13 #2
Alain sostuvo su mirada un instante y después continuó caminando.
No dijo nada más.
Elias lo agradeció.
Entraron en el almacén y dejaron la caja junto a las demás. Cuando se incorporó, escuchó otra vez el motor del puerto. Esta vez fue exactamente lo que era: una embarcación alejándose.
El recuerdo se retiró con la misma rapidez con que había aparecido, dejando detrás una sensación física difícil de nombrar. No era miedo, y tampoco culpa exactamente. Era algo parecido a la preparación para un peligro que ya había ocurrido.
Elias permaneció unos segundos ajustando cajas que no necesitaban ser ajustadas.
Sabía que su padre seguía allí, pero Alain fingió revisar el inventario hasta que ambos estuvieron preparados para salir.
Aquella forma de estar cerca sin obligarlo a hablar le recordó, de manera inesperada, a Camille, y la comparación lo incomodó.
Desde luego, no había nada romántico en su pensamiento. Apenas conocía a aquella mujer y, cuando pensaba en ella, no imaginaba un cuerpo ni una relación. Pensaba en preguntas.
Por qué había llegado a Kerlann.
Por qué parecía descansar únicamente cuando estaba ocupada.
Por qué Julie hablaba con naturalidad de Lyon, pero nunca de su padre.
Por qué Camille observaba determinadas cosas con una atención que no correspondía a una persona que simplemente empezaba de nuevo.
Volvieron a la cocina. El restaurante estaba a punto de entrar en el servicio del mediodía y las preguntas quedaron enterradas bajo las comandas.
Durante casi tres horas no hubo espacio para otra cosa.
Camille y Elias trabajaron juntos en la terraza.
A esas alturas habían aprendido a no obstaculizarse.
Ella sabía cuándo él iba hacia la cocina por la dirección de la bandeja; él distinguía por la expresión de Camille si una mesa estaba esperando algo o simplemente quería conversar.
En un momento particularmente complicado, un grupo de turistas pidió dividir una cuenta en siete pagos distintos mientras otra mesa reclamaba pan y Alain llamaba a Camille desde la cocina.
—Yo hago la cuenta —se ofreció Elias.
—No sabes qué ha tomado cada uno.
—Lo descubriré, puedo preguntarles.
Le guiñó un ojo y ella lo miró un instante.
Elias pensó por un momento que la había incomodado, pero en lugar de eso, sonrió y dijo:
—Todo tuyo, vaquero.
Le alegró comprobar que Camille ya no medía cada respuesta en su presencia.
Al menos no todas. Había momentos en que respondía sin revisar primero el tono, y en esos momentos aparecía una mujer distinta de la que había conocido el primer día: irónica, rápida, capaz de reírse y también de señalar un error sin disculparse después.
Elias empezaba a preferir aquella versión.
La idea apareció con tanta naturalidad que tardó en darse cuenta de que la había tenido, pero se dijo que no significaba nada, o no tenía por qué significarlo.
Después del servicio, Camille salió a recoger la terraza y Elias entró en la cocina para ayudar a Alain con las últimas preparaciones. Marie estaba sentada por primera vez en toda la jornada, revisando el libro de reservas con las gafas al borde de la nariz.
—Camille parece cansada —le dijo Elias mientras colocaba una bandeja en el fregadero.
Marie no levantó la vista.
—Tú también.
—No hablo de mí —protestó él.
—Ese es uno de tus defectos —replicó su madre.
Elias dejó la bandeja.
—¿Te ha comentado si duerme bien?
Marie pasó una página.
—No me ha dicho nada.
—Trabaja demasiado.
—Todos lo hacemos, es verano.
—Mamá…
—Elias…
Reconoció el tono. Marie sabía perfectamente hacia dónde se dirigía la conversación y no pensaba facilitarle el camino.
—Solo he preguntado.
—Has preguntado tres cosas en menos de un minuto.
—Y me has respondido con evasivas.
Marie cerró el libro y se quitó las gafas.
—Llegó a finales de mayo con Julie. Necesitaba una habitación, la encontró en casa de Annette y pocos días después entró aquí preguntando si había trabajo. Eso es todo lo que sé.
—No es verdad…
—Es todo lo que me corresponde contarte.
Elias apoyó las manos sobre la encimera.
—No estoy intentando entrometerme.
—Todavía no. Te conozco…
Su madre lo miró con las cejas levantadas.
—¿Por qué todo el mundo dice eso? No es cierto.
—Porque te conocemos.
—¿Tiene familia? —preguntó Elias.
Marie lo miró con paciencia.
—Seguramente —respondió—, todo el mundo la tiene, ¿no?
—No la he oído hablar de ellos.
—Tú tampoco hablas demasiado de nosotros cuando estás en la base. De hecho, cuando fuimos a verte había gente que pensaba que eras huérfano.
—No es lo mismo.
—Para ti nunca lo es, pero lo es.
Elias dejó escapar un sonoro suspiro.
—Julie tampoco menciona al padre.
La expresión de Marie cambió apenas.
—No —dijo simplemente. No le estaba poniendo las cosas fáciles.
—¿Sabes por qué?
—No —repitió.
Era posible que dijera la verdad, aunque también era posible que supiera más y hubiera decidido protegerla.
