Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 17
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Elias

Kerlann. Julio

Supo que no iba a dormir mucho antes incluso de meterse en la cama.

Había cenado tarde, después del segundo servicio, y cuando llegó a casa de sus padres el reloj del pasillo marcaba casi la una.

Marie había dejado una luz encendida en la cocina y un plato cubierto con otro para que no se enfriara demasiado, aunque él le había dicho que no esperara.

Alain ya dormía. La casa estaba en silencio, salvo por el ruido tenue del frigorífico y el viento que empezaba a levantarse del lado del mar.

Elias comió de pie, bebió un vaso de agua y subió a su habitación sin encender más luces de las necesarias.

Todo allí seguía demasiado parecido a como lo recordaba: la estantería con libros que ya no leía, la pequeña maqueta de un avión sobre el escritorio, una fotografía antigua del puerto en invierno, el armario donde Marie seguía guardando jerséis que él juraba no haber usado desde hacía quince años.

La ventana estaba entreabierta. Desde la cama se oía el mar, más lejano que desde el puerto pero lo bastante presente como para mezclarse con los crujidos de la casa.

Se tumbó boca arriba y cerró los ojos.

No ocurrió nada al principio. Eso era lo peor: no las imágenes ni los recuerdos completos, sino la espera.

Durante mucho tiempo había temido las noches en las que se despertaba sobresaltado, convencido de seguir en otra cabina, otro cielo, otra misión.

Con los años, aquello se había vuelto menos frecuente; el cuerpo había aprendido a no reaccionar con tanta violencia, pero no había olvidado.

Ahora, el recuerdo aparecía de otra forma, casi siempre antes de que pudiera identificarlo: una presión bajo el esternón, una vigilancia absurda en mitad de una habitación segura, la sensación de que faltaba algo o alguien que debería estar allí.

Abrió los ojos. El techo seguía oscuro. El reloj marcaba la una y treinta y siete. Volvió a cerrarlos.

La radio apareció primero. No una voz completa, solo una ráfaga de interferencias y una palabra dicha demasiado deprisa. Después, una coordenada. Un aviso. Antoine preguntando algo que Elias no alcanzó a oír entero.

Volvió a abrir los ojos. No necesitaba recordar más; conocía la secuencia.

Había repetido cada minuto tantas veces que podía reconstruirlo sin esfuerzo: el cielo, la posición de ambos aparatos, la corrección de rumbo, la alerta que llegó cuando quedaban segundos y no minutos, el momento exacto en que tuvo que elegir entre mantener la formación o romperla.

La investigación había concluido que la decisión fue correcta.

Aquella frase estaba escrita, firmada, archivada. No cambiaba nada.

Elias se sentó en el borde de la cama. Permaneció allí algunos minutos, con los antebrazos apoyados sobre las piernas, escuchando la respiración de la casa.

Podía quedarse. Podía leer, poner música o bajar a la cocina y esperar a que llegara el sueño.

Sabía que no funcionaría. Cuando la cabeza entraba en aquel estado, las habitaciones pequeñas empeoraban las cosas.

Necesitaba caminar hasta que el cuerpo se cansara lo suficiente para obligar al pensamiento a reducirse.

Se vistió sin encender la luz y bajó las escaleras con cuidado. Cogió una chaqueta fina del perchero, dejó una nota sobre la mesa por si Marie se levantaba, y salió por la puerta lateral.

La noche estaba templada para Kerlann. Había nubes altas, pero entre ellas se abrían zonas limpias donde podían verse algunas estrellas.

El pueblo dormía casi por completo: quedaban dos ventanas iluminadas frente al puerto y una lámpara encendida sobre la puerta del bar que cerraba más tarde en verano.

Las terrazas estaban recogidas, las sillas apiladas y las sombrillas cerradas.

El olor del mar era más fuerte a esa hora, mezclado con piedra húmeda y restos de pescado que los barcos descargarían al amanecer.

Elias caminó sin prisa. No necesitaba decidir hacia dónde iba; acababa siempre en el mismo lugar.

El espigón comenzaba al final del puerto, detrás de un muro bajo sobre el que había pasado media adolescencia sentado con sus amigos, fingiendo que hablaban de pesca cuando en realidad hablaban de todo lo que querían dejar atrás.

A los diecisiete años estaba convencido de que marcharse de Kerlann era la única manera de empezar una vida.

Ahora regresaba cada verano para recordar que también podía existir una vida en el lugar del que uno había querido escapar.

Avanzó hasta el extremo del espigón. El mar estaba oscuro y relativamente tranquilo; las olas golpeaban la piedra con una regularidad que no exigía atención.

Apoyó ambas manos sobre el muro y miró hacia el horizonte.

A aquella hora no había barcos cerca, solo algunas luces lejanas que podían pertenecer a pesqueros o cargueros siguiendo rutas que él no conocía.

Respiró despacio. El aire frío le despejó algo la cabeza, y durante unos minutos consiguió no pensar en Antoine. Después, el recuerdo volvió, como siempre hacía.

Una voz por radio.

—Tengo un problema.

No era exactamente la frase; Elias lo sabía.

