14
Camille
Kerlann. Julio
Le había prometido a Julie que irían a la playa el primer día libre que coincidiera con una mañana sin lluvia, y la niña llevaba casi una semana recordándoselo con la precisión de quien considera que una promesa debe cumplirse en cuanto el tiempo deja de ofrecer excusas.
El sábado amaneció con un cielo cubierto pero luminoso, y una luz suave que se extendía sobre los tejados sin terminar de convertirse en sol.
No hacía calor, aunque tampoco soplaba el viento de los días anteriores, y desde la ventana de la habitación podían verse las aguas del puerto relativamente tranquilas.
Julie apareció junto a la cama de su madre antes de las ocho, ya vestida con un pantalón corto, una camiseta y las sandalias que Camille había dejado preparadas la noche anterior.
—No llueve —dijo en el oído de su madre.
Camille abrió los ojos.
—Buenos días.
—Buenos días. No llueve —repitió.
—Eso ya lo he oído.
Julie corrió hasta la ventana para comprobarlo una vez más, como si el cielo pudiera cambiar mientras hablaban.
—Podemos ir.
Camille se incorporó y miró la hora. Durante años había trabajado a turnos en el hospital y estaba acostumbrada a despertarse temprano incluso cuando podía dormir más, pero desde que habían llegado a Kerlann el sueño tenía una estructura distinta.
Había noches mejores y otras en las que volvía a despertarse tres o cuatro veces, convencida de haber oído un coche detenerse bajo la ventana o unos pasos en la escalera.
Aun así, había empezado a reconocer algo parecido al descanso.
Ya no dormía con la ropa preparada sobre una silla por si necesitaban marcharse deprisa, y hacía varios días que la carpeta azul permanecía guardada en el cajón de la mesilla en lugar de bajo la almohada.
—Primero vamos a desayunar, ¿de acuerdo? —dijo.
—Podemos desayunar en la playa.
—Desayunaremos aquí.
—Mamá, porfi , podemos llevar pan con mantequilla y…
—Julie.
La niña la miró con una seriedad exagerada.
—Solo era una idea.
Camille sonrió y se levantó.
Prepararon leche, pan tostado y fruta. Julie comió deprisa mientras hablaba de los lugares exactos donde Maëlle aseguraba que podían encontrarse cangrejos, estrellas de mar y, según una versión cada vez menos creíble de la historia, un pulpo que vivía debajo de una roca y reconocía a los niños del pueblo.
Camille había aprendido a no discutir demasiado pronto las afirmaciones de Maëlle.
Algunas terminaban siendo ciertas y otras proporcionaban suficiente entretenimiento como para no necesitar una corrección inmediata.
—No metemos las manos debajo de ninguna roca sin mirar primero —dijo mientras guardaba una botella de agua en una mochila.
—Maëlle mete las manos.
—Maëlle no es hija mía.
—Pero su madre la deja.
—Pero la tuya no.
Julie pensó un momento.
—¿Tú tienes miedo de los cangrejos?
—No.
—Entonces ¿por qué no puedo tocarlos?
—Porque pueden pellizcarte.
—Eso significa que les tienes miedo.
—Significa que prefiero que conserves todos los dedos.
La respuesta la hizo reír. Camille cerró la mochila y comprobó que llevaba protector solar, una toalla, una camiseta seca para Julie, agua y unas galletas.
Añadió el teléfono en el último momento, aunque en realidad no lo necesitaban para nada.
Desde que había empezado a trabajar en el restaurante lo llevaba siempre encima, incluso en sus días libres, como si separarse de él pudiera impedirle saber algo importante.
Bajaron a la tienda para despedirse de Annette. La mujer estaba colocando melocotones en una cesta junto a la entrada y miró la mochila de Camille.
—¿Playa?
—Rocas —respondió Julie—. Vamos a buscar cangrejos.
—Entonces esperad a que baje un poco más la marea. Ahora algunas pozas siguen cubiertas.
Camille miró hacia el puerto.
—¿Es peligroso?
Annette negó con la cabeza.
—No si no os metéis hacia el extremo. Pero la marea aquí sube más deprisa de lo que parece. Mira de vez en cuando hacia dónde dejaste las cosas.
Camille asintió. Era exactamente el tipo de advertencia que su mente estaba preparada para recibir: concreta, comprensible, susceptible de convertirse en una regla.
Julie, en cambio, señaló los melocotones.
—¿Podemos llevarnos uno?
—Si tu madre quiere pagármelo.
—Claro que voy a pagártelo —se apresuró a decir Camille.
Annette levantó las manos.
—No he dicho lo contrario.
La mujer había aprendido que regalar comida a Camille exigía cierta estrategia.
Algunas veces le daba las cosas a Julie y otras las presentaba como restos que no podían venderse al día siguiente, igual que hacían Marie y Alain en el restaurante.
Camille sabía que parte de aquello era un juego y había dejado de resistirse a todas las pequeñas concesiones, aunque pagar aquel melocotón le pareció una forma razonable de conservar el equilibrio.
Salieron de la tienda y caminaron hacia la playa por el sendero que Camille ya conocía.
A esa hora, el pueblo estaba más tranquilo que durante los días laborables, aunque empezaban a aparecer turistas cerca del puerto.
