18 #2
Durante los siguientes minutos habló menos.
Escuchó historias sobre parejas, divorcios, horarios imposibles y abuelos que aparecían sin avisar.
Nadie volvió a mencionar a Paul, aunque la pregunta seguía presente para ella.
No está con nosotras. Era cierto y, al mismo tiempo, no explicaba nada.
Había aprendido que las mejores mentiras no eran necesariamente falsas: a veces bastaba con recortar la verdad hasta dejar solo una parte segura.
Miró de nuevo hacia Julie. La niña ya no estaba junto al canal.
Camille se incorporó de inmediato. Sus ojos recorrieron las rocas, los otros niños, el borde del agua, y no la vieron. La reacción fue física; el vaso quedó en la manta y ya estaba poniéndose en pie cuando Claire señaló hacia la derecha.
—Están allí.
Camille siguió el gesto. Julie y Maëlle se habían alejado hasta una zona de arena más firme, quizá cuarenta metros, junto con otros tres niños. Lucas llevaba una pelota y todos corrían detrás de ella. La oleada de alivio llegó seguida de inmediato por la irritación.
—Le he dicho que no se alejara.
Claire midió la distancia con la mirada.
—Todavía puede verte.
—Eso no significa que…
Se interrumpió. Julie acababa de girarse. Buscó a Camille entre las personas sentadas y, al encontrarla, levantó una mano. Camille le respondió de la misma manera y la niña volvió al juego. No estaba perdida. No estaba escondiéndose. No estaba huyendo de nadie. Jugaba.
Camille se sentó despacio.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte —dijo Claire, encogiéndose de hombros.
—Me pongo nerviosa si no la veo.
—La estás viendo.
—Ahora sí.
Claire bebió un poco de limonada antes de contestar.
—No voy a decirte que no te preocupes. Sería absurdo. Pero aquí solemos vigilar entre todos. Si uno de los niños se acerca demasiado al agua, el adulto más cercano lo manda de vuelta aunque no sea suyo.
Camille miró a las otras familias. Un hombre acababa de llamar a Lucas porque corría hacia las rocas mojadas; Marion ni siquiera se había levantado.
La idea de una vigilancia compartida le resultó extraña.
Durante años había sentido que Julie era responsabilidad exclusivamente suya, porque Paul convertía cualquier incidente en una evaluación de cómo la estaba cuidando.
Si la niña se caía, Camille debía haber estado más atenta; si enfermaba, quizá la había abrigado poco; si se despertaba de noche, probablemente la había acostumbrado mal.
Paul podía jugar con ella, llevarla al parque o enseñarle a montar en bicicleta y sentirse un padre implicado, pero los errores pertenecían siempre a Camille.
Allí, en cambio, alguien acababa de corregir a Lucas sin convertirlo en una acusación contra su madre.
—¿Siempre hacéis esto? —preguntó.
Claire miró a su alrededor.
—¿Comer demasiado y fingir que controlamos a diecisiete niños? Bastante.
—Me refería a cuidar también de los demás.
—Ah. —Claire entendió—. Es un pueblo pequeño. A veces eso es insoportable. Otras veces ayuda.
La respuesta no idealizaba Kerlann, y Camille agradeció precisamente eso.
El viento levantó una esquina de la manta. Élodie colocó una cesta encima y empezó a hablar de la fiesta del puerto, prevista para finales de mes.
—Este año han conseguido dos grupos —dijo—. Uno será horrible, pero el otro parece bueno.
—Dices eso todos los años —respondió Marion.
—Porque todos los años contratan al menos un grupo horrible.
—¿Qué fiesta? —preguntó Camille, y varias mujeres la miraron como si acabara de admitir que no conocía la Navidad.
—La fête du port —respondió Élodie—. Ya verás.
—Eso ha sonado amenazante.
—Lo es, si trabajas en hostelería.
Camille pensó de inmediato en el restaurante.
—Marie no me ha dicho nada.
—Porque espera hasta el último momento para que nadie pueda huir —explicó Marion.
—El restaurante estará lleno —añadió Claire—, pero después del servicio podrás venir. Hay puestos, música, actividades para los niños y fuegos artificiales, si el ayuntamiento vuelve a conseguir el permiso.
—El año pasado casi incendian una barca —dijo Sophie.
—No se incendió.
—Porque estaba lloviendo.
—En Bretaña eso cuenta como sistema de prevención.
