Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 13
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Elias

Kerlann. Primeros de julio

Llevaba poco más de una semana en Kerlann cuando comprendió que Camille trabajaba como si cada jornada pudiera ser la última.

No era algo evidente. Ningún cliente habría reparado en ello y probablemente Marie tampoco lo habría formulado de aquella manera, aunque observaba a la gente mejor que casi nadie.

Camille llegaba siempre a la hora, nunca demasiado pronto desde que su madre había empezado a impedírselo, conocía ya la distribución del comedor y apenas necesitaba consultar la libreta que todavía guardaba en el bolsillo del delantal.

Sabía cuándo Yann iba a pedir otra taza antes de que levantara la mano, guardaba la mesa junto a la pared para Solène si no había reservas y había aprendido a reconocer por la manera en que Alain colocaba un plato en la zona de pase si estaba satisfecho con el resultado o prefería que saliera cuanto antes para dejar de verlo.

Todo aquello podía explicarse simplemente porque era buena en su trabajo.

Lo que llamaba la atención de Elias era el esfuerzo que parecía haber detrás.

Camille rara vez se detenía sin una tarea entre las manos.

Cuando no había mesas que atender, comprobaba reservas, rellenaba las jarras, doblaba servilletas o limpiaba la barra.

Si Marie le decía que descansara, encontraba algo que podía hacerse sentada.

Si Alain afirmaba que el almacén estaba ordenado, ella descubría una caja cuya etiqueta podía leerse mejor desde otro ángulo.

No parecía querer impresionar a nadie. Al contrario, casi siempre evitaba llamar la atención.

Simplemente, actuaba como si su derecho a estar allí dependiera de no convertirse nunca en un problema.

Elias empezó a advertirlo porque trabajar junto a ella lo obligaba a ajustar su propio ritmo.

Aquella mañana había llegado al restaurante poco después de las siete.

Alain ya estaba en la cocina y Marie preparaba la cafetera mientras consultaba en una hoja las reservas del día.

Camille apareció diez minutos más tarde, dejó el bolso bajo la barra y se puso el delantal antes de quitarse siquiera la chaqueta.

—Buenos días —la saludó Marie.

—Buenos días. Voy a dejar la chaqueta, ahora mismo vuelvo.

Elias estaba colocando una caja de botellas en el estante inferior de la barra.

Cuando ella regresó, le dejó espacio para pasar.

Desde el incidente ocurrido días atrás, ambos habían encontrado una manera de moverse cerca sin convertir la distancia en algo visible.

Él anunciaba algunos movimientos si el paso era estrecho.

Camille ya no se apartaba cada vez que sus trayectorias coincidían. Ninguno había vuelto a mencionarlo.

—¿Necesitas ayuda con eso? —preguntó ella.

—No.

Camille observó la caja.

—Pesa bastante.

—Por eso está en el suelo.

—Puedo sacar las botellas.

—También puedo hacerlo yo.

Ella se quedó en silencio un instante y Elias comprendió que la respuesta había sonado más seca de lo que pretendía.

—Si quieres ayudar —añadió—, puedes decirme dónde guarda ahora Marie los vasos de sidra. Ayer estaban junto a la ventana.

—Siguen allí.

—Entonces, mi madre me ha hecho moverlos dos veces para acabar dejándolos en el mismo sitio.

Marie levantó la cabeza desde la cafetera.

—Tenía que limpiarlos.

—Estaban limpios.

—Ahora están más limpios —matizó ella.

Camille soltó una risa breve mientras sacaba una bandeja.

—No te metas —le advirtió Elias—. Tú todavía tienes la oportunidad de escapar.

La expresión cambió apenas en el rostro de ella.

Fue tan rápido que podría haberlo imaginado.

La sonrisa permaneció, pero algo se retiró detrás. Elias sintió inmediatamente que había elegido una palabra equivocada sin saber por qué.

—Quiero decir del restaurante —aclaró, antes de que la frase adquiriera más importancia de la que tenía—. Después del verano todavía puedes fingir que no nos conoces.

Camille bajó la vista hacia la bandeja.

—Creo que ya es tarde.

Marie intervino desde la barra.

—Completamente. Madame Riou ya sabe dónde vives.

—Todo Kerlann sabe dónde vive —intervino Alain desde la cocina.

Camille volvió la cabeza hacia la puerta abierta.

—Eso no es tranquilizador, Alain.

Hubo humor en el tono, pero Elias percibió que la frase contenía una parte seria.

El silencio duró apenas lo necesario para que Elias percibiera que había algo debajo de aquella conversación, pero que nadie tenía intención de insistir.

Marie terminó de preparar el café, Alain regresó a los fogones y Camille cogió las jarras de agua y salió a la terraza mientras Elias seguía colocando las botellas.

No preguntó, pero la curiosidad por esa mujer empezó a ocupar un lugar más concreto.

Hasta entonces había asumido que Camille había llegado a Kerlann después de una separación difícil o simplemente huyendo de una vida que ya no deseaba.

Marie le había contado poco y él no tenía motivos para pedir más explicaciones.

