Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 16
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Camille

Kerlann. Julio

A esas alturas de julio, Camille ya sabía distinguir los días difíciles de los imposibles antes de que empezara el servicio.

Los difíciles se anunciaban con reservas completas, una previsión de buen tiempo y turistas esperando en la puerta antes de la hora.

Los imposibles añadían, además, algún proveedor retrasado, una mesa grande que pretendía sentarse media hora antes y a Alain mirando el contenido de la cámara frigorífica con la expresión de quien acababa de descubrir una traición.

Aquella mañana parecía decidida a reunirlo todo.

El cielo estaba despejado y el puerto tenía esa luz brillante de los días que atraían a media región hacia la costa.

Las terrazas empezaban a llenarse antes de las once, las bicicletas se apoyaban contra cualquier pared disponible y desde la calle llegaba un flujo constante de voces, ruedas de maletas y niños arrastrando sus juguetes.

El aire olía a sal, protector solar y café, con el fondo más persistente del pescado fresco que Alain había recibido al amanecer y que llevaba una hora revisando como si sospechara que alguien pudiera haberlo sustituido mientras no miraba.

Camille acababa de colocar los últimos manteles de la terraza cuando Marie salió con el libro de reservas bajo el brazo.

—Hoy cierro yo la caja del mediodía y tú haces la de la tarde, ¿te parece bien?

Camille levantó la cabeza.

—¿Yo?

—No veo a nadie más delante de mí.

—Elias está aquí.

—Elias sabe cerrar una caja.

—Entonces…

Marie la miró por encima de las gafas.

—Precisamente por eso no necesito comprobar que sabe hacerlo.

Camille dejó la servilleta que estaba doblando.

—No sé si estoy preparada.

—Llevas semanas cobrando, anotando reservas y arreglando errores de los nuevos. Creo que sobrevivirás a sumar unas facturas.

—No es lo mismo.

—No. Es más aburrido.

Marie le tendió una llave pequeña y una hoja con varias anotaciones. Camille no la cogió de inmediato.

—¿Y si algo no cuadra?

—Buscas el error y lo solucionas.

—¿Y si no lo encuentro?

—Me llamas.

—¿Y si ya te has ido?

—Tengo teléfono.

Camille abrió la boca para seguir, pero Marie ya le había cerrado la mano alrededor de la llave.

—Si sigues buscando posibilidades, terminarás encontrando una catástrofe que todavía no existe.

Unas semanas atrás, aquella frase la habría molestado; habría oído en ella una crítica, una forma de señalar que se preocupaba demasiado o complicaba las cosas.

Ahora conocía a Marie lo suficiente para distinguir la impaciencia y la crueldad, y aquella mañana no había ninguna de las dos.

Solo la confianza práctica de alguien que consideraba el asunto resuelto.

Camille miró la llave sobre la palma.

—Nunca he cerrado la caja de un restaurante.

—Hace un mes tampoco habías trabajado en ninguno.

Marie abrió el libro de reservas y habló sin mirarla.

—A las cuatro saldré con Alain. Tenemos que ir a ver al proveedor de marisco y pasar por el banco.

Volveremos para la noche, pero quizá tarde.

Elias estará por aquí hasta las cinco y después ha quedado con unos amigos.

Tú terminas, cierras la terraza, revisas la caja y lo dejas todo preparado para mañana.

—¿Sola?

—Con media plantilla alrededor durante casi todo el tiempo.

Marie se alejó antes de que pudiera inventar otra objeción.

Camille se quedó un momento junto a la barra, con la llave entre los dedos.

No era la primera que alguien le entregaba una desde que habían llegado a Kerlann: estaba la de la habitación de Annette, la del pequeño armario del restaurante donde guardaban algunas cosas, y ahora aquella, que abría el cajón inferior de la caja y el compartimento donde Marie dejaba las facturas del día.

Ninguna parecía importante. Y, sin embargo, todas significaban algo que Camille todavía no terminaba de aceptar.

Durante años, Paul había convertido cualquier responsabilidad compartida en un examen.

Si le pedía que hiciera algo, el resultado debía coincidir exactamente con la manera en que él lo habría hecho: elegir una ruta distinta, comprar otra marca de un producto o cambiar un horario podía derivar en una conversación interminable sobre por qué no había pensado antes, por qué siempre complicaba las cosas o por qué no era capaz de seguir una indicación sencilla.

Con el tiempo, Camille había dejado de decidir incluso cuando podía hacerlo. Preguntaba. Confirmaba. Esperaba.

Marie acababa de entregarle una llave y se había marchado. Sin instrucciones exhaustivas, sin advertencias, sin esa mirada que esperaba el error antes de que ocurriera.

—Por mucho que la mires no va a explicarte cómo funciona.

La voz de Elias llegó desde detrás de la barra. Camille cerró la mano.

—No la estaba mirando.

—Llevas casi un minuto haciéndolo.

—¿Ahora controlas cuánto tiempo miro las cosas?

—Solo las llaves. Es una afición nueva.

Elias llevaba una caja de botellas apoyada contra el pecho. La dejó en el suelo y empezó a sacarlas.

—Tu madre quiere que cierre yo —dijo Camille.

—Lo sé.

—Podrías haberlo hecho tú.

—También.

—Y no te importa.

Él levantó la vista.

