16 #2
—No estoy segura. —Camille sonrió—. ¿Ibas a intervenir?
—Solo si me lo pedías —respondió él, apoyándose en el marco.
—¿Y si no?
—No.
Aquella palabra otra vez, tan sencilla y tan distinta en su boca. No porque fuera suave, sino porque aceptaba los límites sin convertirlos en una cuestión personal.
—Tu familia tiene una forma muy extraña de confiar en la gente —dijo Camille, dejando el cuaderno sobre la mesa.
—¿Extraña?
—Me dais cosas para hacer y luego os marcháis.
—Eso suele ser la confianza.
—También podría ser negligencia.
—Se lo diré a mi madre.
—¡No lo hagas, por favor!
—Demasiado tarde.
Elias levantó las manos y sonrió de medio lado, y Camille le dio un pequeño golpe con el cuaderno antes de darse cuenta de lo que hacía; el gesto fue ligero, casi infantil, apenas el borde de las tapas contra su brazo.
Ambos se quedaron quietos un instante, sorprendidos —ella más que él— de que hubiera sido ella quien lo iniciara.
Elias no cambió de expresión ni intentó responder con otro gesto.
Se limitó volver a sonreír antes de agacharse para recoger una de las cajas de verduras.
—Voy a llevar esto abajo antes de que Alain descubra que sus tomates están fuera del refrigerador.
La normalidad con que continuó alivió la tensión que empezaba a formarse, y Camille regresó al comedor.
A las cuatro, Marie y Alain se marcharon. Antes, Marie repasó la caja con ella una vez y le señaló dónde debía anotar cualquier diferencia.
—Si ocurre algo, llamas —dijo por fin Marie, cogiendo el bolso.
Se marcharon, pero el restaurante no se quedó vacío: había dos empleados recogiendo la cocina, Elias seguía en el almacén y tres clientes terminaban sus bebidas en la terraza.
Aun así, el espacio pareció cambiar. Marie había sido desde el principio el centro invisible del lugar, la persona a la que todos miraban cuando surgía una duda, incluso sin reconocerlo.
Ahora la llave estaba en el bolsillo de Camille, y sintió su peso con una claridad casi absurda.
Elias apareció con dos cajas vacías.
—¿Quieres que me quede hasta el cierre?
—Has quedado con unos amigos.
—Puedo cancelar, no hay problema.
—No, no —dijo ella casi de inmediato.
—No pasa nada, de verdad.
—He dicho que no.
Él se detuvo y Camille oyó la firmeza de su propia respuesta con un segundo de retraso, esperando la reacción: el gesto molesto, la pregunta de por qué hablaba así, el reproche disfrazado de preocupación. Elias solo asintió.
—De acuerdo. —Dejó las cajas junto a la puerta—. Me marcho cuando termine esto.
—Eso es lo que habías planeado —le recordó Camille.
—Sí.
—Pues hazlo.
Él la miró con una sonrisa mínima.
—Empiezas a parecerte a mi madre.
—Retira eso.
—Demasiado tarde.
Camille negó con la cabeza y siguió limpiando la barra.
Poco después llegó Claire con Julie de la mano. La niña llevaba una corona de cartulina torcida y una mochila pequeña que parecía pesar más que ella.
—Hoy no ha querido quitársela —explicó Claire.
—Soy reina de los peces —anunció Julie.
Camille miró la corona: tenía varias escamas de papel pegadas y una aleta dibujada en el centro.
—Eso parece.
Julie entró en el restaurante como llevaba haciendo desde hacía semanas: dejó la mochila en la misma silla, buscó sus lápices en el cajón que Marie le había cedido y se sentó junto a la ventana.
Aquella familiaridad todavía sorprendía a Camille.
Su hija ya sabía dónde había vasos pequeños, qué puerta llevaba al patio trasero y que Alain no permitía entrar en cocina con los zapatos mojados.
—Elias —llamó Julie.
Él estaba poniéndose la chaqueta.
—¿Qué?
—¿Las reinas de los peces pueden pilotar?
—Depende.
—¿De qué?
—De si tienen licencia.
Julie frunció el ceño.
—Soy una reina.
—Ya, pero eso no sustituye una licencia.
—Pero mando yo.
—En tu reino.
—También en los aviones.
—Ahí mando yo.
—Podemos mandar los dos —replicó Julie tras pensarlo un momento.
—Eso suele acabar mal en un avión —le aseguró el con el ceño fruncido.
—Entonces, nos turnaremos —decidió la niña.
Elias miró a Camille.
—Negocia mejor que algunos oficiales que conozco.
—No la animes.
—Estoy intentando sobrevivir.
Julie dejó la cuestión para más adelante y empezó a dibujar. Elias se despidió poco después; no volvió a preguntarle a Camille si quería que se quedara ni dejó instrucciones que ella no hubiera pedido.
Cuando la puerta se cerró, Camille sintió algo inesperado. No inseguridad, sino responsabilidad. La diferencia era enorme.
Terminó de cobrar las últimas mesas, despidió a los clientes y empezó a recoger.
Julie seguía dibujando mientras uno de los ayudantes salía por la puerta trasera y el otro terminaba de limpiar la cocina.
El restaurante se fue vaciando poco a poco hasta que quedaron únicamente ellas dos y el sonido del agua corriendo en el fregadero.
Camille cerró la terraza, comprobó las ventanas y empezó a revisar la caja.
Todo cuadraba. Tuvo que hacerlo dos veces para creérselo.
Anotó el total en la hoja de Marie, guardó las facturas en el compartimento correspondiente y cerró el cajón con la llave pequeña.
El clic del mecanismo le produjo una satisfacción que se negó a considerar desproporcionada.
—¿Ya está? —preguntó Julie.
—Casi.
—Tengo hambre.
—Cinco minutos.
—Siempre dices cinco minutos —suspiró Julie.