Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 20
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Camille

Kerlann. Finales de julio

La fête du port empezó mucho antes de que encendieran las luces.

Desde primera hora de la mañana, varias calles próximas al muelle quedaron cerradas al tráfico y aparecieron puestos donde el día anterior solo había terrazas, cajas de pescado y furgonetas de reparto.

Colgaron guirnaldas entre las fachadas, instalaron un pequeño escenario junto a la plaza y levantaron dos carpas donde distintos productores vendían quesos, sidra, dulces y artesanía local.

A media tarde, Kerlann estaba tan lleno que Camille necesitó casi diez minutos para recorrer una distancia que habitualmente hacía en dos.

El restaurante Bonnet llevaba preparándose para aquello toda la semana.

Marie había duplicado las reservas, Alain llevaba tres días afirmando que no había suficiente pescado y Elias había subido y bajado tantas cajas desde el almacén que empezó a acusar a su padre de haberlas escondido allí durante el invierno únicamente para obligarlo a moverlas en julio.

Camille, por su parte, había aprendido que una fiesta de pueblo podía convertir cualquier previsión razonable en algo inútil.

A las seis de la tarde ya no quedaba una sola mesa libre.

El comedor estaba lleno, la terraza también, y varias personas esperaban junto a la fachada con la esperanza de que alguna reserva no apareciera.

Desde la calle llegaban música, voces y el olor de los puestos de comida, y las gaviotas parecían más excitadas que de costumbre, atraídas por una cantidad de restos que multiplicaba las posibilidades de conseguir alimento sin esfuerzo.

Camille apenas había tenido tiempo de mirar hacia fuera.

—Mesa nueve —dijo Elias al pasar junto a ella.

—Ya la llevo.

—Es la cuenta.

Camille miró la bandeja. Llevaba dos cafés.

—Entonces no.

Elias señaló con la cabeza hacia la barra, donde la cuenta de la nueve esperaba junto a una cesta de pan.

—La he dejado preparada, ye conozco.

Camille lo miró.

—Eso ha sonado peligroso.

—Entonces, retiro la frase.

—Demasiado tarde.

Él sonrió y siguió hacia la terraza.

Aquella clase de intercambios había empezado a instalarse entre ambos con una facilidad que Camille no sabía muy bien cómo interpretar.

No eran coqueteos —al menos ella no los entendía así—, sino pequeñas bromas nacidas del trabajo, respuestas que surgían antes de que cualquiera de los dos tuviera tiempo de medirlas.

La clase de confianza que se desarrolla entre personas que comparten muchas horas y terminan conociendo los gestos del otro sin proponérselo.

Lo inquietante era precisamente eso: que no se lo hubiera propuesto.

Camille llevaba años controlando los espacios que concedía.

Sabía qué decía, a quién y por qué. Con Elias empezaba a descubrir momentos en los que actuaba antes de haber decidido hacerlo.

Se reía. Le pedía ayuda. Le pasaba un plato sin comprobar si estaba mirando.

Respondía a una broma y seguía trabajando.

Cada uno de esos gestos parecía insignificante; juntos, empezaban a construir algo que ya no lo era tanto.

A las siete y media, Claire llevó a Julie hasta el restaurante.

La niña había pasado la tarde con Maëlle y su familia, pero insistió en ir a buscar a su madre antes de que empezaran los juegos del puerto.

Entró con una corona de flores de papel torcida sobre la cabeza y una mancha roja en la camiseta.

—No preguntes —advirtió Claire.

Camille miró la mancha.

—Voy a preguntar.

—Granizado de fresa —explicó Julie.

—No hemos cenado.

—Era pequeño.

—No pienso intervenir —dijo Claire, levantando ambas manos.

Camille respiró.

—¿Te has divertido?

Julie asintió con entusiasmo.

—Hay una rueda.

—¿Qué rueda?

—Una grande.

—Eso no me ayuda.

—La de los caballitos.

—Eso es un carrusel.

—No hay caballos.

—Entonces no es un carrusel.

Julie frunció el ceño.

—Es una atracción pequeña. Para niños —tradujo Claire, sonriendo.

Camille miró hacia la calle, donde varias luces empezaban a encenderse al otro lado del puerto.

—¿Te has montado?

—No. Quería esperarte.

La respuesta la desarmó. Camille consultó el reloj: aún quedaba más de una hora para que pudiera terminar. Marie apareció en ese momento con una bandeja de platos.

—Ve.

—¿Qué?

—La niña te está esperando.

—Todavía queda servicio.

—Elias puede cubrir tu zona.

—Marie…

—Camille.

El tono bastó. Elias apareció detrás de ellas.

—¿Qué ocurre?

—Tu madre ha decidido que puede reorganizar el servicio sin consultarlo.

—Eso parece grave.

—Julie quiere ir a las atracciones.

—Entonces ve.

Camille lo miró.

—¿Tú también?

—Hay cuatro personas trabajando y una niña te espera.

Camille intentó mantener una expresión seria, pero terminó sonriendo. Marie dejó la bandeja.

—Ve. Yo me quedaré si hace falta.

Camille dudó. El restaurante seguía lleno, las mesas necesitaban atención y una parte de ella reaccionaba ante la posibilidad de marcharse antes de terminar el trabajo como si estuviera cometiendo una falta.