—¿Por qué iba a importarme?

—Es el restaurante de tu familia.

—Y tú trabajas aquí.

La respuesta llegó sin énfasis, pero la dejó quieta un instante. Elias colocó otra botella en la balda.

Camille suspiró y volvió a las mesas.

El servicio empezó antes de que pudiera pensar demasiado en ello.

Durante las siguientes tres horas no hubo espacio para la llave ni para la caja, solo platos, cuentas, agua, clientes que pedían pan y otros que reclamaban una sombra imposible en mitad de la terraza.

Alain trabajaba en la cocina con dos ayudantes y una concentración tan absoluta que apenas hablaba.

Marie se movía entre las mesas con la agilidad de un gato.

Elias aparecía y desaparecía según hacía falta, cargando cajas, sirviendo bebidas o resolviendo pequeñas averías inesperadas.

Camille ya no necesitaba medir su presencia.

Sabía dónde estaba sin sentir la necesidad de comprobarlo, y si coincidían en el paso estrecho de la barra, ninguno se detenía de manera exagerada.

Elias seguía manteniendo el espacio, pero la distancia había dejado de parecer una precaución; era, simplemente, una forma de respeto que se había instalado entre ellos.

Poco antes de la una, Alain salió de la cocina con un cuaderno de tapas negras y lo dejó delante de Camille.

—Cuando llegue la entrega de verduras, revisa esto.

Ella lo abrió. Había una lista escrita con la letra inclinada de Alain: tomates, cebollas, patatas, zanahorias, hierbas frescas, varios tipos de fruta y cantidades anotadas al margen.

—¿Yo?

—Eso he dicho.

Camille pasó una página.

—¿Qué tengo que comprobar? —preguntó, rendida a la evidencia.

—Peso, cantidad, calidad, precio —dijo Alain, señalando las columnas—. Si algo no está bien, no lo aceptes.

—¿Y si el proveedor dice que está bien?

—La que vale es tu opinión, no la suya.

La frase fue tan sencilla que Camille tardó en reaccionar.

—Alain…

—¿Qué?

—No sé si voy a saber hacerlo.

—Si una patata está podrida, la verás.

—No me refiero a eso.

Él la observó unos segundos, sin impaciencia.

—Entonces no sé a qué te refieres.

Camille bajó la vista al cuaderno.

—Nada.

—Bien.

Alain volvió a la cocina. Elias, junto a la cafetera, la miró sin hacer ningún comentario y Camille se lo agradeció en silencio.

La entrega llegó media hora después, en mitad del peor momento del servicio. El conductor entró por la puerta trasera empujando varias cajas y anunció que tenía prisa, que todavía debía hacer otras cuatro paradas. En ese momento, Camille estaba llevando dos platos hacia la terraza.

—Déjalas ahí, por favor. Ahora voy.

—Necesito que firmes.

—Primero tengo que revisarlas.

El hombre suspiró.

—Siempre está bien.

Camille se detuvo. La frase era exactamente el tipo de argumento que, en otra época, la habría hecho firmar para no provocar una discusión.

—Aun así, tengo que comprobarlo.

—Llevo años trayendo género aquí.

—Entonces tardaremos poco.

El conductor la miró con evidente fastidio.

Camille sintió una presión familiar bajo las costillas, esa mezcla de incomodidad y urgencia que aparecía cuando alguien esperaba que cediera, y por un instante estuvo a punto de hacerlo.

Después recordó a Alain. La que vale es tu opinión, no la suya.

Dejó los platos en la mesa de pase, cogió el cuaderno y empezó a revisar las cajas.

Las primeras estaban bien: pesó las patatas, comprobó los tomates y contó las bandejas de fruta. En una de las cajas de hierbas aromáticas encontró varias piezas dañadas y una cantidad inferior a la anotada.

—Falta parte del pedido.

El conductor consultó su hoja.

—Imposible —negó tajante.

—Aquí pone que tiene que haber doce manojos —dijo ella, señalando el cuaderno—, y hay nueve.

—Serán doce.

—Los he contado.

—Entonces se habrán quedado tres en otra caja.

Revisaron las demás, pero no estaban.

—Te los traeré mañana —resopló el hombre.

—Entonces, hoy no voy a firmar que hay doce.

—No puedo modificar el albarán aquí.

—Pues anota que faltan tres.

El hombre levantó las cejas y Camille, al oír su propia voz, sintió una pequeña descarga de inseguridad: había sonado más firme de lo que pretendía.

—Alain me ha pedido que revise la entrega —añadió—. Faltan tres manojos. Puedes traerlos mañana o descontarlos, pero no voy a firmar que los hemos recibido.

El conductor la observó unos segundos y después sacó un bolígrafo.

—Está bien.

Corrigió el albarán y Camille firmó. No ocurrió nada más. El hombre cargó las cajas vacías, se despidió con un gesto y volvió a la furgoneta.

Elias estaba detrás de ella. Camille se sobresaltó ligeramente.

—¿Cuánto llevas ahí?

—Lo suficiente.

—Podías haber dicho algo.

—No necesitabas que dijera nada.

La respuesta la hizo mirar el albarán.

—Casi firmo… —reconoció en voz baja.

—Pero no lo hiciste —le hizo ver él.

—Tu padre me habría matado.

—Mi padre no mata por unas hierbas aromáticas.