14 #2
—No sabía que veníais por aquí —le dijo sin perder la sonrisa.
—Es nuestro día libre y a Julie le encanta la playa, no me ha quedado más remedio que venir —respondió con la misma sonrisa que él.
—También es mi día libre. Mis padres son unos tiranos, pero de vez en cuando aflojan la cadena —bromeó.
Aquello explicaba su presencia, aunque Camille se sorprendió pensando que nunca se lo había imaginado fuera del restaurante.
Allí lo asociaba al movimiento, las cajas, los platos y las discusiones familiares.
En la playa parecía distinto, no porque hubiera cambiado, sino porque no tenía una tarea concreta que realizar.
—Estamos buscando cangrejos —explicó Julie.
—Eso veo.
—Mamá no me deja tocarlos.
Elias miró a Camille.
—Parece razonable —coincidió.
—Gracias —susurró Camille.
—Aunque algunos pueden cogerse si sabes cómo —añadió de pronto. Camille levantó las cejas y estuvo a punto de decir algo, pero su hija se le adelantó.
—¿Tú sabes? —preguntó con los ojos muy abiertos.
—Ajá.
Camille sintió el impulso inmediato de intervenir. Elias debió de advertirlo, porque añadió antes de que ella hablara:
—Aunque también podemos mirarlos sin tocarlos.
No había ironía en su voz.
Julie se mostró ligeramente decepcionada, pero volvió a agacharse.
—Hay uno debajo de esa piedra.
Elias se arrodilló a una distancia prudente.
—Ese es pequeño.
—Es enorme —le contradijo ella.
—Entonces, hemos encontrado una especie nueva.
—No te rías.
—No me río le aseguró Elias, que acercó la mano al agua, pero no tocó al animal.
—¿Ves cómo se esconde debajo de las algas?
Julie asintió.
—¿Por qué?
—Porque nosotros somos muy grandes.
—¿Tiene miedo?
—Probablemente.
—Pero no le vamos a hacer nada —dijo la niña.
—Ya, pero él no lo sabe.
—Entonces será mejor que nos alejemos un poco.
Al instante, retrocedió sobre las rodillas y el cangrejo salió de nuevo.
—¿Ves? —dijo Elias.
—Ahora ya sabe que somos buenos.
—No exactamente. Solo sabe que estamos más lejos y que tendría tiempo de ocultarse si decidimos acercarnos.
Camille tuvo que contener una sonrisa.
—Eres muy preciso hablando con una niña de cinco años. Y tienes mucha paciencia, gracias —añadió.
Elias levantó la vista.
—Hace preguntas inteligentes, se merece respuestas precisas —respondió.
—Son cangrejos.
—Eso es lo de menos.
Julie siguió observando la poza.
—¿Dónde viven? —quiso saber en ese momento.
—Aquí mismo.
—Ya lo sé. Pero ¿dónde está su casa?
Elias señaló el caparazón.
—En cierto modo, la llevan encima.
Julie se quedó quieta.
—¿Como los caracoles?
—Parecido, sí.
—Entonces, nunca tienen que mudarse.
La frase cayó sobre Camille con una ligereza absoluta, pero sintió que algo se detenía dentro de ella.
Nunca tienen que mudarse.
Julie no había pensado en Lyon. Probablemente tampoco en la habitación de Annette ni en las cajas que aún permanecían sin deshacer. Solo estaba comparando un cangrejo con un caracol. No había intención detrás de sus palabras.
Precisamente por eso le dolieron más.
Camille volvió la vista hacia el mar.
Durante semanas había intentado presentar aquel traslado como una aventura temporal, una decisión que no necesitaba explicarse todavía.
Julie había aceptado la habitación nueva, calles nuevas y una escuela nueva con una capacidad de adaptación que Camille admiraba y temía a la vez.
Pero había preguntas que seguían apareciendo: cuándo volverían, dónde estaban sus juguetes, si Paul sabía dónde vivían.
Los cangrejos llevaban la casa encima.
Ellas no.
Elias no dijo nada. Camille agradeció que no intentara llenar el silencio ni interpretar la frase. Se limitó a mirar cómo Julie colocaba una pequeña piedra junto a la poza para señalar el lugar donde había visto al animal.
—Así sabremos dónde está cuando volvamos —explicó.
—Puede que se mueva —dijo Elias.
La niña frunció el ceño un instante.
—Entonces, volveremos a buscarlo.
—No puedes dejar piedras para marcar todos los cangrejos de Bretaña —le dijo Camille.
—Solo este —prometió ella al instante.
—¿Qué tiene este de especial?
Julie se encogió de hombros.
—Es el primero.
Elias se levantó y se sacudió la arena de las rodillas.
—Los primeros suelen tener ventaja.
—¿Por qué?
—Porque los recuerdas.
Julie consideró la explicación y decidió que era válida.
Siguieron recorriendo las pozas. Elias no se unió a ellas de manera formal ni preguntó si podía quedarse.
Simplemente caminó en la misma dirección durante un rato, señalando alguna criatura cuando la veía y dejando que Julie hiciera la mayoría de los descubrimientos.
Camille empezó a notar que no se acercaba demasiado a ella.
Había interiorizado la distancia aprendida en el restaurante sin convertirla en un gesto evidente.
No parecía pensar en ello.
Eso era precisamente lo que empezaba a darle calma.
Llegaron a una zona donde las rocas eran más grandes y el agua permanecía atrapada en huecos profundos. Julie avanzó hacia una de ellas.
—Hasta ahí —dijo Camille.
La niña se detuvo.
—Pero hay otra poza —protestó.
—La veo, pero esa roca resbala.
—Puedo ir despacio.
—No —zanjó Camille.
Julie hizo una mueca.
—Mamá…
—He dicho que no.
La frustración apareció enseguida en su rostro.
—Nunca me dejas hacer nada —lloriqueó.
A Camille la recorrió la punzada habitual, la necesidad de revisar si estaba exagerando.