La memoria modificaba las palabras, acortaba los silencios, añadía claridad donde en realidad había habido confusión.

Antoine había dicho algo técnico, una secuencia que Elias comprendió antes de que terminara.

Después vino la decisión: mantener, romper, esperar.

Elias había esperado. Dos segundos, quizá menos —el tiempo suficiente para cumplir con el procedimiento, y el tiempo suficiente para preguntarse después si habría ocurrido otra cosa de haber actuado antes.

Apartó las manos del muro. No servía. Sabía que no servía.

Había pasado cuatro años intentando construir alternativas sobre un momento que ya no podía modificarse.

La racionalidad era impecable: no había información suficiente, la decisión había sido correcta, Antoine no murió porque Elias hubiera decidido esperar, sino porque una sucesión de fallos redujo las posibilidades hasta dejar demasiado poco espacio para reaccionar.

Todo aquello era cierto. También lo era que Antoine estaba muerto y él no.

El sonido de unos pasos sobre la piedra llegó desde atrás. Elias volvió la cabeza por instinto. La figura se detuvo a cierta distancia.

Camille.

Llevaba una chaqueta clara sobre la ropa del restaurante y sostenía algo entre las manos, quizá una taza o un vaso térmico. Llevaba el pelo recogido, aunque algunos mechones se habían soltado alrededor del rostro. Parecía cansada.

—Perdona —dijo—. No sabía que estarías alguien.

Elias se volvió otra vez hacia el mar.

—Tranquila, no molestas.

—Puedo irme —ofreció.

—También puedes quedarte.

Hubo una pausa.

—Eso ha sonado muy poco convincente.

Elias sonrió ligeramente.

—Era una invitación.

—Creo que deberías practicarlas.

Camille avanzó unos pasos, pero no se acercó demasiado.

Se apoyó en el muro a un par de metros de él y dejó la taza sobre la piedra.

Durante un rato ninguno dijo nada, pero el silencio no resultó incómodo.

Eso le sorprendió. Con la mayoría de las personas habría sentido la necesidad de explicar por qué estaba allí a las dos de la madrugada, o de convertir el insomnio en algo banal.

Con Camille no parecía necesario. Ella tampoco preguntaba. Miraba el mar.

—¿Vienes mucho? —le preguntó finalmente.

—De vez en cuando —respondió Camille.

—¿De noche?

—Casi siempre de noche, sí. Me ayuda a dormir.

—Yo camino para combatir el insomnio —confesó Elias.

Se miraron un instante y sonrieron. El viento movió el cabello suelto sobre la frente de Camille, que levantó la taza.

—He hecho café.

—¿A estas horas?

—No he dicho que tome buenas decisiones.

Camille se encogió de hombros. Bebió un sorbo y Elias volvió a mirar el mar.

—¿Has cerrado tú? —le preguntó después.

—Sí. Marie y Alain se fueron antes y los demás terminaron a la una. Julie duerme con Annette.

—¿Y tú has decidido venir aquí?

—No quería despertar a nadie dando vueltas por la habitación.

Elias entendió aquella sensación.

—Mi madre se despertará igualmente cuando vuelva.

—¿Sabe que has salido?

—He dejado una nota por si acaso.

—Eso es muy responsable —comentó Camille.

—Tengo cuarenta años y piloto aviones, se supone que soy responsable.

Camille soltó una risa breve.

Elias también sonrió y luego guardaron de nuevo silencio, esta vez durante más rato.

Camille no parecía esperar que él lo llenara.

Apoyó los antebrazos sobre el muro y observó las luces lejanas.

La proximidad no resultaba exigente; no había preguntas escondidas ni ese tipo de cortesía que obligaba a una conversación.

Elias pensó que quizá por eso seguía allí.

—No te gusta dormir, ¿verdad? —dijo Camille al cabo de un rato.

No era una pregunta.

—Sí me gusta.

—Pero no puedes.

—No siempre.

Ella asintió y no preguntó por qué, y Elias notó la tentación de decir algo más precisamente porque no se lo exigía.

—A veces vuelven cosas, recuerdos… —dijo.

Camille no lo miró.

—¿De la base?

—Sí.

La palabra quedó entre ambos. No añadió misión . No dijo accidente . Ni Antoine .

—A mí también —dijo Camille en voz baja, sosteniendo la taza con ambas manos.

Elias giró ligeramente la cabeza y comprendió que acababan de decirse más de lo que ninguna de los dos había confesado nunca. Ella seguía mirando el agua.

—¿Y caminar ayuda? —preguntó al cabo de un minuto.

Camille pensó antes de responder.

—Algunas noches, sí —repuso tras una breve pausa.

El mar golpeó el espigón con un poco más de fuerza y Camille miró hacia abajo.

—Al principio me daba miedo el ruido.

—¿Del mar?

—Sí.

—¿Por qué?

Ella se encogió de hombros.

—No lo conocía.

La respuesta le pareció demasiado sencilla para contener todo lo que probablemente significaba.

—Pensaba que sería relajante —continuó—. Todo el mundo habla del mar como si bastara estar cerca para que la vida fuera más fácil.

—Eso lo dicen quienes vienen de vacaciones.