Ahora, sin embargo, algunos detalles empezaban a encajar de una forma que no sabía si era real o fruto de su tendencia profesional a identificar patrones donde quizá solo había coincidencias.

La manera en que comprobaba las salidas.

El sobresalto ante determinados sonidos.

La reacción al contacto inesperado.

El modo en que el humor podía desaparecer de su rostro si alguien decía saber dónde vivía.

Nada de aquello demostraba nada, y Elias sabía mejor que la mayoría lo peligroso que resultaba convertir una intuición en un hecho.

Durante el desayuno apenas tuvo tiempo para seguir pensándolo.

Llegaron los habituales, después una pareja de excursionistas que quería conocer el camino hacia los acantilados y un grupo de seis ciclistas que ocupó media terraza y pidió agua antes de decidir si desayunaría.

Camille se movía entre las mesas con la facilidad adquirida en pocas semanas, aunque todavía conservaba algunas costumbres que Elias encontraba extrañas: llevaba siempre el teléfono encima, aun cuando nunca parecía recibir llamadas; sabía cuántas personas había en el comedor sin mirar directamente y evitaba ponerse de espaldas a la puerta durante demasiado tiempo.

Él empezó a fijarse también en otra cosa.

Parecía cansada.

No el cansancio corriente del trabajo. Había mañanas en que llegaba con la piel demasiado pálida bajo los ojos y una lentitud apenas perceptible al comienzo del turno, como si hubiera pasado la noche despierta y necesitara unos minutos para convencer al cuerpo de que podía funcionar.

Después empezaba el servicio y esa fatiga desaparecía.

Se volvía eficiente, rápida, casi incansable.

Solo cuando el comedor se quedaba vacío reaparecía el agotamiento.

A media mañana, Camille se inclinó sobre una mesa para recoger unas tazas y se quedó quieta una fracción de segundo antes de incorporarse. Su mano buscó el borde de la silla.

Elias lo vio desde la barra y Marie también.

—¿Has desayunado? —preguntó.

Camille enderezó la espalda.

—Sí —respondió.

Marie la observó un largo segundo.

—Eso ha sonado falso —sentenció por fin.

—He tomado un café —reconoció Camille.

—Eso no es desayunar.

Camille miró hacia Elias, quizá buscando una manera de escapar de la conversación.

Él levantó ambas manos.

—No pienso intervenir. Yo cometí el error de decirle a mi madre que un bocadillo era comida y todavía me lo echa en cara.

—Porque no era comida —respondió Marie—, igual que un café no es un desayuno.

Camille sonrió, pero Marie ya estaba colocando un plato pequeño sobre la barra. Luego puso pan tostado, mantequilla y unas rodajas de manzana.

—Tienes cinco minutos libres para desayunar —le dijo.

—Hay tres mesas fuera.

—Elias está aquí, él se ocupará.

Camille volvió a mirarlo.

—Puedo atenderlas —dijo él.

—No hace falta.

—No he dicho que haga falta.

La frase provocó una pausa breve. Elias se dio cuenta de que había utilizado casi las mismas palabras que Marie y vio cómo una expresión de resignación aparecía en Camille.

—Os parecéis demasiado —murmuró.

—Yo soy más agradable —respondió Elias.

—Eso lo decidiré yo —le cortó Marie.

Camille terminó sentándose.

No parecía cómoda descansando mientras otros trabajaban.

Comió deprisa, con la vista saltando hacia la terraza cada vez que alguien levantaba una mano.

Elias se ocupó de las mesas sin ningún problema.

Llevó dos cafés, cobró una cuenta y explicó a una pareja que el sendero hacia el faro estaba embarrado después de la lluvia de la noche anterior.

Cuando regresó, Camille apenas había terminado la mitad del desayuno, pero se puso de pie y recogió la mesa.

Volvió al trabajo y Elias dejó que lo hiciera sin decir nada más. No tenía ningún derecho a decidir cuándo debía descansar.

Esa idea le resultó tan obvia que no pensó más en ella hasta un rato después, cuando comprendió que precisamente aquella forma de respetar las decisiones de Camille parecía importar más de lo habitual.

El puerto estaba especialmente ruidoso aquel día. Había llegado una embarcación más grande de lo habitual y varios vehículos de carga ocupaban parte del muelle. Cerca del mediodía, mientras Elias ayudaba a Alain a descargar unas cajas, un motor aceleró de forma brusca al otro lado de la calle.

El sonido atravesó el puerto con una frecuencia aguda, breve, seguida de un cambio de tono.

Elias dejó de mover la caja.

No era un avión, lo sabía, sino el motor de una embarcación maniobrando demasiado cerca del muelle.

Sin embargo, durante un instante el ruido se transformó en otro. No necesitó cerrar los ojos para escucharlo. El tono creciente de una turbina. Una alarma breve. La voz de Antoine en la radio, cortada por las interferencias.

—Elias.

Alain estaba frente a él, sujetando el otro lado de la caja.

—¿Qué?

—Te he preguntado dónde la quieres.

Elias miró las botellas que sostenían entre ambos.

—En el almacén —dijo por fin.

Su padre no se movió inmediatamente.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Elias soltó el aire que retenía y sonrió.

—Estoy bien.