Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 15 #3
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Sacó la fotografía familiar de la playa y la colocó junto al mapa.

Paul pasó el dedo por el borde de la imagen, sobre el lugar donde aparecía su brazo rodeándole la cintura, e intentó recordar durante unos segundos cómo era tocarla cuando todavía no se apartaba.

La memoria llegó con demasiada claridad, y detrás de ella apareció otra: Camille retirándole la mano durante una discusión.

—No me toques.

La frase regresó completa. Paul apretó la mandíbula.

Ella había aprendido a utilizar esas palabras para convertir cualquier gesto en una acusación, como si pudiera decidir unilateralmente cuándo él tenía derecho a acercarse a su propia mujer, como si años de matrimonio pudieran desaparecer en cuanto ella pronunciaba una negativa.

Apartó la fotografía. Cuando la encontrara no permitiría que volviera a controlar la conversación de ese modo. Esta vez no se iría dando un portazo. No podría esconderse detrás de Julie ni de extraños que no sabían nada de ellos. Tendrían tiempo. Todo el que hiciera falta.

Paul dobló el mapa y regresó al hotel.

A la mañana siguiente consiguió hablar con el responsable de la oficina de alquiler.

Las cámaras conservaban las imágenes durante treinta días; aún estaban dentro del plazo.

El hombre aceptó revisar la franja horaria después de que Paul mostrara su identificación y repitiera la historia de la menor en posible situación de riesgo.

No permitió que copiara las grabaciones, pero sí que observara la pantalla.

A las diez y ocho minutos apareció el vehículo gris con Camille al volante.

Paul se inclinó hacia delante. La imagen era clara: Camille se baja del coche y saca a Julie por el lado contrario con el conejo gris en brazos; ambas parecían agotadas.

Camille mira varias veces a su alrededor antes de entrar en la oficina.

Paul sintió primero alivio. Estaban bien. Después, rabia. Camille se movía con una seguridad que no correspondía a la mujer inestable que decía necesitar protección; había conducido cientos de kilómetros, organizado el alquiler de un coche y continuado la ruta sin ayuda visible.

La grabación siguió avanzando. Veintidós minutos después, Camille y Julie salieron con la maleta, cruzaron el aparcamiento y se dirigieron hacia la calle.

—¿Hay otra cámara? —preguntó Paul, señalando la pantalla.

El responsable cambió de ángulo. Otra imagen las mostraba caminando hacia una parada de autobús.

Camille consultó algo en el teléfono y después levantó la vista hacia un panel.

El número de línea se veía parcialmente.

Paul pidió que congelara la imagen y la amplió.

No alcanzaba para leer el destino completo, pero distinguió una dirección y varias letras.

Brest, o quizá una conexión hacia el oeste.

Tomó una fotografía de la pantalla antes de que el responsable pudiera detenerlo.

—No puede hacer eso.

—Es para la investigación.

—Necesita autorización.

Paul guardó el móvil.

—La voy a pedir, descuide.

El hombre frunció el ceño, pero no insistió.

Cuando salió al aparcamiento, el cielo de Rennes estaba cubierto y empezaba a lloviznar.

Se quedó de pie junto al coche, observando la fotografía ampliada en su teléfono: una línea de autobús, dirección oeste, una lista de localidades intermedias demasiado borrosa para leerlas todas.

Reconoció dos nombres: Saint-Brieuc, Morlaix.

Aquello bastaba para dividir la costa en zonas.

Volvió al hotel y desplegó el mapa sobre la cama.

Empezó a marcar pueblos, esta vez no al azar: localidades conectadas por autobús o tren desde aquellas rutas, con turismo suficiente para ofrecer trabajo, con escuelas pequeñas y alojamientos temporales, lugares donde una mujer sola pudiera llegar con una niña a principios de verano y pasar desapercibida durante unas semanas.

Trazó círculos alrededor de varios nombres: Roscoff, Carantec, Plougasnou, Locquirec, Douarnenez, Camaret, y otros pueblos más pequeños. Decenas al principio. Después, menos.

Se sentó en el borde de la cama y contempló las marcas rojas.

Aún no sabía cuál. Pero sabía que Camille estaba allí, en algún punto entre aquellas carreteras y aquel mar que ella había elegido para alejarse de él.

La idea produjo una calma extraña. No una tranquilidad verdadera, sino la que precedía a una decisión.

Tomó el bolígrafo y rodeó de nuevo los nombres que le parecían más probables.

Cinco, aunque luego desechó uno y se quedó con cuatro.

El siguiente paso sería visitarlos uno a uno: hablaría con comerciantes, hoteles, escuelas, restaurantes; enseñaría fotografías; contaría una historia distinta según la persona que tuviera delante —un marido preocupado, un padre buscando a su hija, un policía siguiendo una pista—.

Tarde o temprano alguien reconocería a Camille, y cuando eso ocurriera dejaría de tener importancia cuántas carreteras hubiera cruzado para alejarse.

Paul cerró la libreta. Por primera vez desde que salió de Lyon tuvo la sensación de que ya no estaba buscando a ciegas.

Se estaba acercando.