18
Camille
Kerlann. Julio
Estuvo a punto de inventar una excusa para no ir a la merienda hasta media hora antes de que empezara.
La invitación llevaba cuatro días doblada dentro del bolsillo pequeño de su bolso, escrita por Claire en una hoja fotocopiada que anunciaba una tarde informal en la playa para las familias de los niños.
No era una reunión escolar ni había nada que firmar, ningún asunto académico que pudiera justificar su presencia: solo comida, juegos y una excusa para que las familias se conocieran antes de que llegara agosto y buena parte del pueblo empezara a vivir al ritmo de los turistas.
Precisamente por eso le costaba más. En el restaurante tenía una función.
Sabía qué debía hacer, cuándo acercarse a una mesa y qué preguntas podían formularle; en la escuela hablaba de Julie, de horarios, de dibujos y de cualquier cosa que tuviera una respuesta sencilla.
Una merienda en la playa era otra cosa. Allí no habría bandejas que recoger ni comandas detrás de las que esconderse.
Tendría que sentarse con otras mujeres, aceptar un vaso de limonada y permitir que la conversación avanzara hacia esos territorios aparentemente inofensivos donde la gente terminaba preguntándote cuánto tiempo llevabas casada, a qué se dedicaba tu marido o quién recogía a la niña cuando trabajabas.
Podía no ir. Esa posibilidad había resultado tranquilizadora durante los primeros días, hasta que Julie empezó a hablar de ello.
—Maëlle va a llevar la tarta de su abuela —dijo una mañana, y Camille respondió que ya verían.
—Lucas dice que su padre llevará una pelota grande.
—Muy bien.
—Claire dice que podemos meternos en el agua si llevamos otra ropa.
—Ya veremos.
El cuarto día, Julie dejó la cuchara sobre la mesa durante el desayuno y la miró.
—¿No quieres ir?
La pregunta no sonaba a reproche, y eso la hizo más difícil.
—No he dicho que no quiera.
—Siempre dices «ya veremos» cuando no quieres algo.
Camille levantó una ceja.
—¿Siempre?
—Casi siempre.
—Tienes cinco años. No puedes haber hecho una estadística fiable.
Julie ignoró la objeción con la serenidad de quien no la considera relevante.
—Si tú no quieres, yo tampoco voy —dijo, con la misma naturalidad con que habría ofrecido cualquier otra solución.
Camille sintió una punzada inmediata. No había sacado a su hija de Lyon para enseñarle a reducir el mundo al tamaño de los miedos de su madre.
—Iremos, no te preocupes.
Julie dejó de comer.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Seguro?
—Si sigues preguntando, puedo cambiar de opinión.
La niña reanudó el desayuno con una sonrisa.
Así que aquella tarde Camille salió de la habitación de Annette con una bolsa de tela llena de fruta cortada, dos toallas, crema solar, ropa seca para Julie y más cosas de las que probablemente necesitarían en tres horas.
La niña caminaba delante con un vestido ligero sobre el bañador, sosteniendo un cubo amarillo que Maëlle le había prestado la semana anterior.
Monsieur Lapin se había quedado en casa después de una negociación larga, porque Camille se negó a permitir que el conejo gris terminara lleno de arena.
La playa estaba más concurrida que en su primera visita unas semanas atrás.
Varias familias se habían instalado cerca de las rocas, donde la marea baja dejaba una franja amplia de arena húmeda; habían extendido mantas, colocado cestas de comida y clavado una sombrilla que el viento inclinaba de forma preocupante.
Los niños corrían de un lado a otro sin un orden reconocible mientras los adultos intentaban mantenerlos bajo vigilancia.
Julie vio a Maëlle antes de que Camille localizara a Claire.
—¡Mamá! —y, sin necesidad de explicar nada, echó a correr.
—Espera.
La niña frenó y se volvió.
—¿Qué?
Camille midió la distancia que las separaba del grupo. Quince metros, quizá veinte. No había carretera. No había coches. Solo arena, familias y el mar varios metros más allá.
—Nada. Ve.
La niña salió corriendo, y Camille se quedó donde estaba unos segundos, viendo cómo Maëlle acudía a su encuentro y ambas desaparecían casi de inmediato hacia unas rocas donde otros niños habían empezado a construir algo con arena mojada.
El impulso de seguirlas apareció antes que el pensamiento, pero se contuvo. Podía verla, y eso bastaba.
—Has venido.
Claire se acercaba desde una de las mantas con dos vasos de limonada.
—Eso parece.
Claire sonrió y señaló el grupo con la barbilla.
—Ven. Te presentaré a quienes todavía no conoces.
Camille sintió que el cuerpo se tensaba ligeramente.
No podía evitarlo. Había aprendido algunos nombres durante aquellas semanas, pero casi siempre asociados a otras personas: la madre de Maëlle, el padre de Lucas, la abuela de Léonie.
Era extraño formar parte de un grupo definido por los hijos, como si la maternidad proporcionara una primera identidad común y todo lo demás pudiera descubrirse después.
La madre de Maëlle se llamaba Élodie, y Camille ya había hablado varias veces con ella a la salida del colegio.
Era fisioterapeuta en una localidad cercana y tenía una manera rápida de hablar que apenas dejaba silencios incómodos.
