Quédate conmigo (Saga Blackbird 6) 12 #2
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Durante el resto del servicio, Elias mantuvo con Camille más distancia de la habitual.

Al principio creyó que evitaba trabajar con ella por incomodidad.

Cuando se cruzaban en el paso estrecho, él esperaba junto a la barra hasta que Camille hubiera salido.

Si necesitaba coger algo de una balda a su espalda, anunciaba el movimiento antes de acercarse.

—Voy a abrir el cajón.

—Paso por tu derecha.

—Dejo esto detrás de ti.

Las frases podían parecer indicaciones nacidas del ruido y de la falta de espacio, pero no las había utilizado así los días anteriores.

Camille empezó a advertir que no había cambiado su actitud hacia ella, solo la manera de ocupar el mismo espacio.

Seguía preguntando si necesitaba ayuda, respondiendo a las comandas y dejando los platos en la mesa de pase.

No estaba ofendido. Tampoco parecía esperar que ella reconociera el gesto.

Simplemente había comprendido que el contacto la había incomodado y había ajustado su comportamiento sin preguntarle por qué, sin exigir que le asegurara que no era culpa suya y sin convertir ese hecho en una conversación que ella no estaba preparada para mantener.

Cuando el comedor quedó vacío, Camille recogió la mesa larga mientras Elias desmontaba una de las sombrillas de la terraza.

El grupo de doce personas había dejado varios vasos a medio terminar, había servilletas debajo de las sillas y una cantidad inexplicable de pan desmenuzado sobre el mantel.

Ella apiló los platos y trató de concentrarse en la tarea, pero terminó mirando hacia él.

Elias trabajaba de espaldas, arreglando una de las sombrillas de la terraza.

Llevaba las mangas de la camisa remangadas y una pequeña mancha de grasa cerca del codo.

No se parecía al príncipe piloto del dibujo de Julie ni al hombre al que medio pueblo había recibido como si regresara de una expedición.

Parecía uno más de los trabajadores del restaurante, cansado después de varias horas de servicio.

Camille tomó la bandeja y entró.

Al llegar a la puerta, Elias se apartó antes de que ella tuviera que pedirlo. Dejó casi un metro entre ambos.

—Puedes pasar.

Camille se detuvo.

—No hace falta que te apartes tanto.

Él levantó la vista, la miró y no fingió no comprender.

—De acuerdo —aceptó con una sonrisa rápida.

La respuesta fue sencilla, pero no regresó inmediatamente a la posición anterior. Esperó a que Camille cruzara y después continuó con lo que estaba haciendo.

Ella dejó la bandeja en la cocina y volvió a salir.

—No quería decir… —empezó.

Elias dejó la herramienta sobre una mesa y la miró en silencio, esperando que continuara hablando.

Camille sintió el impulso de retirarse. No había pensado qué quería explicarle exactamente.

Que no le tenía miedo. Que el problema no era él.

Que su reacción no guardaba relación con la forma en que la había tocado, sino con otras manos, otros momentos y un cuerpo que todavía vivía en Lyon aunque ella hubiera cruzado Francia para escapar.

—No tienes que decir nada —dijo Elias.

La frase no sonó como una concesión generosa. Solo como un límite que él mismo estaba dispuesto a respetar.

Camille bajó la mirada hacia los platos vacíos.

—Sé que intentabas ayudarme, me aparté por reflejo.

Elias asintió.

—Lo sé.

No preguntó de qué reflejo se trataba ni quién se lo había enseñado.

—No me gusta que la gente crea que soy…

Se detuvo. No sabía qué palabra elegir. ¿Difícil? ¿Inestable? ¿Exagerada? Todas pertenecían a Paul.

—No creo nada —respondió Elias—. Solo vi que te incomodó e intento que no vuelva a suceder.

Camille levantó los ojos.

—¿Y por eso ahora anuncias cada vez que vas a abrir un cajón?

Una sonrisa leve apareció en su rostro.

—La cocina es pequeña.

—No lo hacías antes.

—Antes no sabía que podía molestarte.

Aquella honestidad la desarmó más que cualquier negación.

—No siempre me molesta.

—Entonces ya me lo harás saber.

No dijo que tendría que acostumbrarse ni que él jamás le haría daño. No prometió una seguridad que aún no podía ofrecer. Dejó la decisión en manos de Camille y recogió la herramienta.

—La sombrilla está arreglada —añadió—. Alain tendrá que encontrar otra cosa de la que quejarse mañana.

Elias volvió a la terraza. La conversación había terminado sin que Camille sintiera que había escapado de ella. Durante unos segundos permaneció quieta, observando la puerta por la que él acababa de salir.

Marie apareció detrás de la barra con una caja de manteles.

—¿Vas a quedarte ahí toda la tarde?

Camille tomó la caja antes de que pudiera dejarla.

—La bajo al almacén —se ofreció.

Al bajar las escaleras, Camille intentó ordenar lo ocurrido. Elias había reparado en su miedo y no lo había utilizado para acercarse ni para demostrar que era diferente. No había esperado gratitud. Ni siquiera parecía considerar que hubiera hecho algo digno de ella.

Había prestado atención.

Solo eso.

