15
Paul
Carretera hacia Bretaña. Julio
Paul dejó Lyon antes de amanecer, con una bolsa pequeña en el maletero, una carpeta de mapas en el asiento del copiloto y la sensación de llevar demasiados días dando vueltas alrededor de la misma pregunta.
Había dormido poco, no porque no estuviera cansado, sino porque cada vez que cerraba los ojos aparecía una imagen distinta de Camille.
La veía bajando las escaleras con Julie en brazos, comprando un billete en la estación, entrando en una casa desconocida, hablando con alguien que quizá la estuviera ayudando a esconderse.
Había aprendido a soportar la incertidumbre en el trabajo, era parte inevitable de cualquier investigación.
A veces había que esperar horas para que apareciera una llamada útil, y otras se revisaban cientos de documentos antes de encontrar una sola línea importante.
Aquello era distinto. No porque las pistas fueran más escasas, sino porque cada minuto transcurrido sin resultados significaba que Camille se alejaba un poco más de él.
Llevaba una semana solicitando días libres y cambiando turnos con compañeros o alegando asuntos familiares, una fórmula lo bastante vaga para evitar preguntas y suficientemente cierta para que nadie pudiera acusarlo de mentir.
Marc había dejado de ayudarlo de forma directa: lo saludaba en la comisaría, hablaba de trabajo y evitaba mencionar a Camille.
Paul no se lo reprochaba. En realidad, prefería que fuera así.
Cuantas menos personas supieran lo que estaba haciendo, mejor.
La carretera hacia el oeste estaba casi vacía a aquella hora.
El cielo empezaba a aclararse detrás de él y las luces de Lyon desaparecieron en el retrovisor mucho antes de que sintiera que había abandonado realmente la ciudad.
Conducía despacio, dentro de los límites, deteniéndose solo cuando era necesario.
No quería llamar la atención por una multa absurda ni explicar a otro agente por qué llevaba mapas de media Francia marcados con círculos rojos.
En el primer área de servicio le sirvieron un café malo, demasiado caliente y con sabor a máquina sin limpiar, pero se lo bebió entero sentado frente a una ventana desde la que podía ver el aparcamiento.
La mujer de la caja le había dicho que no conservaban grabaciones de más de quince días.
Otra puerta cerrada. Paul anotó el dato en la libreta y tachó el nombre del lugar.
Sobre la mesa tenía varias fotografías impresas de Camille y Julie.
Había elegido imágenes recientes, aunque en casi todas Camille miraba hacia la cámara con esa expresión contenida que había empezado a adoptar durante el último año.
En otras aparecía más joven, con el pelo más largo y una sonrisa abierta. Esas eran las que prefería.
Tomó una en la que estaban los tres frente al mar.
Habían viajado a la costa atlántica cuando Julie tenía tres años —no a Bretaña, sino más al sur— durante una semana de vacaciones que Paul recordaba mejor que muchas otras.
Habían alquilado un apartamento pequeño cerca de la playa y Julie pasaba las mañanas intentando llenar un cubo con agua sin comprender por qué siempre llegaba vacío hasta la sombrilla.
Camille se reía cada vez que la niña lo intentaba. Paul recordaba aquella risa.
También recordaba una tarde en que caminaron por el paseo marítimo, Julie sentada sobre sus hombros y Camille cargando una bolsa con toallas y juguetes. Pararon a comprar helados. Paul pidió vainilla para la niña y Camille fresa; después, ella cambió de opinión y pidió chocolate.
—Siempre haces lo mismo —le dijo él.
Camille sonrió.
—¿Qué?
—Tardas diez minutos en decidir y luego eliges otra cosa.
—Es un helado.
—Haces lo mismo con todo.
Ella no respondió. Solo pagó y salió con los vasos en la mano.
Paul había olvidado la escena hasta ese momento.
En su recuerdo, aquel viaje era feliz. Lo seguía siendo, o eso demostraba la fotografía: Camille sonriendo en la playa, Julie jugando junto a ellos, nada que pudiera llamarse miedo.
Pero cuanto más lo pensaba, más fragmentos aparecían alrededor de esa imagen.
Camille consultando la hora antes de pedir una segunda copa de vino.
Preguntándole si le importaba que llevara a Julie sola al paseo mientras él veía un partido en el apartamento.
Guardando el teléfono boca abajo sobre la mesa. Callándose después de algunas frases.
Paul cerró la fotografía entre los dedos hasta doblarla ligeramente.
No significaba nada, se dijo. Las personas adaptaban su comportamiento dentro de una pareja; eso ocurría en todos los matrimonios, se evitaban discusiones inútiles, se conocían los límites del otro.
Camille sabía que él tenía un carácter fuerte, igual que él sabía que ella se bloqueaba ante determinados conflictos y necesitaba que alguien pusiera orden cuando las emociones la superaban.