Después recordó la caja cerrada, el proveedor y las tardes en que Marie le había confiado el restaurante.

—Vuelvo en quince minutos —dijo.

—Te llamaré si te necesito —replicó Marie.

Camille se quitó el delantal y Julie le tomó la mano antes de que pudiera cambiar de opinión.

Kerlann parecía otro pueblo al caer la noche.

Las guirnaldas encendidas cruzaban las calles como líneas suspendidas sobre las cabezas, y las luces de los barcos se reflejaban en el agua junto a las de los puestos.

Había música en la plaza, conversaciones por todas partes y niños corriendo entre los adultos con la seguridad de quien cree conocer cada rincón del mundo.

Camille avanzó despacio junto a Julie. No le gustaban las multitudes; lo sabía desde antes de Paul, aunque con él esa incomodidad había adquirido otra forma.

En lugares llenos de gente, Paul podía desaparecer unos minutos y volver enfadado porque ella no estaba donde esperaba.

También había noches en que bebía más de la cuenta y se volvía imprevisible, precisamente porque había testigos alrededor y sabía que no podía actuar como en casa.

Camille había aprendido a vigilar la cantidad que bebía, el modo en que hablaba y la frecuencia con que miraba el teléfono.

Allí, en cambio, no había nada que vigilar salvo a Julie. Y quizá a sí misma.

La niña tiró de su mano.

—Mira.

Un puesto de juegos ocupaba parte de la plaza. Había latas apiladas, aros de madera y pequeños premios colgados detrás: peluches, llaveros, campanas de juguete y unas gaviotas de tela que parecían haber sido diseñadas por alguien que nunca había visto una de cerca.

—Quiero probar.

—Solo una vez.

—Dos.

—Una.

—Si no gano, dos.

—Eso no funciona así —dijo Camille, sonriendo.

Julie pagó con una ficha que Claire le había dado y eligió el juego de los aros, que consistía en lanzar tres sobre unas botellas colocadas a poca distancia.

El primero cayó al suelo. El segundo golpeó una botella y rebotó.

El tercero pasó tan lejos que el hombre del puesto tuvo que apartarse. Julie lo miró.

—Ha sido culpa del viento.

El hombre miró hacia las banderas, que apenas se movían.

—Muchísimo viento.

Camille se echó a reír.

—Quiero otra vez —exigió la niña.

Camille estaba a punto de negarse cuando una voz apareció por detrás.

—Estás inclinando demasiado la muñeca.

Julie se volvió. Elias estaba allí, con una camisa oscura de mangas remangadas y sin delantal. Camille tardó un instante en comprender que había terminado su turno.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Julie.

—Vengo a comprobar su técnica.

—Es mala.

—Todavía.

Camille lo miró.

—Pensaba que seguías trabajando.

—Marie me ha echado.

—Eso no suena creíble.

—Me ha dicho que, si seguía allí, empezaría a limpiar cosas que ya estaban limpias.

—Eso sí suena creíble.

Elias se colocó junto a Julie.

—Enséñame cómo lo haces.

La niña tomó otro aro.

—No puede gastar otra ficha —le recordó Camille.

—Solo la estoy asesorando.

—Eso ha sonado muy militar.

Elias sonrió. Julie lanzó y el aro volvió a fallar.

—¿Ves? El viento.

—Definitivamente —convino él, y tomó uno de los aros que el hombre del puesto había dejado junto al borde—. No lo lances desde el hombro. Mira la botella y mueve solo el brazo.

—¿Así?

—Más despacio.

Julie imitó el gesto.

—Ahora.

Lanzó, y el aro cayó alrededor del cuello de una botella. La niña gritó como si acabara de ganar una competición internacional, y Camille aplaudió antes de darse cuenta.

—¡Lo he hecho!

—Una —dijo Elias.

—Me quedan dos.

El segundo también entró. El tercero falló por poco, y el hombre del puesto señaló los premios más pequeños.

—Puedes elegir uno.

Julie examinó cada opción con una gravedad extrema mientras Elias se apartaba para dejarla decidir.

—La campana —dijo finalmente.

Era de metal azul, del tamaño de una nuez, colgada de una cinta roja.

—¿Eso? —preguntó Camille—. ¿Con todos los peluches que hay?

Julie asintió.

—Hace ruido.

—Precisamente.

El hombre se la entregó y Julie la agitó. El sonido fue agudo y persistente. Camille cerró los ojos y Elias sonrió.

—Excelente elección.

—Te la regalo —dijo Julie.

—No puedo aceptarla, la has ganado tú.

—Pero tú me has enseñado.

—Es tuya —insistió Elias con una sonrisa.

—La voy a llevar al colegio.

—Eso será problema de Claire.

Camille negó con la cabeza.

—No volverán a invitarnos a ninguna fiesta.

—Demasiado tarde —dijo Elias.

La música aumentó en la plaza. Un grupo empezaba a tocar sobre el escenario y varias personas se acercaron. Julie quería verlo todo: los puestos de comida, las luces de los barcos, la rueda sin caballos y una mesa donde alguien fabricaba pulseras con cabos de colores.

Los quince minutos se convirtieron en treinta. Camille lo supo, pero no regresó al restaurante. Marie podía llamarla si la necesitaba; no lo hizo.