Y, sin embargo, para Camille resultaba difícil imaginar una forma de cuidado más extraña.

Al final de la jornada, Julie apareció acompañada por Maëlle y la madre de la niña.

Ambas llevaban restos de arena en los zapatos y una colección de piedras dentro de los bolsillos.

La madre de Maëlle explicó que las había recogido de la escuela y que Julie había insistido en ir hasta el puerto porque necesitaba comprobar una teoría sobre las gaviotas.

—No era una teoría —protestó Julie—. Era una pregunta.

—Ha sido una pregunta durante cuarenta minutos —respondió la mujer.

Camille se agachó para sacudir la arena de las medias de su hija.

—¿Qué querías saber?

Julie señaló a Elias, que colocaba botellas detrás de la barra.

—Se lo voy a preguntar a él.

—Puedes preguntármelo a mí.

—Tú no pilotas.

La lógica resultaba irrefutable.

Julie se acercó a Elias y esperó hasta que él dejó la botella en su sitio. Camille observó que no se agachaba de inmediato ni cambiaba la voz. La miró como miraría a cualquier otra persona que se acercara a hablarle.

—¿Las gaviotas pueden chocar con los aviones? —preguntó por fin.

—Así es —respondió él.

Julie abrió mucho los ojos.

—¿Y se mueren?

Elias tardó un instante en responder.

—A veces.

—¿Y qué le pasa al avión? —siguió la niña.

—Puede dañarse.

—¿Mucho?

—Depende de dónde golpeen y de lo grande que sea el ave —le explicó.

Julie miró hacia la terraza, donde varias gaviotas caminaban entre las mesas vacías buscando restos de pan.

—Las de aquí son grandes.

—Bastante.

—Entonces, no deberías volar cerca —razonó.

—Intentamos no hacerlo.

—¿Ellas saben que tienen que apartarse?

—No siempre —reconoció él.

Julie frunció el ceño, preocupada por la falta de disciplina aérea de las gaviotas.

—Podrías tocar el claxon —propuso.

Elias apoyó ambas manos sobre la barra.

—Los aviones no tienen claxon.

—¿En serio? ¿Por qué?

—Porque nadie podría oírlo desde fuera.

—Las gaviotas sí.

—Es posible.

—Entonces deberían poner uno.

Elias asintió con absoluta seriedad.

—Lo propondré en cuanto vuelva a la base.

—¿A quién?

—A las personas que deciden esas cosas.

—Diles que lo he pensado yo.

—Lo haré, te lo prometo.

Julie pareció satisfecha y regresó junto a Maëlle.

Camille levantó la mochila del suelo. Elias seguía detrás de la barra, preparando las botellas para el día siguiente.

—Le responderías con la misma seriedad si te preguntara si la luna es de queso —dijo, y sonrió antes de poder evitarlo—. No deberías animarla.

—Ha hecho una pregunta razonable.

—Ha propuesto instalar un claxon para gaviotas.

—Eso no la vuelve menos razonable.

Oyó a las niñas reírse en una mesa cercana.

Luego, Marie apareció con dos trozos pequeños de bizcocho envueltos en papel.

—Para el camino —les ofreció con una enorme sonrisa en la cara.

Las niñas los aceptaron y Camille no protestó. Había dejado de hacerlo cada vez que Marie les ofrecía algo, aunque todavía intentaba devolver los gestos ayudando más de la cuenta o llevando flores del mercado. Marie aceptaba aquellas compensaciones sin decirle que no eran necesarias.

La madre de Maëlle se despidió y las niñas salieron juntas hasta la puerta. Camille se colocó el bolso al hombro. Cuando pasó junto a Elias, él se apartó lo suficiente para dejarla cruzar, pero no tanto como antes.

La distancia era exacta, no era una barrera ni una proximidad impuesta.

Camille la percibió, se lo agradeció en silencio y siguió caminando sin decir nada.

Fuera, Julie hablaba sobre el futuro claxon de los aviones y Maëlle afirmaba que las gaviotas no se apartarían aunque pudieran oírlo. Las dos discutían mientras avanzaban hacia la plaza, disfrutando del bizcocho y deteniéndose ante cada piedra que parecía interesante.

Camille caminó unos pasos detrás de ellas. Al llegar a la esquina, volvió la vista hacia el restaurante. Elias estaba recogiendo una silla de la terraza. No la miraba.

Quizá por eso pudo observarlo sin sentirse descubierta.

Había aprendido a desconfiar de los hombres que se mostraban atentos, porque Paul también lo había sido.

Al principio recordaba sus gustos, aparecía a la salida de su trabajo y la llamaba para asegurarse de que había llegado bien.

Durante mucho tiempo, Camille creyó que el control era una forma intensa de cuidado.

Solo después comprendió que aquella atención siempre llevaba una pregunta escondida: dónde estaba, con quién, por qué había tardado, cuándo regresaría.

La atención de Elias parecía distinta, pero aún no sabía por qué.

Quizá porque no pedía nada a cambio.

Camille volvió hacia Julie y tomó la mano que la niña le ofrecía sin dejar de discutir con Maëlle.

No confiaba en Elias, apenas lo conocía.

Pero, por primera vez desde su llegada, empezó a pensar que tal vez no tendría que defenderse de él.