Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 19
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Elias

Kerlann. Julio

Había olvidado que el verano en el restaurante de sus padres tenía una medida del tiempo propia. No se contaba en horas, sino en servicios.

El desayuno pertenecía todavía al pueblo: pescadores que entraban antes de regresar a casa, comerciantes que se detenían a tomar café de camino a sus negocios, algún jubilado que ocupaba la misma mesa desde que Elias tenía memoria y los primeros turistas madrugadores, todavía convencidos de que levantarse temprano les permitiría adelantarse al resto de veraneantes.

Después llegaba una pausa breve y engañosa durante la que todos fingían que habría tiempo para preparar el almuerzo.

Nunca lo había. A mediodía, el restaurante Bonnet se transformaba.

Aquella mañana, poco antes de las doce, la terraza ya estaba ocupada casi por completo y había gente consultando la carta junto a la puerta.

Dos parejas sin reserva esperaban mesa, un grupo de ciclistas preguntaba dónde podía dejar las bicicletas y un niño acababa de derramar un vaso de zumo sobre una silla que Camille había limpiado cinco minutos antes.

Elias la vio regresar con un paño y Camille le dirigió una mirada que él ya conocía: no era exactamente una sonrisa, aunque casi siempre terminaba en una.

—Mesa siete —dijo ella.

Elias miró hacia la terraza.

—¿Qué pasa?

—Llevas sus bebidas.

—No.

—Sí.

—Son para la doce —le aseguró él.

Camille señaló la bandeja.

—Dos cervezas, un agua con gas y una limonada.

—Exacto.

—Mesa siete.

Elias comprobó la comanda que sobresalía de su bolsillo. Mesa siete.

—No digas nada.

—No pensaba hacerlo.

—Estás disfrutando.

—Muchísimo —respondió ella, y se alejó antes de que pudiera replicar.

Elias sonrió y llevó las bebidas a la mesa correcta. No sabía exactamente cuándo habían empezado a trabajar así.

Durante los primeros días había sido consciente de Camille casi todo el tiempo.

No por interés especial, se había dicho entonces, sino porque era una persona nueva dentro de un lugar que él conocía desde niño.

Sabía cómo se movía su madre, cuándo Alain necesitaba que alguien despejara el pase sin pedirlo, qué camarero olvidaría inevitablemente comprobar el pan y qué cliente habitual entraría en la cocina si nadie lo detenía. Camille había alterado ese mapa.

Al principio, Elias se apartaba cuando ella se acercaba.

Había observado pronto que no toleraba bien los movimientos inesperados a su espalda y que prefería mantener una distancia clara cuando el restaurante estaba lleno.

Después dejó de pensar en ello; habían aprendido, sin hablarlo, a ocupar el mismo espacio.

Aquella mañana lo comprobó varias veces.

Camille atravesó la puerta de la cocina con tres platos vacíos justo cuando Elias salía con una bandeja y ninguno se detuvo; ella desplazó el cuerpo unos centímetros hacia la izquierda, él levantó ligeramente la bandeja y ambos pasaron sin rozarse.

Cinco minutos después buscó el sacacorchos que siempre dejaba junto a la caja.

No estaba. Extendió la mano sin mirar y Camille se lo puso en la palma al pasar.

Elias descorchó la botella. Había empezado a reconocer también su manera de estar de buen humor.

No se volvía más habladora ni sonreía constantemente; simplemente parecía perder cierta rigidez.

Los hombros descendían, respondía sin medir tanto las palabras y a veces aparecía ese humor seco que al principio él apenas había visto.

Había días en que desaparecía por completo, y entonces no preguntaba.

Había aprendido que Camille agradecía más la normalidad que la atención.

Aquella mañana estaba bien. O lo parecía.

Alain tocó dos veces la campanilla del pase.

—¡Mesa cuatro!

Elias se acercó.

—Voy.

—Tú no. —Alain señaló a Camille, que estaba cobrando en la terraza—. Ella lleva la cuatro.

—Está ocupada.

—Pues espera.

—La comida se enfría.

Alain lo miró como si acabara de escuchar una estupidez.

—De acuerdo, llévala.

—Eso estaba haciendo.

—¿Por qué sigues aquí?

Elias cogió los platos.

—Trabajar contigo es una experiencia muy enriquecedora.

—No te pago para enriquecerte.

—Tampoco me pagas.

—Mejor todavía.

Camille entró cuando Elias salía.

—¿Qué ocurre?

—Tu jefe está de mal humor.

—¡Te oigo! —tronó Alain desde la cocina.

—Lo sé.

Camille lo miró de reojo.

—Está de buen humor.

—¿Esto es buen humor?

—Esta mañana me ha dicho buenos días.

Elias se volvió hacia su padre.

—¿Quién eres?

—Los dos tenéis demasiado tiempo para hablar —respondió Alain, sin dejar de cortar pescado.

—Eso es porque trabajamos muy bien juntos —dijo Camille.

La frase salió con tanta naturalidad que Elias la miró, y ella misma pareció darse cuenta un segundo después.

—Quiero decir que vamos al día.

—Ya.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Precisamente esa.

Alain levantó los ojos del pescado.

—Si trabajarais tan bien como habláis, habría cerrado la cocina hace media hora.

Camille cogió dos platos.

—¿Ves? Buen humor —le dijo a Elias, y él la siguió hasta el comedor.

A la una y media dejaron de tener tiempo incluso para bromear.