Junto a ella estaban Sophie, madre de dos niños y propietaria de una pequeña tienda de ropa; Anaïs, que trabajaba algunos días desde casa y otros en Brest; y Marion, una mujer alta con gafas oscuras cuyo hijo, Lucas, era el responsable, según Julie, de casi todas las ideas peligrosas del aula.
Las presentaciones fueron breves, y nadie preguntó de inmediato de dónde venía. Eso permitió que Camille se sentara.
Hablaron primero de los niños, porque era terreno seguro: de quién se negaba a comer verduras, de las peleas por acostarse temprano, del misterio por el que todos recordaban las canciones aprendidas en clase pero olvidaban dónde habían dejado los zapatos.
Camille escuchó más de lo que habló. Descubrió que Maëlle había cortado su propio flequillo el invierno anterior y que Lucas había intentado llevar un cangrejo vivo en la mochila hasta que Claire lo descubrió en clase.
—Julie ya conoce la historia —dijo Camille.
Marion se cubrió el rostro con una mano.
—Todo el pueblo conoce la historia.
Todos rieron, y Camille rio con ellos sin necesidad de pensarlo. Aquello seguía ocurriéndole a veces y no dejaba de sorprenderla: una risa que aparecía antes de que tuviera tiempo de preguntarse si era adecuado dejarla salir.
Élodie abrió una caja y ofreció pequeñas porciones de tarta.
—Coge antes de que los niños la descubran.
—He traído fruta.
—Eso no es una respuesta —replicó Élodie, y Camille aceptó un trozo. Quizá llevaba demasiado tiempo con Marie, porque empezaba a reconocer aquel tipo de argumento.
—¿Te estás adaptando? —le preguntó Sophie de pronto.
La pregunta era sencilla.
—Sí. Creo que sí.
—Kerlann en verano engaña —dijo Marion—. Todo parece fácil cuando hay luz hasta tarde. Espera a enero.
—No la asustes —intervino Élodie.
—No la asusto. Le advierto de que necesitará un buen impermeable.
—Ya tengo uno —respondió Camille con una sonrisa.
—Entonces puede quedarse —dictaminó Marion.
La frase se dijo en broma, pero Camille notó cómo se instalaba dentro de ella. Puede quedarse. El verbo seguía teniendo demasiado peso. Bebió limonada para disimularlo.
—¿Lleváis mucho tiempo aquí? —preguntó Anaïs a continuación.
—Desde finales de mayo.
—Llegaste justo antes del caos. Buena elección. Eres de Lyon, ¿verdad? —siguió.
Camille asintió.
—Sí.
—Menudo cambio.
—Bastante.
—¿Y conocías Bretaña?
—No demasiado.
—¿Familia por aquí?
La pregunta llegó sin segunda intención y Camille lo sabía. Aun así, los dedos se le cerraron alrededor del vaso.
—No.
Anaïs esperó quizá una explicación adicional que Camille no ofreció, y fue Élodie quien rompió el pequeño silencio.
—Pues escogiste bien. Aunque en febrero quizá estés desesperada.
—Ya me han advertido del invierno.
—Porque somos honestas.
La conversación pudo terminar allí, pero no lo hizo. Sophie estaba mirando a los niños.
—Debe de ser difícil mudarse sola con una pequeña.
Camille dirigió también la mirada hacia Julie, que estaba arrodillada junto a Maëlle, ambas intentando llenar un canal que se vaciaba una y otra vez.
—Nos estamos acostumbrando.
—¿El padre se ha quedado en Lyon?
La pregunta fue formulada con la misma naturalidad que cualquier otra, y sin embargo Camille sintió que el sonido de la playa se alejaba ligeramente.
No había querido mentir delante de Julie; esa decisión seguía intacta.
Podía inventar una muerte y cerrar muchas preguntas, pero después su hija tendría que escucharla, comprender que debía callar y quizá repetir la historia.
No quería convertir a Julie en cómplice de algo que no era capaz de entender.
Pero tampoco podía decir la verdad. Paul era policía. Las buscaba. Seguía siendo legalmente su marido. Todo aquello podía transformar una merienda escolar en un riesgo.
—No está con nosotras —respondió simplemente.
Sophie volvió la cabeza, pero Camille mantuvo los ojos en los niños.
—Es una situación complicada —añadió—. Preferiría no hablar de ello.
Era la frase más verdadera que podía ofrecer, y el silencio posterior duró poco.
—Claro —dijo Sophie—. Perdona.
—No pasa nada.
Pero sí pasaba algo. La expresión de las mujeres cambió de manera casi imperceptible; no hacia la sospecha, sino hacia una discreción que Camille agradeció y temió al mismo tiempo.
Quizá pensarían una separación, quizá en un abandono, o quizá algo peor.
La ambigüedad las protegía, pero también permitía que los demás imaginaran.
Anaïs cogió una fresa de la bandeja.
—Bueno, mi ex vive a veinte minutos y consigue estar menos disponible que alguien en otro continente, así que la distancia no siempre significa gran cosa.
La frase provocó una risa general y la conversación cambió de dirección. Camille lo agradeció tanto que eso mismo le produjo vergüenza.