Camille sonreía cuando Julie regresó corriendo, seguida de Maëlle y Lucas, con arena hasta las rodillas y el pelo pegado a las mejillas.
—Mamá, hay una fiesta.
—Me acabo de enterar.
—¿Podemos ir?
—Todavía faltan semanas.
—Pero ¿podemos?
Camille miró a las mujeres. Todas parecían esperar una respuesta, aunque ninguna intervino.
—Ya veremos.
Julie se puso las manos en las caderas.
—Eso significa que no quieres.
Las madres rieron y Camille cerró los ojos un instante.
—De acuerdo. Iremos.
—¿Seguro?
—No abuses de tu victoria.
—Maëlle dice que hay luces en los barcos —anunció Julie, sonriendo.
—Y música —añadió la niña pelirroja.
—Y crepes —dijo Lucas.
—Eso es lo importante —intervino Élodie.
Julie volvió a correr con los otros niños antes de que Camille pudiera recordarle que no se acercara demasiado al agua.
La llamó por su nombre y la niña se volvió.
Estuvo a punto de pedirle que permaneciera más cerca.
Entonces miró el espacio que las separaba y luego a Claire, a Élodie, a los otros padres distribuidos por la playa.
Julie estaba rodeada de niños que conocía en un lugar que empezaba a reconocer como propio.
—Nada —dijo—. Ve.
La niña no necesitó una segunda invitación y Camille la vio alejarse.
El miedo seguía allí; no podía hacer que desapareciera solo porque el paisaje fuera hermoso y las personas amables.
Paul existía. Estaba segura de que la buscaba, aunque ella no supiera cuánto había avanzado.
Había peligros reales y otros que su cuerpo había aprendido a anticipar incluso cuando no estaban presentes.
Pero también existía aquella tarde: el viento, la arena, las voces de las madres a su alrededor, Julie corriendo detrás de una pelota.
Durante unos minutos, Camille permitió que su hija llegara hasta donde terminaba el grupo sin llamarla de vuelta.
No fue fácil. Quizá por eso supo que importaba.
Más tarde, cuando empezaron a recoger, Élodie le pidió que sostuviera una cesta mientras doblaba la manta, y Marion le preguntó si podía vigilar a Lucas un momento mientras buscaba sus sandalias.
Ninguna formuló la petición como si estuviera concediéndole un lugar en el grupo, y precisamente por eso se lo concedieron.
Camille sostuvo la cesta y vigiló a Lucas.
Ayudó a encontrar una camiseta perdida y recibió de Sophie un recipiente con tarta que no había pedido; cuando protestó, la mujer aseguró que necesitaba recuperar el táper al día siguiente y que, por tanto, aquello no era un regalo.
—Marie os da clases —bromeó Camille.
—Marie nos ha educado a todas.
Al despedirse, Claire le tocó brevemente el brazo y se detuvo antes de completar el gesto, quizá recordando algo de las conversaciones anteriores. Camille lo notó.
—Nos vemos el lunes.
—Sí.
—Y en la fiesta.
Camille miró a Julie, que caminaba hacia ella con Maëlle de la mano.
—Parece que no tengo elección.
—Nunca la tuvimos ninguna.
Camille cogió la mochila y las dos emprendieron el regreso hacia el pueblo.
Por el camino, Julie hablaba de la fiesta, de las luces que pondrían en los barcos y de la posibilidad de que Elias pudiera saber si los fuegos artificiales molestaban a los aviones.
Camille respondía de vez en cuando, aunque parte de su atención seguía en la conversación de la playa.
Había hablado de Paul. Muy poco, pero lo suficiente para sentir que había mentido y dicho la verdad al mismo tiempo.
No sabía cuánto tiempo podría sostener aquella frontera.
Cada persona que conocía hacía más difícil desaparecer sin dejar heridas detrás; cada invitación, cada nombre aprendido y cada confianza ofrecida estrechaban el espacio en el que podía seguir siendo solo una mujer llegada de Lyon con una hija.
La idea debería haberla empujado a alejarse.
En cambio, al pasar frente al restaurante y ver a Marie hablando con Yann en la terraza, Camille levantó la mano para saludar.
Marie respondió. Julie también. Y las dos siguieron caminando hacia casa.
Por primera vez desde que llegó a Kerlann, Camille comprendió que empezar a pertenecer a un lugar no consistía únicamente en aprender sus calles o reconocer a la gente. También significaba aceptar que alguien empezara a esperarte en ellas.