Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 17 #2
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17 #2

Camille sonrió.

—Lo imaginaba.

—En invierno te despierta. Cuando hay temporal, tira contenedores y llena de arena media calle.

—Muy poético.

—Has venido al hombre equivocado —sonrió.

—No buscaba poesía.

Elias la miró un instante.

—¿Qué buscabas?

Camille tardó tanto en responder que él pensó que no lo haría.

—No lo sé —dijo por fin, sin dramatismo, pero con cansancio marcado en la voz—. Aire, supongo.

Elias volvió la vista al mar. Comprendió de pronto que aquella palabra le resultaba familiar, aunque no en el sentido literal: pasaba buena parte de su vida en el aire, a miles de metros del tipo de libertad que la gente imaginaba cuando hablaba de volar.

Lo que Camille describía parecía otra cosa, espacio suficiente para no sentirse encerrada.

—¿Lo has encontrado? —preguntó.

—Algunos días.

—Eso ya es bastante.

Camille afirmó en silencio y luego se giró hacia él.

—¿Y tú?

La pregunta lo sorprendió.

—¿Yo qué?

—¿Encuentras lo que buscas cuando vienes aquí?

Elias miró el horizonte. No sabía qué buscaba. Quizá silencio. Quizá castigo.

—No siempre.

Camille asintió como si fuera una respuesta completa y no volvió a preguntar.

Elias sintió una gratitud extraña por aquello.

La mayoría de las personas consideraba que compartir una vulnerabilidad creaba inmediatamente el derecho a conocer el resto: una frase daba paso a otra, un recuerdo exigía contexto.

Camille parecía comprender que algunas cosas podían quedarse exactamente donde se habían colocado.

Se quedaron en silencio varios minutos. El café debía de haberse enfriado, porque Camille dejó de beber. Elias observó sus manos alrededor de la taza térmica; no apretaban, solo buscaban calor.

—Julie está convencida de que tienes un claxon para gaviotas pendiente de aprobación —dijo ella.

Elias sonrió.

—Estoy preparando el informe.

—Lo cuenta en la escuela…

—Debería haberle dicho que era un secreto de Estado —dijo con una enorme sonrisa.

—Demasiado tarde. Maëlle ya sabe que la Fuerza Aérea está considerando la propuesta.

Elias soltó una risa baja. El sonido le pareció extraño después de la noche que llevaba.

—Mañana te preguntará al respecto —anunció Camille.

—Le diré que está en evaluación.

—Te estás metiendo en un problema.

—He tenido peores.

La frase salió antes de que pudiera detenerla, y el recuerdo volvió con una rapidez brutal. Una radio. El aviso. Antoine. Elias bajó los ojos.

Camille no dijo nada. Durante unos segundos, el cuerpo regresó a aquella tensión anterior, no tanto como en la cama, pero suficiente para que notara la respiración más superficial.

—Si quieres irte, puedes hacerlo —dijo—. No esperes por mí.

Elias frunció ligeramente el ceño.

—Yo he llegado primero, no estoy aquí por ti, tranquila.

La respuesta fue apenas una constatación y Elias sintió que Camille se relajaba.

—Bien —dijo ella. Luego cogió la taza, dio otro sorbo e hizo una mueca—. Está horrible.

—El café frío siempre es horrible —dijo Elias.

—Eso es falso, en verano puede estar bien.

—Eso es café con hielo —matizó él.

—Sigue siendo café frío.

—No voy a discutir contigo sobre café a las dos de la mañana.

—Porque sabes que tengo razón.

Camille sonrió.

—Ahora sí que te pareces a tu madre.

—Eso es un golpe bajo.

—Tú empezaste.

El intercambio fue tan normal que Elias sintió el contraste con la conversación anterior.

Le gustó, y no porque quisiera escapar de lo que pensaba, sino porque Camille no parecía considerar que una noche difícil debiera convertirse en una ceremonia.

Podían hablar de Antoine sin nombrarlo. Podían dejarlo.

Podían discutir sobre café. La vida seguía haciendo esas cosas.

Una luz se encendió en una de las casas frente al puerto. Camille miró la hora.

—Son casi las tres.

—Sí.

—Annette se levanta temprano.

—Mi madre también.

—Deberíamos volver antes de que organicen una búsqueda.

Elias se separó del muro. Camille hizo lo mismo y caminaron hacia el pueblo dejando un metro entre ambos. No había necesidad de decidir si regresaban juntos; el camino era el mismo durante buena parte del trayecto.

Las luces del puerto dibujaban reflejos amarillos sobre el agua. En la plaza, sus caminos se separaban: la casa de sus padres quedaba hacia la izquierda; la habitación de Annette, al otro lado. Camille se detuvo.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Camille continuó hacia la tienda. Elias esperó hasta verla llegar a la esquina. Cuando desapareció, siguió caminando hacia casa.

Su nota seguía sobre la mesa, lo que significaba que Marie no se había despertado. Elias se quitó la chaqueta, bebió un vaso de agua y subió a su habitación. El reloj marcaba las tres y diez. El mar seguía oyéndose desde la ventana.

Se tumbó. Durante unos minutos esperó que volviera la radio, pero no volvió. En su lugar recordó a Camille apoyada en el muro del espigón, sosteniendo una taza de café frío, diciendo que tampoco dormía bien. No conocía la razón. Ella tampoco conocía la suya. Aquella noche no hacía falta.

Elias cerró los ojos. Y esta vez consiguió dormir.