Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 19 #2
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19 #2

—Deja la mochila y lávate las manos.

—Están limpias.

Camille miró sus dedos.

—Julie.

—Un poco limpias.

—Baño.

La niña obedeció y Elias terminó con la cafetera. Cuando Julie regresó, se instaló en su mesa habitual junto a la ventana, que había dejado de ser una mesa disponible para clientes durante buena parte de las tardes, y sacó una caja de lápices.

—Elias.

—¿Qué?

—No te muevas.

Él levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque te estoy dibujando.

—Puedes dibujarme moviéndome.

Julie lo miró con la paciencia limitada que reservaba a los adultos.

—No.

—Hazle caso —intervino Camille, que secaba vasos detrás de la barra—. No vas a ganar.

—Eso empiezo a entenderlo.

Elias permaneció donde estaba. Julie dibujaba con una concentración absoluta, sacando la lengua ligeramente cuando intentaba hacer líneas pequeñas. Cambió varias veces de lápiz y en un momento dado lo miró con expresión crítica.

—Tienes las piernas muy largas.

—No puedo hacer nada con eso.

—No me caben —se lamentó.

—Entonces, córtame las piernas.

Julie abrió mucho los ojos y Camille soltó una carcajada.

—No le digas eso.

—En el dibujo —se apresuró a aclarar él.

Julie los miró alternativamente.

—Puedo doblártelas.

—Perfecto.

La niña continuó, y Elias terminó de limpiar la máquina moviéndose lo menos posible, pero es no impidió que la pequeña artista protestara.

—¡Elias!

—Necesito trabajar —se defendió él.

—Un poquito más, va.

—Eso dijiste hace diez minutos.

—No han sido diez.

—Sí.

Julie miró el reloj de la pared, aunque todavía no sabía interpretarlo correctamente.

—Han sido seis.

—Eso es mentira.

—No puedes saberlo, estabas trabajando en vez de estarte quieto.

Camille volvió a reír y Elias la miró. Había algo distinto en ella cuando reía de verdad; no era solo la expresión. Parecía más joven, aunque quizá no fuera esa la palabra. Menos pendiente de sí misma. Camille advirtió que la estaba mirando.

—¿Qué?

—Nada.

Ella sostuvo su mirada un instante.

—Ayúdame con estos vasos.

—Julie no me deja moverme.

—Excusas.

Elias cogió los vasos y no pensó más en ello. O decidió no hacerlo.

Julie tardó casi media hora en terminar. Cuando finalmente anunció que estaba listo, llamó a los tres adultos como si fuera a presentar una obra encargada por el ayuntamiento.

—Venid.

Marie apareció primero.

—¿Qué tenemos aquí?

Julie levantó la hoja y Elias tardó unos segundos en entenderla.

Había un mar azul que ocupaba casi la mitad inferior del papel; sobre él flotaban dos barcos de tamaños improbables y una gaviota enorme.

A la izquierda estaba el restaurante, reconocible por el toldo y por una mesa con varias sillas.

Alain aparecía junto a una ventana, Marie delante de la puerta y Camille llevaba algo que podía ser una bandeja o una pizza.

Julie se había dibujado junto al agua, y Elias estaba cerca de ella.

No llevaba uniforme ni estaba dentro de un avión; tenía unas piernas desproporcionadamente largas, tal como la niña había advertido, y sostenía un cangrejo rojo casi tan grande como su cabeza.

Elias sonrió.

—¿Por qué tengo un cangrejo?

—Porque sabes cosas de cangrejos.

—Sé muy pocas.

—Sabes dónde viven.

—Eso no es mucho.

—Yo no lo sabía.

Elias miró de nuevo el dibujo. No era una escena familiar. No había un padre, una madre y una niña colocados en el centro de una casa. Era Kerlann: el puerto, el restaurante, las personas que Julie había empezado a asociar con aquel lugar. Y él estaba dentro.

—¿Ese soy yo? —preguntó Alain, señalando la figura junto a la ventana.

—Sí.

—¿Por qué estoy tan pequeño?

Julie arrugó los labios unos segundos antes de responder.

—Porque estás lejos.

—Tiene sentido —admitió Alain.

Marie señaló su propia figura.

—Yo soy más alta que Alain.

—Porque estás delante.

—Esta niña entiende de perspectiva.

—Esta niña quiere merendar —intervino Camille.

Julie ignoró a su madre y le entregó el dibujo a Elias.

—Es para ti.

Él tardó un instante en cogerlo.

—¿Para mí?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque sales —respondió la niña, encogiéndose de hombros.

—Argumento impecable —dijo Camille, sonriendo, mientras Elias tomaba la hoja con cuidado.

—Gracias.

Julie ya estaba recogiendo los lápices.

—El cangrejo se llama Bernard.

—¿También me lo regalas?

—No. Bernard es mío.

—Entonces, tengo que devolvértelo.

Julie suspiró.

—Es un dibujo, Elias.

—Ah.

—No es de verdad.

—Eso explica muchas cosas.

Camille negó con la cabeza.

—No sé cuál de los dos tiene cinco años.

Julie señaló a Elias.

—Él tiene cuarenta.

—Gracias por recordármelo.

Marie abrió un armario y sacó un trozo de bizcocho.

—Ven, Julie. Antes de que estos dos sigan discutiendo.

—No discutimos —dijeron Camille y Elias casi al mismo tiempo.

Marie se detuvo. Alain levantó la cabeza desde la cocina. Camille miró a Elias, y él la miró a ella.

—Ni una palabra —advirtió Elias a su madre.

Marie cortó el bizcocho.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

Camille cogió una bandeja.

—Voy a recoger la terraza.

—Te ayudo —dijo Elias.

—No hace falta.

—Ya lo sé.

Salieron juntos.

El dibujo quedó durante el resto de la tarde sobre una balda de la cocina, apoyado contra una lata de café para que no se doblara.

Elias lo encontró allí cuando el restaurante volvió a llenarse para el servicio de noche.

Lo apartó un poco para evitar una salpicadura y después lo cambió de sitio cuando Alain empezó a preparar pescado demasiado cerca.

Más tarde, Camille lo sorprendió colocando la hoja sobre la parte superior del frigorífico.

—Ahí no se va a ver.

—Esa es la idea.

—¿Por qué?

—Para que no se manche.

Camille apoyó una bandeja sobre el pase.

—Julie se pondrá contenta cuando sepa que lo has guardado.

Elias miró el dibujo.

—Por supuesto que lo he guardado.

Luego dobló con cuidado una esquina que empezaba a levantarse y dejó el dibujo en un lugar seguro hasta que pudiera llevárselo. Horas después, cuando terminó el servicio y todos se marcharon, casi lo olvidó; ya estaba en la puerta cuando regresó a buscarlo. Lo encontró donde lo había dejado.

Caminó hacia casa con la hoja protegida dentro de una carpeta de facturas vacía que Alain le había prestado.

Al llegar a su habitación, la sacó y volvió a mirarlo bajo la luz de la lámpara.

El restaurante. El puerto. Julie. Camille.

Marie y Alain. Él, con unas piernas imposibles y Bernard entre las manos.

No había nada extraordinario en aquel dibujo.

Julie probablemente haría otro al día siguiente, y dentro de una semana habría olvidado a quién había entregado cada uno.

Elias abrió el cajón del escritorio y pensó en guardarlo allí.

Al final no lo hizo. Lo dejó apoyado contra la vieja maqueta de avión que seguía en la estantería desde su adolescencia, y después apagó la luz.

Bernard se quedó vigilando la habitación.