El restaurante se llenó por completo; llegaron varias mesas casi al mismo tiempo y Marie tuvo que rechazar a dos grupos sin reserva.

La terraza era una sucesión de platos, vasos y conversaciones que competían con las gaviotas, y el viento, que había empezado a soplar desde el puerto, levantaba las servilletas si no quedaban sujetas bajo los cubiertos.

Elias entró en ese estado que recordaba de todos los veranos: el cuerpo sabía qué hacer antes de que la cabeza terminara de decidirlo. Camille también, y eso era lo nuevo.

—La seis espera agua —dijo él al cruzarse con ella.

—Voy.

—La nueve quiere otra cesta de pan.

—Ya la llevo.

—La doce pregunta por el pescado.

—Diles que cinco minutos.

A las dos, una familia inglesa pidió cambiar tres veces de mesa.

A las dos y cuarto, una niña dejó caer un tenedor entre las tablas de la terraza y su padre intentó recuperarlo metiendo el brazo por un hueco imposible.

A las dos y media, una gaviota consiguió robar un trozo de pan de una mesa y provocó un pequeño escándalo que terminó con medio restaurante riéndose.

Camille apareció junto a Elias mientras ambos observaban al pájaro alejarse hacia el puerto.

—¿Eso se cobra?

—Por supuesto.

—¿A la gaviota?

—A la mesa. Responsabilidad sobre el pan desde el momento de la entrega.

—Voy a incluirlo en la carta.

—Consúltalo con Marie.

—Marie será capaz de hacerlo.

—Exacto.

La mesa trece los llamó y ambos se movieron al mismo tiempo. Camille se detuvo.

—Voy yo.

—Estás con la cuatro.

—Ya han terminado.

—La once quiere cafés.

—Los he puesto.

Elias miró hacia la barra. Tres cafés esperaban junto a la máquina.

—¿Cuándo?

—Mientras discutías con la inglesa sobre si el viento era culpa nuestra.

—No estaba discutiendo. Le he explicado que mi madre no controla la meteorología.

—Era información relevante.

—Mesa trece —dijo Camille, sonriendo.

—Voy.

No había tensión en aquello, y Elias lo comprendió mientras atravesaba la terraza.

Tampoco estaba intentando impresionarla; no pensaba qué decir antes de acercarse ni buscaba motivos para permanecer cerca.

Simplemente se habían acostumbrado el uno al otro.

Sabía que Camille sujetaba las copas por el tallo, que anotaba las comandas con una letra pequeña y perfectamente legible y que era incapaz de abandonar una mesa sin colocar las sillas aunque fueran a ocuparse cinco minutos después.

Ella sabía dónde dejaba él el sacacorchos.

Aquello parecía poco, y probablemente lo era.

Sin embargo, hacía mucho tiempo que Elias no se sentía cómodo con alguien nuevo sin preguntarse qué esperaba esa persona de él.

A las tres y cuarto salió la última comanda. Marie cerró el libro de reservas y dejó escapar un suspiro.

—Si alguien entra ahora, decidle que hemos sufrido un incendio.

—No parece muy creíble —respondió Camille, que estaba recogiendo una mesa.

—Entonces, una intoxicación.

—Eso es peor para el negocio.

—Un secuestro.

Elias dejó una bandeja sobre la barra.

—Podríamos decir simplemente que la cocina ha cerrado.

Marie lo miró.

—Por eso nunca te dedicarás a la publicidad.

Alain apareció en la puerta de la cocina.

—¿Queda alguien?

—Dos mesas con el postre —respondió Camille—. La nueve está terminando el café y la doce ha pedido la cuenta.

—Bien —dijo Alain, y regresó a la cocina.

Elias miró a Camille.

—Eso ha sido un elogio.

—Ha dicho «bien».

—En idioma Alain es prácticamente una ovación.

—Creo que voy a emocionarme.

Marie empezó a revisar las comandas.

—Hoy habéis funcionado bien.

—Siempre funcionamos bien —dijo Elias, cogiendo un vaso de agua.

—Habla por ti —replicó Camille.

—Hace dos horas has dicho exactamente lo mismo.

—Estaba bajo presión.

Marie los miró a uno y a otro.

—No sé por qué os defendéis. Solo he dicho que trabajáis bien juntos.

—No me estoy defendiendo —respondió Elias.

—Yo tampoco —dijo Camille.

—Por supuesto —murmuró Marie, sin levantar la vista de las cuentas.

El tono bastó para que ambos callaran. Elias bebió agua y Camille empezó a ordenar unas servilletas que ya estaban perfectamente ordenadas. Desde la cocina, Alain volvió a asomar la cabeza.

—Marie.

—¿Qué?

—Déjalos.

—No estoy haciendo nada.

Elias decidió que era mejor llevar los vasos al lavavajillas.

Julie llegó poco después de las cuatro. No entró sola: Maëlle y su madre la acompañaron hasta la puerta y las dos niñas tardaron varios minutos en despedirse porque cada adiós generaba algo nuevo que necesitaban decirse. Elias estaba limpiando la cafetera cuando oyó su voz.

—¡Mamá!

Camille salió de la cocina y Julie corrió hacia ella, contando algo relacionado con un castillo de arena, un insecto encontrado en el patio y una discusión sobre si los peces podían beber agua. Elias no consiguió averiguar cómo se conectaban los tres asuntos. Camille, en cambio, parecía entenderlo.