Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 20 #2
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Elias caminaba con ellas, aunque nadie había decidido que lo haría.

A veces Julie iba entre ambos y otras corría unos metros delante para mirar algo, y Camille la dejaba alejarse más de lo que habría permitido semanas atrás, porque conocía ya muchas de las caras que veía a su alrededor.

Élodie la saludó desde un puesto. Claire estaba junto a Maëlle.

Yann discutía con un vendedor de sidra. Solène atendía una pequeña mesa de libros usados frente a su librería.

La sensación era extraña. Había gente por todas partes y, por primera vez, la multitud no le pareció completamente anónima. Cada pocos metros alguien sabía su nombre. Al principio aquello la habría aterrado; ahora, durante algunos segundos, se parecía a estar protegida.

—Camille.

Se volvió y descubrió a Marie, que avanzaba hacia ellos con Alain a su lado. Alain llevaba las manos en los bolsillos y parecía menos cansado de lo que debería después del servicio. Julie corrió hacia ellos.

—He ganado esto con los aros —gritó.

Hizo sonar la campana y Alain parpadeó.

—¿Para qué sirve?

—Para avisar.

—¿De qué?

—De cosas —replicó encogiéndose de hombros.

—Muy útil.

Marie señaló a Elias.

—¿Le has enseñado tú?

—Solo la técnica.

—También tú ganabas siempre cuando eras pequeño, porque tu padre pagaba hasta que conseguías algo.

Elias miró a Alain.

—Eso no es verdad.

Su padre apartó la vista.

—A veces.

—Me has estado mintiendo treinta años.

—No preguntaste, solo te importaba ganar.

Camille soltó una carcajada. Elias la miró; ella seguía riéndose, y no fue consciente de ello hasta que Marie también la observó y luego, con la discreción de siempre, desvió la mirada.

Algo se removió en Camille. No era miedo, sino más bien una especie de pudor.

La alegría empezaba a parecer demasiado visible.

Caminaron juntos hacia los puestos del puerto.

Alain se encontró pronto con varios conocidos y quedó atrapado en una conversación sobre motores de barco; Marie saludó a casi todas las personas que pasaban y acabó ayudando durante unos minutos a una mujer cuyo puesto se había quedado sin cambio.

Julie desaparecía y regresaba continuamente dentro de un radio que Camille vigilaba sin permitir ya que la vigilancia se convirtiera en el centro de la noche.

Elias se quedó cerca. No pegado a ella —nunca lo hacía—, y Camille agradecía aquella distancia tanto como empezaba, de una forma que no quería examinar demasiado, a notar cuándo disminuía.

—¿Quieres algo? —preguntó él al llegar a uno de los puestos de comida.

Compraron una galette para compartir con Julie, que apareció justo en el momento en que la comida estuvo lista y se comió más de la mitad mientras aseguraba no tener hambre.

—Come más despacio —le pidió Camille, pasándole una servilleta.

—Quiero ir a ver las luces.

Los barcos del puerto habían empezado a encender las decoraciones.

Algunas embarcaciones llevaban pequeñas guirnaldas a lo largo de los mástiles y otras proyectaban luces sobre las cubiertas; la imagen tenía algo de celebración improvisada, imperfecta, muy distinta de los espectáculos organizados de las ciudades.

Julie corrió hacia el muelle. Camille dio un paso detrás y Elias también. La niña se detuvo antes de llegar al borde.

—No me voy a caer —dijo sin volverse.

Camille frenó.

—No he dicho nada.

—Lo ibas a decir.

—Yo también lo he pensado —admitió Elias, manteniendo la expresión seria.

Camille lo miró.

Julie se giró.

—¿Puedo acercarme?

Camille observó el muro. Era alto para ella, pero no peligroso si no se subía.

—Hasta ahí.

Julie obedeció y Camille permaneció a varios pasos, sin acercarse más. Era consciente de Elias a su lado, pero no necesitaba que él vigilara a Julie. La niña estaba bien. Ella podía verla.

—Cada vez la dejas ir más lejos —dijo él.

La observación la sorprendió.

—¿Te has dado cuenta?

Elias pareció lamentar haberlo dicho.

—Sí.

Camille miró a Julie.

—Yo también.

No añadió nada. Él tampoco.

La música cambió detrás de ellos y una voz femenina llamó a Elias por su nombre.

—¿Elias Bonnet?

Su reacción fue inmediata, aunque no tensa. Se volvió y sonrió. Una mujer se acercaba desde la plaza. Tendría más o menos su edad, quizá algo menos; era alta, llevaba el pelo claro recogido en una trenza y caminaba con la seguridad de alguien que no necesitaba pensar si será bien recibida.

—No puede ser.

—Eso iba a decir yo.

Se abrazaron, y Camille apartó la vista hacia Julie antes de que el gesto pudiera parecerle algo que debía interpretar. No había razón para hacerlo.

La mujer se separó de Elias.

—Pensaba que este verano no vendrías.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Tu madre.

—Supongo que lo dijo para que no preguntaras.

—Muy propio de Marie.

La mujer se volvió hacia Camille.

—Perdona. Myriam Le Gall.

—Camille.

—¿Trabajas con los Bonnet?

—Sí.

Myriam sonrió.

—Mis condolencias.

—Todo el mundo hace el mismo chiste —dijo Elias, negando con la cabeza.

No hubo nada incómodo en la presentación. Myriam conocía a Elias desde hacía años, eso resultaba evidente; hablaba de Marie y Alain con familiaridad, sabía dónde había estudiado él y recordó una historia de juventud que Elias intentó impedir que contara.

—No le hagas caso —dijo él.

—Tenía diecinueve años y pensaba que sabía conducir.

—Sabía conducir.

—Atascaste el coche de tu padre en la arena.

Camille levantó una ceja.

—Y ahora eres piloto…

Myriam rio.

—Me cae bien.

—Acabas de conocerla.

—Me basta.

Julie regresó en ese momento.

—¿Quién es?

—Myriam —respondió Elias.

—¿Eres Julie? —le preguntó la recién llegada.

Ella miró a Elias.

—¿Cómo lo sabe todo el mundo?

—Porque esto es Kerlann —respondió Myriam, echándose a reír.

Camille sintió el antiguo pinchazo de la inquietud. Pequeño. Mucho más pequeño que semanas atrás, pero presente.

Myriam se despidió poco después. Había venido con un grupo de amigos y debía reunirse con ellos. Antes de marcharse, tocó brevemente el brazo de Elias.

—Avísame antes de volver a la base. Nos tomamos algo.

—Lo haré.

—Eso dijiste el verano pasado.

—Y lo hicimos.

—Porque fui a buscarte al restaurante.

—El método funcionó.

Myriam negó con la cabeza y se alejó.

Camille siguió mirando las luces del puerto.

No estaba celosa; la conclusión llegó sin esfuerzo.

Tampoco tenía derecho a estarlo. Lo que sintió fue otra cosa, algo más difícil de identificar: la conciencia de que Elias existía fuera de las horas que ella compartía con él.

Tenía una historia completa en aquel pueblo.

Amigos. Mujeres que lo habían conocido antes.

Veranos que Camille no había vivido. Anécdotas que otros podían recordar con él.

Hasta entonces había empezado a acostumbrarse a Elias como parte de su Kerlann; aquello le recordó que Kerlann era suyo mucho antes de que ella apareciera.

—¿Qué? —preguntó él.

Ella volvió la cabeza.