—¿No te preocupa? —insistió Elias.
Marie dejó las gafas sobre la mesa.
—Me preocuparía más que alguien hubiera llegado a mi restaurante pidiendo ayuda y yo hubiera convertido esa ayuda en un interrogatorio.
—No quiero interrogarla.
—Entonces, no lo hagas. Acepta lo que sabes, que es lo que ella quiere contar, y punto.
—Elias guardó silencio y su madre le sostuvo la mirada con serenidad—.
Hay personas a las que se les pregunta de dónde vienen y a dónde van —dijo a continuación—.
Y hay otras a las que se les deja llegar primero.
Si un día Camille quiere contarnos por qué está aquí, lo hará. Hasta entonces, sabemos suficiente.
—¿Qué sabemos?
Marie miró hacia la terraza. Camille recogía una mesa mientras Julie, que acababa de llegar, dibujaba sentada junto a la ventana.
—Que trabaja, que cuida de su hija y que parece necesitar un poco de tranquilidad. No veo qué más hace falta saber para contratarla.
Elias siguió la dirección de su mirada.
—Nada.
—Entonces estamos de acuerdo.
Marie volvió a ponerse las gafas y Alain apareció junto a ella.
—Tu madre tiene razón —dijo.
Ella levantó la cabeza.
—¿Puedes repetirlo? —pidió.
—No.
—Por favor, tengo que grabarlo —suplicó.
Elias sonrió y se marchó.
Camille estaba terminando la última mesa de la terraza. Julie había abandonado el dibujo y miraba los barcos desde la ventana, apoyada sobre los codos. Elias se acercó a ella.
—¿Qué estás vigilando?
—A esa gaviota.
—¿Qué ha hecho?
—Ha robado pan —le contó sin apartar la mirada de la ventana.
—Es bastante habitual —le explicó Elias.
Julie negó con la cabeza.
—Esta es la misma de ayer.
Elias miró hacia el puerto. Había al menos una docena de gaviotas alrededor de las terrazas.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó.
—Tiene una mancha gris.
Julie extendió la mano y señaló al grupo de aves.
—Todas tienen manchas —le hizo ver él.
—Ya, pero no son iguales.
Julie lo miró como si acabara de descubrir una grave limitación en su capacidad de observación.
—Tú sabes de aviones, yo de gaviotas.
Elias aceptó la lógica.
—Entonces confío en ti —dijo sonriendo.
Camille entró en ese momento con una bandeja vacía.
—Ese es tu primer error —le dijo.
—¿En realidad no distingue las gaviotas? —preguntó divertido.
—Oh, sí lo hace, e incluso les pone nombre.
—Lo tienen —aseguró la niña, y señaló hacia el puerto—. Esa es Margot.
—¿Y aquella?
—Pierre.
—Pierre parece hembra.
—No le importa —intervino su madre.
Elias miró a Camille.
—No puedo discutir eso.
—Ya has aprendido algo.
Ella dejó la bandeja sobre la barra. El cansancio volvía a aparecer en su rostro, más visible ahora que el trabajo había disminuido. Había una sombra bajo los ojos y el pelo empezaba a soltarse de la coleta.
—¿Os vais? —preguntó.
—En cuanto recoja esto.
—Puedo terminar yo, tranquila.
Camille negó.
—Ya has hecho suficiente.
Elias estuvo a punto de responder que ella también, pero se detuvo. No quería convertir cada gesto en una discusión sobre quién podía cargar más peso.
—Entonces me sentaré y supervisaré —dijo.
—Eso parece muy militar.
—Es una habilidad profesional.
Camille sonrió.
—Seguro.
Terminó de ordenar la barra mientras Julie guardaba los lápices. Elias se sentó en uno de los taburetes y dejó que ellas acabaran sin ofrecer su ayuda otra vez.
Cuando salieron, el sol estaba bajo sobre el puerto.
Julie caminaba delante, saltando sobre las líneas del pavimento.
Camille llevaba la mochila de la niña en un hombro y una bolsa de papel que Marie le había dado en la mano.
Se detuvo una vez para decirle algo a Julie y la niña regresó unos pasos hasta cogerla de la mano.
Elias las observó desde la puerta.
La imagen no tenía nada extraordinario. Una madre y una niña volviendo a casa después de un día cualquiera. Podía haberla visto cientos de veces en Kerlann sin prestar atención.
Sin embargo, permaneció allí.
Quizá porque Camille parecía distinta cuando estaba con Julie. Su cuerpo se mantenía alerta, pero la dureza desaparecía en algunos gestos: al apartarle el pelo del rostro, al escuchar una explicación demasiado larga, al dejar que la niña tirara de ella hacia un escaparate.
Quizá porque, después de la conversación con Marie, sabía menos que antes y aquello aumentaba su curiosidad en lugar de disminuirla.
O quizá simplemente porque empezaba a acostumbrarse a verlas allí.
Camille y Julie doblaron la esquina y desaparecieron.
Elias siguió mirando la calle vacía durante un segundo más.
Después, regresó al restaurante.
Alain tenía preparada una caja de botellas junto a la puerta.
—Al almacén —dijo.
Elias la levantó.
—Sabía que encontrarías algo que hacer —se quejó.
—Siempre hay algo.
Y volvió al trabajo.