14 #3
Elias estaba cerca. Podía convertirlo en juez.
Durante años, Paul había utilizado a otras personas de esa manera: «Diles si no tengo razón», «Pregúntale a cualquiera», «Todo el mundo piensa que eres demasiado protectora».
Camille había aprendido a temer incluso las diferencias pequeñas cuando había un tercero presente.
—La roca resbala —repitió—. Podemos buscar en las de aquí.
Julie cruzó los brazos.
—Maëlle va.
—Maëlle no está aquí, y no creo que su madre le deje.
—Sí le deja —aseguró tozuda.
—Pues tú, no. Al menos, hoy no.
La niña miró a Elias y Camille se tensó.
Él observó la roca.
—Tu madre tiene razón —dijo por fin.
Julie puso cara de sentirse traicionada y pateó suavemente la arena.
—Los mayores siempre decís lo mismo.
—No. A veces decimos cosas distintas y después discutimos durante horas.
Camille soltó una risa breve.
Julie siguió enfadada unos segundos más. Después vio una concha y olvidó el conflicto con la rapidez propia de su edad.
Camille miró a Elias.
—Gracias.
Él pareció sorprendido.
—¿Por qué?
—Por no decirle que podía ir si la sujetabas.
—Tú has dicho que no —dijo sin más.
—Hay gente a la que eso no le basta —añadió ella.
La frase salió antes de que pudiera retirarla, pero Elias no preguntó quién.
—A mí sí —respondió.
Camille bajó la mirada hacia la arena.
El corazón no se le aceleró, no sintió esa tensión que aparecía cuando una conversación se acercaba demasiado a terrenos resbaladizos. La respuesta de Elias no había abierto una puerta. La había dejado cerrada.
Aquello también era nuevo.
Volvieron hacia la zona donde Camille había dejado la toalla. Julie llevaba tres conchas, dos piedras y una ramita que aseguraba tener forma de pez. Elias caminaba a unos pasos de ellas. Cuando llegaron, se detuvo.
—Seguiré hacia el faro —anunció.
—¿Andando? —preguntó Julie.
—Esa era la idea.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Y no te aburres? —siguió la niña, incansable.
—A veces sí —reconoció él.
—Puedes venir con nosotras —lo invitó de pronto con una sonrisa.
Camille miró a su hija.
—Julie.
—Tenemos galletas —justificó ella.
Elias sonrió.
—Es una oferta tentadora, pero es mejor que siga.
Julie aceptó la decisión con un mohín decepcionado que pronto sustituyó por una nueva pregunta.
—¿Vas a volver al restaurante?
—Esta tarde, sí.
—Nosotras no. Hoy mamá tiene fiesta.
—Ya lo sé, es una afortunada —bromeó Elias.
—Es nuestro día libre —siguió Julie.
—También lo sé.
Julie dejó las conchas sobre la toalla.
—Mañana te enseñaré si encuentro otro cangrejo.
—De acuerdo.
Elias miró a Camille.
—Que paséis buen día —dijo.
—Tú también —le deseó ella.
Se alejó por la playa sin volver la vista.
Camille lo siguió con los ojos apenas unos segundos antes de sentarse sobre la toalla. No había ocurrido nada. No habían tomado café juntos ni mantenido una conversación íntima. Elias no había buscado un motivo para quedarse ni había utilizado a Julie para prolongar su presencia.
Había aparecido, había estado allí y se había marchado.
Camille se sorprendió al darse cuenta de que su marcha no le producía alivio, pero tampoco decepción. Simplemente dejaba detrás una mañana que seguía siendo tranquila.
Julie se sentó junto a ella y empezó a ordenar sus hallazgos en fila.
—Esta es bonita —dijo, con una concha en la mano.
Su madre la miró con interés.
—Sí que lo es —coincidió.
—Se la voy a dar a Maëlle.
—Bien.
—Y esta es para ti.
Alargó la mano y le ofreció una concha pequeña, casi perfectamente blanca.
Camille la sostuvo sobre la palma.
—Gracias, es preciosa.
Julie levantó la cabeza.
—¿Podemos volver la semana que viene?
Camille miró el agua. La marea empezaba a avanzar muy despacio sobre la arena, borrando algunas de las zonas por las que habían caminado. La mochila seguía donde la había dejado. El pueblo continuaba detrás de ellas y el mar, delante.
Por primera vez, no le pareció el final del mapa.
Seguía siendo inmenso, imprevisible y demasiado abierto, pero empezaba a contener lugares reconocibles: aquella poza, las rocas resbaladizas, las escaleras por las que habían bajado, la zona donde Julie había encontrado su primer cangrejo.
—Sí —respondió—. Podemos volver.
Julie sonrió y regresó a las conchas.
Camille guardó la que le había regalado en el bolsillo de la chaqueta.
Durante mucho tiempo había asociado la seguridad con evitar cosas: evitar una discusión, evitar enfadar a Paul, evitar dejar huellas, evitar ser encontrada.
Kerlann empezaba a enseñarle otra posibilidad, aunque todavía no supiera nombrarla.
Quizá sentirse a salvo no consistía únicamente en que nada malo ocurriera.
Quizá también tenía que ver con saber qué podía ocurrir al lado de alguien sin necesidad de prepararse para defenderse.
Miró hacia el sendero por el que Elias había desaparecido.
No pensó en él como en un hombre que pudiera llegar a importarle.
Era demasiado pronto incluso para plantearse algo así.
Pensó únicamente que, desde que había aparecido en el restaurante, Camille empezaba a reconocer su presencia de la misma forma en que reconocía el sonido del puerto, la voz de Marie o los pasos de Alain en la cocina.
Como algo que no la obligaba a estar alerta, y, por ahora, aquello era suficiente.