su contra.

Subió al coche y permaneció unos segundos con ambas manos sobre el volante. Respiró. No podía dejar que unos desconocidos lo hicieran perder el control.

La siguiente visita fue más útil. En una tienda de comestibles, una mujer creyó reconocer a Julie.

—Puede que vinieran hace unas semanas.

—¿Con la madre?

—Sí. Una mujer morena.

—¿Compraron algo?

La dependienta lo pensó.

—No lo sé. Tenemos muchos turistas.

—¿La niña llevaba un conejo gris?

Eso cambió algo.

—Sí. Quizá.

Paul sacó otra fotografía donde se veía mejor el peluche.

—Este.

—Puede ser.

—¿Recuerda cuándo?

—Junio. A principios, creo.

El pulso de Paul se aceleró.

—¿Se alojaban aquí?

—No lo sé.

—¿Preguntaron por algo?

La mujer negó con la cabeza y después se detuvo.

—La madre preguntó por los autobuses que salen desde aquí.

—¿Dijo hacia dónde quería ir?

—No lo recuerdo, lo siento. Hace más de un mes.

Paul sacó la placa y la mostró solo un instante.

—Soy policía. Mi hija podría estar en una situación delicada.

La mujer miró la identificación.

—Creo que preguntó por la línea hacia el norte, pero ya le digo que no estoy segura de que sean ellas —se apresuró a aclarar la mujer.

—¿Qué pueblos? —preguntó Paul, ignorándola.

—Hay varios.

Enumeró tres y Paul los anotó. Uno conectaba con otra ruta que llevaba a pequeñas localidades costeras situadas más al oeste.

Paul compró una botella de agua y regresó al coche.

Durante las siguientes horas visitó dos de los pueblos mencionados.

En el primero nadie reconoció a Camille; en el segundo, una recepcionista de hotel afirmó haber visto una mujer parecida, pero terminó recordando que viajaba con dos niños. Otra pista falsa.