Una pareja consultaba un mapa delante de la librería y varios niños corrían por la plaza con cubos de plástico y redes pequeñas para pescar en las pozas. Julie los miró con interés.
—Nosotras no tenemos red.
—No necesitamos una.
—Pero ellos sí tienen.
—Eso no significa que nosotras debamos tener una.
—Podríamos comprarla.
—Y también podríamos no hacerlo.
Julie suspiró con la paciencia de quien debe convivir con una adulta poco razonable.
La playa se abrió ante ellas después de los últimos escalones.
La marea había retrocedido mucho desde la primera vez que Camille estuvo allí sola, dejando al descubierto una extensión de arena húmeda y rocas cubiertas de algas.
El agua quedaba varios metros más lejos y, entre las piedras, pequeñas pozas reflejaban el cielo como espejos irregulares.
Había algunas familias dispersas, pero la playa conservaba una sensación de amplitud que no tenía en los días de mayor calor.
Julie bajó los escalones casi corriendo.
—Despacio.
La niña redujo el paso solo lo suficiente para poder afirmar que estaba obedeciendo. En cuanto pisó la arena, se quitó las sandalias y las dejó junto a la mochila.
Camille abrió la boca para recordarle que no caminara descalza entre las rocas, pero se detuvo. La arena estaba limpia y, mientras no llegara a la zona más pedregosa, no había peligro. Julie ya avanzaba hacia una poza, hundiendo los dedos de los pies en la superficie húmeda.
Camille extendió la toalla sobre la arena y dejó la mochila encima. Después miró hacia la línea del agua, calculando de manera automática la distancia.
La advertencia de Annette se instaló en su cabeza: vigila dónde dejas las cosas.
Julie regresó antes de que transcurriera un minuto.
—Ven —le pidió a su madre, con visible excitación.
—Acabo de sentarme.
—¡He encontrado algo!
—¿Qué?
—No lo sé. Por eso tienes que venir.
Camille se levantó y siguió a su hija hasta una poza poco profunda rodeada de piedras negras. Julie se agachó y señaló el fondo. Entre las algas se movía una criatura diminuta, casi transparente.
—Es una gamba —dijo Camille.
—¿Seguro?
—Creo que sí.
—Maëlle dice que hay bebés de langosta.
—Maëlle tiene una imaginación excelente.
—Pero puede serlo, ¿no? Un bebé de langosta.
—Puede ser, claro.
Julie pareció satisfecha de haber obtenido aquella posibilidad.
Pasaron casi media hora recorriendo las primeras pozas.
Camille no sabía demasiado sobre las criaturas que encontraban, pero Julie tampoco parecía necesitar respuestas exactas.
Había caracoles, pequeñas anémonas, conchas vacías y peces diminutos que desaparecían bajo una piedra en cuanto una sombra se acercaba.
La niña se arrodillaba junto a cada descubrimiento con una concentración absoluta, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Camille terminó agachándose a su lado.
—Mira este.
Julie señaló una piedra pequeña que parecía moverse.
Camille tardó unos segundos en comprender que debajo había un cangrejo. Apenas se veía el caparazón entre las algas.
—Creo que hemos encontrado uno.
—¿Dónde? —preguntó la niña, acercando tanto la cara al agua que casi se mojó la punta de la nariz.
—Ahí.
Julie acercó la cara hasta casi tocar el agua.
—No lo veo.
El cangrejo salió de debajo de la piedra y avanzó lateralmente unos centímetros.
Julie se incorporó de golpe.
—¡Mamá!
—Lo estoy viendo.
—¡Es enorme! —gritó, aunque era poco mayor que una moneda.
—Gigantesco —coincidió su madre.
—¿Puedo cogerlo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos si quiere que lo cojas.
—Los cangrejos no hablan.
—Precisamente.
Julie observó al animal con expresión pensativa.
—Entonces, es imposible saber lo que quieren…
—Puedes pensar en lo que te gustaría a ti y en lo que no —le propuso.
La niña pensó durante un par de minutos, sin perder de vista al cangrejo, que había vuelto a detenerse en el fondo de la poza.
—A mí no me gustaría que alguien me cogiera y me sacara del agua —sentenció por fin.
Camille sonrió.
La niña empezó a seguir al cangrejo por el borde de la poza con su madre siempre cerca, pero no tanto como habría hecho semanas atrás.
Desde allí podía vigilarla sin agobiarla.
El cambio era pequeño, quizá insignificante para cualquiera que las observara, pero lo notó en el momento en que Julie se alejó varios metros hacia otra roca y ella no la llamó de inmediato.
Todavía podía verla, y eso bastaba.
—Seguro que ahí hay otro —anunció una voz masculina que llegó desde el otro lado de las rocas.
Camille se volvió.
Elias bajaba por el sendero con una chaqueta ligera abierta sobre una camiseta y las manos metidas en los bolsillos. No llevaba mochila ni parecía preparado para pasar la mañana en la playa. Debía de estar simplemente paseando, como tantas personas del pueblo hacían cuando el tiempo lo permitía.
Julie levantó una mano.
—¡Elias!
Él se acercó sin acelerar el paso.
—Buenos días.
Camille se puso en pie.
—Hola.