20 #3
—Nada.
—Has puesto cara de estar pensando.
—Todos ponemos cara cuando pensamos.
—Tú una concreta.
—¿Ahora también sabes eso?
—Empiezo a reconocer algunas.
Camille sintió un impulso extraño de preguntarle cuáles. No lo hizo.
—Myriam parece simpática.
—Lo es.
—¿Amiga de la infancia?
—Más o menos. Desde el instituto.
—Ha hablado de tu coche con bastante detalle.
—Porque disfruta humillándome.
Camille sonrió.
—¿Solo eso?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Elias la miró y Camille sintió calor en el rostro.
—No tienes que contestar. Era curiosidad.
Él tardó apenas un instante.
—Salimos un tiempo.
Camille asintió. La respuesta produjo algo, pero no lo suficiente para llamarlo celos; más bien una alteración del mapa, una información nueva sobre un hombre al que creía empezar a conocer.
—Hace muchos años —añadió Elias.
—No estaba preguntando cuándo.
—Ya.
—No tienes que justificarte.
—No lo hacía.
—Parecía que sí.
—Entonces ha sonado peor de lo que pretendía.
Camille volvió la vista al puerto.
—No pasa nada.
Y era verdad. Pero también era verdad que durante unos segundos había imaginado a Elias más joven, quizá riéndose con aquella mujer, besándola en alguna calle que Camille recorría ahora todos los días.
La imagen le produjo una incomodidad inexplicable.
No porque quisiera ocupar ese lugar, sino porque empezaba a comprender que deseaba saber más de él. Eso sí era peligroso.
Los primeros acordes del segundo grupo de la noche empezaron a sonar cerca de las diez.
Julie llevaba más de media hora bailando con Maëlle y otros niños delante del escenario; no seguían el ritmo ni parecían necesitarlo.
Daban vueltas, saltaban y gritaban la letra de canciones que probablemente no conocían.
Camille las observaba desde una mesa exterior con Marie y Alain mientras Elias iba a buscar bebidas.
—Se lo está pasando bien —dijo Marie.
—Mañana no habrá quien la despierte.
—Mañana es domingo.
—De normal, eso no impide que se despierte a las siete.
Marie sonrió.
—Elias hacía lo mismo.
—A las seis —apuntó Alain, bebiendo un sorbo de sidra.
—Porque tú te levantabas haciendo ruido.
—Trabajaba también los domingos, no lo olvides.
—Golpeabas las puertas.
—Las puertas cerraban mal.
Camille escuchó la discusión con una sonrisa. Unas semanas atrás, aquella intimidad familiar la habría hecho sentirse una intrusa; ahora podía sentarse junto a ellos sin buscar una excusa para levantarse.
Elias regresó con cuatro vasos y dejó uno delante de Camille.
—No he pedido nada.
—Agua.
Ella miró el vaso.
—Gracias.
Se sentó en la silla libre. Durante unos minutos hablaron de la fiesta, de la cantidad de gente que había llegado aquel año y de si el grupo era tan malo como Élodie había anunciado. Alain aseguró que sí; Marie dijo que él consideraba mala toda la música posterior a 1980.
Julie volvió corriendo.
—Mamá, ven.
Camille miró el escenario.
—No.
—Solo una canción.
—Yo no sé bailar.
—Sí sabes.
—¿Cuándo me has visto?
Julie abrió la boca y se quedó quieta. Camille sintió de inmediato el riesgo de la respuesta. En Lyon, con papá. La niña terminó encogiéndose de hombros.
—Seguro que sabes.
Elias miraba el vaso y no intervino. Camille agradeció aquel pequeño acto de discreción.
—Ve con Maëlle.
—Pero quiero bailar contigo.
Camille miró a su hija y después a la plaza. Había decenas de personas, pero nadie prestaba atención. Marie conversaba con Alain y Elias seguía mirando hacia el escenario. Podía decir que no. Julie lo aceptaría y la vida continuaría.
Camille se puso en pie.
—Solo una canción.
Julie gritó de alegría y la arrastró hacia el centro.
No fue realmente bailar; fue dejar que una niña de cinco años la hiciera girar, saltar y perder la dignidad durante tres minutos.
Camille intentó seguir el ritmo al principio y dejó de hacerlo enseguida.
Julie se reía, Maëlle también, y en algún momento Élodie se unió a ellas.
Camille acabó riéndose tanto que le dolía el costado.
Al terminar la canción, levantó la vista. Elias seguía sentado junto a sus padres. La estaba mirando. No sonreía de una manera que la hiciera sentirse observada; había algo más tranquilo en su expresión, algo que Camille no quiso interpretar. Apartó la mirada.
Por un momento, el miedo apareció. No por Paul.
No era una amenaza concreta. El miedo a aquello mismo, a estar riéndose en mitad de una plaza, a conocer gente, a que Julie tuviera amigas, a que Marie supiera qué café tomaba, a preguntarse quién había sido Myriam para Elias.
A empezar a construir una vida que podía doler mucho más si tenía que abandonarla.
La alegría también podía convertirse en una forma de riesgo.
Julie le tomó las manos.
—Otra.
Camille miró hacia la mesa. Marie levantó el vaso en su dirección. Alain parecía estar fingiendo que no las veía. Elias seguía allí. Kerlann entero parecía seguir allí.
—Otra —aceptó.
Y cuando empezó la siguiente canción, Camille no volvió a mirar la hora.