16 #3
En ese momento llamaron a la puerta. Camille miró hacia la entrada.
Había echado la llave hacía apenas unos minutos, pero un hombre permanecía al otro lado del cristal.
Lo reconoció como uno de los turistas que había comido a mediodía con su familia.
Tendría unos cincuenta años, llevaba pantalones claros y una camisa de lino abierta en el cuello.
Camille abrió solo lo necesario.
—Lo siento, hemos cerrado.
—He vuelto porque quiero hablar con la responsable.
—Marie Bonnet no está ahora mismo.
—Entonces, con quien esté al cargo.
Camille dudó un instante.
—Soy yo.
La frase sonó extraña incluso a sus propios oídos, y el hombre pareció encontrarla poco convincente.
—Hemos comido aquí hoy.
—Sí, lo recuerdo.
—El servicio ha sido bastante deficiente.
Camille abrió un poco más la puerta.
—¿Ha ocurrido algo con la comida?
—La comida no estaba mal. El problema ha sido el servicio. Hemos esperado demasiado, la mesa estaba junto a una corriente de aire y nadie nos ofreció cambiarla.
Camille recordaba la mesa: estaba en la terraza, y el hombre había insistido en sentarse allí aunque Marie le había explicado que soplaba viento.
—Se les ofreció una mesa dentro.
—No era lo que habíamos reservado.
—Habían reservado terraza.
—Precisamente.
Camille respiró despacio.
—¿Qué desea que hagamos?
—Que me devuelvan una parte de la cuenta.
La petición la sorprendió.
—¿Por qué?
—Acabo de explicárselo.
—La comida se sirvió, no hubo ningún problema con los platos y eligieron quedarse en la terraza después de que se les advirtiera del viento.
—Además, la camarera que nos atendió parecía no saber lo que hacía.
—Les atendí yo.
El hombre la miró un momento.
—Pues entonces, ya sabrá de qué le hablo.
Algo cambió, aunque no de manera dramática.
No sintió la necesidad de demostrar que era buena en su trabajo, ni el miedo de que Marie la despidiera si aquel hombre se quejaba.
Sintió otra cosa: una irritación que no estaba dirigida contra ella, sino contra el modo en que él hablaba del restaurante, de Marie, de Alain, de un trabajo que todos habían hecho durante horas bajo el calor.
—Comprendo que no le haya gustado su experiencia —dijo, lo más calmada que pudo—. Lo que no comprendo es que quiera que le devolvamos dinero por una mesa que eligió, una comida que consumió y un servicio del que no dijo nada mientras estaba aquí.
El hombre endureció la expresión.
—¿Así tratan a los clientes?
—Tratamos a los clientes con respeto.
—No lo parece.
—Y esperamos lo mismo —añadió, ignorando su respuesta.
Durante años habría retrocedido ante aquella frase, no por miedo físico sino por la certeza de que discutir con alguien siempre tenía un coste que ella terminaría pagando. Esta vez no.
El hombre miró hacia el interior.
—Hablaré con la propietaria.
—Por supuesto. Marie estará aquí mañana.
—Espero que tenga otra actitud.
Camille sintió algo parecido a una sonrisa.
—Marie tiene su propia actitud.
El hombre la observó durante unos segundos, quizá intentando decidir si acababa de ser insolente.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Cerró la puerta, y solo después de girar la llave notó que tenía las manos ligeramente tensas.
—Ese señor estaba enfadado —dijo Julie desde su mesa.
—Sí.
—¿Has hecho algo malo?
Camille se volvió hacia ella. La pregunta la atravesó de una forma inesperada.
—No, no he hecho nada malo.
Julie asintió con absoluta confianza.
—Entonces, que se enfade si quiere.
La sencillez de la conclusión casi la hizo reír.
Camille apoyó la espalda contra la puerta.
Durante demasiado tiempo había vivido convencida de que el enfado de otra persona demostraba que ella había hecho algo mal.
Paul no necesitaba siquiera formularlo; bastaba con verlo molesto para que empezara a revisar sus decisiones, sus palabras, incluso el tono con que las había pronunciado.
El turista se había marchado enfadado, y ella no había hecho nada malo. El restaurante tampoco.
Camille miró el comedor vacío: las mesas ordenadas, las sillas alineadas, las copas limpias sobre la barra, la pizarra con el menú del día todavía apoyada junto a la entrada.
Desde la cocina llegaba un leve olor a mantequilla, ajo y pescado que ninguna limpieza conseguía eliminar por completo, y en la mesa del rincón, Julie dibujaba una corona para una reina de los peces.
Un mes atrás, todo aquello había sido ajeno. Ahora, alguien había hablado mal del restaurante y Camille lo había sentido como si estuviera entrando en un lugar que también le pertenecía un poco. La idea la asustó menos de lo que habría esperado.
Guardó la llave de la caja en el bolsillo y apagó las luces de la terraza. Después recogió la mochila de Julie y su propio bolso.
—Vamos —le dijo con una sonrisa.
Cuando salieron, el puerto estaba casi vacío y el cielo conservaba una franja rosada sobre el agua. Camille cerró la puerta del restaurante, giró la llave y la guardó en el bolso.
No era su casa. No era su negocio. Ni siquiera sabía cuánto tiempo seguiría allí. Pero mientras tomaba la mano de Julie y empezaban a caminar, comprendió que había dejado de sentir que Kerlann le prestaba una vida.
Muy despacio, estaba empezando a formar parte de ella.