Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 15 #2
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Recogió la fotografía y salió. En el coche escribió la información en la libreta: el vehículo pertenecía a una red nacional de alquiler que permitía devolverlo en cualquier oficina.

Eso ampliaba la búsqueda, pero también dejaba un registro interno.

Si conseguía saber dónde había terminado el alquiler, tendría un punto nuevo.

Pasó las siguientes horas llamando a oficinas de la empresa, sin repetir nunca exactamente la misma historia.

A unas les explicaba que había olvidado una carpeta en un coche y necesitaba localizarlo; a otras, que buscaba una factura; en una se presentó directamente como agente y preguntó por un vehículo posiblemente relacionado con una menor desaparecida.

Las respuestas fueron frustrantes, contradictorias o demasiado prudentes.

A mediodía estaba en Tours. Había elegido la ciudad porque conectaba con varias rutas hacia el oeste y porque una de las oficinas de alquiler tenía un vehículo del mismo modelo registrado como recibido la mañana posterior a la huida. Cuando llegó, sin embargo, la matrícula no coincidía.

Comió un bocadillo dentro del coche, sin hambre, solo para mantener la cabeza clara; había visto demasiadas veces, durante el trabajo, cómo el cansancio convertía una intuición correcta en una decisión estúpida.

Llamó a la comisaría, pero no a Marc, sino a un compañero del turno de tarde que podía consultar un registro de matrículas sin hacer demasiadas preguntas si la consulta parecía relacionada con una incidencia.

Le dio las letras parciales y varios modelos posibles.

El hombre protestó por la falta de información, pero prometió mirar.

—¿Sigues con lo de tu mujer?

Paul apretó el teléfono.

—Con lo de mi hija —puntualizó.

—Claro.

Hubo algo en el tono que no le gustó.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Entonces no lo digas así.

—Paul, te estoy ayudando.

—Lo sé.

—¿Has hablado con un abogado?

—No necesito un abogado —bufó.

—Puede que sí.

Paul miró la carretera a través del parabrisas.

—Solo necesito encontrar a Julie.

—¿Y a Camille?

La pregunta quedó abierta más tiempo del que a Paul le hubiera gustado.

—También —reconoció por fin.

No dijo qué ocurriría cuando la tuviera delante.

No podía permitirse pensar demasiado en esa parte.

Había imaginado el encuentro muchas veces: Camille abriendo una puerta, viéndolo al otro lado de una calle, comprendiendo por fin que toda aquella planificación no había servido para nada.

En algunas versiones, ella lloraba; en otras, intentaba huir.

En ninguna conseguía marcharse otra vez.

Paul sabía que tendría que mantener la calma cuando la encontrara.

No podía permitir que ella lo provocara como en Lyon.

Si gritaba, si intentaba impedirle ver a Julie o si repetía las mentiras que seguramente llevaba semanas contando, tendría que recordarse que la primera prioridad era sacar a la niña de allí.

Después hablaría con Camille, a solas, sin gente alrededor, sin voces ajenas diciéndole qué debía pensar de su matrimonio.

Necesitaba que ella lo escuchara de verdad, que entendiera lo que había hecho, lo que le había obligado a hacer: semanas buscando por carreteras, pidiendo favores, arriesgando su reputación, soportando miradas de compañeros que empezaban a tratarlo como si fuera él quien tuviera algo que ocultar.

Camille siempre había tenido esa capacidad, la de empujarlo hasta un límite y después mirarlo como si la reacción hubiera nacido de la nada.

Esta vez no sería así. Esta vez entendería.

El teléfono sonó. Era el compañero de Lyon.

—Tengo algo —anunció.

Paul dejó el bocadillo sobre el envoltorio y agarró el teléfono con fuerza.

—Dime.

—No puedo asegurarlo al cien por cien con dos letras y dos números, pero solo hay seis vehículos posibles del modelo que has dicho y uno pertenece a una empresa de alquiler.

—¿Cuál?

El hombre le dio la matrícula completa. Paul la anotó.

—¿Puedes saber dónde se devolvió?

—No desde aquí.

—¿Alguna incidencia?

—Ninguna. ¿Quieres que siga?

—Sí —respondió al instante.

Hubo un silencio antes de que el otro volviera a hablar.

—Paul. No voy a meterme en un problema por esto.

—No te he pedido nada ilegal.

—Todavía.

La palabra le produjo un calor seco en el pecho.

—Déjalo, no pasa nada.

—Solo digo que tengas cuidado —matizó el compañero.

—Sé lo que hago.

Colgó antes de que el otro pudiera responder.

La matrícula completa era suficiente. Volvió a llamar a la central de la empresa de alquiler, esta vez con un enfoque distinto: dijo que investigaba una colisión menor y que necesitaba confirmar la oficina de devolución de un vehículo.

La empleada pidió un número de expediente.

Paul dio uno real, perteneciente a un caso antiguo; no era una consulta oficial relacionada con ese vehículo, pero el formato encajaba.

La mujer tardó varios minutos.

—El vehículo fue devuelto el 30 de mayo.

—¿Dónde? —insistió.

—En Rennes. Oficina de Rennes Saint-Jacques.

Paul dejó de moverse.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿A qué hora?

—Las diez y doce.

Escribió la información despacio, como si el gesto pudiera fijarla mejor que la memoria.

Rennes. Bretaña. La palabra dejó de ser una hipótesis.

Camille había viajado hacia el oeste, había alquilado un coche o utilizado uno asociado a la reserva, y lo había dejado en Rennes la mañana siguiente.

Desde allí podía continuar en tren, autobús, taxi o con otro vehículo. La costa quedaba a pocas horas.

Paul agradeció la ayuda y colgó. Durante varios minutos permaneció sentado sin arrancar.

Había estado imaginando esa confirmación durante días, pero la satisfacción duró menos de lo esperado, sustituida casi enseguida por otra sensación: cercanía.

Camille ya no estaba en cualquier lugar.

Estaba delante. No sabía cuántos kilómetros, pero delante.

Guardó la libreta y puso el coche en marcha.

Condujo hasta Rennes sin detenerse más de lo necesario.

Llegó al final de la tarde, cuando el cielo empezaba a cubrirse y la ciudad acumulaba tráfico alrededor de las principales entradas.

Se alojó en un hotel económico junto a la circunvalación, una habitación con moqueta marrón, cortinas gruesas y un olor persistente a producto de limpieza.

Dejó la bolsa sobre la cama y salió casi de inmediato hacia la oficina donde se había devuelto el vehículo. Estaba cerrada. Volvería por la mañana.

Permaneció unos minutos frente al cristal, observando los mostradores vacíos, y después caminó hasta el aparcamiento. Había cámaras en la entrada y en la zona de devolución. Si conservaban las grabaciones, podría ver a Camille. Quizá también qué hizo después.

Esa noche cenó solo en un restaurante cercano al hotel.

La comida era mediocre y el camarero olvidó su bebida dos veces; Paul no protestó.

Tenía el mapa extendido sobre la mesa y utilizó la espera para calcular posibilidades.

Desde Rennes, Camille podía haber ido al norte hacia Saint-Malo, al oeste hacia Brest o Quimper, o al sur hacia Lorient.

Podía haber escogido cualquiera entre cientos de pueblos.

Pero ahora había otro dato: una hora. El coche se había devuelto a las diez y doce.

Julie tendría hambre, Camille estaría cansada; no habría continuado sin detenerse.

Probablemente habría usado transporte público desde Rennes, porque alquilar otro coche habría dejado un rastro nuevo.

Eso significaba estaciones, cámaras, billetes, horarios. El cerco empezaba a estrecharse.