Ahora, en cambio, todo aquello parecía estar siendo reinterpretado: cada discusión convertida en prueba; cada enfado, en amenaza; cada gesto de autoridad, en control.
Seguramente alguien se lo había explicado así hasta conseguir que ella creyera vivir dentro de una historia que nunca había existido.
La idea lo enfureció más que cualquier otra. Camille no había llegado sola a esa conclusión. No podía.
Se levantó, tiró el vaso vacío y regresó al coche.
La pista que lo había sacado de Lyon aquella mañana procedía de una cámara privada situada cerca de Roanne.
Había tardado días en obtener las imágenes; el encargado de la gasolinera solo aceptó enseñárselas después de que Paul regresara en persona y utilizara su identificación profesional con la ambigüedad suficiente para que pareciera que actuaba dentro de un procedimiento formal.
No mintió. No dijo que hubiera una investigación abierta. Simplemente dejó que el hombre lo creyera.
Las grabaciones mostraban a Camille entrando en la tienda con Julie dormida sobre un hombro.
La calidad era mala, pero no había dudas.
Compró agua, café, galletas y un paquete de pañuelos, y después salió y desapareció fuera del encuadre.
La cámara exterior aportó algo más: un coche.
No era el suyo, tampoco un taxi identificable, sino un vehículo gris, pequeño, probablemente alquilado.
La matrícula se veía solo durante un par de segundos, parcialmente oculta por reflejos, pero Paul había logrado distinguir dos letras y dos números.
No bastaba para identificarlo. Sí para buscar.
Había cruzado datos con varias agencias de alquiler, consultado contactos y llamado a establecimientos de la zona fingiendo ser un cliente que intentaba recuperar una factura.
Algunas conversaciones no llevaban a nada; otras proporcionaban fragmentos.
Un empleado recordó a una mujer joven que había alquilado un vehículo utilizando documentación extranjera o quizá un permiso temporal.
Otro creyó reconocer la descripción, aunque confundía fechas.
Paul sabía que el recuerdo humano era poco fiable.
Por eso prefería las máquinas: cámaras, pagos, matrículas.
La gente interpretaba. Los sistemas registraban.
A media mañana llegó a la primera agencia de su lista, en una zona industrial junto a una carretera secundaria, entre un taller y una nave de muebles. La recepcionista era una mujer de unos treinta años que no pareció impresionada por su placa.
—No puedo facilitar datos de clientes.
—No necesito datos completos.
—Entonces ¿qué necesita?
Paul le mostró la fotografía del vehículo captada en la gasolinera.
—Quiero saber si este coche pertenece a su flota.
La mujer estudió la imagen sin prisa, como si el gesto sirviera también para hacerle esperar.
—Podría ser cualquiera —dijo por fin.
—La pegatina del parabrisas coincide con las que utilizan aquí.
—No se ve completa, no puedo asegurarlo…
Paul guardó silencio y sostuvo su mirada más tiempo del que resultaba cómodo. Fue ella quien cedió primero, aunque no en la dirección que él esperaba.
—Si se trata de una investigación oficial, envíen la solicitud y les atenderemos rápidamente.
—Se trata de una menor —dijo entonces.
El gesto de la recepcionista apenas cambió, pero Paul aprovechó el resquicio.
—Cinco años. Su madre se la llevó sin informar a nadie y estamos intentando asegurarnos de que está bien.
—¿La madre tiene prohibido llevársela?
La pregunta le molestó más de lo que dejó ver.
—La situación es complicada.
—Entonces, necesitaré la solicitud —insistió la mujer.
Paul dejó la fotografía sobre el mostrador.
—No le estoy pidiendo una dirección ni datos bancarios. Solo si el coche pertenece a esta empresa.
La mujer permaneció en silencio varios segundos. Finalmente, giró la pantalla del ordenador hacia sí misma.
—¿Cuándo?
Paul le dio la fecha y ella tecleó.
—No puedo enseñarle nada —le advirtió.
—No le he pedido que lo haga.
Revisó unos datos y algo en su expresión se aflojó un grado.
—Ese modelo salió la madrugada del día que ha mencionado —dijo por fin.
Paul sintió una descarga de satisfacción que no dejó asomar al rostro.
—¿Hacia dónde iba?
—Eso no figura aquí.
—¿Dónde lo devolvieron?
—Eso sí es un dato de cliente que no pienso darle sin una solicitud formal —zanjó ella, muy seria.
Paul supo que había llegado al límite de lo que ella estaba dispuesta a ceder, así que cambió de tercio.
—¿Sigue alquilado?
La recepcionista dudó, como si no hubiera previsto esa pregunta.
—No.
—Entonces, fue devuelto.
—Sí.
—¿En esta oficina?
Ella no contestó, y el silencio bastó como respuesta.
—No, pero no voy a decirle dónde —repitió.
Suficiente.
—Gracias.